Una sangrienta lección

 

Hoy me quito la mordaza para dejaros un relato sobre la crueldad con los animales y la pérdida de la inocencia.

La moraleja, en el caso de que la tenga, ya es cosa vuestra.

 

 

Una sangrienta lección

 

El niño pasaba junto a un solar. Entonces era habitual encontrarse con solares sin edificar, donde los niños podían ir a ensuciarse y renovar las costras de las rodillas.

Era pequeño. No sabemos por qué pasó por allí él solo, pero así fue.

En el solar había cuatro chavales. Aunque los tenía lejos, algo en su actitud indicaba que lo que hacían no era del todo lícito. Seguro que estaban metidos en algo que los adultos no hubieran aprobado. Quemando cosas, quizá. O metiendo en una lata petardos de los gordos, prohibidos para esas edades. O fumando, o una revista guarra.

Su sospecha de que aquello era algún tipo de gamberrada, quedó reforzada por el hecho de que se ocultaran parcialmente de las miradas ajenas. Lo que quiera que tramasen se llevaba a cabo al abrigo de un muro, dos tercas paredes que habían quedado en pie de una construcción ya derruida.

Antes y después de aquello, la curiosidad casi siempre le traería cosas buenas.

Conforme caminaba reconoció algunas caras, eran chavales de su colegio. Sólo un par de años mayores que él, pero ya sabéis que, en determinadas edades, dos o tres años pueden ser un mundo.

Uno era el hermano de un compañero de clase. Eso le dio seguridad. Al principio no las tenía todas consigo, porque la relación con los mayores consistía en que los echaran de la pista de futbito para jugar ellos, aunque los pequeños estuviesen antes. Pero este, para ser de los mayores, era un tío majo, nunca les daba collejas, los trataba con respeto.

Aun así, el niño no llegó junto a ellos, mantuvo una distancia prudencial. No conocía a los otros, y no quería terminar siendo víctima de una broma pesada.

Al verlo, titubearon unos instantes, pero como no era un adulto, se relajaron y le ignoraron, como hacían siempre los mayores con los más pequeños (como haría él mismo pasados unos años), excepto para meterse con alguno en el autobús que los llevaba y traía del colegio.

«No pasa nada, es amigo del gilipollas de mi hermano».

¿Por qué hablaba así? Nunca le había escuchado hablar así. El niño no sabía aún que hay personas, demasiadas, que amoldan su comportamiento al entorno, para integrarse, para no sentirse desplazadas.

En el muro había varios manchurrones de grafiti. Goody, decía uno de ellos, sólo en color negro, con pupilas en las dos oes, una torpe boca de una sola línea debajo, sonriendo, y el rabo de la y griega subrayando todo el conjunto, sin más florituras.

No olía a humo. Tampoco a tabaco, ni se oía el sonido de los petardos, así que tal vez no hubieran empezado todavía. Eso, o que estaban con las revistas (cuyo contenido él no tenía muy claro, nunca había visto una, y en la época previa a internet los chavales mantenían la inocencia mucho más tiempo).

La inocencia fue lo que perdió aquella tarde, y no porque le dejasen ver una fotografía en la que algún pene enorme se introdujera en una vagina que ahora nos parecería excesivamente abrigada. Lo que ocurrió es que uno de los mayores se agachó junto a la parte interior de esa esquina, y retrocedió unos metros.

El niño, estúpidamente cándido, creyó que iban a tirar petardos contra el muro. Había un tipo de petardos que consistían en unos paquetitos marrones, sin mecha, que explotaban al arrojarlos contra el suelo (o contra una pared, en este caso). Se decepcionó un poco. Vaya cosa.

Había oído que algunos chicos esparcían a propósito esta clase de petardos en la carretera, de noche, y se agazapaban en la cuneta para ver cómo los coches o las motos pasaban por encima y los conductores creían haber pinchado. Eso sonaba más divertido. Pero ¿tirarlos contra un muro? Pfff.

Oyó un sonido imprevisto, agudo y muy débil, pero no atendió porque uno de los mayores ya estaba arrojando con fuerza el petardo contra el muro. Fue una explosión sorda, que manchó la pared muy cerca del grafiti. Eso no era un petardo. ¿Globos de pintura? No…

Hubo risotadas celebrando la mancha. No entendía, pero algo no andaba bien. Se acercó del todo, olvidando la distancia de seguridad, y vio regresar a otro con un objeto en la mano. No: era un gatito que ni siquiera había abierto los ojos todavía.

