El vagón del silencio

Hoy me quito la mordaza para contaros mi desagradable experiencia en los viajes en tren de Murcia a Madrid, y vuelta.

Y no por culpa de Renfe.

 

  

Tiempo de lectura: ¿En serio? El tiempo que haga falta. Esto es literatura, no un McDonald’s.

 

 

Prefiero, con mucho, viajar en tren que en avión. No tiene nada que ver con el dinero, es que voy más cómodo, sin tantas estrecheces, no me tratan como a un delincuente, no me cachean, puedo llevar comida y bebida sin tener que transigir con esos abusivos, disparatados precios de los aeropuertos

O prefería viajar en tren, ya no estoy tan seguro.

 

 

 

Tren de Murcia a Madrid

Como sabéis, porque os escribí una crónica en la que no falta detalle, hace poco viajé a Madrid para asistir como finalista a la gala de los Premios 20Blogs.

Se nos hizo tarde y no nos dio tiempo a desayunar, pero no había problema, ya le echaríamos algo al estómago en el tren.

Pero al poco de empezar a rodar, ¡meeec!, un revisor nos comunicó que, debido a la huelga de Ferrovial, empresa que presta los servicios a bordo de los trenes de Renfe, no habría en todo el trayecto ni vídeo, ni prensa… ni servicio de cafetería.

Qué putada. Eran cinco horitas, que de Murcia a Madrid no hay AVE. Ni a Madrid, ni a ningún lado.

 

 

Empezábamos bien. Sin desayunar, y ni agua llevábamos. Esto fue culpa nuestra, por poco previsores.

Respecto al agua, nos contestó el revisor que habían dejado cajas con botellines y briks de zumo en la barra de la cafetería, «por cortesía de Renfe».

Fuimos a coger un botellín de agua y un zumo cada uno, y ya prácticamente no quedaban. La gente se los llevaba como si se aprovisionaran para un refugio nuclear. ¿Es gratis?, pues arrasemos. Aunque hubiera sido agua destilada. ¡Pa mí, pa mí!

Al volver a mi sitio, me fijé en una mujer ya madura que viajaba sola, sentada al otro lado del pasillo, a mi derecha. La buena señora se había hecho con dos botellines, de medio litro cada uno. «Ya verás cómo cuando lleguemos a Madrid, ni ha tocado el segundo botellín».

Estas cosas me indignan, porque no se dan cuenta de que pueden dejar sin agua (o lo que sea) a alguien que lo necesite.

Os evito la intriga: efectivamente, al llegar a Atocha, no es que no hubiera tocado su segundo botellín, es que el primero estaba prácticamente intacto.

Pero el karma le dio un pequeño escarmiento: el revisor la hizo sonrojarse al llamarle la atención por poner los pies sobre el asiento de enfrente.

De nuevo, es no pensar en que alguien se va a sentar ahí y se va a llevar la porquería que deje tu zapato. O que no te importe.

 

 

 

Odio a Laura

Me eché un rato a dormir, pero era difícil, con el estómago ronroneando.

Paseaba al fin por el jardín de la duermevela, cuando una voz me fue sacando poco a poco de allí, tirando de mí hasta la yerma realidad.

Un tío, más o menos de mi quinta, trajeado y repeinado, hablaba por teléfono desde su asiento, al mismo volumen al que hablaría en su casa.

Esta actitud no deja de chocarme. Vale que tal vez yo sea pudoroso de más, no me gusta que nadie escuche mis conversaciones, y no porque esté hablando de nada secreto, delictivo o sexual, no me gusta y ya está. Pero no entiendo a las personas como este tío, se diría que están deseando hacernos a los demás partícipes de sus asuntos.

En un vagón totalmente en silencio, a primera hora de la mañana, se puso a contar sus cositas a viva voz.

Resulta que debían entregar un trabajo publicitario, pero una de las compañeras que habían colaborado con él no estaba satisfecha con el resultado y no quería seguir adelante, o buscaba darle otro enfoque. Y el notas este, imprimiéndole un tono dramático al asunto: «Pero Laura, el cliente confía en ti, en ti y en mí. No podemos fallarle, ¿entiendes?».

Se extendió durante sus buenos veinte minutos, salpimentando la chapa con términos de marketing. En inglés, of course. En su cabeza estaba protagonizando un capítulo de Mad Men.

«No podemos tirar por la borda tanto esfuerzo, Laura»

Repetía mucho el nombre. Hay gente que lo hace así, es una estrategia psicológica de persuasión.

Y dale que dale, y toma que toma quetomatá.

Por los altavoces y en las pantallas (cuando no hay huelga) suelen recordar que no debe hablarse por el móvil en los vagones. Pero cómo iba a levantarse el Don Draper de garrafón este a hablar de pie en el pasillo, con lo a gusto que estaba él repantingado allí.

El jardín de la duermevela había sido arrasado por el agente naranja.

Sé que no era culpa tuya, Laura, pero acabé odiándote.

 

 

 

Silencio, se rueda

Colgó, colgó y fue como cuando cesa una obra debajo de tu ventana, colgó y el silencio regresó al vagón para acunarnos a todos.

Pero lo bueno, si breve, vagón de Renfe. Invadió el espacio una musiquilla machacona, salpicada por efectos de sonido, clinclín, clanclán, pipipipipí, ¡tiruríííí!

Alguien estaba jugando al móvil.

Me asomé a ver quién era esta vez: un tío sentado en la segunda fila. Sólo le veía la cara de bruto y la gorra.

Era verdaderamente molesto. Tenía la opción de los cascos, pero no me apetecía en ese momento (en cinco horas hay tiempo para todo). Quería dormir.

Me puse nervioso debatiéndome entre levantarme o no para pedirle educadamente que jugara al Candy Crush de turno en silencio. Igual se molestaba y me mandaba a la mierda, y la liábamos. Tenía cara de poco diplomático. Y de no saber deletrear auriculares.

