Why so serious?

Saludos, risueños lectores. Hoy me quito la mordaza para lamentarme de las caras de tristeza que veo alrededor. ¿Hay motivos para tanta amargura? ¿Cuáles son? Una pista: trabajar ocho o más horas no ayuda.

 

El lamento de un vampiro

Tengo por costumbre fijarme en las caras. Ya, ya sé que todos, con la posible excepción de los más tímidos, miráis a las caras de los demás cuando habláis con ellos. Pero no me refiero al mero acto de mirar, sino a observar. Y no en una conversación, hablo de mirar  (con discreción, sin incomodar a nadie) a los que creen que no están siendo observados, especialmente cuando no tienen compañía. A veces lo hago paseando, en el supermercado, el centro comercial, el tren… y no suele gustarme lo que veo.

Me alegra encontrarme con rostros que, si no irradian felicidad, al menos no van por ahí poniéndolo todo perdido de tristeza. Pero cada vez es más difícil. Haced la prueba, salid a la calle dejando vuestros propios asuntos aparte por un instante y contemplad a los demás. Contempladlos como lo que son, seres humanos como vosotros. Pasadle el limpiacristales a vuestras neuronas espejo, poned en marcha la empatía y decidme cómo os sentís. Cómo se sienten ellos.

 

La felicidad y los silbidos

A menudo me sorprendo silbando flojito. Escucho mucha música, así que en mi caso el silbido es como un tarareo: de esa forma expulso inconscientemente el aire de la canción que se ha quedado flotando por mi cabeza para hacerle sitio a otras cosas. Silbo regular na’ más, lo hago involuntariamente, la mayoría de las veces no me doy cuenta de que estoy silbando hasta que alguien me mira raro. Entonces paro.

A la gente le extraña ver a otro silbando en público, y a mí siempre me ha extrañado que los demás no lo hagan. En la escena final de Martín H, el padre del protagonista, representado por Federico Luppi, se queja precisamente de esto: en un diálogo con Dante (Eusebio Poncela), el Flaco se lamenta de que los españoles no silben:

 

¿Sabés qué extrañaba yo de Buenos Aires? Los silbidos, la gente que anda silbando por la calle. Aquí nadie silba por la calle. Tardé en darme cuenta. Notaba algo raro, pero tardé unos cuantos meses en darme cuenta. Casi me vuelvo. Me entraron ganas de volver, pero pasó.

¿Y por qué no silbamos? Habrá también razones culturales, pero yo creo que el motivo principal es que no somos felices. Si estás muy contento es bastante probable que te entren ganas de cantar o bailar. El silbido es un estrato intermedio de alegría, una veta entre la dicha completa y la neutralidad de ánimo.

¿Y qué hay en los estratos inferiores? No os va a gustar, pero si queréis verlo, acompañadme.

 

Bajando al metro con Virgilio

Una buena oportunidad de comprobar esto de lo que venimos hablando es una mañana cualquiera en el transporte público. No lo frecuento, no vivo en la ciudad, pero pocos sitios he encontrado más terroríficos que el metro de Madrid a primera hora de la mañana en día laborable. Además de la iluminación extrema, que no ayuda, las caras son un poema, pero uno de Lovecraft o de Panero. Si la cara es el espejo del alma, en los vagones predomina la tristeza. Rostros mustios, gestos cansados, hastío, angustia, tensión contenida… ¿En qué círculo del infierno estamos? El aspecto de estas personas nos podría hacer pensar que acaban de enterarse de la muerte de un familiar, o que anoche perdió su equipo de fútbol (tiene narices que haya quien se enfade o entristezca por eso, pero es así).

Para poder observar este horror libremente, para sentirse como un Dante, pero como uno al que ninguno de los condenados puede ver, los móviles han ayudado mucho: nadie mira a nadie, todos permanecen con la cerviz baja, como esperando el descabello.

Otros se aíslan aún más por medio de unos auriculares que la moda impone que tengan el tamaño de los de piloto de avión (yo sigo con los míos pequeñitos). Pero en lugar de canciones agradables, de esas que te llevan luego a silbar sus melodías, se diría por su expresión que están siendo forzados a escuchar en modo repetición algo horrible a todo volumen, como hacen para torturar a los presos de Guantánamo (hijos de puta).

Y no es sólo por el madrugón y la conciencia de las ocho horas (con suerte) de esclavitud remunerada. Esos caretos abundan también al final de la jornada, con excepción hecha quizá de los viernes. Fijaos en vuestros semejantes cuando piensan que nadie los está mirando. Fijaos y ya me diréis. En esas ocasiones suele venirme a la cabeza una frase de la primera parte del Zarathustra: «¿Has visto ya dormir a tu amigo para conocer su verdadero rostro?».