Aún en shock, le empujaron para que se apartara; el que llevaba el gatito tomó impulso como un cruel lanzador de béisbol y… paf, el cachorrillo fue a estrellarse contra uno de los ojos de Goody. Más risas.

El niño corrió hacia la pared. Allí abajo quedaba como media docena de cachorros. Una gata había buscado la protección que le ofrecía la sangradura de esa esquina para tener a su camada, y estos hijos de puta estaban jugando al frontón con ellos.

«¡Eh, idiota! ¡Apártate!»

Más sangre, esta vez en los vasos sanguíneos de su cara gordinflona. Rojo de ira, por un resorte irracional, se abalanzó como una pantera contra el que acababa de efectuar el lanzamiento.

No llegó ni a tocarlo. El lanzador se apartó, él cayó al suelo y le pegaron un poco. De nada valió su cinturón blanco-amarillo de Taekwondo.

Histérico, gritaba tanto («Pero ¿a este que le pasa?») que temieron que alguien escuchase el escándalo, así que se marcharon y lo dejaron allí, comiendo tierra. Antes de irse, el hermano de su amigo le advirtió junto a la oreja que como se chivase se iba a enterar.

No lloró por los golpes, que no habían sido gran cosa, sino de rabia e incomprensión. Y de miedo. No entendía cómo alguien podía coger un gato recién nacido y reventarlo contra la pared. Y no era un monstruo, ni un asesino, ni un hombre malo: era el hermano de su compañero, el simpático, el que los trataba bien.

Contempló desde el suelo las dos manchas que decoraban siniestramente el grafiti, y se fue corriendo a casa, olvidándose de los cachorros (en esta historia no hay héroes). Y lo peor es que no les dijo nada a sus padres, por miedo a que le riñeran por haberse metido en una pelea. Se había caído jugando. Hay que ver, hijo, no ganamos pa lavadoras.

Al día siguiente volvió a pasar por el solar, pero no quedaba ni rastro de la camada. Quizá, con un poco de suerte, la gata se los llevó a un lugar más seguro.

Se quedó mirando el grafiti y las manchas, Goody y las manchas, esa cara tuerta y esa boca que se reía de qué.

Observó la cutre pintada durante un buen rato, con aparente serenidad. Las lágrimas no conseguían subir, el agua salada se le quedó en los pulmones, encharcándoselos.

Si la letra con sangre entra, la vida le acababa de dar una lección. Una que hubiera preferido no aprender tan pronto.

 

 

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Imagen de cabecera Heidelknips

 

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17 sin mordaza

  1. ¿Y qué puede comentar alguien al leer algo así? Se te entristece el alma, eso que no tienen los niños que se divertían, y divierten, maltratando a alguien (ya sea un animal o un humano).

    Twitter: @MigueIjr

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  2. Pues cuando era pequeño era normal encontrarse por el parque a pájaros pequeños con las alas llenas de pegamento y demás barbaridades. Ya sabes, el pajarito se caía del nido en el momento más inoportuno y el desalmado que se lo encontraba se divertía torturándolo. De hecho, recuerdo que una antigua compañera de clase recogió uno y llegó a curarle las alas. Al menos, ese tuvo suerte.

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  3. Hombre Salva en otra entrada que has enlazado desde esta (de desde aquella) hablabas de la ‘independencia de la cola de las lagartijas” …

    En nuestro caso, nos auto-consolábamos diciendo que no sufrían, y que la cola les crecía otra vez.

    Pero yo creo que, los que hemos tenido el privilegio de tener o acceso a animales, hemos sido alguna vez al menos bastante crueles.

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    1. Tal vez no sea muy coherente, y posiblemente vosotros no lo veáis así, pero, como le he dicho a Álvaro en Facebook, encuentro bastante diferencia entre hacer que una lagartija suelte su cola (por cierto: nunca me había planteado que esto les pudiera doler; ¿les duele?) o encenderle un petardo en el ano a un gato.

      Twitter: @vota_y_calla

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  4. Por favor no te ofendas. No te quiero llamar incoherente. Yo también me he quedado horrorizada con la historia, y también he cortado colas de lagartija. Simplemente, he querido compartir un momento de auto crítica. Pero si te enfadas dejamos de jugar ;)

    Por supuesto no es en absoluto lo mismo eso que cuentas que cortar una cola (por cierto: no sé si les duele, pero hubo niños que sí me hicieron pensar, y gracias a La 2 y sus documentales ahora se que casi todas las colas ayudan al movimiento general del cuerpo). Pero creo que es saludable mirar a lo que hacemos, dónde ponemos los limites de lo que llamamos horror y por qué.

