Lecciones patagónicas (y V): Etología del turista

Hoy me quito la mordaza para dar carpetazo a la serie «Lecciones patagónicas». En este caso, os traigo unas reflexiones algo amargas sobre el comportamiento de los turistas, apuntes en plan etólogo.

 
 

El que paga, manda

Etología del turista

 

En el Parque Nacional de Iguazú, tras meternos con la lancha bajo las cataratas empezó a llover con ganas y no pudimos secarnos. Hacía frío, que empeoró cuando nos sentamos en un vehículo descapotable que nos llevaría al siguiente punto del recorrido, el aire de la marcha disminuía la sensación térmica. Me quité la camiseta empapada durante el trayecto, aún no sé si hice bien o no, creo que hubiera pasado el mismo frío con ella puesta. Para que os hagáis una idea, iba abrazado a mi mochila por ver si cortaba un poco el aire que venía de frente. Tiritando.

Seguía lloviendo. Miré alrededor y casi todo el grupo estaba igual, excepto los pocos que habían tenido la previsión de llevarse un impermeable. Recuerdo perfectamente la piel erizada del brazo de la mujer sentada delante de mí.

Yo sabía que podía llover, pero como hacía calor, pensé que no me iba a importar mojarme. Al revés, supuse que lo agradecería, como cuando llegamos caminando al borde de las cataratas. Pero cuando el aguacero apagó el sol, el descenso de temperatura fue muy grande.

Por suerte, había un guía con un micrófono que nos daba información interesante sobre la flora, la fauna y la historia de la selva. Quieras que no, eso hacía que el tiempo (teníamos unos eternos veinte minutos hasta el destino) pasara más rápido, si conseguías pensar en jaguares en lugar de obsesionarte con que ibas a morir de una pulmonía a 10.000 kilómetros de casa.

En estas, un idiota (porque no se le puede llamar de otra manera) interrumpió bruscamente al guía para preguntarle, secamente: «¿Falta mucho?» Lo miré, era un jubilado catalán. «¿Perdón?», replicó el guía, sorprendido. «¡Que si falta mucho!», repitió, elevando la voz, maleducado. «Porque el viaje no está siendo nada agradable. Hace mucho frío».

El guía dejó de hablar. Se hizo un silencio incómodo, me supo muy mal por él. La culpa de no llevar impermeable en un sitio donde llueve uno de cada tres días no es del guía (que llevaba puesto el suyo), sino de los pringaos que no habíamos sido suficientemente previsores.

Hay gente que piensa que porque ha pagado, y más cuando el precio es caro, tiene derecho a lo que sea. Os sucederá a muchos de los que trabajéis de cara al público. El cliente siempre tiene razón, el cliente puede faltarte al respeto y tú te tienes que callar.

A mí me ha sucedido alguna vez en las comunidades de propietarios. Vecinos que, si das tu consejo profesional y este no va en línea con sus intereses, te ordenan callar «porque tú no tienes que opinar, tú trabajas para nosotros».

 

Algo parecido ocurrió con Rita, otra guía de la que os hablé en la primera entrada de esta serie. Un miembro de un grupo de turistas que rondarían la cincuentena, le reprochó de malos modos que le acabaran de cobrar 60 pesos (unos 3,50 euros) por un botellín de agua en el restaurante donde Rita nos había llevado, que además era el único de la zona, estábamos en algún lugar solitario cerca de Puerto Pirámides (Península Valdés), donde habíamos ido a ver pingüinos, leones marinos y ballenas.

Se lo reprochó como si ella fuera la dueña del restaurante, «¿es que se creen que los turistas somos millonarios?»

Antes he escrito que el maleducado de las cataratas era catalán. Esto es sólo a título informativo, igual que la referencia a la edad, porque voy escribiendo conforme me vienen las cosas a la cabeza, pero no es relevante ni indicativo de nada. En el viaje coincidí con muchos catalanes y la mayoría eran muy majos. Especialmente me acuerdo de Esther y de su marido Álvaro (madrileño), con quienes me eché unas buenas risas; también de una mujer muy simpática a la que, a pesar de que el primer día de su llegada a Buenos Aires le habían robado el bolso con la documentación, el iPhone y 800 euros en efectivo, estaba siempre de muy buen humor. Así que como antes he escrito que el gilipollas de las cataratas era catalán, ahora veo justo decir que los indignados del botellín eran de Ávila.

