Los terroristas no viajan en business

Saludos, potenciales yihadistas. Hoy nos quitamos la mordaza para hablar del timo de la seguridad en los aeropuertos.

En clase business no hay amenaza terrorista

En cuanto se les da una oportunidad, los fascistas asoman la patita debajo de la piel de cordero, como en el cuento de las siete cabritillas (no os quejaréis de referencias culturales de altura). Tras el asqueroso asesinato de doce personas en la sede de la revista Charlie Hebdo, algunos se han lanzado como los lobos que verdaderamente son a pedir recortes de libertades y más control ciudadano. El primer ministro británico, James Cameron, ha planteado incluso la posibilidad de cerrar Whatsapp.

Es una burda excusa, pero terriblemente efectiva. Terriblemente, de terror: cuanto mayor sea el miedo, más dócil se vuelve la masa, busca refugio en los pastores y deja lo de cuestionarse las medidas de los de arriba para momentos de paz. En una situación de «emergencia», «excepcional», «de riesgo», en «estado de guerra» o cualesquiera de los términos que usan tertulianos y medios para asustarnos, la ciudadanía está dispuesta a todo. Os aconsejo leer La doctrina del shock, de Naomi Klein.

La lucha contra «los malos» beneficia invariablemente al presidente de turno. Así pasó, por ejemplo, con Thatcher y las Malvinas, con las invasiones de Bush padre e hijo, y está ocurriendo con Hollande, que tras el atentado de París se ha convertido milagrosamente en un tío popular. Siempre es igual: el miedo impide pensar, te hace resguardarte en la seguridad de la manada. Esa odiosa frase de «más vale malo conocido…» la inventó un cobarde en plena crisis de pánico. El miedo te vuelve conservador, por eso el PP utiliza electoralmente a ETA.

De ese modo, tras el 11S (de nuevo, EEUU silba y el resto del mundo baila) la ciudadanía aceptó como algo natural los desproporcionados controles en los aeropuertos, el ser tratados como ganado, la absurda prohibición de subir líquidos traídos de casa a bordo… Sí, digo «traídos de casa» porque como sabéis, si te gastas cinco veces más de su valor de mercado en un botellín de agua dentro de la terminal, puedes introducirlo en el avión sin problemas.

Estas normas tienen dos consecuencias: se crea un clima de inseguridad que vuelve a los pasajeros sumisos a la vulneración de su intimidad, al control de sus datos personales… Y de paso algunos se forran.

La mayoría de las inútiles y excesivas medidas de seguridad aérea son un placebo. ¿O no se puede cortar la garganta a un piloto con el cristal roto de unas gafas falsas? Y ¿es que no existen otros medios de transporte en los que atentar?

 

La doctrina del shock

Aquí mi ejemplar, un poquillo «reventao» ya, como se puede ver

 

Los terroristas no vuelan en clase business

Verano de 2010, regreso de vacaciones en Roma. Se nos escapó el tren que nos llevaba al aeropuerto, así que cuando al fin llegamos nuestro avión había volado. El próximo en turista no salía hasta el día siguiente, y como teníamos que estar sí o sí en España por la mañana temprano, no nos quedó otra que sacar billetes de business. Nunca había viajado ni he vuelto a viajar en clase preferente, aunque la experiencia no fue mala. Os cuento por encima:

Los afortunados que se rascan el bolsillo (o los diputados) esperan el embarque en una sala «VIP» que no se parece en nada a la común: bufé de comida y bebida (incluido alcohol y café), sillones donde poder descansar o dormir tranquilamente, televisión, ordenadores con conexión a Internet, periódicos y revistas, duchas en los limpísimos aseos… Todo «gratis», se entiende. Lo has pagado ya, pero también han pagado su billete los de clase turista y no les dan nada hasta subir al avión, y según.

Pero lo indignante viene ahora. El control de seguridad de los business se encontraba en una zona distinta, alejada de las miradas de la plebe. Lo que más sorprendió al llegar es la ausencia de colas. «Será porque hay menos gente que en turista», pensé. Me equivocaba.

El arco de seguridad pitó al pasar por debajo. Por inercia, me dispuse a quitarme el cinturón cuando el guardia me detuvo con un gesto: «no, no, caballero, no hace falta. Pase, por favor». Así, sin descalzarme ni nada. Nos quedamos tan sorprendidos que como no tenía prisa (me tomo la vida con calma, así luego pierdo los aviones) decidí esperar a ver qué sucedía con los que venían detrás. Igual mi encantadora sonrisa unida a un irresistible e incuestionable atractivo físico había embelesado al guardia. Pero qué va, hizo lo mismo con todos los que me siguieron. La mayoría ni siquiera se detenía: cruzaban el arco, pitaba, enseñaban la tarjeta de embarque, saludo al guardia y adelante. Supongo que las investigaciones de las agencias de Inteligencia internacional habrán confirmado que los terroristas no pueden pagarse un billete en clase preferente.