    Porque, creo, cuanto más nos planteemos lo de las lagartijas, más impensable nos parece lo de los gatos, o dicho de otro modo, quizás, un paso para justificar algo grave puede que sea justificar algo leve.

    Y te repito que no quiero echarte tierra por lo de la cola. Que yo también.

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    1. No, no, ¡no me había enfadado! Ay, perdona si te he dado esa impresión. Ahora que releo el comentario, entiendo la confusión. Me parece que concluyo algo brusco, me faltó rematarlo, pero lo escribí con prisa, que se me enfriaba la comida ^^

      Agradezco todos los comentarios, también los críticos. Y los tuyos, especialmente :)

      Estoy muy de acuerdo con lo que dices, Ana, yo mismo me he planteado muchas veces ese dilema: ¿dónde empieza el maltrato? ¿Al matar una cucaracha?… Por no hablar de la alimentación y demás.

      Un abrazo, y disculpas por el malentendido.

      P. D. Imagino que hablamos de lo mismo, pero nosotros no les “cortábamos” las colas a las lagartijas, nos limitábamos a estresarlas un poco, hasta que ellas mismas las soltaban.

      Twitter: @vota_y_calla

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  5. un gatico, que pena, que pena, un perrito, que pena,…
    habeís oido hablar del especismo?

    esta crueldad para con los animales existe en muchos rincones, y no tan escondidos. Tan solo hace falta visitar un zoo y ver a un oso dar vueltas sin parar a un mono lanzandose contra los barrotes de la jaula,

    un cerdo en el camión, una vaca en la ordeñadora,

    Lamentablemente es el ser humano el peor animal de todos. Algunos los peores van vestidos con trajes azules, una porra de goma y una pistola.

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    1. Tienes razón, David, todos cargamos con nuestras contradicciones.

      Por mi parte, no piso un zoo así me maten, pero es verdad que sí, que como carne, y no soy indiferente a lo que eso lleva detrás. Aunque creo que es diferente torturar o matar animales por diversión, como sucede en la tauromaquia o la caza, o por “jugar”, como en el caso del relato, que ser “cómplice” de la industria alimentaria, pero entiendo y admiro a los que pensáis de otra forma y vais unos pasos por delante.

      Twitter: @vota_y_calla

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  6. aquí nadie va unos pasos por delante,
    estamos todos en el mismo rebaño.

    las contradicciones nos rodean! recuerdo mientras realizaba el tramite para apostatar y mi hermana me pidió ser padrino de su criatura.

    allí me vi, en la iglesia, con el cirio en la mano y un bebe en la otra.

    Responder
    1. ¡Esa es buena! No hay nada más difícil que escapar de la Iglesia, nos han adoctrinado desde bien pequeños, estamos rodeados y sus tentáculos llegan a todas partes. Crees que has salido y te agarran por el pescuezo otra vez.

      Apostatar, otra tarea pendiente. ¿Qué tal el trámite? Una odisea, por lo que he oído (los curas se resisten a dejar marchar a la clientela).

      Twitter: @vota_y_calla

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      1. Yo también me lo he planteado más de una vez, pero me tira para atrás la tramitación y todas las complicaciones que te pondrán por delante.

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          1. la información, los documentos necesarios y los pasos a seguir en apostatar.org

            el proceso es incomodo respecto a la familia, en la Diocesis es sencillo, creo que empiezan a estar acostumbrados y saben que no les afecta en gran medida, intentan disuadir.

            el año pasado fui con mi novia, china, a Madrid, ella ni se acerca a la religión, sigue taoísmo y en todo caso es agnóstica. Pues fuimos a misa, falleció un familiar, mi novia en la iglesia del pueblo, mirando el ataúd y le leí el pensamiento, dije: ni se te ocurra sacar el móvil y postear el evento y se empezó a reír.

            por qué? cada uno tiene sus razones
            https://apostatar.wordpress.com/por-que-hacerlo/

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  7. He recordado al indefenso Piggy del Señor de las Moscas…felicidades si es un relato emocionante y no, no quiero saber si es real, no puedo manejar esas emociones si son de verdad.

    Un abrazo

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