Espera un poco, Salva, a ver si este hombretón recoge todos los globitos de colores de la pantalla…

 

Don Draper nos deleitó durante todo el viaje con sus llamadas a otra compañera para contarle lo que había dicho Laura, después de nuevo a esta… Pero no voy a extenderme más con él, que os quiero relatar lo de la vuelta.

 

 

 

 

Tren de Madrid a Murcia

 

Conversaciones urgentes: la tortilla de patatas

El tren de vuelta salió a las 13:00.

Me dispuse a echar una cabezada después de comer (esta vez no me pillaron, fui bien aprovisionado, aunque la huelga había terminado).

Es una buena forma de quitarte un trayecto del viaje y que se haga menos pesado. Había madrugado, dormir un poco me iba a sentar de lujo.

La encargada de impedir mi siesta fue una mujer con la cara operada, de esas que piensan que han rejuvenecido pero que a mí me parecen un horror. Sabéis las que os digo, se dan un aire todas entre sí, uniformadas por el mismo rictus botulínico. Una expresión rara en los ojos estirados, pómulos extrañamente prominentes y una hinchazón muy poco natural sobre el labio superior, como si llevaran metidos unos algodones ahí, a lo Marlon Brando en El Padrino, pero en los morros, efecto de la silicona, del bótox o de vete tú a saber qué.

Se les queda una especie de pico de pato. Algo así:

 

imagen donatella versace, operación, bótox, labios, silicona, cirugía estética

Crédito: GTres

 

Algún día hablaremos de esta epidemia, pero no hoy. Hoy os cuento que esta mujer de plástico brillante, de edad imposible de determinar, pero que oscilaría entre los cincuenta y los mil quinientos años, se puso a conversar con su marido, sentado con la hija de ambos en el lado opuesto del pasillo… tres filas más adelante. Para ello tenían que levantar la voz, claro.

Era gente de clase alta. Llevaban ropas y complementos caros, todo muy pijo.

Se interrumpió la conversación familiar a distancia porque pasó alguien de Renfe con el carrito de los periódicos. La mujer eligió La Razón y ABC. Se ve que le gusta contrastar.

El carrito se escoraba a la derecha. Problema de las ruedas, diría alguien, pero yo creo que era por el contenido. Aparte de la prensa deportiva y la económica (Expansión, de la editorial de El Mundo), sólo había cuatro opciones: La Razón, ABC, El País o El Mundo. Luego ponen el grito en el cielo si se intenta ampliar la oferta. Eso sería «adoctrinamiento». Te tienes que reír.

Pasé del los periódicos. Para luego, tenía mi libro. Me puedo olvidar la comida, pero no la lectura. Además, me había hecho con un buen cargamento en la Cuesta de Moyano.

Nuestra Melanie Griffith particular cerró un ratito la boca para concentrarse en los sesudos artículos del periódico de Marhuenda, pero su marido, echando de menos la conversación, sacó el móvil para preguntarle a alguien cómo iban las cosas por allí. Le informó de que iban en el tren, y la hora aproximada a la que llegarían.

«¿Para cenar? Pues no sé… Tortilla, por ejemplo».

Al oírlo, su mujer gritó, nerviosa: «¡Pero que no la deje cruda!».

Cuando el marido colgó, comenzaron otra conversación a distancia sobre lo mal que hizo la asistenta la tortilla la última vez.

Miré el reloj: las tres de la tarde.

 

 

 

Los mayores son más respetuosos… o no

Tomó el relevo una abuela que me había resultado simpática cuando me la crucé en el servicio. Iba vestida como suelen hacerlo las mujeres de su edad, a lo vieja del visillo, pero calzaba unas deportivas de marca, de esas cantosísimas, de colores chillones y estética agresiva, con cámara de aire de tres dedos de alto y una especie de muelles-amortiguadores en el talón. El contraste con el resto de su indumentaria, sobria, era muy curioso.

Le saltó el tono de llamada, a todo lo que da el móvil y un poco más. Se diría que lo había trucado para que sonara más fuerte, como hacen los garrulos de las motos.

La disculpé mentalmente por no tenerlo en modo vibración, «seguro que no oye bien».

La mujer tardó mil años en cogerlo. Primero tuvo que encontrarlo en el bolso, luego sacarlo de una funda, y a continuación atinar con el botón adecuado. Era un modelo de esos de fácil manejo, diseñados especialmente para la gente mayor.

La entendí, la torpeza de la edad.

Lo descolgó allí mismo, tampoco se levantó al pasillo. Probablemente le costara caminar o mantenerse de pie, pero podía hablar más bajito…

Conversaba con su hija. Que llegaría sobre las 16:30. No, cuatro y media. Que no, las cuatro y media. No te preocupes, ya cojo yo un taxi, que estaréis durmiendo, no quiero molestar (no quería molestar… a su niña, los demás le importábamos un pimiento).

Se oía perfectamente a la hija a través del altavoz, como si tuviera puesto el manos libres. Si no estaba sorda, se iba a quedar a poco que siguiera pegándose aquello al oído, ese móvil podría servir de bafle de discoteca.

Terminó la charla. Menos mal…

A los cinco minutos, desenfundó de nuevo para llamar ella. Es que se había equivocado, había comprobado el billete y llegaba a las 17:30. No, a las cuatro no, a las cinco y media…

Acto seguido, le detalló con todo lujo de detalles a su hija lo que se había traído para comer. Ahí ya no disculpé nada y me invadió una gerontofobia irracional. Pero ¿por qué discriminar a los ancianos? Adiós, gerontofobia. Bienvenida, misantropía.

 

 

 

La semilla del diablo

Lo más surrealista del viaje. Empecé a oír una voz que llegaba de atrás cantando una tonadilla ininteligible, excepto por el estribillo, que repetía «borracho», arrastrando mucho la erre. Titititití, nananá, borrrrracho

Aunque me desveló, al principio me hizo gracia. Pensé que algún crío estaba cantando con los cascos puestos, sin darse cuenta de que se le oía. Su madre le avisaría para que se callase.

