El póster de los recreativos

 

Hoy me quito la mordaza para psicoanalizarme con vosotros. ¿De dónde me viene esta resistencia a aceptar con naturalidad el envejecimiento? No llega a ser «miedo» a envejecer, no puedo decir que tenga gerantofobia, pero…

 

 

… Pero el deterioro físico, los achaques… Me parece una putada. Voy camino de los 40, estoy bien de salud y suelen decirme que aparento menos, pero la vejez sigue siendo una perspectiva desagradable. Es cuestión de tiempo.

Tal vez por eso, en cierto modo me he negado a crecer, a madurar. Al menos, en algunos ámbitos de mi vida. Guardo un fragmento de niño en un rincón interno, que cada vez se estrecha más y más, cercado por la oscuridad, a pesar de que lo defiendo como gato panzarriba. Cuando se apague, estoy muerto. Muerto en vida, como tantos otros que decidieron apoyar por siempre la cabeza en una silla.

Una de las recetas que tengo para defender el fuerte es meter un palo en la rueda de la rutina, de la loca inercia, y parar, tumbarme a pensar. A veces sobre un tema en concreto, otras de todo y de nada, dejando que piense él, como lo hacía cuando los veranos se parecían al Clandestino de Manu Chao, sin pausas entre canciones, sin que la diversión se viera interrumpida por las obligaciones y el trabajo.

Así, me dio por preguntarme de dónde viene esta renuencia peterpanesca. Si Freud tenía razón, debe de estar causada por algún episodio de la infancia. Para ayudarme a recordar, todas las sinapsis neuronales se inclinaron y el pensamiento cayó hacia atrás, hacia atrás, hacia atrás…

Me encontré en la puerta de unos recreativos. Más bajito que ahora, pero perfectamente reconocible. ¿A que me distinguís, entre los del grupo? Ya os decía que no he cambiado tanto.

En aquella época, principios de los noventa, los recreativos eran un lugar de reunión de los chavales. Aunque no tuviéramos dinero que echarle a las máquinas, siempre podía haber alguien que te invitara (hoy por ti, mañana por mí), y si no, mirabas cómo jugaban los demás o aprovechabas para socializar. Los recreativos (los recres) eran para los niños lo que el bingo para los abuelos. Incluso de adolescentes, fueron un sitio habitual en el que quedar. Mi primer beso lo di (me lo dieron) en la fachada de esa sala repleta de máquinas arcade.

Pero hoy estamos dentro. Ese que veis que destaca en el grupo es el Monte. Hay quien cree que le llamamos así por su altura, pero es por su apellido.

Me fijé en un póster que decoraba la pared del establecimiento, colgado entre el Splash! y el Super Off Road. Una joven preciosa de larga cabellera castaña, que miraba de soslayo.

No enseñaba nada, no era como esos pósters burdos de rubias tetonas gateando sobre un coche. Sólo ese gesto enigmático, como si quisiera aparentar seriedad, indiferencia, pero no pudiera evitar traicionar sus verdaderos sentimientos. Si te fijabas, había una incipiente sonrisa allí.

Me gustaba su rostro. Esto es algo que se ha mantenido desde el despertar de la sexualidad: prefiero una cara bonita. Un cuerpo de escándalo, si no va acompañado de una cara atractiva, me excita lo mismo que una llave inglesa. Al revés no sucede igual.

¿Qué edad tendríamos? Pues unos 13 años, calculo. Salidos como el pico de una mesa.

Le tiré de la manga a mi amigo, señalándole el póster, y le pregunté unga, unga, arf, arf, ñeeeg…, que, traducido, viene a ser: «Contempla, compañero de esparcimiento, el bello rostro que nos observa desde esa atalaya. ¿No te apetecería mantener relaciones carnales con tan exquisita beldad?»

—Ey, ¿quién ha dejado pasar a Juan Manuel de Prada? ¿Es que aquí ya entra cualquiera?

La respuesta de mi amigo reanudó el normal funcionamiento de mi sistema circulatorio, permitiendo que irrigara todo el cuerpo, y no sólo una pequeña (pequeñísima, entonces) parte del mismo.

Me contestó, por hacer la broma:

«¡Si esa será ya abuela!».

Volví a mirar el póster con otros ojos: las ropas de la chica, su corte de pelo, la pátina que el tiempo había dejado sobre la fotografía… Efectivamente, todo aquello era de otra época.

Mi compañero de pupitre quizá exageraba, pero no iba desencaminado. Si la foto se tomó a principios de los 60 y ella posó con 20 años, por aquel entonces la modelo podía tener ya más de 50.

