Lecciones patagónicas (II): Tierra del Fuego

Saludos patagónicos. Hoy me quito la mordaza para continuar contándoos, entre sorbo y sorbo de mate, algunas cosas de este viaje a Argentina.

Sentado a mi lado hay un tal Charles Darwin, que también va a colaborar.

 
 

Parque Nacional de Tierra del Fuego

Caminábamos por un precioso bosque de lengas cubiertas de una especie de pelo verde-blancuzco, como si quisieran resguardarse del frío. En realidad, es un liquen, una mezcla de hongo y alga que sólo crece en lugares donde el aire es especialmente puro. Ya deduciréis por qué no lo vemos en nuestros pueblos y ciudades.

 

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Sólo el 3 % de este parque permanece abierto al público, esta gente sí sabe cuidar de su patrimonio natural. Dicho así, parece una pequeña parte, pero no lo es en absoluto, son 2.000 hectáreas, más que suficiente para el que quiera conocer aquello.

Es verdad que las extensiones de ambos países son incomparables, pero visitando muchas zonas vírgenes y protegidas de Argentina, no podía evitar pensar que en España las habrían destrozado para que cuatro mangantes se forraran construyendo hoteles y apartamentos.

Llegamos a un gran lago donde la vista no podía ser más completa: teníamos bosque, agua y las montañas nevadas de los Andes alrededor. Hasta un zorro rojo se acercó a saludar.

 

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Pero el paisaje sólo era bonito si miraba hacia adelante; al volver la vista atrás, todo el suelo estaba cubierto de rojo. Me agaché a tocar: era sangre.

 
 

Genocidio indígena

A los indígenas que vivieron allí durante siglos hasta que tuvieron la mala suerte de encontrarse en el camino de la «civilización», los primeros colones les llamaron fueguinos. Esto es así porque hacían fuego continuamente para mantenerse en calor, incluso dentro de sus rudimentarias canoas.

Como ocurrió en el caso de los conquistadores de las Américas, el contacto con el hombre blanco fue letal para ellos. Aparte de enfermedades contra las que no habían generado defensas, se les trató de civilizar y evangelizar por las bravas. A los misioneros les parecía indecente que fueran desnudos, así que les obligaron a tapar sus vergüenzas. En un territorio donde hace tanto frío y al aire libre, las ropas fueron mortales para muchos, pues tardaban demasiado en secarse. Pero si no obedecían los mandaban a visitar a Dios directamente, ya sabemos lo tolerante que ha sido siempre la Iglesia con los que no siguen sus dictados.

 

No hay más que leer los diarios del Darwin veinteañero, en los que narra sus viajes a bordo del Beagle entre 1831 y 1836, para darse cuenta de qué opinión tenían entonces de indígenas como los fueguinos. Los veían como animales («Cuando se les ve, cuesta trabajo creer que son seres humanos, habitantes del mismo mundo que nosotros. Nos preguntamos muchas veces qué goces puede proporcionar la vida a ciertos animales inferiores, ¡con cuánta mayor razón no podríamos preguntárnoslo respecto de estos salvajes!»), podían hacer con ellos lo que quisieran. Los llevaban a Europa, les enseñaban buenos modales, les obligaban a comer con cubiertos, los castigaban, los mataban, los vestían como si estuvieran jugando a las muñecas y les ponían nombres como a mascotas.

 

Llevó el capitán algunos de estos individuos a Inglaterra, y además un niño que compró por un botón de nácar, con el propósito de darle alguna educación y enseñarle algunos principios religiosos. (…) El capitán llevó primero a Inglaterra dos hombres (de los cuales murió uno en Europa de sífilis), un joven y una muchacha (…) teníamos, pues, a bordo a York Minster, Jemmy Button (nombre que se le había dado para recordar el precio por él pagado) y Fueguía Basket. (…) Cuando recuerdo todas sus buenas cualidades confieso que aún hoy experimento la más profunda extrañeza al pensar que pertenecía a la misma raza que los innobles y asquerosos salvajes que hemos visto en la Tierra del Fuego, y que probablemente tenía el mismo carácter que ellos.

 

El bueno de don Carlos (así llamaban los gauchos a Darwin) no se ensañaba sólo con los fueguinos («en verdad que nunca había yo visto criaturas más abyectas y miserables»), el Beagle visitó multitud de lugares (no por casualidad el libro se llama Viaje de un naturalista alrededor del mundo) y su tono es paternalista o despectivo con otras tribus con las que se topó, como los indios araucanos. Habla de «degradados salvajes», o se refiere a esta o aquella raza como «cretina, miserable y ruin». Volviendo a los fueguinos, dice que «en cierto modo, pueden compararse sus escasas facultades al instinto de los animales, puesto que no se aprovechan de la experiencia».

Mi compañero de pupitre protesta, y tiene razón. Sería un error juzgar a Darwin con los baremos morales de ahora, desgajándolo del contexto social de su época. Como también lo sería mitificar a estas culturas en compensación de las cosas terribles que les hicieron (o a incas y aztecas, si volvemos al descubrimiento de América; o a Israel por el holocausto…).