Pero no se callaba, y cada vez cantaba más y más alto. Pero qué coj…

Me incorporé, con desgana. Eché un somnoliento vistazo alrededor: el resto de pasajeros bufaban de fastidio. Me di la vuelta y la chica sentada detrás de mí, a la que le había tocado el premio gordo (el niño cantor estaba justo tras ella), me miró como diciendo: qué mala suerte tengo, vaya viaje que me espera.

Entonces vi al niño. Ni cascos, ni nada. Estaba haciendo «la gracia», sabedor de que molestaba y encantado de molestar. ¿Y su madre? Su madre, una mujer gitana (lamento si perpetúo algún estereotipo, pero si hubiera sido noruega, lo diría igual), treintañera, se limitaba a hablar por el móvil mirando por la ventana.

Volví a sentarme, maldiciendo a la humanidad, pensando en lo bien que estaría acariciando a un tigre, vestido con una túnica naranja.

—Lo malo es que tendrías que raparte la cabeza.

Entonces nada. Sigo.

El niño cantor, sabedor de la atención que estaba suscitando, cambió la letra de su bonita tonada y empezó a cantar cosas como «huele a peoooo, aquí huele a peoooo», y no sé qué de diarrea.

Precioso.

Llegué a pensar que podía tener algún problema mental, aunque físicamente no se le notaba nada.

La mayoría de los ocupantes del vagón, incluida la abuela runner, protestaban en voz baja y echaban miradas a la madre y al niño, que había empezado a tirar papelitos al pasillo e incluso a algunos pasajeros.

¿Nadie iba a decirle nada? Allí había gente mayor, que es la que esperas que ponga orden en estas situaciones.

La madre seguía hablando por teléfono. A veces le daba algún toquecito suave con la mano a su retoño, que le contestaba mal y pasaba de ella.

Obviamente, el crío se aburría en un viaje tan largo. Pero la madre, en lugar de tratar de entretenerlo, se limitaba a hablar por el móvil.

Esperé a ver si colgaba, pero esta mujer era capaz de seguir enganchada al teléfono hasta llegar a Murcia. Malditas tarifas planas.

Pasó el tiempo y aquello iba a peor. Fui a la cafetería, pedí un cortao (aunque tenía que haberme pedido una tila) y le transmití mi queja al revisor, con la esperanza de que le diera un toque a la madre.

«Ya, ya», me contestó. «Me lo han comunicado otros pasajeros. Es la mujer git… de etnia gitana, ¿no?». «La misma». «Un poco de paciencia. Los niños, ya se sabe…»

Me quedé perplejo. En el vagón había otros niños y ninguno tenía ese comportamiento ni por asomo (de hecho, los peores eran los adultos, como he contado). Un compañero suyo le había llamado la atención a otra pasajera por tener los pies sobre el asiento, y esto era bastante más importante. ¿Temía una reacción desproporcionada por parte de la madre de Chucky? ¿O le preocupaba ser acusado injustamente de racista? ¿Por eso ninguno de los pasajeros le decía nada a la mujer?

El revisor se marchó apresurado, sin darme tiempo a replicarle.

Tras un buen rato estirando las piernas en la cafetería, volví al vagón. El niño y su madre seguían a lo suyo.

Me acerqué a ellos, esperé allí de pie a que la mujer me mirara y le hice unos gestos que venían a decir: ¿quieres hacer el favor de colgar y ocuparte de tu hijo?

Su reacción fue darle un golpe algo más fuerte al niño, y pedirle suavemente (subrayo lo de pedirle): «¿te quieres callar ya, hijo, que estás molestando?» «¡No!» Le gritó el angelito, en un tono mucho más vehemente que el de ella. «¡Cállate tú!» Y volvió a cantar, más fuerte. En mi cara.

La mujer me miró con una expresión de total impotencia, que convirtió la mitad de mi furia infanticida en pena. Este chaval era carne de Hermano Mayor en unos pocos años. La tenía dominada, el que llevaba los pantalones en esa relación era él.

Aquello fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de otros pasajeros, que se animaron a decirle cosas a la madre desde lejos: «Ya está bien, hombre»; «que esto no es una cuadra»; «vaya viajecito…».

La mujer se hizo pequeña en el asiento, metió la cabeza entre los hombros y le dijo a su interlocutor (el caso era no colgar el móvil): «no lo subo más al tren, te digo que no me lo traigo más. Qué vergüenza…».

El chaval, encantado. Risueño. Pletórico.

Volví a mi sitio, pero así no había quien dejara vagar la mente observando el paisaje (de dormir ya me había olvidado hace rato). Tampoco podía leer o escribir tranquilo.

Vaya con el niño. Lo cambiaba por la de la tortilla, el del Candy Crush, el de Mad Men y la abuela de Nike, todos juntos.

 

 

 

El vagón del silencio…

Sonó la alarma del móvil del engendro de Satán niño, una de esas que sirven de despertador. La dejó sonar, y sonar y sonar…

Me cambié de vagón. Por suerte, quedaba una plaza de ventanilla libre en otro. No era Preferente, como el que yo había pagado, pero con tal de que no estuviera el sobrino diabólico del Cigala, me daba igual.

Al fin. Paz. Aaaaah… Noté cómo me bajaba la presión arterial.

Tras un rato allí, cuando estuvo seguro de que no había ruidos fuera, se atrevió a asomarse, tímidamente al principio y con más confianza al final, el crío aquel que viajó solo por primera vez en un autobús hace media vida.

Juntos vimos pasar los campos de amapolas como brochazos de rojo. Es una flor casi demasiado bonita para crecer así, de manera salvaje, en cualquier cuneta.

Cada vez que nos rebasaba un poste de la luz (porque eran los postes de la luz los que nos adelantaban, el tren estaba quieto), era como si cambiaran una diapositiva.

