¿Tres millones de antivacunas?

Creo que conozco al tío más «afirmacionista» de España. Le da un miedo terrible contagiarse del covid. Lleva desde marzo de 2020 sin viajar ni comer fuera (en esto es coherente, no como los que se indignan si ven a uno sin mascarilla por la calle y luego lo tuitean desde un avión o un restaurante). Va al supermercado porque no le queda más remedio, buscando el horario en el que haya menos clientes, y sale de allí en tiempo récord, como esos concursos en los que daban un minuto para llenar el carro. No recuerdo cómo era su cara sin mascarilla. Huele a gel hidroalcohólico a diez metros. Con lo que lleva gastado en PCR y test de antígenos podría haberse comprado una ambulancia.

Consume cantidades ingentes de «información», se traga todos los telediarios y programas especiales, está al día de las últimas investigaciones. Si te pilla por banda te da el parte diario de incidencias, variantes, brotes… Yo lo dejo que hable, que se desahogue, pero lo escucho como al loco del pueblo, con paciencia y algo de compasión.

A este tipo le llaman negacionista. ¿Por qué? Porque no está vacunado contra el covid. ¿Y por qué no? Mi respuesta sería: porque no le da la gana, que para eso la vacuna es voluntaria y él adulto. Pero su respuesta es que no tiene claro que la relación riesgo-beneficio para una persona joven sea tan favorable como nos venden.

Sus motivos, como digo, me son indiferentes. Pero es ridículo que metan en el saco de los negacionistas a un tío que cree en la existencia y la gravedad del covid más que nadie.

Como él, cada uno con sus razones particulares y privadas para no vacunarse, hay otros. De estos —que ya de por sí son pocos, en comparación con el total de la población española—, el porcentaje de antivacunas es mínimo.

Los antivacunas existen desde siempre, no han surgido con el covid. Pero su presencia en España es irrelevante. Aquí no hay un movimiento organizado y de cierta importancia, como en otros países. ¿Cuántas personas conocéis que se nieguen a vacunar a sus hijos del sarampión, la rubeola o las paperas?

Alguien que opina distinto a la versión oficial o que se hace preguntas no tiene por qué ser un antivacunas. Por estadística, lo más probable es que no lo sea.

Por eso resulta penoso ver a tanta gente repitiendo la consigna mediática. Sería exactamente igual si llamaran antivacunas a los que no se han vacunado contra la gripe.

Es una estrategia. No se puede tolerar que haya personas inteligentes, cultas, informadas, con conocimientos científicos, que después de sopesarlo hayan decidido no vacunarse contra el coronavirus. Podrían ser ejemplos inconvenientes. De modo que a esa gente tiene que pasarle algo. Pues ya está: son antivacunas (además de irresponsables, egoístas, insolidarios, magufos, bebelejías y todo lo demás).

En esto los medios tienen experiencia. Los estadounidenses que se opusieron a la invasión de Vietnam fueron acusados de comunistas. Cincuenta años después, los que denuncian el espionaje masivo son tratados como terroristas.

En España, si rechazabas las torturas policiales eras de ETA. Y hoy, si criticas la podredumbre de nuestro sistema democrático te acusan de estar en contra de la democracia.

Desacreditan protestas masivas titulando «La manifestación de radicales…» porque cuatro tarados entre cientos de miles de manifestantes hayan quemado una papelera.

La misma simplificación se produce cuando se les llama antisemitas a quienes critican los crímenes de Israel. O cuando acusan de machista a alguien solo porque le parezca mal censurar libros clásicos.

Negacionistas con alas

Hay personas, vacunadas y no vacunadas, que señalan las incongruencias, la desproporcionalidad e incluso la ilegalidad de muchas decisiones políticas tomadas a rebufo de la pandemia. Se preocupan por la pérdida de derechos, temen que aprovechen dichas medidas para controlar a la población… Los motivos para discrepar o preocuparse son numerosos.

A esas personas los medios los llaman negacionistas. No importa que crean que el virus existe y es peligroso. Negacionistas, repite la masa.

