Políticos y mendigos

 

En estos momentos de reparto de concejalías y juntas de distrito, me quito la mordaza para traeros una historia «costumbrista» que ilustra lo que siento por los protagonistas de estos chalaneos.

 

 

Iba con prisas, llegaba tarde a una charla que daba un importante editor en Murcia. Estaba terminando de barrer y fregar la tienda y no tenía ni idea de por dónde empezar con las editoriales, así que me interesaba mucho lo que este hombre tuviera que decir al respecto.

Dejé el coche en el parking del Malecón. Para el que no conozca Murcia, es una explanada al aire libre, cerca del centro pero retirada, «gestionada» por unos cuantos gorrillas sudafricanos. Aparcamiento disuasorio, le llaman, nunca mejor dicho, porque conozco a más de uno que no dejaría jamás su vehículo allí de noche. Yo lo hago y, de momento, no he tenido ningún problema.

Como no me gusta llevar peso ni cosas voluminosas en el pantalón (ahorraos el chiste), me eché un billete de veinte y un par de monedas en el bolsillo y dejé en el coche la cartera con el resto del dinero, la documentación y las tarjetas. También dejé el móvil.

Al llegar a la plaza donde está el local en el que tendría lugar la charla, me crucé con un mendigo alto y chupao que protestaba en voz alta porque nadie le daba dinero, ni siquiera le contestaban.

Ya he contado en alguna ocasión que, como no he vivido en la ciudad, la personificación de la pobreza me sigue impactando. No porque yo sea más sensible que el resto, quizá si me mudara a la capital también crearía callo.

«¿No tendría cincuenta cént…», empezaba a decir, y el interpelado aceleraba el paso, desviaba la vista o continuaba hablando con su acompañante,  como si el mendigo fuera un ente incorpóreo.

«Me cago en mi puta madre», exclamó, exasperado.

Soy una presa fácil, porque la curiosidad me lleva a mirar sin disimulo lo que otros evitan por incómodo o demasiado conocido. Al advertir el contacto visual, se acercó y me preguntó: «¿No tendrás cincuenta céntimos?». «Sí», contesté, contento de poder darle algo, aunque una parte del cerebro me recordaba que llegaba tarde.

Eché mano al bolsillo y solo encontré veinte céntimos. Ah, claro. El gorrilla.

El parking del Malecón es como un tetris viviente en el que los gorrillas van destocados y parecen tener la capacidad de ver el mundo a lo Google Maps, pues aprovechan hasta el mínimo hueco. Una vez, siguiendo sus indicaciones, metí el coche en un sitio que tuve que abandonar después porque no podía salir por ninguna puerta.

Esa tarde llevaba una moneda de dos euros y otra de veinte céntimos. Una me parecía poco para la carrera que se había echado el gorrilla, y la otra demasiado. Opté por el exceso.

Volvemos al mendigo del centro. No me acordaba de que ya había dado la moneda, pensaba que llevaba más. Miró los veinte céntimos con desprecio, los cogió de mi palma abierta y siguió maldiciendo contra un cielo que amenazaba lluvia: «Qué mala suerte la mía, para uno que quiere darme y no lleva».

Continué, un poco arrepentido de mi torpeza. En la plaza había varias terrazas cubiertas en previsión de la inminente tormenta. En una mesa larga reconocí algunas caras de políticos de la región. Había tapas y numerosas copas de vino, a pesar de la hora, las seis de la tarde de un jueves. Igual era la sobremesa. Da lo mismo, una de esas comidas (o meriendas) «de trabajo» que pagamos todos, a sumar a sus sueldos inmoderados y sus numerosísimos privilegios, que también corren de nuestra cuenta.

Ralenticé el paso hasta detenerme. Contemplé sus caras, muchas de ellas lustrosas y prematuramente abotargadas. Estaba el alcalde de un municipio que conozco bien, cuyo partido se las ve y se las desea para conseguir que su caronflo de magdalena macerada en leche entre en los carteles electorales.

Los observé, a él y a sus numerosos acompañantes, los fenómenos que mientras recortaban con una mano se subieron el sueldo con la otra porque 3.500 al mes más dietas no daban pa’ na’. Me repugnaron sus gestos, sus risas, la suficiencia del que se cree muy inteligente por haber conseguido un carguico en el que vive mejor que la inmensa mayoría con el mínimo esfuerzo, en el que, aparte de tu generoso sueldo, te llevas doscientos o cuatrocientos euros cada vez que te reúnes diez minutos con tus colegas en una junta, pleno o comisión informativa.

El mendigo, que seguía por allí pidiendo cincuenta céntimos que le faltaban para un bocadillo —y me da igual si tenía hambre o quería matarse a base de chupitos de pacharán—, se detuvo un instante a mi lado, mirando como yo hacia la mesa. Uno de sus excelentísimos merendadores, recién finalizado el brindis, se fijó en el mendigo, se tragó la sonrisa y bajó la vista, avergonzado.

Pero no, tuvo que ser casualidad. Esta gente no tiene vergüenza.

 

 

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4 sin mordaza

  1. Tienes el don de remover, querido Salva.

    Todavía tengo pendiente removerme más, y tu libro sería una excelente lectura para este verano. Tengo ganazas de hincarle el diente, pero ahora no puedo.

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