Toque de queda

 

Paseo nocturno, semana pasada. Desde adolescente me gusta caminar por sitios solitarios, dejando vagar los pensamientos y disfrutando de estar vivo. A veces me sirve de inspiración para escribir (tengo otro registro más «blandito» del que muestro aquí), y si no, atiendo a la música o me limito a escuchar el mar.

Mis pies me llevaban por una calle paralela a la playa, la parte trasera de unos chalets que incluso en los buenos tiempos han estado vacíos trescientos cincuenta días al año, como tantos por aquí. Son testigos mudos del disparate especulativo y la agresión al medio ambiente. Construidos a pie de playa, destrozando el litoral, nunca han corrido sin embargo el riesgo de verse demolidos por la ley de costas (y menos ahora que la misma ley de costas ha sido demolida por el PP); esas cosas sólo le suceden a los que no tienen dinero, el que llevaba un pequeño chiringuito que era su único sustento o aquel que levantó una casucha con sus propias manos porque no tenía otro lugar donde cobijarse. Los hoteles y los titánicos chalets (muchos propiedad de políticos de la zona) no suponen ningún problema.

Fotografía "Ley de costas"

Casas de la zona

Pero esta vez no iba pensando en eso. Sólo unos metros más y dejaría atrás esa calleja para acceder a cielo abierto, a la playa que ya se iba insinuando con su olor a salitre, y podría levantar la vista hacia las estrellas, muy visibles porque la luna les había cedido esa noche todo el protagonismo, convirtiéndose para ello en un humilde, finísimo signo de cierre de un paréntesis. Cuando la vi al salir de casa imaginé, ahora lo recuerdo, que otra luna abriera el paréntesis, y en medio… ¿Qué habría en ese caso en medio? También me vino a la cabeza Deltoya1, por la alusión a la luna creciente, y… En fin, esto os vale para haceros una idea de cuál era mi estado de ánimo.

Caminaba escuchando música, metido totalmente en la canción, absorto, atento a cada acorde. Se trataba de Sólo viento2, de Nacho Vegas. Esperaba con ansia al último tercio, mi parte preferida: 

 

Oí la voz de una mujer

diciéndome:

«No puedes seguir siempre siendo

sólo viento»

 

¿Por qué no? ¿Por qué no podía yo ser sólo viento, obviando obligaciones y asuntos mundanos que no me interesan? Dejar de lado «el tonto por ciento de los cuentos del business»3, que canta Sabina, para «que no interrumpa lo cotidiano mis pensamientos»4. Ser sólo viento, sólo música, poesía, literatura… Poder centrarnos en crecer como personas, en lugar de vernos abocados a arar miles de surcos iguales en esta vida de bestias para la que nos han predestinado. ¿Por qué no podía ser siempre como en ese preciso precioso momento? Hacía frío y en esto el viento no ayudaba, empeñado como estaba en acariciarme la cara con brusca torpeza, como haría un animal grandote e invisible. Pero no me importaba lo más mínimo: la chaqueta llevaba una capucha calentita, y además tenía un brasero pequeño («pero firme»5) dentro del pecho. Estaba feliz.

 

Grafitis, toque de queda

Grafitis de la zona

 

En estas se cruzó conmigo, viniendo de frente, un coche de la Guardia Civil, aunque prácticamente ni los vi. Pero segundos después el coche regresó, poniéndose a mi lado, a mi paso. Una chica jovencita me dirigió por el hueco de la ventanilla unas palabras que no pude escuchar. Me detuve y me retiré la capucha con desgana, también los cascos, y algo aturdido, como el que es despertado demasiado bruscamente (y de un lugar semejante al sueño me acababan de hacer aterrizar), le pregunté:

—¿Qué?

La chica repitió, con un tono que pretendería ser amistoso, pero que le salió como si estuviera ligando:

—Hola. ¿Vives por aquí?

—Sí, en *******.

 

Fotografía Tejero 23f

Tejero y sus colegas en el golpe del 23F
Retoque: Salva Solano / Crédito: Manuel Pérez Barriopedro

He de reconocer que no soy de esos que se sienten tan orgullosos de la Benemérita que se les suelta la lagrimilla al verlos desfilar. Creo que ese cuerpo tiene más de lo que avergonzarse que motivos para enorgullecerse. Ahí está su pasado, ligado a la época más oscura de la historia reciente de este país. Algo similar me ocurre con la policía y el ejército, nunca he entendido la «buena» puntuación (comparada con otras instituciones; en el país de los ciegos, ya se sabe) que sacan siempre las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado en las encuestas del CIS (dando por hecho que estas sean fiables, que no es poco suponer). «Marque del 0 al 10 la confianza que tiene usted en la Guardia Civil». ¿Confianza? Confío en lo que sé: que son capaces de sostener y defender cobardemente una dictadura; confío en que, como en el 81, pueden intentar dar un golpe de Estado para que vuelvan los tiempos de «extraordinaria placidez»; y confío en que si en el futuro nos vemos abocados a otros cuarenta años de oscurantismo y atraso cavernario, los que disfrutan del «monopolio de la violencia» se pondrán de parte de sus amos, no del pueblo, de la democracia ni de la legalidad. No tienen como principal función la de defender al ciudadano. Nos defienden únicamente mientras nuestros intereses no entren en conflicto con los de los políticos o los poderosos. Cuando esto ocurre, como hemos comprobado hasta la saciedad, actúan como sus guardias de seguridad, tratando al pueblo que paga su sueldo como a delincuentes, como el «enemigo». Al servicio ciudadano están, por ejemplo, una Sanidad y Educación pública a las que puedan acceder el mayor número posible de personas. Y esas, nuestros gobernantes se las están cargando. Si la función primordial de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado fuera verdaderamente defender al pueblo, ya estarían bajo mínimos.