Tampoco me vale para los mayores la excusa de la edad, que son líneas de expresión. Precisamente, líneas de expresión, es decir, los surcos que la repetición de gestos han ido dejando. Si te has pasado la vida enfadado o triste, por ahí se irá plegando tu rostro. Me acuerdo ahora de un fragmento de uno de esos artículos de Pérez-Reverte que siguen de actualidad a pesar de tener ya 20 años: «(…) o a Felipe González con esa cara que se le ha puesto —a cierta edad todos tienen la cara que se ganan a pulso—».

Y responderéis: la mayoría de estos usuarios del metro parecen serios porque no están haciendo ningún gesto, pero no les pasa nada, es su cara neutra. Pero es que una cara en reposo no tiene por qué dar la impresión de tristeza o enfado. Una cara en reposo de alguien feliz no destila este fétido humor. Y sin embargo, mirad a ese hombre, con los labios apretados y las comisuras hacia abajo; o a aquella chica con los ojos sin brillo, apagados… ¿Y esa mujer que avanza por el andén con el caminar plomizo, pesado? Bah, salgamos de aquí cuanto antes, que me estoy agobiando.

 

De vuelta al exterior. Causas de la infelicidad

Pues eso, que viendo esas caras no me extraña que luego la gente se diga de todo o incluso llegue a las manos por un altercado de tráfico, un puesto en una fila o un empujón en la discoteca. Hay tal ansiedad que la presión tiene que salir por algún sitio.

Nunca me acostumbraré a subirme en el coche con alguien a quien hasta ese momento consideraba sensato y pacífico, y verlo montar en cólera, enrojecer e insultar a otro conductor que ha realizado una supuesta maniobra incorrecta. ¡Eh! Relax.

Y qué os voy a contar de vecinos que discuten encarnizadamente por auténticas gilipolleces. Hay que tener cuidado, porque esto se pega. El mal humor, la agresividad… Soy curioso por naturaleza y además escribo, actividad que en buena medida se nutre de la observación ajena (somos vampiros chupatintas), pero a veces he de dejarlo y volver a mi caparazón o a mi zona de seguridad para evitar el riesgo de infección. Menos mal que la risa también es contagiosa.

Esto no puede ser sólo consecuencia de trabajos alienantes y mal pagados, aunque por supuesto es un factor a tener muy en cuenta. Obviamente, si no llegas a fin de mes y tienes una familia que mantener no vas a estar dando saltos de alegría. Pero esto viene desde antes de la crisis, desde que todos nos creíamos ricos y comprábamos casas a pares para alquilar la segunda o venderla mucho más cara pasados unos pocos años. Y ya entonces se llevaban los zombis en la pasarela urbana.

Apostado en algún puesto discreto de caza (la terraza de un bar, por ejemplo) he divisado a personas que sé que gozan de una buena posición socioeconómica. Y en ocasiones me aterra igualmente lo que veo.

Así que hay que buscar más allá, y volvemos a lo que ya comenté en otra entrada: al sistema no le importa lo más mínimo nuestra felicidad, no os cuento ya lo que le interesa a nuestros gobernantes. La felicidad, que debería ser el único objetivo del ser humano, es una cosa de hippies o de filósofos, la inmensa mayoría está dispuesta a conformarse con un sucedáneo esporádico o a huir del vacío en brazos del alcohol u otras drogas. Y ahí está la clave: el vacío. Nacemos con inteligencia y sensibilidad; también tenemos necesidades espirituales (y no estoy hablando de religión). Cada uno de nosotros debería haber sido estimulado desde la infancia para desarrollar sus aptitudes y sondear su mundo interior en aras de llegar a realizarse como persona, que es a lo máximo que cada uno de nosotros puede aspirar, y ese camino sí está bordeado por el riachuelo de la felicidad (ya me perdonaréis si me pongo en plan Paulo Coelho). Pero en lugar de eso nos adiestran para trabajar, únicamente para trabajar, el trabajo como fin en sí mismo. Hay personas de mi edad que jamás han experimentado con ningún tipo de expresión artística después de los años en que se manchaban las manos con ceras Manley. Eso es un disparate, un desperdicio, una perversión de la naturaleza humana.