Nubes, montañas, amapolas. Los omnipresentes cables de alta tensión, la pesadilla de Tesla…

Le puse a aquella enajenada, frenética máquina de diapositivas, la banda sonora del último disco de Pablo Und Destruktion, recién salido, que me acababa de comprar en Madrid.

«Cómo volver a ser / otra vez / puro y ligero», cantaba el asturiano, rotundo.

«Se da un aire a Nacho Vegas, pero con voz», le conté una vez a alguien, tratando de describirle su música.

La canción siguió adelante, pero yo me quedé rezagado, rumiando esa estrofa. ¿Cómo volver a ser otra vez puro y ligero? Caí en la cuenta de que, de alguna manera, la frase resume buena parte de lo que he escrito fuera de Vota y Calla. Cuentos y movidas mías que tal vez tengan un nexo común en el que no había reparado hasta entonces: maneras de perder lo menos posible de eso que nos fue dado en la infancia y que se va desluciendo con el paso de los años. Intentos de taponar la hemorragia.

Hice callar a Pablo, que ya estaba cantando sobre un salario social y quería ponerse a despellejar animales, para mirar hacia adentro. Las pupilas no sólo pueden dilatarse y contraerse, también pueden invertirse. Paradójicamente, en esos momentos nuestra expresión parece indicar que estamos observando algo lejano, cuando es todo lo contrario.

Me vino de atrás, del fondo y de atrás, como una pequeña chispa. Conozco esa voz, conviene escucharla. Venía a sugerirme un título estupendo en el que englobar esos cuentos, con la idea de publicarlos o mandarlos a un concurso algún día, aunque es posible que no llegue a hacer nunca ni una cosa ni otra. Pero eso es lo de menos.

Qué bueno, a mí nunca se me habría ocurrido. Lo había perdido la primera vez, pero ahora, si le prestaba atención, se repetiría con más nitidez. Funciona así. Sólo tenía que fijarme en lo que había estado mirando cuando surgió la idea, en este caso, los anoréxicos molinos de viento del horizonte.

Ya volvía, creciendo desde lejos. Escuchaba el rumor. El título era…

«¡Dime, guapa! Sí, estoy en el tren, aburría. ¡Cuéntame cosicas!…»

El corazón me dio un brinco y el niño corrió a esconderse de nuevo, espantado por el ruido.

 

Si el pensamiento y la creación son, como dicen, hijos del silencio, en España lo tenemos crudo.

 

 

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32 sin mordaza

  1. He reído y también me he indignado en ese viaje contigo conforme leía. Escribes de una manera maravillosa y placentera, y no puedo estar más de acuerdo con las cosas que observas y que te molestan.

    España, ese pueblo lleno de seres irrespetuosos e infantiloides. En el fondo, ese es el problema. Que la población es inmadura como ese niño tocanarices. Shouganai ~

    Responder
    1. Gracias, Lea. Me alegro de que te haya gustado tanto. Bienvenida :)

      Me has hecho buscar lo de «Shouganai». Viene a significa algo así como c’est la vie, ¿verdad?
      Si no queremos enfermar del hígado, no nos queda otra que tomarnos estas cosas con resignación. Y con sentido del humor.

      Tengo claro algo: esto no ocurre en otros países de Europa. Por lo menos, no en los que yo he estado, y van unos cuantos.
      Y en Japón ni te cuento. En mis tiempos de monitor de tiempo libre, tenía un niño japonés (uno de los chavales de los que guardo mejor recuerdo) que llegó un día malhumorado al colegio. Cuando le pregunté qué le pasaba, me dijo que en el autobús de España hay demasiado ruido.

      Twitter: @vota_y_calla

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  2. Hola Salva!

    Esto es así porque España es el país del porqueyolovalguismo; el país del egoísmo y aquí cada uno va a su bola. Si te molesta, te jodes como Herodes, y ojito con decirme nada. Supongo que tú, como Administrador, te habrán llegado quejas sobre vecinos que hacen ruidos molestos en sus pisos; y al ir a pedirles un poco de civismo y consideración, se pasan la diplomacia por el arco del triunfo y te espetan con el consabido “esta es mi casa y hago lo que quiero y cuando quiero.”
    Fuera el civismo, el respeto, la buena educación y la deferencia. Entre la chabacanería y el chusmerío.

    De todas maneras, esto no sólo ocurre en el tren. En cualquier sitio te encuentras con lo mismo. Por ejemplo, un lugar que debiera ser silencioso por la naturaleza de sus ocupantes: las salas de espera de los médicos. A pesar de que están bien visibles los carteles que ruegan silencio, allí la gente va casi como punto de encuentro, hablando por el móvil, de cómo están los naranjos y de cualquier cosa que se tercie. Si el de al lado está jodido y necesita silencio (por algo está esperando al médico) ni siquiera se les ha pasado por la cabeza o, peor, no les importa lo más mínimo.

    A veces me pregunto qué pinto yo en un sitio así. Para que te hagas una idea, soy tan respetuoso con los demás que, igual que los suizos, no tiro de la cadena pasadas las 12 de la noche para que no haga ruido.

    En definitiva, creo que en este país hay un problema muy gordo y generalizado de complejo de inferioridad, tal vez mezclado con algo de estrechez de miras, que puede explicar este tipo de actitudes.

    En el caso que comentas, cuando tengo que compartir espacio público en un tren, e incluso en una cafetería y no me interesa la conversación de los pijos de al lado, opto por cargar en mi móvil la discografía de Slayer, colocarme los auriculares y aislarme del mundo.

    Un abrazo!

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    1. Sí, esta vez me he centrado en el tren porque de otros lugares ya hemos hablado anteriormente. Y hace poco mencionábamos a la gentuza que arma bulla en los hoteles, esos del: «he pagado, hago lo que quiero», como tú dices.

      En mi trabajo he visto a gente que se ha tenido que mudar por culpa de sus vecinos, destrozada de los nervios.

