Diario de mi confinamiento (25 de marzo al 1 de abril)

 

Segunda parte de este diario de confinamiento por coronavirus. Hoy, del 25 de marzo al 1 de abril.

 

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Diario de mi confinamiento (1)

 

Hoy me quito la mascarilla, digo la mordaza, para contaros cómo estoy viviendo la cuarentena-confinamiento por el covid-19, aka coronavirus.

 

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La paranoia del coronavirus

 

David lleva doce años viviendo en China. Ha accedido a quitarse la mordaza con nosotros para traernos información de primera mano sobre cómo está afectando a su vida diaria y a la de sus vecinos la epidemia por coronavirus.

También da su opinión sobre el tratamiento mediático, y muchas otras cosas.

Os dejo con él

 

 

Agradezco tu invitación, Salva, y aquí están esas líneas que me has pedido porque vivo en China, hecho que me convierte (aquí no hay presunción de inocencia que valga) en portador del 2019-nCoV.

Cuando tenía 6 años pase un tiempo ingresado en el Hospital Niño Jesús en Madrid. Fui uno de los sesenta mil españoles supuestamente intoxicados por el aceite de colza.

Quizás haber formado de ese grupo de niños que veía a su madre a través de una ventana, aislado, sin saber lo que sucedía alrededor, preguntando por qué no podía bajar a jugar al balón con los demás, formó mi carácter.

La anterior invitación que recibí para participar en el blog Vota y Calla hable sobre veganismo como opción sociopolítica. Intenté resumir en pocas líneas toda una manera de vivir, de percibir mi entorno, y ello derivó en críticas.

La verdad es que a veces merece la pena seguir en el rebaño. Balar con fuerza.

Yo no leo prensa, no tengo televisión y procuro contrastar la información que recibo.

Y llegas tú y me pides que hable sobre el coronavirus.

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La inocencia de la hamburguesa

 

Hoy me quito la mordaza en eldiarioMurcia para contar una historia real: niños de 7 años que desconocen la relación entre su hamburguesa y las vaquitas.

 

Domingo de finales de enero, a esa hora de la mañana en que la gente de bien puede beber alcohol sin que le miren raro. O, si lo preferís, domingo a la hora del aperitivo.

Íbamos recorriendo la ‘Ruta del Peluche’. No os voy a explicar por qué la llamamos así (si tenéis curiosidad, podéis preguntar), pero os cuento en qué consiste: vamos pedaleando por la playa, y de vez en cuando nos detenemos en un chiringuito o terraza a tomar una tapa con un vermú (o una caña, o un vino; hay incluso quien se pide un Bitter Kas).

En la costa murciana hace buen tiempo casi todo el año, y los chiringuitos abren en enero.

En el último tramo de la ruta nos reunimos con una buena amiga y su hijo de 7 años. Realizamos la parada de avituallamiento y apareció por allí un hombre tocando un acordeón. No lo hacía mal.

El hijo de mi amiga se había sentado a mi lado, como siempre. Se me acercó al oído y me susurró: «¿Sabes qué? Toca para que le den dinero». Lo dijo como si fuera algo malo.

Pagamos la cuenta y continuamos el paseo en bici. Al pasar junto al hombre le di una moneda. Los demás iban delante y no se percataron, pero el niño se dio cuenta (a los críos no se les escapa una), y cuando llegué a su altura me reprochó: «¿Por qué le das dinero?» Le expliqué que había personas que estaban peor que nosotros y necesitaban ayuda. Y me contestó con lo que me pareció un pensamiento prestado, adulto, posiblemente escuchado en casa: «Sí tienen dinero, piden para ahorrar más».

Seguimos nuestra ruta peluchera. En la siguiente parada, mientras las chicas descansaban en un banco, cara al sol, charlando y contemplando las evoluciones de los flamencos (me refiero a las aves), a mí me tocó jugar con el hijo de mi amiga. Lo hago de buen grado, aunque a veces me apetezca otra cosa, porque me acuerdo de cuando tenía su edad y me aburría sentado con los mayores. También porque no tengo contacto con niños demasiado a menudo, y los pillo con más ganas que otros adultos.

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¿Quién teme a Greta Thunberg?