 

Trabajar perjudica seriamente la salud

Como las máscaras de amargura no las llevan puestas únicamente los desafortunados poseedores de uno de esos empleos basura que tanto han proliferado con este Gobierno del PP (aunque sea un agravante, y uno serio), yo iría más lejos y echaría buena parte de la culpa de tanta infelicidad, además de a un sistema exclusivamente materialista, al trabajo en sí, al hecho de tener que desperdiciar tanto tiempo y esfuerzo en actividades que nada aportan. Incluso el que goza de un buen empleo y no ha de dejarse por tanto la espalda cavando zanjas hasta jubilarse hecho una piltrafa, el que tiene un empleo cómodo y bien remunerado se ve obligado a dedicarle también demasiadas horas. Por añadidura ha de encargarse de la casa o de los niños, lidiar con mil gestiones diarias… ¿Cuándo se realiza? ¿Cuándo explora sus capacidades, evoluciona como hombre o mujer, se relaciona con sus semejantes, cultiva su intelecto…?

Aun si nos limitamos al pragmatismo, no es así como se progresa. No hay grandes respuestas si previamente no ha habido grandes preguntas, y estas pueden surgir tumbado una noche en la playa, pero no repitiendo el mismo gesto hasta la saciedad en una cadena de montaje. La ley de la gravedad, la física que rige los movimientos de los cuerpos celestes tal vez nos sería todavía desconocida si Newton no hubiera podido darse el gusto de reposar bajo un manzano.

Para pensar se necesita tiempo libre, pero no quieren que pensemos, eso hay que dejárselo a otros más capacitados. Los demás semos simples bestias de carga.

 

(…) un repantigamiento y un haraganeo que permitieron que se formara en primer lugar el Homo poeticus, sin el cual no se habría evolucionado hasta el sapiens. ¡Y que luego nos vengan con lo de la «lucha por la vida»! La doble maldición de la guerra y el esfuerzo devuelve al hombre al estadio de verraco, a la loca obsesión de la bestia gruñidora por la obtención del alimento. Tú y yo hemos comentado con frecuencia la aparición de ese destello maníaco en el ojo del ama de casa intrigante mientras estudia los productos de una tienda de ultramarinos o el depósito de cadáveres de una carnicería. ¡Esforzados del mundo, disolveos! Los libros antiguos están errados. El mundo fue hecho en domingo.

Vladimir Nabokov, Habla, memoria

 

El capitalismo es un bluf, un sistema en el que sólo unos cuantos tienen la oportunidad de ser felices a costa de todos los demás, sufridos galeotes a los que hay que mantener ocupados remando para que no molesten, o esperando ávidos a ocupar su puesto en la bancada, hostigados con el látigo del miedo al rechazo y la indigencia. El modo de vida actual podría sostenerse con una jornada laboral mucho más reducida y los mismos o mejores sueldos. De esa forma, además, se reduciría drásticamente el paro. Pero eso sería poner un parche a este sistema. Cualquier sociedad que merezca el apelativo de «civilizada» debería aspirar a que ninguno de sus ciudadanos tuviera que trabajar, en el sentido que recibe actualmente esta palabra en el 99 % de los casos, es decir, emplear su tiempo en una ocupación odiosa o, cuando menos, sin el más mínimo interés para el que la realiza, para que otras personas recojan la mayor parte de ese esfuerzo, dándole al trabajador a cambio un pequeño caramelo que le mantenga con vida pero nunca le sacie, asegurándose así de que haya de volver el día siguiente a por más.

Se da por hecho que nuestra organización social es la única viable, como si viniera de serie con la especie, pero no es cierto, es algo que hemos elegido, un camino erróneo que se tomó hace ya demasiado tiempo pero que no es imposible desandar, una bola de nieve que ha ido creciendo al rodar, arrollando con todo a su paso. Podría haber sido de cualquier otra manera. Podría ser de cualquier otra manera.

Las máquinas y la tecnología iban a descargarnos de trabajo, pero el progreso no se ha encaminado a liberar al hombre, hay quien diría que todo lo contrario:

 

La maquinaria más desarrollada obliga ahora (…) al trabajador a trabajar más tiempo que el salvaje, o de lo que trabajaba él mismo con instrumentos más simples y toscos.