La razón de este favoritismo, según me explicaron luego, es evitar que sus clientes pierdan tiempo. Parecen suponer que todos los que viajan en business son importantes ejecutivos que tienen mucha prisa, se ve que lo de Monago era una excepción. Y se ve, asimismo, que la gentuza que viaja en turista no tiene nada mejor que hacer que jugar a las prendas en un redil.

Luego, en el avión, más de lo mismo. Además de la comodidad, básicamente debida a que han diseñado el espacio entre los asientos tomando como modelo a seres humanos en lugar de a ewoks, las sorpresas llegaron a la hora de comer. La primera es que la comida está buena, pero eso es irrelevante para nuestra historia. Lo importante es que te ponen cubiertos «de verdad», de los que tenemos en nuestra casa, de los que pinchan y cortan. ¿Veis el despropósito? Todos los que se sentaban detrás de nosotros habían tenido que tirar hasta la lima de uñas antes de embarcar, y allí estaba yo con mis relucientes y puntiagudos cubiertos de acero inoxidable. Pero es que pedí vino (igualmente «gratis») para acompañar la más que aceptable perdiz en escabeche, y me trajeron una botella de cristal de tres octavos. Habría sido bien sencillo romperla y utilizarla como arma blanca, pero ya se sabe que los terroristas son todos musulmanes, y los musulmanes no beben alcohol. También deben de ser estériles e inmunes a la diabetes, pues incluso en clase turista puedes subir líquidos a un avión si llevas a un bebé o has de ingerir algún tipo de medicamento.

Nos toman por gilipollas.

 

Música: El miedo, de Niños mutantes

La imagen de cabecera nos la ha dedicado Brotesto

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7 sin mordaza

  1. ¡Qué bien les han venido los atentados! Cabrones… Y más en este país que la gente se cree a pies juntillas lo primero que leen en la prensa o lo que dicen en la tele. ¿Por qué? «Porque lo han dicho en la tele, y punto.»

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  2. Andaaaa, eso no lo sabía… O sea, que los ricachones se libran de la represión… Claro, no podía ser de otra manera. Ahora ya no hay duda: TODO es una excusa, un montaje para convertirnos en ganado sumiso. ¡Gracias!

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  3. Muy buen artículo Salva. Entretenido. Como dijo Margen Simpson (llamarme friki): »Los ricos son como los pobres, pero mejores socialmente». ¿Cuánta gente piensa así? Mucha. Ya sabemos que todos los problemas del mundo son por culpa de los pobres, si no fuera por ellos ¡No existiría la pobreza!. Además, todos los asesinatos son por culpa de negros, inmigrantes, pobres… esto último es lo que he sacado en limpio después de ver CSI Miami. Y si lo dice la tv, es verdad

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  4. Pues sí, la conclusión que saca Olga es más o menos la misma que saqué yo. ¡Gracias a los tres por comentar!

    «La culpa es de los pobres: si no fuera por ellos, no existiría pobreza». Qué Miguel… :D

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  5. Pandora Groovesnore 26/01/2015 a las 13:26

    Es como lo del comisario provincial de Zaragoza que ha pedido hace poco a los policías que tengan a bien vestir con un cierto decoro (o sea chaqueta y corbata) a fin de que los señores magistrados no les confundan con los acusados cuando van a testificar… Como muy bien sabemos, en Españistán los malos siempre visten chándal, barba de 4 días y tienen un tatuaje en el brazo izquierdo que dice «amor de madre», y los buenos siempre llevan camisa blanca, pantalón con raya perfecta y van a Tenerife porque tienen reuniones muy importantes.

    Joerrr, qué triste es vivir con los clichés que marcan los demás. Si eres de izquierdas no puedes ser empresario, si eres de derechas no te puede gustar el heavy metal, si eres mujer no puedes enamorarte de un tipo 35 años mayor sin que te llamen zorra, si eres hombre no puedes practicar natación sincronizada sin que te llamen maricón…

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      1. Pandora Groovesnore 28/01/2015 a las 11:55

        Jajajaja qué malo eres, Wiggum! Es que vivimos rodeados de estereotipos que nos condicionan desde que nacemos. Y en realidad… cualquier parecido con la realidad muchas veces es pura coincidencia. Los únicos que no fallan nunca son los dibujantes de Los Simpson, que clavan los personajes de la realidad real (que se lo pregunten a Bárcenas) ;-)

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