Periodismo Real Ya

 

Aquí va el segundo de los artículos sobre el 15M que os comentaba en la entrada anterior, éste escrito el 16 de junio de 2011, día después de que algunos de los ciudadanos que protestaban contra los recortes que se iban a aprobar en el Parlamento catalán, insultasen a sus señorías a la entrada, impidiéndoles acceder tranquilamente a sus butacas. No a todos, porque Artur Mas, para evitar la «tremenda» peligrosidad ciudadana, llegó ¡en helicóptero! En fin, esto o esto.

 

(Escrito el 16 de junio de 2011)

 

No soy adivino, ni ninguna especie de Nostradamus; entre otras cosas, porque tampoco Nostradamus es Nostradamus, a ver si me entendéis. Pero ya lo predije, o casi: 28 de mayo de 2011:

 

No sé cómo acabará esto. ¿Se cansará la gente y se irá, sin que haya habido ningún cambio «real»? ¿Intentarán echarlos de nuevo por la fuerza, de ese o de cualquier otro lugar? Esta última opción, después de lo de ayer, la tienen difícil. Lo único que se me ocurre para que pudieran entrar a saco de nuevo es que infiltraran policías camuflados entre los verdaderos indignados; que estos polis de incógnito la armaran, «atacando» a sus compañeros, haciendo creer que los alborotadores son gente de la plaza, y esto les diera a los gijoes la excusa para responder. Y llegado ese caso, no sé… Lo de la resistencia pacífica está muy bien, pero no hay que olvidar que a su inventor lo asesinaron.

 

No hacía falta ser vidente, como esos que timan por teléfono de madrugada a señoras mayores, asegurando ver en las cartas que su Paco va a dejar muy pronto a la cubana veinteañera para volver con ella. Tampoco era necesario encender velitas ni bucear en los arcanos de enormes canicas de cristal. Sólo se trataba de conocer un poco el paño, igual que lo conoceréis muchos de vosotros, los que no os consideréis «informados» únicamente por ver la televisión o leer los periódicos.

Pues ya ha pasado. 15 de junio de 2011, Parlamento de Cataluña. Que había policías infiltrados, está más que demostrado. Que fueran ellos los que empezaran la jarana, no. Aunque tampoco es una hipótesis tan descabellada. De todas maneras, no hay que entrar en ese juego. Está claro que un porcentaje nimio de los cientos de personas que habían acudido a protestar a la puerta del Parlamento por los recortes que se iban a aprobar, y que se han aprobado sin que apenas se hable de ellos, ocultos tras la tinta de los calamares político-periodistas, agredió a algunos políticos. Nada disparatado, por otra parte. Ninguna «violencia extrema», como he oído o leído por ahí, ni mucho menos kale borroka. Los vascos que la hayan padecido, al oírle decir esto al Sr. Mas han tenido que reírse de lo lindo. Tomemos como ejemplo este vídeo:

 

 

Si las decenas de indignados que se reunieron frente a los mossos, después de que varias personas aseguraran haberles visto provocar altercados, mientras los policías, aparcados en la entrada de un garaje, ponían caras de «¡glup!», se subían las bragas (las del cuello; especifico porque también había «mossas») y hablaban por el pinganillo («compañeros, rápido, por favor, estos guarros nos han descubierto;  no lo sé, yo tampoco me  lo explico, nuestros camuflajes eran perfectos; que sí, llevábamos los pañuelos palestinos que la Jenny nos compró a todos anoche en Las Ramblas. La única explicación es que alguien se haya ido de la lengua sobre la Operación Mortadelo»); si esas personas, digo, hubieran sido de los que apoyan a los etarras, los Gijoes-manifa se habrían visto en serios problemas. Pero nadie les tocó un pelo. Lo único que tuvieron que aguantar fue los cánticos de «secreta, idiota, te crees que no se nota».

Animación Felipe Puig y Mi amigo Mac

Mi amigo Puig
Animación: Ciro Quesada. Idea: Salva Solano

 

Y todavía habrá que darles las gracias por su contención, porque según el Sr. Puig, si alguien insulta a un policía, este tiene todo el derecho a partirle la cabeza con la porra. Por favor, que alguien le enseñe a Mi amigo Mac el significado de «proporcionalidad».

Por supuesto, los medios de comunicación que tenemos que sufrir (con honrosas y escasísimas excepciones), a la altura y, sobre todo, a la medida de los políticos que también soportamos (esperemos que no para siempre, de eso va todo esto), se han encargado de generalizar y acusar desde el primer momento a todo el movimiento 15M: violentos, antisistema, colaboradores de los etarras, delincuentes, enemigos de la ley, radicales, secuestradores de la democracia, y un larguísimo etcétera. Se han apresurado a enfangarse el hocico a la primera oportunidad.

A aquel que razone por sí mismo, en lugar de limitarse a escoger «pensamientos» del bufé libre que los periodistas ponen en la mesa para que los demás se sirvan sin tener que cocinar, tampoco le habrá sorprendido mucho este ataque desproporcionado e injusto a un movimiento que ha sido ejemplar desde el primer momento y que se ha situado en las antípodas de la violencia. Si ya tras el vergonzoso no-desalojo de la Plaza Cataluña, muchos medios intentaron culpar al movimiento (recordemos el indigno artículo de La Razón al que aludí en aquella ocasión), ¿qué no iban a vomitar ahora?