 

Después de tres meses y medio sin desahogarme en Vota y Calla, hoy vuelvo a quitarme la mordaza gracias a (o por culpa de, según quién lea esto) Greta Thunberg.

 

 

¿Quién teme a Greta Thunberg?

 

Pues ya ha comenzado la COP 25, la Cumbre del Clima de este año.

Sabéis que iba a celebrarse en Chile, pero como allí el gobierno está muy ocupado asesinando y dejando tuertos a manifestantes, la han trasladado a Madrid.

Y viene Greta Thunberg. Qué risa, ¿eh? Greta, la niña rara esa. Un topo del capital, una infiltrada del sistema. Y qué fea, y qué cara de mónguer tiene. A nosotros no nos la da.

No lo entiendo. Os juro que no lo entiendo. De la derecha, era de esperar, pero no me explico esta inquina contra ella desde la izquierda.

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Todo es mentira

 

Hoy me quito la mordaza para quejarme del sectarismo y la infantilización a los que nos están abocando los medios.

He tomado como ejemplo el programa de televisión Todo Es Mentira, pero valdría cualquier otro.

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Políticos y mendigos

 

En estos momentos de reparto de concejalías y juntas de distrito, me quito la mordaza para traeros una historia «costumbrista» que ilustra lo que siento por los protagonistas de estos chalaneos.

 

 

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Mi primera vez

 

Colocas dos almohadas y el cojín naranja contra el cabecero de la cama; el lápiz, el flexo y el bloc en la mesilla; todo mecánico, sin pensar, en realidad pensando en otras cosas, sin ser consciente de lo que estás haciendo. El presente no existe, el aquí y ahora son ficticios, serías el peor alumno de un templo budista.

Así abres el libro, un gesto repetido también mil veces, tan natural como coger el tenedor o el vaso, y entonces recuerdas de golpe. Tomaste el libro porque intuías que te iba a costar dormir y tenías la intención de aprovechar el desvelo para revisarlo (apenas has tenido la oportunidad de echarle un vistazo por encima). Después, el hábito te llevó en volandas hasta la cama.

Lo giras para mirarte con más vergüenza que orgullo en la contraportada, y nada de todo eso termina de ser real. Quizá por la hora, es medianoche, y la noche y tú ya se sabe.

Ha sido un día largo, tres cafés, prisas, has estrenado web, recogido tus ejemplares, hablado con muchas personas. También tu primer encargo, Sara, Sarica, un pedido desde Madrid. Demasiadas emociones, muchos se reirán con la palabra, emoción es tirarte en paracaídas o que te toque la lotería, pero dentro de ti aún quedan escombros de aquel niño hiperestésico que hubo de adaptarse para sobrevivir en el mundo adulto.

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El salto al papel

Muchos ya lo sabréis porque adelanté la noticia en las redes sociales con la intención de contarla por aquí tranquilamente después, y entonces tuve que ponerme con las correcciones y no ha habido manera hasta ahora. Resumiendo: ¡voy a publicar mi primer libro de relatos!

 
 
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Los trenes (y los taxis) de la vergüenza

 

Se está hablando mucho del tren de Extremadura, y eso me ha hecho acordarme de algo que me sucedió hace tres meses, en este caso, en el tren de Murcia.

Me quito la mordaza y os lo cuento.

 

Sabéis lo que ocurrió en Extremadura, los medios de comunicación le han dado mucho bombo: el tren de Badajoz a Madrid dejó tirados a los pasajeros en mitad de la nada durante tres horas, hasta que varios autobuses los recogieron y los condujeron a su destino con un retraso de cuatro horas. Esto sucedió el 1 de enero. Feliz Año Nuevo.

Esta incidencia y otras que tuvieron lugar el mismo día, han colmado la paciencia de los ciudadanos, que protestan por el mal servicio que les presta Renfe. Retrasos, trenes que se estropean e incluso un reciente descarrilamiento (por suerte, sin heridos).

Los medios se refieren a él como «el tren de la vergüenza» o «el tren indigno».

De Badajoz a Madrid hay 400 kilómetros. Para recorrer ese trayecto en coche se necesitan tres horas y cuarenta y cinco minutos, según Google Maps. En cambio, el mismo recorrido en tren supone seis horas.

Veamos qué pasa en Murcia.

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