La imaginé como una de las amigas de mi madre y me dio repelús. Se fue arrugando, descomponiéndose ante mi vista, como el malo que bebe del cáliz equivocado en la impactante escena (para un niño) del final de Indiana Jones y la última cruzada.

Por qué, joder, por qué. Por qué le había tenido que pasar aquello a esa pobre chica. Por qué nos iba a pasar a todos nosotros.

 

El corazón no envejece, pero es triste alojarlo entre ruinas.

Voltaire

 
 
Imagen: Claudia Cardinale en los 60

 

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28 sin mordaza

  1. Se le saluda, Don Salvador.

    A partir de los 40 (yo tengo 42), me vinieron todos los achaques de golpe, por lo que he estado los dos últimos años entre consultas de médicos y hospitales. Aparte de eso, apenas noto que me hago mayor, salvo en algunos detalles.
    Sigo escuchando la misma música que a los 15 años, me siguen entusiasmando las pelis de terror con la misma ilusión que lo hacía cuando iba al video-club un viernes por la tarde, sigo jugando a video-juegos (tiro del emulador arcade MAME) y soy un soltero empedernido.

    Ahora vienen los “detalles” anteriormente mencionados: ya no me apetece salir por la noche (prefiero estar en casa disfrutando de una buena peli o disco), odio que me traten de “señor” o “usted”, y mi estilo de vida es diferente al de los demás, por lo que me he colgado absolutamente descolgado: todos mis colegas están casados, con hijos, patio trasero, barbacoa los domingos con los de la oficina y perro. Una evolución completamente natural.
    También noto con desazón que soy demasiado viejo para que me contraten, y que los entrevistadores suelen ser prácticamente críos.

    A los 15-20 años, no eres plenamente consciente del estado de las cosas; eres un alma cuyas preocupaciones se reducen a aprobar latín y a impresionar a la chica de la primera fila. Pero a partir de cierta edad no puedes evitar darte cuenta de lo podrida que está la sociedad, el gobierno, el país, los medios. Es ahí, justo ahí cuando empiezas a envejecer.

    Sí, a veces me gustaría sentarme en el Delorean, viajar hasta 1986 y meterme en unos recreativos para jugar al Commando, firmar en los récords como DIO, espantar a los gitanillos que vienen a pedirme una vida gratis, observar con respeto/admiración a los heavys y disfrutar de Bon Jovi atronando por los altavoces, mezclado con las musiquitas MIDI de los arcades. Y no volver nunca. Sé que en aquélla época también habían problemas acuciantes, crisis, droga, terrorismo, paro… pero, hey, todo eso no existía para nosotros. No había information-overload con Internet, móviles y millones de cadenas de TV.

    Un saludo,
    David

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    1. Se le devuelve el saludo, don David,

      Eso, después de lo que he confesado, vas tú y me dices que en un par de años igual me vienen los achaques. Ten amigos pa esto.

      Ahora más en serio, me siento muy identificado con todo lo que nos cuentas, quitando lo del trabajo.

      Por si fuera poco, hace unos meses mi cuñao se descargó un montón de juegos del mismo emulador, para su consola. Fue todo un chaparrón de nostalgia.

      ¡Qué subidón me ha dado al recordar lo de poner tu nombre en los créditos! Y qué bueno lo de Dio. Yo era SSS.

      Me he acordado de otra anécdota: había algunos, los más gamberros de mi clase, que rompían el mechero para sacar una pieza. Entonces la acercaban a la ranura de las monedas, provocaban una chispa y ¡tachán!, partida gratis.
      No sé muy bien cómo lo hacían, pero supongo que no sería sólo cosa de mi colegio.

      Twitter: @vota_y_calla

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      1. ¡Eso era sabiduría popular! Otra opción era tomar prestado el encendedor de cocina (de esos que aprietas un gatillo y salta una chispa) y aplicarlo al embellecedor metálico de la ranura para monedas. Quien estuviera en posesión de ese artilugio, era poco menos que un Dios.
        Otra leyenda urbana que corría por ahí es que el dueño de los recreativos (generalmente un tipo sombrío, fumando un eterno puro y con una riñonera con cambio de 25 ptas), dormía por las noches sobre la mesa de billar.

        PD. Claudia Cardinale era una DIOSA.

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        1. Ahora que lo dices, es verdad, igual era con el encendedor de cocina.

          El fraude en las recreativas estaba a la orden del día, éramos los corruptos del mañana. Porque también se hacía aquello de poner la gorra en la portería del futbolín, para que las bolas no se colasen y que la partida durase hasta que te cansaras o te pillasen, con el marcador 65 a 50.