Karl Marx, Grundrisse (1858)

 

¿Cómo no estallan los jóvenes ante la perspectiva de pasar tantas décadas así? De su casa al trabajo, del trabajo a su casa, fines de semana de borrachera, un mes de vacaciones, noviazgo, matrimonio, hijos, jubilación, fin. Entonces me acuerdo de ese cuadro parlante que hay en mi salón, cómo me gustaría que se fuera la señal de televisión y radio y se cayera Internet durante unos meses para ver qué pasaba, qué hacían al llegar a casa. ¿Tomarían conciencia de su papel de siervos? ¿Escucharían las cadenas que les atan al dejar de atender a las de la tele? Pero no, esto no lo explica todo. En época de mis padres eran muy pocos los que tenían televisión, y los esclavos tampoco se rebelaban.

Habrá quien diga que exagero hablando de esclavitud. Bueno, tal vez tengáis razón. A veces se me calientan los dedos. Y es muy distinto. Los esclavos estaban a disposición del amo a cambio de comida, techo y vestimenta. Ahora, se pone uno a disposición del empresario a cambio de dinero con el que comprar esas cosas. Es una diferencia abismal.

 

Francamente, estaba horrorizado de la vida, de todo lo que un hombre tenía que hacer sólo para comer, dormir y poder vestirse

(…) ¿Cómo coño podía un hombre disfrutar si su sueño era interrumpido a las 6:30 de la mañana por el estrépito del despertador, tenía que saltar fuera de la cama, vestirse, desayunar sin ganas, cagar, mear, cepillarse los dientes y el pelo y pelear con el tráfico hasta llegar a un lugar donde esencialmente ganaba cantidad de dinero para algún otro y aún así se le exigía mostrarse agradecido por tener la oportunidad de hacerlo?

Bukowski, Factótum

 

Pues eso, la rutina mata lentamente y la mayoría de nuestros trabajos embrutecen. Es muy difícil alcanzar nada parecido a la realización personal si casi todo tu tiempo se te va en trabajar, esto es, en sobrevivir, como un animal. ¿Ocho suicidios al día, sólo en España? Qué raro.

Habrá quienes confundan estas líneas con el afán de tirarse todo el día a la bartola. Son víctimas de un sistema económico y educativo que sólo les ha enseñado a trabajar, poco se puede hacer ya por ellos.

Tampoco faltan los agoreros, los profetas del caos. Ya sabéis: si la ciudadanía estuviera ociosa se daría a la bebida, se multiplicaría exponencialmente el número de crímenes… Para estos paternalistas el trabajo (ajeno) es una especie de sonajero, un medicamento sedante que, aunque desagradable, hemos de tomar por nuestro bien. Casualmente, ellos no han de mancharse diariamente las manos de aceite, secarse los ojos delante de un ordenador ni llegar a su casa cada noche oliendo a pescado.

Por descontado, si sueltas sin más a un jilguero domesticado no sabrá desenvolverse, e incluso es posible que añore su jaula. Allí tenía alpiste, agua y estaba a salvo de los depredadores. Pero si ponemos todo patas arriba, si educamos en valores, si abonamos el desarrollo de la imprescindible espiritualidad que cada uno de nosotros lleva dentro (sin dejarse pastorear por la Iglesia), esos niños del futuro podrán salir al mundo, no sólo con capacidad de disfrutar (que es imprescindible; al párrafo de Nabokov podríamos añadir el Homo ludens), sino con las herramientas precisas para crecer internamente, y eso les llevará a trabajar. Nadie con un mínimo de preparación y sensibilidad preferiría estar tumbado en el sofá mirando Cámbiame (que en nuestro sistema ideal, no existiría) en lugar de hacer algo productivo. Pero los privilegiados están muy cómodos con la situación actual, así no nos tienen que encerrar en jaulas, ya echamos nosotros el pestillo por dentro.

No basta con liberar a los cautivos de buenas a primeras, es necesario un cambio de sistema que conlleve un cambio de mentalidad. Y eso no es adoctrinar. Adoctrinar es que te hayan comido la cabeza para que pienses que lo más importante del mundo es acumular dinero; que te hayan creado la necesidad de comprar compulsivamente; que hayan conseguido que veas a tus semejantes como competencia y que no te importen los de abajo o creas que merecen morir de hambre o dormir a la intemperie; que los únicos valores que te preocupen sean los bursátiles… Todo eso no es casualidad, sino fruto de un sistema que premia y promueve el egoísmo.

Pero aunque se abrieran de un día para otro las puertas de las jaulas,  tampoco hay que exagerar: está en los libros, en las hemerotecas, la del Apocalipsis Proletario es la misma excusa que han puesto siempre los privilegiados cuando los oprimidos pedían otro día libre a la semana, cuando exigieron la jornada laboral de diez horas, luego de ocho… y sus profecías nunca se cumplieron.

