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La izquierda y su repentino “amor” por los Mossos d’Esquadra

 

Hoy os traigo dos artículos en uno.

La primera parte es una reflexión, en frío, sobre la actuación policial tras los atentados terroristas en Barcelona, y esta nueva «moda» consistente en asesinar a los presuntos culpables en lugar de detenerlos y juzgarlos.

En la segunda parte no puedo menos que manifestar mi asombro ante la mala memoria de algunos, lo rápido que olvidan ciertas repugnantes actuaciones policiales, y lo fácilmente que pasan del amor al odio en cuanto cambia la brisa política o mediática.

 

Ciudadano Dory

«Hablamos de los mossos, joder, un cuerpo violento donde los haya, en un país donde la policía no se caracteriza precisamente por su proporcionalidad (con la izquierda: con nazis y nostálgicos del franquismo es otra cosa). Los del caso 4-F, los del desalojo de la Plaza de Cataluña, los que han reventado ojos con pelotas de goma, los de las vejaciones a manifestantes y torturas en las comisarías, los que asesinaron a Andrés Benítez… Pero ¿cómo somos tan desmemoriados?

La semana de los atentados, la policía catalana se limitó a hacer su trabajo, y lo hicieron porque les pagan, igual que un albañil se sube a un andamio y de vez en cuando se mata, o un minero rellena sus pulmones con radón o asbesto o termina su vida bajo una manta de escombros, sin que nadie les ponga por ello una medalla póstuma al mérito.

Pero nada, que vivan los mossos. Y cuando dentro de unos meses un agente estrene su nuevo juguetito disparando contra una chica de 17 años que proteste contra los recortes en Educación de un gobierno corrupto de derechas (que eso también se nos ha olvidado, ahora Artur Mas y compañía son mártires revolucionarios, hay que joderse), que la muchacha aproveche los espasmos provocados por la táser para bailar una sardana en honor de la molt honorable policía autonómica.

Que parecemos gilipollas».

 

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Colaboración en El Salto

 

Gracias a Javi Ferrero, Dani Seijo y otros amigos de Nueva Revolución, he iniciado una colaboración en El Salto, un medio que ha nacido con fuerza.

El Salto está encabezado por el extinto periódico Diagonal, y engloba a otros medios alternativos como El Salmón Contracorriente, Pikara Magazine, los compañeros de Nueva Revolución y muchos más.

Os invito a pasar por allí a leer y dejar vuestros comentarios.

 

 

Llevo unas semanas buscando casa. Necesito una «alternativa habitacional». Y eso que mi casa actual me gusta, pero hay un problema, que viene desde Plauto, pasando por Hobbes y terminando en Sartre: los lobos son los otros, el hombre es un infierno para el hombre, o algo parecido. Me refiero a la gente. La puta gente que no piensa en los demás ni por un segundo. Hoy me voy a centrar en los conductores, pero sucede lo mismo en casi cualquier ámbito de la vida.

 

Es cierto que, a excepción de ciudades como Ámsterdam, donde la reina es la bicicleta, vivimos en núcleos urbanos en los que los coches provocan un nivel de contaminación acústica intolerable, aunque hayamos ido aumentando la tolerancia a costa de nuestros tímpanos y sistemas nerviosos.

Además del ruido, los coches contaminan el aire y provocan más de 1.000 muertes al año, sólo en España (mutilados y paralíticos aparte). Y aun así, las ciudades están diseñadas para ellos, los automóviles son los niños mimados, por encima de los peatones, los ciclistas e incluso de los que pretenden descansar o relajarse en sus viviendas. Nos han hecho creer que cada uno de nosotros necesitamos una de esas máquinas de cinco plazas, y hay quienes se desplazan en ellas hasta para darle un paseo al bebé (os juro que esto es cierto, conozco a quienes «pasean» al bebé en el coche, para que se arrulle con el ronroneo del motor y el traqueteo de la carretera).

Cierto desagradable e insalubre nivel de ruido, por tanto, es inevitable mientras los gobernantes no antepongan nuestro bienestar al de los bolsillos de las petroleras, lo que según mis cálculos de experto en combustibles fósiles sucederá, año arriba o año abajo, cuando se acabe el petróleo.

Hay rarezas como la de Pontevedra que marcan el camino a seguir. Pero pocos alcaldes están por la labor de imitar al bueno de Fernández Lores.

 

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