      Lo de la música con auriculares es una solución desesperada, pero me jode tener que hacerlo por obligación, si no me apetece. O tener que subir el volumen más de lo deseable, para tapar el ruido de fondo.

      ¡Un abrazo a Suiza!

      Twitter: @vota_y_calla

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  3. Me encanta todo lo que has escrito, lo haces muy bien, de verdad, y a veces me siento identificado. Lo único que difiero es con el tema de la señora mayor la cual vamos a disculpar, porque cuando uno no oye bien, habla con un tono más alto. Piensa en como hablarías tú si vivieras con unos cascos de música puestos todo el día

    Twitter: @MigueIjr

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    1. Curiosa definición de la sordera… Pero que conste que no estoy seguro de que no oyera bien, igual es un prejuicio.

      Con la señora mayor tuve más paciencia que con el resto (he intentado reflejarlo en el texto).

      La disculparía si tiene que comunicar algo relativamente urgente, como la hora de llegada, si necesita que la recojan. Pero desde el momento en que se puso a detallar los ingredientes del bocadillo y lo buena que estaba la chocolatina que se había llevado de postre «porque ya sabes que soy muy golosa», la metí en el saco con los demás.

      Twitter: @vota_y_calla

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  4. Y usted don Salvador, escribe un pijo de bien, pero es un buenazas.

    Cuando voy en esos trenes modernos que ya no tienen compartimientos ni na, y se me pone a hablar por teléfono algún licinciao desos, me hago el dormío y ronco a tutiplen. Como siempre viajo con el gayato no hay deso pa despertarme. Más de uno se ha ido para poder hablar. Y eso que no siempre finjo.

    Nota: con las señoras mayores es peligroso, que igual te miran con ojos tiernos y la liamos.

    Responder
      1. Creo que me estás confundiendo con mi paisano, que los 100 kilos los dejó atrás en la adolescencia, pero andará como mucho por el metro setenta y pico con boina y zuecos.

        En su caso lo que acongoja no es la altura, sino la anchura. Éste es capaz de levantar él solito el tractor para cambiar la rueda, o traer a cuestas el mulo de repuesto si hace falta.

        Responder
  5. Los pasajeros no son el único problema. Hace unos cuatro años o algo así, cuando iba a la universidad, tuve un encontronazo con un maquinista bastante grosero. No sé si arrastraría algún problema familiar o laboral o era así por naturaleza, pero vamos, menuda joyita xD. Se puso a increparme porque había dejado la maleta a un lado del pasillo y me decía que no tenía “por qué mancharse los pantalones de porquería”. Yo, algo sorprendido por el tono, levanté la vista del libro que estaba leyendo y le vi que seguía esperando a que apartara la maleta a saber dónde. Los estantes de arriba estaban llenos y no había otro sitio donde colocarla. Incluso había gente de pie porque no quedaban asientos.

    Pese a decirle todo lo anterior de forma educada, sigue sin moverse. Me mira con hostilidad, como esperando a que haga desaparecer la maleta por arte de magia. Se me ocurre por un momento levantarla y colocarla sobre mi regazo aunque ello suponga mancharme de barro, pero desecho la idea al instante. La maleta es demasiado grande, pesa lo suyo y hay muy poco espacio para levantarla. Además, molestaría al pasajero que tenía sentado al lado (y qué coño, aunque hubiera pesado poco no lo habría intentado por la chulería que había mostrado el maquinista desde el principio).

    Total, que viendo que la discusión es absurda vuelvo a mi libro y lo dejo plantado esperando hasta que, al cabo de unos laaargos segundos, se cansa y pasa por el hueco que quedaba de malas maneras y maldiciendo por lo bajo.

    PD. Mientras esa mujer pija estaba leyendo ‘La Razón’ o el ‘ABC’ yo habría puesto el himno de la URSS a toda pastilla en el móvil. Solo por joder.

    Responder
    1. ¡Ey, Nemo!

      Pues mira, eso no lo he contado, pero me pasó algo similar:

      Nosotros llevábamos una maleta grande cada uno. Al subir al tren, el compartimento de las maletas grandes estaba ocupado, y en el maletero que hay sobre los asientos no entraban ni de coña. Pude meter una, pero la otra tuve que dejarla al principio del vagón, detrás de un asiento.

      Al rato vino el revisor (ese que no movió un dedo después para evitar las molestias del niño del demonio o pedirle a los que hablaban por el móvil que salieran al pasillo), preguntó de malos modos de quién era la maleta, y nos exigió (porque no lo pidió, lo exigió) que la quitáramos de ahí.

      Le pregunté tranquilamente qué quería que hiciéramos, y el tío sólo respondió: «ponerla en su sitio». Como tú dices, imagino que esperaba un truco de magia.

      Pasé de él, y entonces, refunfuñando, se quejó de que las maletas pequeñas van sobre los asientos, que ese sitio era para las grandes, y empezó a sacar bolsas pequeñas de allí para que yo pudiera meter la mía. Así lo hice.

      Pero yo no iba a sacar las maletas de nadie, porque seguro que algún pasajero te ve tocar la suya y se mosquea.

      P. D. En esas situaciones, siempre me acuerdo de esta imagen.

      Twitter: @vota_y_calla

      Responder
  6. Salva, la ida me la he creído pero… ¿la vuelta?, no creo que hayas tenido coj…. de marcharte y dejar a Marta sola con semejante situación. Dices “había un sitio libre”, no dos. A mi me haces eso y me bajo en Albacete y si te he visto no me acuerdo!!!.

    No te habría compensado el tren a Alicante y desde allí el AVE?, lo digo para la próxima.

    Un placer leerte, como siempre.

    Responder
    1. Pues sí que tuve, sí. En mi descargo diré que la animé varias veces a que nos cambiáramos de vagón, pero ella para estas cosas es muy correcta, si le han dado el asiento 4F, es el 4F, no se se sienta en otro, no sea que le llamen la atención.
      Así que al final me fui solo. Pero vamos, una hora, como mucho (quizá por eso no se bajó en Albacete) xD

      Marta se duerme, como dice Miguel, con una banda de gaiteros bajo su cama, y en el viaje no pegó ojo, así que imagina cómo era el show del tren de la misantropía.
       