 

La receta de la felicidad

¿Cómo ser feliz en este sistema podrido? Umm… ¿Os acordáis del gráfico de Lisa sobre la felicidad y la inteligencia?

 

Imagen LISA Simpson GRAFICO INTELIGENCIA FELICIDAD, tristeza, trabajo, capitalismo

A más inteligencia, menos felicidad

 

Ya en serio, no tengo la fórmula, qué más quisiera. De cualquier modo, si no una receta, supongo que todos podríamos aportar algunos «ingredientes». Los míos serían muchos y esto no pretendía ser un libro de autoayuda, de modo que voy a apuntar sólo dos que he comprobado reiteradamente que funcionan. Me resiento si paso demasiado tiempo sin:

  • Hacer deporte
  • Cuidar un poco la alimentación

En cuanto al deporte, sin locuras. Y  lo mismo con la alimentación, nada de restricciones severas ni dietas; si hay que comerse una pizza o un donut me los como, pero no todos los días. Sentido común (sentío común, que dice Rajoy). Es conveniente no atiborrarse cada vez que nos sentamos a la mesa y cenar poco para levantarse con hambre y de buen humor.

Del mismo modo que al mencionar la espiritualidad no nos referíamos a la religión, aquí no hablamos de apariencia física.

Cada uno es un mundo, habrá quienes necesiten hacer menos deporte y otros que puedan comer más porquerías y sigan sintiéndose bien, pero tengo la intuición de que estos dos puntos son claves universales para el bienestar. No bastan por sí mismos, pero sin ellos es muy difícil encontrarse a gusto. Ya que estamos con los Simpsons (este artículo va a encantarle a Miguel), recuerdo otro episodio en el que Homer decía algo así: «si los niños descubren la relación entre comer sano y sentirse bien, estamos perdidos».

Eso respecto al físico (que en mi caso, está indisolublemente unido a la mente). Pero hay un tercer ingrediente importantísimo: tener siempre distintos proyectos entre manos, ilusiones (factibles) de futuro a corto, medio y largo plazo. Como este blog, por ejemplo.

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Música: El lamento de un vampiro, por Bunbury (poema de Leopoldo María Panero)

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10 sin mordaza

  1. Saludos, Salva.
    Hace relativamente poco trabajé durante tres semanas en una conocida sucursal bancaria. No daré nombres, pero te diré que Beben Bacardí con Vino y Absenta. Recuerdo que el primer día me dijeron que el cajero abría a las 8 y se iba a las 3 de la tarde, pero el resto trabajaba 12-13 horas al día o hasta que la directora de sucursal dijera que se pueden ir a casa. Siempre. Everyday. Yo me lo tomaba como una exageración, en plan que no hay que irse a las 3 en punto. Qué equivocado estaba. Comprobé in situ que, efectivamente, trabajaban ese tiempo y más. Yo no llegué a hacer ese horario porque estaba temporal, pero desde luego, no quiero volver a trabajar en un sitio así.
    Yo soy de la opinión (opinión que comparten los nórdicos) que si tienes que quedarte a trabajar más tiempo del estipulado por norma general, es que algo estás haciendo mal. Es que estás trabajando mal. No rindes. O tal vez le quieres hacer la pelota al jefe con aquéllo tan rancio y casposo de que “cantidad es calidad”. Esta es la norma en la sociedad de hoy en día.
    Y sí, pensar en estar haciendo el mismo trabajo toda la vida me da vértigo. De lunes a viernes, contando los días para el fin de semana, el domingo deprimido porque al día siguiente tienes que volver a trabajar en algo que te la suda, esperando las vacaciones… y así la vida entera.
    También da vértigo ver que estás enviando curriculums y te rechazan sistemáticamente porque sabes demasiado, no sabes suficiente, no hablas ruso, eres demasiado mayor, demasiado joven o tu cara recuerda a la de un profesor que les castigaba sin recreo.
    Pero bueno, quiero aportar mi granito de arena y contribuir con mi sencilla fórmula, no para la felicidad, sino para hacer más llevadera la existencia.

    – Montárselo bien. En cualquier circunstancia.
    Por ejemplo, yendo a trabajar. Si voy en coche, paso de la radio y me pongo mi música favorita mientras me tomo uno de esos cappuccinos Kaiku.
    Se trata de aprovechar lo que tienes alrededor, lo que es accesible para ti, y organizarlo en tu beneficio. No se trata de grandes proyectos, sino de cosas muy simples y sencillas.