Cuando he criticado posturas de partidos a los que les he dado mi voto, me han advertido: «Es que así le das alas a la derecha». Eso, cuando no me han acusado directamente de ser un enemigo infiltrado. Supongo que al votante crítico de derechas le pasará igual, a la inversa.

Esa misma frase se ha hecho habitual para silenciar a cualquiera que cuestione restricciones y medidas políticosanitarias: «Es que así se le dan alas al negacionismo».

Vivimos en una sociedad infantilizada, impermeable a los matices, radicalizada por los mismos políticos y periodistas que después fingen preocuparse por la polarización. Los chistes acaban en los juzgados, los que piensan por su cuenta tienen miedo a opinar algo inapropiado, a ser «cancelados».

En este caldo de cultivo se ha desarrollado el virus del covid. El ambiente perfecto para el fanatismo y la intolerancia.

Si te separas un milímetro del discurso único pasas a ser comparado con Miguel Bosé, Abascal, Trump, Bolsonaro… Etiquetas sencillas para cerebros simples, personas incapaces de contemplar más de dos puntos de vista, de modo que si no tragas con todo lo de A, por fuerza has de ser de B.

Los que así hablan no caen en la cuenta de que, en múltiples aspectos de la pandemia, defienden la misma postura (sí a todo) que Losantos y muchos otros con los que les avergonzaría que les comparasen.

Es como decirle a un tipo del PCE que es de la falange porque los falangistas rechazan la monarquía.

Las analogías endebles es lo que tienen: se te pueden caer encima.

Luis es terraplanista y está en contra del uso obligatorio de la mascarilla. Juana también se opone al uso obligatorio de la mascarilla. ¿Podemos deducir que Juana es terraplanista? Claro que no. Da hasta vergüenza aclararlo.

Me gustan los pastores alemanes, como a Hitler. Ergo, soy nazi.

Así actúa la prensa «seria». Y la opinión pública, por desgracia, ha sido siempre un eco de la prensa.

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12 sin mordaza

  1. «Vivimos en una sociedad infantilizada, impermeable a los matices, radicalizada por los mismos políticos y periodistas que después fingen preocuparse por la polarización». Han descubierto que eso da audiencia (más dinero, más notoriedad, más votos) y van a seguir por ese camino hasta que no les sea rentable. En ese momento, abandonarán el camino.

    Claro que se puede estar en contra de la vacuna y no ser un negacionista. El problema es que, de la manera en la que se informa, al final son los propios medios los que crean más escépticos. No puedes estar semanas hablando de que la vacuna provoca trombos y luego sorprenderte de que la gente la rechace.

    En resumen: vacúnate, los beneficios a corto y medio plazo son mayores que los inconvenientes (a largo plazo no se puede saber) y si quieres informarte, apaga la tv.

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    1. ¡Hola, Miguel!

      Discrepo a partir del segundo párrafo. Bajo mi punto de vista, los medios han hecho todo lo posible porque nos vacunemos. Para ello se han saltado los límites de la deontología e incluso de la legalidad, fomentando la discriminación de los no vacunados, animando a los demás a «hacerles la vida imposible», avivando el enfrentamiento…

      Creo (es mi percepción personal, no pretendo convencer ni discutir) que se ocultan la mayoría de los efectos secundarios que las vacunas del covid están provocando, muertes incluidas, del mismo modo que falsean (en este caso, para inflarlos) los datos de hospitalizados y fallecidos por coronavirus.

      Después de lo dicho, comprenderás que no me atreva a aconsejarle a nadie «vacúnate». No solo por los efectos a corto plazo, sobre los que tenemos un punto de vista diferente, sino por las consecuencias a futuro, de las que nada sabemos (ahí sí coincidimos).

      Los medios censuran a cualquiera que siembre la mínima duda sobre la eficacia, conveniencia e inocuidad de las vacunas covid. Y no ocurre solo en los medios tradicionales, tan grave o más está siendo la censura en Youtube, Twitter, Facebook, Instagram, Spotify… incluso Linkedin. Entre los censurados hay expertos en vacunas con muchos años de experiencia, virólogos, etc.