          Hubo una vez, cuando llegaron las máquinas del cambio, que la de estos recreativos se estropeó: le metías cien pesetas y te devolvía cinco monedas de 25. Imagínate el trasiego de chavales cambiando cada dos por tres con disimulo, para que el dueño no se diera cuenta…

          Claudia Cardinale, Sofía Loren, Brigitte Bardot, Raquel Welch… Hoy las considerarían demasiado gordas para el cine (y no te cuento ya para las pasarelas de moda).

          Twitter: @vota_y_calla

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  2. A mí ya me lo avisó mi madre al caerme los cuarenta: “Hijo, cuídate, que a los cuarenta empieza la cuesta abajo” (y eso que yo ya me cuidaba).

    Respondiendo a la pregunta final del texto de cabecera (“por qué, j…”), aunque sea retórica: como consecuencia de la Caída (ver Génesis 3).

    El envejecimiento es la progresiva invasión de la vida por la muerte.

    Un día dejará de haber muerte y con ella se acabarán la vejez y cualquier otra forma de sufrimiento (ver Apocalipsis 21).

    Saludos.

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    1. Gracias por la frase, Txirre. Aunque habría que darle la oportunidad a la tal Friedan de volver a la juventud, a ver si rechazaba la oferta.

      Lamentablemente, no vamos a poder preguntárselo, y no porque la ciencia todavía no haya llegado hasta ahí, sino porque, por lo que leo, falleció hace 10 años (otra de las desventajas de envejecer).

      Un saludo.

      Twitter: @vota_y_calla

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  3. Desde mis sesenta repetidas veces cumplidos, os doy la razón. Me despierto por las noches llorando a moco tendido por las cosas que ya nunca podré hacer debido a mi deterioro físico y mental: no volveré a ganar a Usain Bolt los 100 metros, nunca más seré MVP de la final olímpica de básket, no recibiré el premio Nobel de medicina, no pegaré el braguetazo con Patricia Botín, … ¡Son tantas las metas que la vejez me impedirá lograr, que no sé cuál llorar con más ganas!

    Pero es curioso, lo que nunca me ha ocurrido es echar de menos a mi yo joven: un gilipollas en sus primeros estadios. En cambio ahora, me quedan pocos años para llegar a ser un perfecto y sublime idiota, y no lo cambio por nada. ¿Tenéis idea de lo que significa poder decir lo que te venga en gana, sin temer las consecuencias?

    NB1: No sé si se ha notado la ironía. Por si no fuera así, que sepáis que me estoy choteando de las plañideras que me han precedido en los comentarios. Privilegios de sesentón.
    NB2: No por favor, que no me quiten la muerte. Lo que me permite mirar al futuro con optimismo es que no importa que clase de imbécil elijan las generaciones futuras como Presidente (y si es de la República, ya ni te cuento), a mí me importará un pijo.
    NB2: Para lo del Nobel, me apuntan que igual lo hubiese tenido más fácil de haber estudiado medicina. Pues igual sí.

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      1. Eso tiene su puntico. Lo de convertirte en un vejete con sus días jodones, y sus días porculeros, digo. Si luego te miran mal, pones cara de idiota (no cuesta mucho, créeme: observa a los políticos en el banquillo y aprende) y dices aquello de “¿Te dije algo inconveniente? No me lo tengas en cuenta que se me va la olla. ¡Qué mala es la vejez, que ya no sé ni dónde tengo la cabeza!” Pones expresión compungida y hasta la próxima.

        Te aseguro que funciona mucho mejor que lo de “me lo han dicho las voces”, que es lo que hacía a los cuarenta, porque de viejo ni siquiera intentan encerrarte ni nada.

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    1. La única razón por la que los imbéciles puedan dejar de ser elegidos presidentes es porque a) se han extinguido, o b) se acabaron las elecciones.
      Como a) es más increíble que lo de ir al cielo si no te tocas demasiado (aunque lo adornases con huríes y tocino sin grasa), y b) ya lo he vivido y no me gustó, me sigo pidiendo muerte.