No era una edénica sociedad de solidaridad humana, igualdad entre sexos y comunión con la naturaleza. Se hacían la guerra entre tribus, había sacrificios, canibalismo, esclavitud…

 

De dos testimonios concordes del todo, pero enteramente independientes, el de un muchacho que lo refirió a Mr. Low, y el de Jemmy Button, resulta probado con toda certeza que cuando en invierno aprieta el hambre, matan y devoran a las ancianas de la tribu, antes que a sus perros. Cuando Mr. Low le preguntó al muchacho la razón de esto, respondió: «Los perros pillas nutrias y las viejas no las pillan». El chicuelo describió el modo que tienen de matarlas, reteniéndolas sujetas sobre el humo hasta que se asfixian; imitaba como por juego los gritos de las víctimas, e indicaba las partes de sus cuerpos que se consideraban más apetitosas.

 

Pero el hombre blanco no llegó a tratar de corregir estas cosas, instruyéndoles en los elevados valores morales de su refinada civilización. Desembarcó con escopetas, dejando un rastro de muerte a su paso, y el legado de su cultura superior fue el alcoholismo o la prostitución, desconocidos hasta entonces por los nativos. «Donde quiera que el europeo endereza sus pasos, parece que persigue la muerte a los indígenas», expresa, con sorprendente sorpresa, Darwin.

En las fechas en las que el naturalista llegó a la Tierra del Fuego, se estaba llevando a cabo, bajo el mando del general Rosas, el exterminio de los primeros pobladores de aquellas tierras. Sobre la campaña de Rosas, dice el autor de la teoría de la evolución:

 

Los indios formaban un grupo de unas 110 personas (hombres, mujeres y niños); casi todos fueron hechos prisioneros o muertos, pues los soldados no dan cuartel a ningún hombre. (…) Sin disputa, esas escenas son horribles. Pero ¡cuánto más horrible es aún el hecho cierto de que se asesina a sangre fría a todas las mujeres indias que parecen tener más de veinte años de edad! Cuando protesté en nombre de la humanidad, me respondieron: «Sin embargo ¿qué hemos de hacer? ¡Tienen tantos hijos esas salvajes!» (…) ¿Quién podría creer que se cometan tantas atrocidades en un país cristiano y civilizado?

 

Nuestra guía, Carolina, nos habló de un presidente argentino «de infausto recuerdo», Julio Roca, que años después ordenó borrar del mapa a los indígenas que, tercos como las bestias que eran, se empeñaban en sobrevivir. Bajo su gobierno se llevó a cabo una operación llamada «Conquista del Desierto» (recuerda a los nombres de otras invasiones criminales de los Estados Unidos) que no fue, ni más ni menos, que un genocidio. Había que acabar con todos ellos, hombres y mujeres, ancianos y niños.

No obstante, no lograron hacerlos desaparecer completamente. Según nos explicó Carolina, palabras del guaraní, como Ushuaia o Iguazú (que significa «aguas grandes»), se siguen usando cada día. Aunque sea un pobre consuelo, en cierto modo, gracias a su lengua, aún viven.

 

Es conveniente recordar estos tristes episodios a quienes hablan con superioridad moral, especialmente desde fuera de España, pero también desde dentro, de la conquista de América como de un hecho atroz que no tuviera parangón. Sin olvidar que aquella tuvo lugar casi cuatro siglos antes que los hechos de los que hablamos hoy (el contexto histórico es importante, la humanidad era más bruta en 1492 que en 1878), por supuesto que fue un genocidio del que debemos avergonzarnos, pero las atrocidades que cometieron Cortés y compañía no difieren de las que hubieran perpetrado los navegantes de cualquier otro país de haberse encontrado en la piel de aquellos españoles y portugueses. Es lo que hicieron, de hecho, estadounidenses y británicos con los nativos americanos y australianos. Es lo que se ha hecho siempre. Parece que está en nuestros genes abusar del débil, dejarse llevar por la codicia y arrasar con todo en nuestro propio beneficio. No me extraña que Hawking tema que si alguna raza alienígena llega a la Tierra, nos esclavice o extermine para quedarse con nuestros recursos. Si los exploradores espaciales se parecieran mínimamente a nosotros, así sería, sin duda.

 

Crédito de todas las fotografías: votaycalla.com

 

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Uno sin mordaza

  1. Ya que en esta entrada no ha comentado nadie, voy a hacerlo yo.

    Aquí va otro de los muchos párrafos que tengo subrayados en el citado libro de Darwin, Viaje de un naturalista alrededor del mundo, del que tanto me acordé en este viaje.
     
    Montevideo, año mil ochocientos treinta y tantos:

    «Nada hay menos eficaz que la policía y la justicia. Si un hombre pobre comete un homicidio, se le encarcela y hasta quizá se le fusila; pero si es rico y tiene amigos, puede contar con que el asunto no tendrá ninguna mala consecuencia para él. (…) A casi todos los funcionarios puede comprárseles: el director general de Correos vende sellos falsos; el gobernador y el primer ministro se entienden para robar al Estado; no debe contarse con la justicia mediando el oro…».

    Es el siglo XIX y otro país, pero podría ser perfectamente la España de nuestros días, ¿eh?
     

    Twitter: @vota_y_calla

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