Vale, es verdad. En ocasiones nos defienden a muerte.

 

La chica se bajó del coche, seguida por el conductor. Este no debía de ser mucho mayor, porque no llevaba el bigote obligatorio en los de su gremio a partir de cierta edad. Ella (muy guapa, aunque no venga al caso) continuó con una serie de preguntas en tono «casual». No estoy muy puesto en técnicas policiales, pero se veía claramente que trataba de pillarme en una contradicción. Su colega entró también al trapo, aunque este llevaba a cabo el interrogatorio más directamente, sin pretender parecer amable. El poli malo.

Al darme cuenta de la «táctica» que estaban empleando no pude evitar reírme cuando me dirigí al malote, cuyas intervenciones se habían ido poco a poco imponiendo a las de su compañera:

—¿Es que te parezco sospechoso? —no es que eso deba servir de excusa para importunar a nadie, pero no llevo lo que ellos llamarían «pintas», y además tengo una cara de bueno que no puedo con ella.

—Pues sí —respondió directamente. Agradecí que se dejara de tonterías al fin.

—¿Y eso?

—Pues ya me dirás tú, alguien deambulando de noche, es sospechoso. Y con capucha.

—Me gusta pasear.

—¿A estas horas?

¡No eran ni las nueve de la noche! Es verdad que no había nadie más por la calle, pero es que aquí, excepto en verano, la densidad de población es irrisoria, como he dicho. Y los que hay, a partir de cierta hora se quedan en casa viendo la tele.

No sabía que teníamos toque de queda —se lo dije sonriendo, no en plan borde. Simpático que es uno. Pero por el gesto deduje que mi broma no le hizo mucha gracia—. Y la capucha es por el frío.

—¿Y has venido desde ********* andando? —enfatizó tanto esta última palabra como si hubiese terminado la frase con «volando». Otras veces he llegado a esa zona a pie, no habrá más de 6 kilómetros. Para que aquello fuera una juerga completa, podría haberle preguntado si caminar estaba también tipificado como delito en la nueva ley de seguridad ciudadana, pero me contuve:

—No, en coche —comenzaba a sentirme algo molesto. La «conversación» no llevaba a ningún lado, el estar quieto me hacía sentir un frío que unos minutos antes no existía, y sobre todo estaban arruinando un estado de ánimo perfecto.

Viendo que la cosa se ponía un poco tensa, la poli buena me preguntó dónde tenía el vehículo.

—En ********, a la orilla de la playa, cerca de vuestro cuartel.

Eso ya debió de parecerles tremendamente preocupante. Un tío que sale a las nueve de la noche, que escucha música, pasea (¡y con capucha!), aparca el coche al lado del cuartel: igual lleva una bomba-lapa. Pasó a hablarme de usted para pedirme que sacara mis pertenencias de los bolsillos. Lo hice, con cara de disgusto.

Ahí salieron mis armas de destrucción masiva: aparte del mp3, una libreta, un boli y las llaves del coche. Al ver estas se quedó más tranquilo, ya sabía que lo del coche no me lo había inventado.

—¿Está todo?

—Tengo también un clínex usado (el frío hacía moquear).

Se ve que no me creyó, porque me cacheó. Si por lo menos se hubiera encargado su compañera… Encontró el clínex («te lo advertí»). Comprobó que estaba limpio (yo, del clínex mejor no hablar), pero entonces reparó en la pequeña libreta. Tiene las hojas arrugadas porque se mojó una vez que intenté ayudar a un delfín varado… pero esa es otra historia. La llevo cuando voy a pasear para apuntar las cosas que se me ocurren: divagaciones, relatos… incluso poesías.

¿Se puede leer? —me preguntó al mismo tiempo que se ponía a hojearla. Eso es como el que te pide permiso para probar de tu copa cuando ya está bebiendo.

Bueno, pero no creo que lo entiendas —aquí mi simpatía ya se había esfumado del todo.

El tío pasaba páginas, supongo que intentando encontrar allí algo como «casas número 25, 46 y 50 deshabitadas; pasar mañana a robar con Mohamed; no olvidar palanca y ganzúa. Viva la República».

Pues no tienes tan mala letra —me contestó, mientras continuaba leyendo.