      El último ejemplo de esto lo tenemos con las declaraciones de Joan-Ramon Laporte, un catedrático de farmacología invitado por PSOE y Podemos a la comisión del Congreso que investiga la gestión de las vacunas. El vídeo de su intervención (que aún no he podido ver) ya ha sido borrado de Youtube. Al parecer, se ha salido del redil. No tengo ni idea de quién es ni de lo que ha dicho, pero censurar una intervención en el Congreso es algo serio. La supresión del debate no tiene nada de científico.

      En fin, que el tema de la vacuna daría para un artículo. Y el de la censura, para otro. Igual me pongo a ello, antes de que los «verificadores» lleguen también a WordPress.

      Gracias por comentar. Aunque pase meses sin actualizar el blog siempre estás al pie del cañón.

      Twitter: @vota_y_calla

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  2. Me ha encantado Salva! Fenomenal reflexión y además, el tema de la polarización, las etiquetas y la infantilización general de la población, que es lo que nos está lacrando y separando más que nunca.

    Esto me recuerda al experimento que hizo Stanley Milgram (un nazi de cojones), que puede explicar el por qué mucha gente se está comportando como se comporta y dentro de unos años negará haberse comportado así.

    Cuando me refiero a este «como se comportan», quiero decir a aquellos que segregan, discriminan a alguien por ideas, ponen etiquetas e intentan que todo el mundo actúe igual: siguiendo las normas. Me refiero a aquellos que parece que han perdido la humanidad, bajo el paraguas de «soy el más responsable del mundo».

    Todo tiene que ver con la autoridad: si nos idiotizan, refuerzan su autoridad; si nos dicen cómo pensar, refuerzan su autoridad; si nos dicen que mascarillas al aire libre, refuerzan su autoridad; si nos dicen vacúnate que el que no lo hace te mata, refuerzan su autoridad… ¿qué consiguen? Pues como demostró Milgram, a más autoridad, más sometimiento de la gente, que deja de cuestionarse cosas porque ven a alguien en una jerarquía superior a la que no cuestionan, que se encarga de dar indicaciones.

    Si no conoces el experimento, dale boludo, seguro que te gusta.
    Como siempre digo, cuidado con las mayorías y cuando dos personas piensan igual, es porque una de ellas no está pensando.

    Qué ganas tenía de volver a leerte por aquí y más con un post de este tipo, que me ha encantado. Gracias por tu lucha (que la comparto) y gracias siempre por poner sentido común y argumentos, a través de las palabras.

    Twitter: @Matatweet

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    1. Ah, sí, el de las descargas eléctricas. Conocía el experimento, aunque no recordaba el nombre del psicólogo. Pero ¿por qué le llamas nazi? Pobre Milgram xD

      Dejo aquí el enlace a la Wiki. Y un extracto:

      «Antes de llevar a cabo el experimento, el equipo de Milgram estimó cuáles podían ser los resultados en función de encuestas hechas a estudiantes, adultos de clase media y psicólogos. Consideraron que el promedio de descarga se situaría en 130 voltios. Todos ellos creyeron que solamente algunos sádicos aplicarían el voltaje máximo.
      El desconcierto fue grande cuando se comprobó que el 65 % de los sujetos administraron el voltaje límite de 450, aunque a muchos el hacerlo los colocase en una situación absolutamente incómoda. Ningún participante paró en el nivel de 300 voltios, límite en el que el actor dejaba de dar señales de vida. Otros psicólogos de todo el mundo llevaron a cabo variantes de la prueba con resultados similares.»

      Siempre que me he acordado de este experimento ha sido después de algunas actuaciones policiales o militares. Pero es verdad que tiene mucho que ver también con lo que está pasando ahora.

      Hablas de «gente que dentro de unos años negará haberse comportado así». Estoy seguro de ello. Si esta deriva totalitaria se revierte un día, los más sumisos dirán que han corrido delante de los grises. Ya me entiendes.

      Gracias a ti por darle un toque académico a la entrada.

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