    – Decir “A Tomar Por Culo” más a menudo. En serio, funciona.
    Con esto, es como si me liberara de algo. Cuando algo me está oprimiendo y preocupando, un simple “a tomar por culo”, bien dicho y desde las entrañas, es muy liberador y me quedo con una sensación de paz muy balsámica.

    – Disfrutar de los pequeños, pero dulces, momentos que nos brinda la vida cada día.
    Una conversación con amigos, apreciar el tiempo libre, escuchar un buen disco (no oírlo como ruido de fondo), sumergirse en una novela, un café en una terraza, ver esa peli que tenías pendiente, comprarte un capricho, etc…

    – Dejar de ir a los sitios que detestas, y empezar a acudir a los que te sientes a gusto. Pongo ejemplo:
    Antes tenía por costumbre dar un paseo desde mi casa hasta el puerto. La verdad, no disfrutaba nada del paseo, porque la zona es feísima (Denia en sí es muy fea) y los bares que hay para tomarse algo son muy chuscos. Al final volvía a casa cansado y de mal humor. Hasta que decidí que, si quería salir de casa, prefería coger el coche e irme hasta algún lugar en el que me sintiera cómodo y contento; de esta manera encontré una cafetería en Jávea, al lado del mar, tranquila y bonita que ponen bossanova y oye, en la gloria.

    Un abrazo,
    David

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  2. Por suerte, hay cosas más importantes en la vida que el dinero. Yo he trabajado en sitios donde cobraba bien, bueno lo normal, trabajaba 8h y si tenía que trabajar alguna hora extra, la cobraba como hora extra. Y no, no era feliz. Me deprimía cada vez que cogía el coche para ir a trabajar. En cambio, he trabajado en otros sitios donde cobraba menos pero era más feliz. Por suerte, con el paso del tiempo aprendemos de nuestros errores y aprendes a valorar lo que te hace feliz.

    Por cierto, me encanta que veas Los Simpson como un reflejo de algunas situaciones de la vida, como algo más que unos dibujos.

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  3. Odo Salva, hay que reconocer que eres un crack eligiendo temas. Y éste de la felicidad da para mucho.

    A mis casi sesenta tacos yo ya he pasado por casi todo: trabajos a los que estás deseando volver el lunes (existen, lo juro), otros en los que te planteas estrellar el coche mientras vas de camino, he seguido terapia por adicción al trabajo (que también existe, no es una leyenda urbana), …

    Al final, con tiempo y experiencia, aprendes a sacarle momentos de regocijo a cualquier mierda de trabajo. Y la receta de David de decir “a tomar por culo” con cierta frecuencia no es de las peores… mientras te la puedas permitir, que luego a los churumbeles hay que pagarles los libros para que vayan al cole a formarse y ser más empleables.

    Algo de lo que también puedo dar fe es de que existe un salto cualitativo brutal entre grandes ciudades y pueblos. He probado ambas culturas, y os aseguro que no hay color. Yo me muevo ahora por lugares donde el concepto de atasco de tráfico es cuando se cruzan dos tractores y se paran los conductores para preguntarse por la salud y la familia. Y nadie les pita, que como decía un lugareño, aquí se socializa como se puede y nos dejan, a qué cambiar nada.

    Respecto de la relación entre ingresos y felicidad, hay muchos trabajos interesantes publicados en Internet, pero el resumen es que Maslow tenía razón: una vez satisfechas las necesidades básicas y sociales de cada cual, lo que queda no se compra: se gana.

    Saludos.

    Algunas referencias:
    – Sobre la pirámide de Maslow: https://es.wikipedia.org/wiki/Pir%C3%A1mide_de_Maslow
    – Un artículo muy ligero sobre la relación entre ingresos y felicidad: http://www.institutodelafelicidad.com/es/blog/%C2%BFqu%C3%A9-relaci%C3%B3n-hay-entre-riqueza-y-felicidad
    – Otro artículo más profundo (echadle al menos un vistazo a los gráficos a partir de la página 11): https://www.usc.es/econo/RGE/Vol20_ex/castelan/art9c.pdf

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  4. Añadidos los ingredientes de David a la receta. El último que apunta yo también lo practico. Por eso, como me gusta pasear y perderme, considero importante vivir en un sitio que tenga lugares así cerca. Quizá no me importaría mucho cambiar playa por montaña siempre que hubiera naturaleza y posibilidad de apartarse del mundanal ruido. En esto estoy de acuerdo con Vicente, no sé lo que aguantaría en el centro de Madrid, por ejemplo (vivir allí tiene también muchas ventajas de las que no disfrutamos los que residimos en el culo de España, pero es cuestión de prioridades).