      NB: apreciado PazParaTodosEnAlemán, puestos a echar cañas, que sean de cerveza. Ya me convertiré a algo en el lecho de muerte. Probablemente a ex-fumador, aunque no lo garantizo, que eso de la incineración debe dar unas ganas de encender un puro…

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  4. Su Monterreal 21/08/2017 a las 13:09

    Querido Peter Pan… si temes al mañana no disfrutarás el hoy (no sé si lo dijo alguien, que seguro que sí pero yo lo tengo como lema). Yo que los cincuenta ya los cumplí te digo que salvo porque ya ni me planteo sentarme en la hierba cruzando las piernas tipo yoga porque tendrían que venir luego los bomberos a levantarme y seguro que necesitaría alguna prótesis de rodilla o peor, de cadera, no veo nada malo en hacerse mayor. ¿Achaques?, todos. Responsabilidades?, cada vez menos. Ya no tengo mochilas, ya no necesito demostrar nada ni dar explicaciones. Ahora si alguien me dice “una cervecita?”, salgo corriendo sin importar si he dejado algo sin hacer (no hay nada que no se pueda hacer mañana). He trabajado mucho (vamos, todo), no he ahorrado nada y no me importa, y cada día me alegro de seguir aquí haciendo lo que quiero (o casi, trabajar no) y disfrutando todo lo que puedo de la vida y de la gente. Ah, y yo tampoco querría volver para atrás, ni para coger impulso. Disfruta Salva!!

    Twitter: @Nochevieja63

    Responder
    1. Queridísima Wendy, es que tú eres joven, a mí lo que me da miedo es llegar a la edad de Vicente, ¡jaja!

      Gracias por el consejo y por tu ejemplo.

      Que no se vaya a quedar la gente con la impresión de que soy un triste. Yo disfruto, disfruto (a veces, no pasaría na si disfrutara un poco menos, ejem). Pero escribo estas cosas, recuerdo y me pongo nostálgico.

      P. D. Doy fe de lo de la cervecita ;)

      Twitter: @vota_y_calla

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  5. Buenos días:

    Mas en la cima de las cinco décadas.

    Como supongo que es normal, me invade la nostalgia de años anteriores.

    “Las ansias y la impotencia para florecer el primer beso y con una embriagada timidez perpetuarlo con un, te quiero”.
    “Las pioneras lagrimas amargas, que un día ahogaron mis ojos, y quebraron mi corazón, convirtiéndolo en pedacitos, al sentir como volaba y se esfumaba el amor, por el que había apostado mi vida”.
    “El alivio y la calma, al conseguir a la desesperante, cuarta vez, el dichoso carnet de conducir”
    “El conocer a gente diversa, tenderles los brazos y el alma. Sentir como te desgarran la mano y te muerden el culo, al darte la vuelta. Te hace desarrollar un sentido de desconfianza y aprendes a desenmascarar la hipocresía y contratacarla con sabiduría e indiferencia”.
    “El reservar un recoveco de tu corazón, a todas las buenas personas, que en algún momento de tu vida te agasajaron, con una pincelada de alegría”
    “La desmesurada felicidad, al ser partícipe del alumbramiento de una nueva vida”
    “El ser obsequiado, día a día, con besos, caricias y confidencias, de una inseparable mujer, que vela e ilumina mis sueños y se hace cómplice en mi realidad.”
    “La impotencia, de no haber compartido, más tiempo, un abrazo y un beso. Con esas personas que han dibujado tu vida, y quedaron escritas, en páginas inacabadas.”

    Pero esos momentos de regocijo y sensaciones únicas, jamás se hubieran podido vivir, sino sido esquivo con la muerte, y la suerte no me hubiera honrado con su presencia, para madurar dignamente.
    Más que envejecer, yo consideraría el termino de madurar.
    La vida es como una carrera por etapas, en cada etapa determinas las prioridades y los objetivos.
    Quizás al principio quieres ganar y ser el más rápido a toda costa, pero en las etapas finales, eliminas los riesgos y aprendes que lo importante es llegar.
    Con todo está chapa, rollo etc. Lo que quiero decir es que la vida hay que vivirla día a día, como si fuera el ultimo y que, para poder recordar el ayer de los ochenta, hay que ser maduro hoy y escapado del garfio de la muerte.

    Sal-U2

    Responder
  6. Paco (Monte) 19/09/2017 a las 9:55

    Estimado Salva,

    Jaja…no recuerdo aquella anécdota pero si tu predilección por los rostros bellos, aquellas miradas y facciones que podían condicionar el pensamiento de jóvenes muchachos como nosotros durante semanas…

    Responder
    1. Es lógico que no lo recuerdes. Para ti fue un comentario sin importancia, pero a mí me destrozó la vida, ¡jaja!

      Hablando de pósters, me acuerdo de uno que tenías en el armario de tu habitación, de cuerpo entero, pero no me viene a la cabeza quién era la chica.

      Twitter: @vota_y_calla

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