El mismo grupo le reprochó a Rita (al camarero no le dijeron nada) que la carne era muy seca, que «se hacía bola en la boca». Tal vez no estuviera tan bueno como un chuletón de Ávila, pero era un plato muy decente y, en cualquier caso, ¿qué culpa tenía Rita?

La pobre no supo qué contestar, la vi afectada. Por eso, cuando después de la comida nos dirigimos a la playa a ver de cerca a los leones marinos, le conté (en un aparte, no como los groseros estos, que la pusieron en evidencia delante de todos los comensales) que a mí la carne me había gustado mucho, y bromeé con que había comido tanto que casi no podía bajar los ciento y pico escalones que llevaban a la playa. Conseguí robarle una sonrisa.

 

En otra conversación previa, Rita me había contado que hay turistas que no se dan cuenta de que los animales no son robots ni el mar abierto es un acuario, porque si en épocas como en la que estábamos, final de temporada de avistamientos, no conseguían ver ninguna ballena, o hacía mal tiempo y el barco no podía acercarse a las mismas, o se movía tanto que les hacía vomitar, se enfadaban mucho y lo pagaban con los guías, exigiendo que les devolvieran el dinero. Como si los guías fueran familiares de Poseidón.

 

En el minitrekking sobre el glaciar Perito Moreno no nos quedaba otra que avanzar en fila detrás del guía, éramos un grupo de veinte personas, no podíamos ir en horizontal, como en una batida, ni subirnos todos a su chepa, en plan casteller.

Los que íbamos delante aprovechábamos la caminata para charlar con el guía, o era él el que hablaba contigo, en plan: «¿y vos de qué parte de España sos, con ese acento tan fuerte?» «De Murcia, ¿te suena? Está en el sur. Junto con Andalucía, los que mejor hablamos del país».

Pues una de las veces que nos detuvimos para descansar y que el guía nos diera las explicaciones oportunas de lo que estábamos viendo y pisando, una señora le pidió enfadada que «no contara cosas» durante la marcha, que ella había pagado como los demás y quería enterarse de todo. El guía (otro tío estupendo; tuve mucha suerte, o es que es la tónica dominante allí) se lo tomó bien y pasó a hacerle un resumen, en un alarde de paciencia, de lo que habíamos hablado. Le tenía que haber preguntado si pretendía que camináramos totalmente en silencio sólo porque a ella se le antojara, aconsejándole que si tanto interés tenía en enterarse, moviera ese culo gordo al que más de una vez tuvimos que esperar los demás.

 
 

No viajes mucho, papá

Otra reflexión que me llevo de estos días por Argentina es que a mayor número de hijos, menos tiempo (y dinero) para visitar otros países. Hablé con varias parejas, y ninguna de las que empleaban sus días de vacaciones en viajar a otros países tenían hijos. O, si los tenían, estaban ya crecidos.

 
 

Escribir como se habla

Este viaje me ha recordado lo que ya me enseñaran argentinos como Cortázar: que se puede escribir muy bien sin alejarse demasiado de la manera en que uno habla, sin necesidad de recurrir a alambicadas perífrasis ni exhumar palabras del cementerio, que así llamaba Oliveira al diccionario de la RAE (de cuya cubierta había tachado la palabra «Real»). Allí no tienen complejos por escribir «tomá mate». O, como leí en un anuncio gubernamental de la Plaza de Mayo: «Sincerá los bienes que no tenés declarados».

 
 

Imagen de cabecera: Pingüinos en Puerto Pirámides (votaycalla.com)

 

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11 sin mordaza

  1. Hola Salva (y feliz año!!).
    Esta entrada me ha recordado inmediatamente una anécdota ocurrida hace muchos años.
    Te cuento: a mi padre, que trabajaba en una conocida oficina de alquiler de coches en Jávea, le vino un cliente indignado porque había llegado a España, ese día estaba nublado y le espetó con un “¡¡Dónde está el sol??”. A lo que mi padre replicó con una sonrisa”¿Ha pagado usted para que salga el sol?”.
    Para mí, lo puto peor es trabajar de cara al público, precisamente por el axioma trilladísimo de “el cliente siempre tiene la razón” (frase inventada por un comerciante yanqui, por cierto, cómo no). Yo no he tenido más remedio que trabajar de atención al público también, y como no comulgo con la idea del “cliente siempre tiene la razón”, no me ha ido nada bien en ese sector; más que nada porque no me gusta lamer culos ni tengo alma de vasallo. Como decía un conocido, y este lema lo incluía siempre en su CV, “El cliente es importante, pero no es ningún rey”.

    Saludos!

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    1. ¡Hombre, David!