      Respecto a lo que preguntas, creo que no. De Murcia a Alicante son dos horas, y de allí hasta Madrid en AVE, otras tantas.
      Murcia es el culo de España.

      Twitter: @vota_y_calla

      Responder
      1. Eso lo entiendo, dile a Marta que no es la única persona como RENFE manda. Que si te toca el 4F, es el 4F, y si hay molestias habrá sido el karma por culpa del pecador que viaja con ella.

        Y por si acaso pásale mi teléfono que Pilar y yo estaremos encantados de atenderla como es debido si decide dejarte en Albacete.

        Responder
  7. Toda la razón Salva. A mí me pasa cuando voy en Metro/Cercanías y viene cualquier cani con la música a todo volumen. No es que el Metro sea un sitio para estar callado, pero de ahí a que todo el vagón tenga que escuchar tu música porque te sale de las narices…

    Hace un par de semanas venía yo del dentista hablando tranquilamente con mi chico en el metro, a las 2 paradas se subió una pandilla que andaba entre los 16 y los 19 años. 3 de ellos pusieron un altavoz externo a su móvil y su música (aunque venían juntos cada uno puso una distinta) a todo volumen. Se sentaron desperdigados y alguno de pie porque no había sitio para todos juntos. Delante de mí estaba una chica con sus amigas, los nenes se fueron un poco más a la derecha y ella era una de las que tenían a toda pastilla la música. Yo llegué un punto en el que me cabreé, porque siempre pasa lo mismo en estos casos, todo el mundo mira mal pero nadie se atreve a decirle nada a los niñat@s. De modo que fui directa: “¿es que no tienes auriculares?” (llevaba unos colgando del cuello). A partir de ahí vinieron todos y todas como hienas a gritarme, eran chonis y los cabestros que siempre se juntan con ellas, serían como 12. Empezamos a discutir y un señor de unos 50 y algo que iba a nuestro lado les espetó que si iban a seguir así (no veas lo chillonas que eran), muy chulitas dijeron que sí, de modo que el señor fue al conductor a decirle que avisara a los vigilantes para que vinieran en la siguiente parada.

    Los chicos salieron corriendo del metro en cuanto llegamos a la siguiente estación, aunque no era su parada, pero ellas quisieron ser más chulas que nadie. Los vigilantes vinieron, pero al ver que “solo eran chicas” descartaron quedarse siquiera un par de paradas en el metro y únicamente les dijeron que se comportasen y ale, se piraron los muy cobardes aunque yo les había dicho que mejor se quedaran, que ya me habían amenazado.

    Seguimos adelante con gritos y mil cosas, yo sentada, ellas de pie a ver si me intimidaban, mi chico callado por orden expresa mía, que lo podían enmarronar y yo me basto y me sobro. Total que me dice una de ellas: “pues te vas a bajar en la parada X”, a lo que yo le espeté: “claro que me bajaré en esa parada, pero porque es la mía, no porque tú me lo digas”. En fin siguieron haciéndose las gallitas y me harté, me puse de pie y mira, no soy Pau Gasol, pero mido 1,70, soy fuerte y he sido vigilante durante 10 años, podría haberles partido la cara a todas con una sola hostia corrida, pero obviamente no lo iba a hacer, solo quería que vieran que sentada no me veían igual que de pie. Digamos que puse mi cara frente a las suyas, bueno miento, en realidad su cabeza (pese a las plataformas que llevaban) quedaban por debajo de la mía calzando unas deportivas. La cara se les quedó blanca, pero cuando me senté siguieron hasta que nos tocó bajarnos. Intentaron intimidarnos y una de ellas acabó por decirme: “pues ahora te esperas, que va a venir mi madre”. Ante eso, mi chico y yo nos descojonamos y seguimos nuestro camino tranquilamente andando hacia casa.

    Fue un mal rato porque era como hablar con una pared chillona, pero lo volvería hacer y, de hecho, me tocará hacerlo porque raro es el mes que no das con el niñato de turno que te obliga a tener su música a todo volumen al lado de tu oreja. Yo ya he decidido que no me callo porque después me entra muy muy mala hostia por no dejarles claras algunas cosas y, aunque no valga de nada, al menos no me lo quedo dentro y me lo reprocho.

    (Salva, regáñame o algo, que escribo comentarios más largos que tus entradas, qué vergüencica ésto de no tener concisión)

    Twitter: @beingcelia84

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    1. ¡Cómo te voy a regañar! Si me ha encantado, estos comentarios me dan la vida. «Podía haberle partido la cara a todas con una sola hostia corrida», ¡jaja!

      Me temo que la actitud de los vigilantes de tu historia, más que con cobardía puede tener que ver con el hecho de que fueran mujeres (chicas), del mismo modo que en mi caso, el revisor se cortó porque la madre del niño era gitana.
      Estamos en un mundo en el que lo políticamente correcto, el miedo a ser tachado de loqueseaísta, nos está llevando a extremos absurdos. Miedo a ser acusado de racista, machista, niñófobo…

      Para mí, estas cosas son un siempre toca, pero en chungo. Si les llamo la atención me quedo mal; si no les digo nada, también. Es lo que tiene ser un espíritu sensible y delicado. Otro los manda a la mierda y se queda tan a gusto.

      Qué asco me dan esas pandillas, sean de chonis, de pijos o del club de fans de Xuso Jones, que salen así, en manada, envalentonados, en plan si tocan a uno nos tocan a todos, la calle (o el metro) es nuestra y cuidadito del que se atreva a decirnos algo.

      Hace la tira de años tuve un encontronazo con un grupo de estos, un sábado por la noche. Acorralado contra una pared entre tropecientos, me libré en el último momento porque conocía a uno de ellos, al que no veía desde el colegio.
      El mismo grupo le había reventado el tímpano a patadas a un chaval unas semanas antes.