 

Pensemos, seamos sensatos, no nos dejemos manipular: la culpa de lo que ha sucedido en el Parlamento de Cataluña es de la policía, o de quien la dirige, que es lo mismo. Me explico: las numerosas personas que acudieron a esperar a los políticos no se juntaron allí por casualidad. Todo el mundo tenía conocimiento de esa convocatoria hacía días, incluida la policía. Como ya sabemos, había un despliegue más que suficiente, además de numerosos policías infiltrados entre los indignados. Entonces, ¿por qué no actuaron contra el insignificante (no me cansaré de repetirlo) porcentaje de violentos? Sólo hay dos respuestas: o tenían órdenes de no actuar, para tratar, con la ayuda de los políticos y sus periodistas mamporreros, de desacreditar al movimiento (lo que han conseguido con mucha gente que sólo sabe lo que ve por televisión), o lo intentaron pero no fueron capaces de evitar lo que ocurrió, lo que tendría que hacerles sonrojar de ineptitud. En cualquiera de las dos hipótesis, la culpa es de la policía, pero curiosamente nadie, o casi nadie, les ha señalado a ellos. Personalmente, me inclino por la primera posibilidad, sobre todo después de ver las declaraciones del Consejero de Interior de la Generalitat, sin disimular su alegría por lo ocurrido, e intentando justificar, en el colmo de la perversión, la cobarde actuación previa de sus subordinados en la Plaza Cataluña con los recientes incidentes del Parlamento. Pues no, y a las pruebas me remito: finalmente salieron los aficionados del Barsa a celebrar la consecución de la liga de campeones, y no se produjo ningún altercado de los que auguraba el agorero.

Lo de este Felipe Puagh no tiene nombre; podríamos llamarle, imitando los usos regios (lo que no sé por qué me da que le encantaría, se le desborda la egolatría por los poros), Felipe I el Péndulo. El 27 de mayo se extralimitó, ordenando y justificando luego una violencia desmedida ante personas pacíficamente sentadas. Y veinte días después, el péndulo ha oscilado hasta el otro lado y ha pecado por omisión. Y ni entonces ni ahora, su actuación ni la de sus subordinados ha tenido castigo. Como no se ha sancionado a nadie por el hecho de que los antidisturbios fueran sin identificar una vez más, contraviniendo la ley que tanto dicen defender, con excusas tan peregrinas como que las placas «quedaban tapadas por el chaleco antitrauma». ¡Puagh!

Decía que me inclino por el supuesto de la dejación de funciones consciente, porque no puedo creer que la policía fuera incapaz de impedir lo que ocurrió. Una cosa es que alguien hubiera salido corriendo esquivando a los mossos y se hubiese abalanzado con el bote de espray contra un político, por ejemplo, de la misma manera que la mujer que se tiró a contra Benedicto XVI, haciéndole caer, y otra es lo que ocurrió. ¿Dónde estaba la policía? ¿Qué hacía? ¿Alguien se imagina que al Papa, ese mismo día del placaje, pudieran haberle atacado impune y continuadamente varias personas, sin la complicidad de las fuerzas de seguridad? Podría incluso, haciendo alarde de bonhomía, admitir que la dejación de funciones no tuviera mala fe, y estuviera motivada por el miedo de Felipéndulo a que los mossos se extralimitaran de nuevo; en cualquier caso, la inoperancia existió.

Pero no le demos a este personaje más minutos de gloria, y vayamos al fondo del asunto. La injusta equiparación de los indignados con un grupo violento. Antes y después de cada partido de fútbol hay agresiones, actos vandálicos, heridos y de cuando en cuando algún muerto. Y no son hechos aislados; recomiendo encarecidamente la lectura del libro Diario de un skin, basado en las experiencias de un periodista infiltrado en las filas de un grupo de neonazis, y sus relaciones con las peñas futbolísticas; grupos, estos sí, violentos, tolerados y en muchos casos protegidos y patrocinados por los clubes de fútbol. Y no pasa nada. Quiero decir que porque esto ocurra cada domingo, nadie identifica al padre que acude con su niña a ver el partido con un violento antisistema, ni acusan al abuelo que va con su nieto de querer matar a los aficionados del equipo contrario. ¿Por qué, entonces, se ha intentado equiparar a todos los que simpatizamos con el movimiento 15M con los cuatro tarados que se sobrepasaron en esta ocasión, eliminando de un plumazo las semanas anteriores de impecable comportamiento? Y, además, los motivos por los que sale a la calle la gente del 15M son incomparablemente más serios e importantes que los de los futboleros.

De lo importante, los recortes aprobados el pasado 16 de junio, apenas hablan. Mucha gente ni se ha enterado de que el Parlamento catalán aprobó eliminar becas, de que también van a emprenderla con la sanidad pública… Qué triste.

 

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