      Precisamente me acordaba de ti el otro día, el jueves, en una respuesta a Nemo, y ahora apareces. 2017 os ha traído de vuelta a los dos.

      Volviendo al tema del artículo, es una pena, porque con tus gustos (con tus no-gustos) te cierras dos puertas: trabajar de cara al público… y la política. Allí abundan los tipo Antonio Hernando, para quienes la dignidad y el amor propio son molestias superfluas, lastres que les impedirían medrar.

      ¡Un abrazo!

      Twitter: @vota_y_calla

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    2. Leyendo las memorias de Wyoming, me he acordado de la anécdota de tu padre. Mira:

      «(…) Además, el sol, que sólo lo veían en los cuadros de Van Gogh, era gratis y, en algunos casos, venía garantizado por contrato. Las agencias que vendían los paquetes turísticos cobraban sólo los días que hiciera sol».

      Twitter: @vota_y_calla

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  2. Hombre Salva, me gusta que despotriques de los turistas. No por nada, sólo porque a mí también me encanta poner a caldo a las mariposas en potencia que se creen mis semejantes.

    Y ya que David lo trae a colación, dos apuntes:
    1) No echéis las culpas a los americanos, sino a los papanatas, sean del terruño que sean. Yo trabajé veinte años con multinacionales japonesas y norteamericanas, y en general el concepto era “el cliente siempre tiene razón… salvo si puedes demostrar lo contrario”. Yo he pegado cortes como el del padre de David a directivos de empresas del IBEX y me he quedado tan a gusto.
    2) David, tienes otra opción: hazte funcionario. Mientras exista una ley que te ampare y no te importe no ascender, puedes mantener tu ética y decidir con quien eres amable. Eso sí: de esos funcionarios que van quedando pocos, que empleado público ya sería otra cosa.

    NB: ¿Murcia, los que mejor habláis? En Murcia no habláis, ¡perpetráis!

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    1. Hombre Vicente, qué bien leerte por aquí de nuevo!

      Tienes toda la razón, lo del invento yanki era sólo un apunte. En lo referente a hacerme funcionario, te confirmo que estoy ya en ello :) Aunque tengo que montármelo por mi cuenta, ya que en este agujero levantino no hay ni preparadores ni mucho menos academias.

      Saludos!

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      1. No, si escrito no hay problema, pero cuando lo decís de viva voz desenfundo el código penal porque tiene que haber algo con eso que hacéis.

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    2. Por cierto, ya que te tengo a mano, y a colación de que no hay academias ni preparadores ¿Crees que es mejor que me compre los libros con el temario (Aspiro a Administrativo de la Generalitat Valenciana), o que busque las leyes y regulaciones por Internet?

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      1. Me temo que ambos. No conozco demasiado como funciona lo de la Generalitat, pero para Ministerios suelen encontrarse academias que formen online (CEF, ADAMS, por ejemplo). No es por la formación en sí, sino por los tests y las pruebas prácticas (cuando las hay). Las academias grandes suelen acertar bastante.

        En cuanto a la teoría, yo suelo tirar de BOE para consultar dudas y actualizaciones, pero intentar formarse con eso es muy duro porque a) trae mucha paja, b) escriben en lenguaje críptico, y c) te pasarás la vida saltando de una cosa a otra por las referencias.

        Yo te diría que la autoformación sólo si lo planificas a muy, muy, muy largo plazo.

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  3. El tema de quien habla mejor castellano lo dejamos para otro momento si queréis. En cuanto a trabajar cara al público, tiene sus cosas buenas y malas. Puedes encontrar a gente amable y agradable y puedes encontrarte a gente muy idiota y cateta. Gente humilde y gente que se cree el rey del mambo. Si aprendes a torear bien a esa gente, ganarás mucho en salud y felicidad.

    Pd: idiotas los hay en todo el mundo, es una plaga imposible de erradicar.

    Twitter: @MigueIjr

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  4. «De Murcia, ¿te suena? Está en el sur. Junto con Andalucía, los que mejor hablamos del país».

    Anda queeeee… Me voy a callar lo que pienso, compadreeeee, jajajajaaaaaa.

    Tienes toda la p… razón. Turistas de salón, los llamo yo. Has dado una muestra bastante representativa del espécimen, y no voy a incidir más en el tema. Son la vergüenza del turismo, los que no saben -ni quieren saber- que viajar y ver documentales en la tele no es lo mismo. ¡A pastar que se vayan!

    Un beso, wapetónsss

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¿A ti tampoco te callan?

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