No lo decía por eso.

Levantó la cabeza de golpe para mirarme, intuyendo que le había vacilado, pero sin estar muy seguro de cómo. Me devolvió la libreta sin excesiva amabilidad.

La chica intervino para pedirme que le mostrara el DNI. Respondí que lo tenía en el coche. Por un instante temí que me multaran por no llevarlo encima o, lo que hubiera sido peor, que me hicieran acompañarles hasta allí y me cortaran el rollo definitivamente, pero se conformó con que le diera mi nombre y apellidos, domicilio y DNI. Lo anotó todo y se alejó unos pasos para hablar por el walkie con alguien («Romero, necesito un setecientos uno de este DNI. Apunta…»), deduje que con la intención de comprobar si estaba «fichado». Entretanto, yo me quedé de pie junto a su compañero, en una espera incómoda, un silencio de esos de ascensor. ¿Qué le iba a decir? «¿Cómo va el servicio, agente? ¿Han decomisado muchos bolígrafos esta semana?».

Se ve que confirmaron que no me hallo en la lista de los terroristas más buscados por la CIA (tuve suerte, porque ahí estaba hasta Mandela), así que finalmente me dejaron ir, no sin hacerme repetir antes todos mis datos, para confirmar que no me los había inventado. Ni un perdone las molestias, ni dos besos de la agente, ni nada por el estilo: «ya se puede marchar». Circule.

Seguí mi desembocadura hacia el mar con un poco de resquemor. Odio que me hagan perder el tiempo, es lo único que tengo que verdaderamente me importa. Lo más triste es que probablemente todo este «operativo» tuviera como única objetivo encontrar alguna china. Ese es el grave problema de España, que un chaval (aparento menos edad de la que tengo) lleve un porro encima. Caiga sobre ellos todo el peso de la ley.

Repasé mentalmente lo sucedido, y no pude evitar sonreír al acordarme de mi pregunta sobre el toque de queda y la expresión del agente. Pero la sonrisa se me agrió en la cara al venirme a la cabeza la ley mordaza a cuenta de sus palabras sobre la capucha. En el anteproyecto de ley aprobado, acudir con capucha a manifestaciones puede suponer una multa de hasta 30.000 € (que se preparen estos):

Encapuchados, ley de seguridad ciudadana

Peligrosa concentración de encapuchados

 

Si son capaces de aprobar una ley que tiene como una de sus principales finalidades ocultar los abusos policiales para que queden (todavía más) impunes, ¿sería tan descabellado que aprobaran el toque de queda? A fin de cuentas, ¿quién sale a pasear de noche por lugares bellos y solitarios? Los locos y los poetas: un minúsculo número de votos. Además, lo harían por «nuestra» seguridad, no tendríamos de qué quejarnos. Eso si tuviéramos fuerzas para protestar: el ataque a la ciudadanía está siendo tan brutal y por tantos frentes, que andamos un poco noqueados. Están siguiendo el manual de La doctrina del shock a rajatabla.

Pero fue darle al play y aquello comenzó a disiparse. Lo dicen los Scorpions y es verdad: a algunos, la música nos arregla casi todo: «You’ve got your songs / They’re everyday / for a while / Just the only way / to feel all right».

A los tres minutos de haber dejado atrás los uniformes, por los auriculares se escuchó una queja:

 

Como si fuera un error

siempre encuentro a mi alrededor

cosas que amenazan al final del día

con volver

Volver como el viento,

como el viento…

 

Cuánta razón tienes, Nachete. Cómo me conoces…

 

Canciones citadas en el texto:

Deltoya

1 Deltoya, de Extremoduro.

Solo viento

2 Sólo viento, de Nacho Vegas.

La cancion mas hermosa del mundo

3 La canción más hermosa del mundo, de Joaquín Sabina.

Sucede

4 Sucede, de Extremoduro.

De todo el mundo

5 De todo el mundo, de Bunbury.

Born to touch your feelings

6 Born to touch your feelings, de Scorpions.

Ciudad de los gitanos

Bonus track: Ciudad de los gitanos, de Marea. No se encuentra en el texto pero me apetece ponerla. La letra de esta canción está extraída del Romance de la Guardia Civil Española de Federico García Lorca, incluido en su Romancero gitano. Lorca, otro de tantos «peligrosos» ciudadanos (jamás empuñó un arma, ni siquiera se metió en política) al que la Guardia Civil prendió en el 36 para fusilarlo y tirarlo después a una fosa común.

 

Crédito de la (terrorífica) imagen de cabecera: La Legra Negra.

 

Artículo publicado en Kaos en la red

También te puede interesar:

2 sin mordaza

  1. Pingback: Toque de queda

  2. Me ha encantado.
    Yo conozco la historia de la libreta.
    Y también conozco tu cara de chaval.

    Vaya autoridades con criterio…y la tía sin cachearte,
    mira que hay que ser tonta, ¡pijo! :P

    Responder

¿A ti tampoco te callan?

Tu dirección de correo electrónico NO será mostrada.