      Twitter: @vota_y_calla

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      1. En este caso creo que fue cobardía pero no por ser tachados de nada si no porque era más sencillo seguir tocándose los cojones a 2 manos, el señor que avisó al conductor se bajó en la parada donde entraron los vigilantes porque era la suya, se limitó a señalarles desde la puerta a las chonis y la única que habló con ellos fui yo. Vi mucho machismo en que ni se plantearan que 6 chicas me podrían causar ningún problema pese a que me habían amenazado y se lo comuniqué; estoy segura de que si se llegan a haber quedado los chicos que iban con ellas sí que habrían visto más peligro. En el gremio hay más patanes cobardes de lo que te puedes imaginar y yo he trabajado codo con codo con ellos, les he salvado literalmente el culo y encima he sufrido las machistadas que hay que pasar en un trabajo como ese.

        Yo quería que se quedasen no porque me diesen miedo, es que te ha hecho mucha gracia pillín, pero si me hubieras visto con 20 años bloquear a tiarracos de metro 90 o a yonkis que venían borrachos en el vuelo y al llegar a tierra había que reducirlos, sabrías que es muy cierto que con una hostia corrida les partía la cara a todas. Lo que me estaba temiendo es que esa hostia acabara por darla porque me estaban inflando mucho las narices. El problema es que había menores y mayores de edad y ya sabes que pegar a un menor es poco menos que terrorismo aunque el menor sea un cafre y yo, con tantos años trabajando de vigilante me conozco bien el tema, de modo que tenía que contenerme. Yo me he tenido que defender más de una vez y defender a otras personas. Desde pequeña he sido guardaespaldas mis amigas que sufrían bullying y he peleado contra quien ha hecho falta. Pero como te decía, aquí jugábamos con la ley del menor y no me apetecía darles el gusto, de ahí que lo único que hiciera para intimidarlas fuera levantarme y que me vieran desde otra perspectiva, para que supiesen que no tenían en frente a una mujer pequeñita y que tampoco me achantaba al ir contra las 6. Yo sé la de cámaras que hay en el metro, de modo que quería que si alguien pegaba fueran ellas, para que todo quedase registrado, pero no se atrevieron, claro. Si todas hubieran sido veinteañeras a las que se les viese sin duda que no son menores de edad… lo mismo aparecíamos al día siguiente en el periódico, jeje.

        Twitter: @beingcelia84

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        1. No sé exactamente cómo están las leyes hoy en día; está claro que si uno agrede a un menor de edad, le cae encima la edad de Cristo. Pero si das una bofetada, o incluso un cachete, a cualquier adulto también te puedes ver envuelta en un problema muy serio. A veces dan ganas de coger a alguien por las fosas nasales y darle un fostión que le deje con las orejas temblando, como aquél que vio a uno intentando abrir su coche; pero la realidad es que te puedes arruinar la vida, y más ahora que todo queda grabado en móviles y tal. Ante tales circunstancias, no se sabe bien qué hacer: si esperar que te agredan para poder decir que actuaste en defensa propia, o qué.

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          1. Sí, evidentemente pegar a un mayor de edad también tiene consecuencias, pero te aseguro que son mucho más pequeñas de lo que parecen. Salvo que lo machaques solo te cae una multita, así que a veces puede salir a cuenta. Con un menor de edad con poco más que tocarlo, un empujoncito o cualquier mínima intrusión te vas a la cárcel con una facilidad pasmosa.

            En mi caso, si todas hubiesen sido mayores de edad, al estar grabado en el metro cómo se mueven y me medio acosan echándose encima, me increpa y se les ve (aunque no se les oiga la actitud corporal era claramente amenazante), yo habría tenido atenuantes en caso de pegarles, además de ser 6 contra 1. Hay que saber jugar las bazas que tiene cada uno y como yo me conozco unas pocas intento salir beneficiada del asunto. De hecho si ellas me hubieran pegado yo no las habría tocado, porque aunque sea en defensa propia se tiene en cuenta que yo soy mayor de edad y la proporcionalidad de la fuerza con la que yo les hubiera dado respecto a ellas, me limitaría a llamar a los vigilantes para que las retuvieran hasta que llegara la poli y ahí se les acaba el juego. Pasar no les iba a pasar nada, no las iban a meter ni en un centro de menores, pero una multita que pagarían no muy gustosos sus padres sí que sí ;)

            Twitter: @beingcelia84

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            1. El tema de la mayoría de edad es un mundo fascinante. Aún a riesgo de parecer cuñado, si un chaval de 16 años es mayor para acosar a alguien, también es mayor para recibir una hostia en caso de agresión u hostigamiento por su parte sin que tengas que dar con tus huesos en la cárcel.

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              1. Así debería de ser, de hecho con 16 años ya tienes edad legal de trabajar y puedes emanciparte con el consentimiento de tus padres. Pero ya ves tú, el Rafita creo que tenía 17 años y algo cuando le hizo aquella bestialidad a Sandra Palo y ahí lo tienes, cada 2×3 detenido por robos con violencia pero a la calle en 2 días, porque era menor de edad y no le quedaron antecedentes de aquello. Si tienes 17 años y 364 días sigues siendo menor de edad aunque seas un peligro público que merezca cárcel y no una burla de correccional. Yo no querría lo que tienen en EE.UU donde a un niño de 10 años puede caerle la perpetua, pero de eso a ésto que tenemos nosotros…

                Twitter: @beingcelia84

  8. No lo he contado en el artículo, pero lo pongo, por si a alguien le puede interesar.

    Aunque nadie nos informó en el tren, he leído que teníamos derecho a reclamar el 50 % del importe del billete, por no haber dispuesto de los servicios de vídeo, prensa y cafetería a bordo (al parecer, lo más grave es esto último).

