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La inocencia de la hamburguesa

 

Hoy me quito la mordaza en eldiarioMurcia para contar una historia real: niños de 7 años que desconocen la relación entre su hamburguesa y las vaquitas.

 

Domingo de finales de enero, a esa hora de la mañana en que la gente de bien puede beber alcohol sin que le miren raro. O, si lo preferís, domingo a la hora del aperitivo.

Íbamos recorriendo la ‘Ruta del Peluche’. No os voy a explicar por qué la llamamos así (si tenéis curiosidad, podéis preguntar), pero os cuento en qué consiste: vamos pedaleando por la playa, y de vez en cuando nos detenemos en un chiringuito o terraza a tomar una tapa con un vermú (o una caña, o un vino; hay incluso quien se pide un Bitter Kas).

En la costa murciana hace buen tiempo casi todo el año, y los chiringuitos abren en enero.

En el último tramo de la ruta nos reunimos con una buena amiga y su hijo de 7 años. Realizamos la parada de avituallamiento y apareció por allí un hombre tocando un acordeón. No lo hacía mal.

El hijo de mi amiga se había sentado a mi lado, como siempre. Se me acercó al oído y me susurró: «¿Sabes qué? Toca para que le den dinero». Lo dijo como si fuera algo malo.

Pagamos la cuenta y continuamos el paseo en bici. Al pasar junto al hombre le di una moneda. Los demás iban delante y no se percataron, pero el niño se dio cuenta (a los críos no se les escapa una), y cuando llegué a su altura me reprochó: «¿Por qué le das dinero?» Le expliqué que había personas que estaban peor que nosotros y necesitaban ayuda. Y me contestó con lo que me pareció un pensamiento prestado, adulto, posiblemente escuchado en casa: «Sí tienen dinero, piden para ahorrar más».

Seguimos nuestra ruta peluchera. En la siguiente parada, mientras las chicas descansaban en un banco, cara al sol, charlando y contemplando las evoluciones de los flamencos (me refiero a las aves), a mí me tocó jugar con el hijo de mi amiga. Lo hago de buen grado, aunque a veces me apetezca otra cosa, porque me acuerdo de cuando tenía su edad y me aburría sentado con los mayores. También porque no tengo contacto con niños demasiado a menudo, y los pillo con más ganas que otros adultos.

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