    Eso es, Miguel. De veinteañero, hubo compañeros que me miraron como si estuviera loco cuando se enteraron de que había rechazado un buen aumento de sueldo. Pero es que conllevaba trabajar más horas y yo quería vivir y ya tenía suficiente con lo que cobraba. Claro que me hubiera gustado poder beber de vez en cuando algo mejor que Don Simón con coca-cola, o tener un coche más cómodo, con calefacción (no echo de menos aquel gélido Seat Marbella Special), pero no a ese precio. Estoy con Maslow, y la mención de Vicente me ha hecho acordarme de algo que le leí a Robe en una entrevista: «Si lo que da sentido a tu vida es además en lo que pasas más tiempo, lo que falta para la felicidad ya lo tienes que poner tú».

    Para Miguel Los Simpsons son más que unos dibujos, son un modo de vida, ¡jaja! Aunque si fuera un verdadero friki de la serie, me pasaría el enlace al capítulo donde Homer decía eso.

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    1. Lo siento, no recuerdo en que capítulo era. Con los años, perdemos memoria. Pero cuando lo vea, me acordaré de esta entrada XD

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  5. Jo Salva, cada día te superas más. En serio, siempre me encanta leerte pero lo de esta entrada es demasiado!!

    Si me dejas, voy a hacerme un poquito de autopropaganda, yo escribí una cosilla que va en la misma línea de lo que dices: https://elsacodelaspalabras.wordpress.com/2015/07/03/el-ser-humano-es-el-unico-animal-que-paga-por-vivir-en-la-tierra/

    La verdad es que al leerte me han venido un montón de cosas a la cabeza:
    – El libro “Un mundo feliz” de Aldous Huxley (qué poco me gustó cuando me lo hicieron leer en el instituto y cuánto me acuerdo de él últimamente, supongo que hacer las cosas por obligación nunca resulta satisfactorio).
    – Mi vida profesional: como casi cualquier joven titulado español que acabase la carrera después de estallar la crisis vivo intercalando trabajos precarios con etapas en el paro y no, no me gusta y sí, me agria el carácter.
    – Afortunadamente yo también tengo una receta para no vivir amargada: la música (a veces cuando voy con auriculares por la calle me da por canturrear y, como tú con tus silbidos, sólo soy consciente de ello cuando veo que me miran raro). Y tus palabras me han evocado esta canción de Vetusta Morla

    https://www.youtube.com/watch?v=9K5UrzaKgaY

    – La verdad es que también me ha venido a la mente la pirámide de Maslow pero como me lo han pisado en un comentario anterior no voy a decir nada de este tema… jajaja

    En fin, que por cambiar el mundo en el que vivimos poco podemos hacer a título individual, pero sí que podemos cambiar nuestra manera de llevar el día a día, así que… ¡a ser felices! :D:D

    Responder
    1. Gracias 🙂

      También me gustan los Vetusta Morla, los puse una vez por aquí. Muy apropiada esa canción (es ligeramente distinta de la versión que yo había escuchado), y muy bueno el videoclip.

      Y ese libro es de mis favoritos. Ese autor, en realidad.

      Lo importante es que, aunque sea poco lo que podamos hacer, no por eso dejemos de hacer ese poco.

      ¡Y a disfrutar!

      Responder
  6. Pandora Groovesnore 14/09/2015 a las 9:48

    Tú eres un niño, pero ya a finales de los 70 Ian Dury dio la receta: “Sex, and Drugs and Rock’n Roll”. Por supuesto puedes cambiar los ingredientes, pero creo que el primero y el tercero son fundamentales. Cambia las drugs por beer… fruit… sport… vitamines… o whatever you want que te guste y a disfrutarrr!

    Responder
  7. Pues sí, el capitalismo no tiene como finalidad la felicidad de las personas. Por no tiener, ni siquiera tiene como finalidad la satisfacción de sus necesidades básicas, sino que las explota sin piedad, cuando no las excluye directamente. Pero no es el único sistema posible, existen modelos económicos alternativos. Yo soy una convencida del modelo económico del bien común, al que le veo incontables virtudes y ventajas (que no voy a entrar a enumerar porque me entusiasmo y no acabo :D). Por lo que aquí respecta, baste decir que la finalidad de este sistema económico sí es la satisfacción de necesidades y la felicidad de las personas, de todas las personas (por utópico que parezca), poniendo el capital y las empresas al servicio de la gente y no, como ahora, a la inversa. Y, a mi entender, es un sistema factible. 😉