    Os cuento cómo fue (mejor de lo que pensaba):
     
    «Cómo reclamar a Renfe»

    En su página indican que «por razones jurídicas», no tienen un correo electrónico en el que reclamar.

    En cuanto a teléfono, sólo ponen a nuestra disposición un prohibitivo 902 (pensaba que esto era ilegal, creo haberle leído algo al respecto a FACUA, pero igual estoy equivocado).

    Así, no me quedó otra que rellenar el formulario de atención al cliente que hay en su web.

    El domingo 21 me llegó una respuesta (automática, imagino) de la Oficina Virtual de Atención al Cliente, con copia de mi queja, diciendo:

    «Estimado cliente. Hemos recibido su solicitud. Gracias por contactar con nosotros, en breve nos pondremos en contacto con usted para responder a la misma.»

    Breve, para Renfe, debe de significar otra cosa, porque hoy, viernes 26, todavía no han contactado conmigo.

    Así las cosas, y sabiendo que sólo hay 30 días para reclamar, ayer le mandé un privado a la cuenta de Twitter @Renfe.

    Muy amables, me facilitaron un enlace específico para reclamaciones:

    https://venta.renfe.com/vol/selecIndemAuto.do

    Ahí, sólo tuve que indicar el número de billete, la estación de origen y la de destino, darle a buscar y… ¡tachán! Salió automáticamente un cálculo de la devolución que me correspondía. Un 40 % del importe del billete, por «Retraso injustificado».

    Esto del retraso no tenía nada que ver con la verdadera causa de la reclamación, pero como el porcentaje era similar al esperado, y no había posibilidad de modificar nada ahí, era lo tomas o lo dejas, pues lo tomé.

    A continuación hice lo mismo con el billete de Marta, y hoy mismo tengo en mi cuenta los dos ingresos.

    Sin hojas de reclamaciones, esperas ni movidas.

    Twitter: @vota_y_calla

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    1. Por curiosidad, Salva, ya que en breve tengo que coger el tren a Jaén. ¿Es obligatorio el tema de prensa y esos servicios en todos los trenes de media distancia o solo en determinados trayectos como el tuyo?

      Twitter: @beingcelia84

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      1. Lo siento, Celia, no lo sé.

        Pero cuando vas a comprar el billete, puedes ver qué servicios tiene ese tren. Si luego en tu viaje no los ofrecen, o si el tren llega con determinado retraso, puedes meterte en ese enlace para reclamar.
        El porcentaje varía según lo que haya fallado: que no disponga de vídeo te da derecho a una indemnización del 15 %; que esté cerrada la cafetería, del 25 %…

        Twitter: @vota_y_calla

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  9. Hola Salva,

    Cuando quieras te invito a un ¨Green Train¨ en China, de los de largo recorrido.
    En un vagón donde los olores se mezclan hasta hacerse comestibles, donde se puede fumar y donde no existe ningún tipo de empatía, es alucinante un viaje de alrededor de 20 horas … lo odio, te lo juro, pero no se, por otro lado me gusta.

    Tengo anécdotas buenísimas en ese tipo de trenes, a lo mejor por ser el único extranjero a bordo.

    El año pasado mi viaje comenzó en barco a Japón desde Shanghai 50 horas en habitación de 21 persona y este año en tren a Harbin 23, el día 6 de julio.

    Viajar es conocer

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    1. Mira que en un primer momento lo de «Green Train» me sonó a algo verde, ecológico, tipo nórdico, y resulta que es todo lo contrario.

      Acabo de leer un artículo del Wall Street Journal, de 2014, en el que se dice que China estaba deshaciéndose de ese tipo de trenes, cambiándolos por otros más modernos, con aire acondicionado y tal.

      ¡Cuéntate alguna de esas anécdotas!

      Twitter: @vota_y_calla

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      1. no recuerdo el nombre del autor pero hace dos años en un festival de fotografía que se celebra en el sur de China de prestigio internacional el ganador fue un chico que había recorrido muchas de esas líneas de largo recorrido, lo busco y te mando el enlace.

        anécdota, no se, cuando en Xinjinag, de minoría étnica turca al subir al tren (nadie respeta la fila) el revisor me mando el último pero yo me coloque junto a una familia, el revisor pregunto a la mujer que si me conocía y al decir no el revisor me empujaba hacia el ultimo lugar de la fila mientras yo gritaba ¨mama mama te quiero¨. Después pasaba gente riendose por el vagón gritando la misma frase.

        en las estaciones hay tanta gente que he llegado a ver a personas subirse y bajar por las ventanillas, el problema es si subes el ultimo y todos van con sobreequipaje no puedes colocar tus bultos cerca,…

        de Kunming a Pekín no había ticket con asiento y mi amigo dijo, pues de pie, ya nos sentaremos!!, cuando subimos no había sitio ni para estar en cuclillas. Fueron 19 horas así. El aseo ni te cuento.

        La gente se tumba en el suelo por debajo de los asientos. Hay agua caliente gratis para el té, vendedores de todo que avanzan como pueden por los pasillos, gente que te ofrece comida, tu das lo que tienes, el revisor pasa y dice que no se puede fumar mientras sale humo por debajo de las mesas de quienes dicen que no están fumando,..tiran las bolsas de la basura por la ventanilla al entrar en las estaciones.

        En el barco a Japón, en su mayoría son obreros chinos que van a las factorías japas, te dan una manta al entrar y te buscas sitio en el tatami de la sala. He hecho ese trayecto en 2008 Pekín Kobe , y en 2016 Shanghai Osaka, ida y vuelta en ambos casos. Aprendí japo y a jugar a las cartas en chino.

        Me gusta.

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        1. ¡Qué bueno, David! Qué surrealista, ¡jajaja!

          Lo del humo y la gente diciendo que no está fumando mientras vuelan bolsas de basura por la ventanilla parece de una peli de los hermanos Marx.

          Así mi viaje se ve hasta idílico…

          Twitter: @vota_y_calla

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