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Pérez-Reverte, un lúcido en Sodoma

 

Vengo leyendo puntualmente los artículos de Arturo Pérez-Reverte desde hace más de veinte años. Si un domingo se me pasa, al siguiente tomo ración doble, pero creo que no me he perdido ninguno en todo este tiempo.

 

Leyendo a alguien durante dos décadas, si ese alguien se muestra tal cual es, si prescinde de esnobismos y actitudes impostadas, si logra sobreponerse al miedo al qué dirán y la consiguiente autocensura, inevitablemente acabas conociéndole. Sabes, además de lo más difundido (su pasado como corresponsal de guerra, su pasión por leer y navegar o su lealtad a los perros), que se levanta a las siete de la mañana, desayuna colacao con crispis y prensa del corazón, hace una hora de ejercicio y después escribe entre cinco y ocho horas diarias. Sabes que ama el Mediterráneo y que le gusta sentarse en las terrazas a ver pasar la vida, parapetado tras un libro o un periódico; que escucha a Sabina y a Carlos Cano y ve una peli cada noche (le van las de John Ford); es jacobino y no tiene más religión que la del tablero de ajedrez, donde encuentra consuelo y algunas certezas; frecuenta las librerías de viejo, le entusiasma la Historia, bebe ginebra azul con tónica y es adicto a las aspirinas; en su casa, además de una biblioteca con más de treinta mil libros, guarda maquetas de barcos hechas hace años por él mismo, varios sables del siglo XIX y un Kalashnikov; las autovías le aburren y le dan sueño; tiene (o tenía hasta no hace mucho) un móvil sin conexión a internet, y si le obligaran a elegir un ministro, de ahora o de antes, al que fusilar al amanecer, posiblemente escogería para que le dieran matarile a Javier Solana (y está la cosa disputada). Sabes de los fantasmas de su memoria, de camisas manchadas durante tres días con la sangre del niño que se le vació en los brazos, y sabes que en el principio fue la lluvia en las orillas de Troya mientras zarpaban las naves. Conoces sus filias y sus fobias, sus fortalezas y debilidades. Estás al tanto incluso de nimiedades, como que su palabra preferida es ultramarinos. Conoces más de él que de algunas personas con las que tratas diariamente.

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Derecho a no tener hijos

Saludos, papás, mamás y futuros progenitores. Hoy me quito la mordaza para defender mi derecho: no quiero tener hijos, y empiezo a estar harto de que se me juzgue por ello.

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Consejos para ligar

Saludos, mujeres ávidas de que os digan obscenidades por la calle. Hoy me quito la mordaza para lamentar la forma de actuar de algunos especímenes de mi mismo sexo.

 

Artículo publicado en eldiario.es

 

Consejos para ligar (así no)

Sucedió hace unas semanas en la terraza de un bar cerca de mi oficina. Igual me repito con el escenario, pero qué queréis, paso tantas horas en el curro que es inevitable: ya me gustaría a mí contaros anécdotas del viaje alrededor del mundo en velero, pero la recuperación de Rajoy no ha pasado por aquí todavía. O me pilló despistado.

La terraza da a una estrecha carretera secundaria de doble sentido, con poco tráfico. Yo casi había terminado con mi tostada e intentaba que uno de los gorriones que acuden siempre a picotear lo que se cae de las mesas accediera a comer migas de pan directamente de mi mano. Es difícil, pero a veces algún valiente se atreve. Este no era de esos: daba dos saltitos hacia mi mano, y cuando estaba a punto reculaba.

En esas escuché un sonoro piropo estilo personaje de José Mota: «¡Yeeeee!». Te iba a hacer esto y lo otro. La destinataria del romántico requiebro era una chica que paseaba a un perrillo no mucho más grande que mi gorrión, y el Casanova de turno, un jardinero que conducía una destartalada furgoneta a la que se le iba la vida por el tubo de escape.

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Indulto a nuestra inteligencia

Saludos, pueblo servido y protegido. Hoy nos quitamos la mordaza para hablar de la obsoleta ley del indulto, uno de tantos privilegios de los que se benefician nuestros políticos, sus amigotes, y los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

 
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