    Hace tiempo leí en una entrevista a un estudioso de la felicidad (no recuerdo si era filósofo o psicólogo, ni su nombre) que ésta consistía básicamente en estar convencido de la vida que uno lleva. Claro, si a la enorme cantidad de tiempo de trabajo hay que sumarle la precariedad, como comenta Izarbe, o la angustia del desempleo, el capitalismo nos lo está poniendo muy difícil. Y nadar a contracorriente, pasar de las convenciones sociales, no dejarse arrastrar por la desazón de no tener “éxito” en el sentido en el que esta sociedad lo entiende (nada que ver con lo que la EBC entiende por éxito) no es nada sencillo, es muy fácil perder la perspectiva. Pienso en el trabajador explotado que no puede quejarse porque tiene la “suerte” de tener un empleo, en el joven hiperpreparado que no encuentra empleo acorde a sus capacidades porque éste simplemente no existe, en quien rebasa la cincuentena y puede darlo ya por imposible, en el artista que se dedica a lo que le gusta pero pasa apuros económicos y es un “perdedor” a los ojos de la sociedad capitalista, sin importar el valor que sus creaciones aportan. Por no hablar, porque son palabras mayores, de la salvajada que ocurre en el tercer mundo con los esclavos a los que el sistema explota ante la indiferencia general. Ninguna de estas personas está equivocada: lo está el sistema. Todo el mundo sufriendo (en diferentes intensidades) por culpa de un sistema equivocado. Pero sí, nuestra obligación es seguir intentándolo: aunque sea poco lo que modestamente esté en nuestra mano hacer para cambiar las cosas, para ser felices, ya es más que nada.

    Para terminar, sobre lo que comentáis de pasear, y que los efectos no son iguales si se camina por un sitio agradable o por uno deprimente: resulta que en Japón los médicos prescriben lo que allí llaman “baños de bosque”. Parece ser que se está comprobando científicamente que caminar por el bosque tiene efectos terapéuticos, físicos y psicológicos. Curioso ¿verdad? Parece que cuanto más nos alejamos de la naturaleza, peor estamos.

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    1. El capitalismo no tiene como finalidad satisfacer nuestras necesidades básicas, sino crearnos otras nuevas.

      Interesantísimo el artículo sobre la Economía del Bien Común. «¿Desea usted un nuevo orden económico?». Je, ¿imagináis que plantearan un referéndum sobre el capitalismo?

      Un par de citas del enlace que nos trae Entropía:

      «Un “sistema económico alternativo completo” que deja atrás la economía planificada comunista, pero también los excesos del capitalismo financiero desregulado».

      «Se dice que competir nos motiva, pero la cooperación nos motiva, además, emocionalmente. Con la fuerza incomparable que ello tiene».

      Me acuerdo de que leí algo sobre una alternativa al PIB que tomara en cuenta la felicidad.

      A propósito de lo poco que está en nuestra mano hacer, no olvidemos la banca ética.
       
      De acuerdo con lo de los «baños de bosque», aunque me hace gracia que tengan que comprobarse estas cosas. Pues claro: un paseo por el bosque es beneficioso para el ser humano, y tragarse el humo de los coches es perjudicial. Es de cajón.

      «Nadie debería vivir a más de 4 km de una área forestal accesible, de no menos de 20 hectáreas».

      «La biofilia es la apetencia, la afinidad innata, que tiene el ser humano de estar en contacto con la naturaleza, que es de donde viene, su ambiente originario. En las ciudades, muchos de los espacios que hemos creado enferman. Tienen un impacto físico, químico o electromagnético negativo sobre el ser humano –indica el doctor Fernández Solá–».

      «Según el doctor Miyazaki, “en el conjunto de nuestra evolución, los humanos hemos estado el 99,9% de nuestra existencia en entornos naturales. Nuestras funciones fisiológicas están adaptadas a este medio”».

      Por lo demás, lo mismo me da que los baños sean de bosque que de mar o montaña. Lo necesario son baños periódicos de naturaleza. Y aunque el artículo habla de tomarlos en grupo, rollo termas romanas, yo los prefiero en soledad. Venga, otra canción:

      https://www.youtube.com/watch?v=EH68-56BfH8

       
      Tiene razón Pandora: no hay felicidad posible sin rock. Bueeeno, dejémoslo en música, así en general. Otra de Nietzsche (en este artículo se me ha ido un poco la mano con las citas): «sin música la vida sería un error».

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