El galgo que no corrió lo suficiente

Hoy me quito la mordaza para contaros uno de mis primeros encontronazos con el maltrato animal. La víctima fue una hembra de galgo callejera.

 

 

El galgo que no corrió lo suficiente

 

De niño vivía con mis padres y hermanos en una comunidad formada por varios bloques de pisos. En el centro, como ya os conté en otra entrada, había una plaza rodeada de jardines.

Una tarde de verano, al bajar a jugar, encontramos a un galgo adulto enroscado en un rincón. Buscaba la protección del seto de romero.

Era de color canela y estaba muy delgado, incluso para ser un galgo. El sentimiento de alegría provocado por la novedad se trocó pronto en otro, menos agradable, cuando, al acercarnos, nos enseñó los dientes. No fue agresivo, sólo una advertencia: dejadme en paz. Creo que le dábamos más miedo que él a nosotros.

Entonces nos fijamos: tenía un alambre atado a su larga cola, con tanta fuerza que se le había clavado en la carne, provocando una fea herida que intentaba aliviarse lamiéndola de cuando en cuando.

Subí volando las escaleras (si entonces siempre subía y bajaba corriendo aunque no tuviera prisa, imaginaos si la tenía) para contarle a mi padre lo que había visto. Él emitió un chasquido con la lengua, meneó la cabeza y sin decir nada, empleando un tiempo que se me antojó interminable (los adultos se tomaban demasiado tiempo para todo), se lavó la cara, se peinó con agua, se puso una camisa, cogió las llaves y bajó conmigo.

Me aclaró que era una hembra y me hizo una revelación que me dejó estupefacto: eso no se le había enredado ahí por casualidad, se lo habían atado unos gamberros, seguramente niños poco mayores que yo, o adolescentes. «¿Por qué?», le pregunté, atónito. No me contestó. Imagino que no tenía respuesta para eso.

Se puso manos a la obra. Con cuidado, pidiéndome varias veces que me quedara atrás, que me echara para atrás, leche, le fue acariciando la cabeza con una mano, mientras con la otra tanteaba el alambre. La cara de la perra era la viva imagen del miedo, con las orejas hacia atrás y una expresión en los ojos de súplica, una expresión muy humana.

A continuación, sin perder de vista la boca del pobre animal, que gruñía y hacía unos tímidos amagos de incorporarse, se puso a manipular el alambre.

La perra se portó como una valiente. Dos o tres veces, el dolor le llevó a dar una dentellada falsa en el brazo de mi padre, sin llegar a morder. Fue como un aviso: «me estás haciendo daño». Como nosotros cuando le tocamos el brazo al dentista.

No recuerdo cuánto le llevó liberarla, pero no me he olvidado del gesto final de mi padre, tirando el cable con rabia contra el suelo, un metro más allá.

Después subió a lavarse las manos (teníamos que ir a no sé dónde y llegábamos tarde) y yo lo esperé abajo, con la perra, que no dejaba de lamerse el rabo.

Mi padre bajó y nos montamos en nuestro R-11 plateado, un modelo que siempre me ha recordado al Delorean de Regreso al futuro, tal vez porque película y coche son de la misma época.

El aparcamiento de la urbanización, junto a la plaza, daba directamente a la ancha avenida principal, que tomamos en dirección a la Ciudad del Aire.

Yo iba, como tantas veces, en el asiento trasero, de rodillas, mirando a través de los filamentos del cristal (entonces no era obligatorio el uso del cinturón atrás y los niños viajábamos en los coches de cualquier manera).

Sobresalté a mi padre: «¡Papá, papá! ¡Para, la perra!». Detrás de nosotros, corriendo por la avenida, venía la galga. Mi padre miró por el retrovisor, pero siguió adelante.

Yo sentí, todavía lo siento ahora, al evocarlo, una punzada de… no sé si llamarlo culpa. En todo caso, una culpa rebotada, por lo que otros le habían hecho. Como la vergüenza ajena, pero con la culpabilidad. Imagino que vosotros también habréis sentido algo así alguna vez.

La perra, agradecida (o eso he creído siempre), nos seguía a todo lo que daban sus patas. Tuve la esperanza de que nos alcanzara. A fin de cuentas, era un galgo, como esos de los folios del colegio, cuya marca de agua sólo aparecía al ponerlos al trasluz o al pasar el lápiz por encima. Lo único que sabía de esos perros es que corren muchísimo. Seguro que nos alcanzaba.

Aunque habrá quien opine que lo hizo por estupidez, por ignorancia animal, aquello tuvo épica. Como en la escena de la pelea de La leyenda del indomable, la perra siguió corriendo aun sabiendo que no podía «ganar», que no podía alcanzarnos, que era una carrera demasiado desigual. Siguió corriendo mientras se encogía, mientras se volvía más y más pequeña, hasta desaparecer.

 

 

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Imagen de cabecera: marca de agua de los folios Galgo (tomada de La Tortuga Vacumática)

 

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17 sin mordaza

  1. Tienes la puñetera habilidad de tocarnos la patata, al menos a mí.

    Como siempre digo, tienes una pluma privilegiada.

    Responder
  2. @pilarisdelworld 07/07/2017 a las 9:36

    Que arte tienes jodio.

    El hijoputismo es tan antiguo como el mismo ser humano. Con los años algunos se moderan, te piensas las cosas un poquito más, pero la maldad infantil, el daño por diversión, por ver como reaccionan los animales ante una provocación o ante el dolor…

    Yo recuerdo de pequeña que era más habitual encontrar perros y gatos por la calle, y niños, muchos, ahora ni vemos perros callejeros o gatos ni tantos niños jugando en la calle, están con sus plays y sus móviles perpetrando otras atrocidades pero virtualmente. Afortunadamente para los animales.

    Saludos Salva.

    Twitter: @pilarisdelworld

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      1. @pilarisdelworld 07/07/2017 a las 11:40

        Sí, sí, ?.

        Por cierto, te echaba de menos, no me llegaban tus entradas y el caso es que yo veía por casualidad algo tuyo en Facebook o en Twitter, y pensé, que raro…, resulta que me había «desapuntado’ de tu blog. ¡¡A mi no me hagas esto ehhh!! ?

        Un abrazo chillao.

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    1. Hola, Miguel.

      Pues siguió dejándose ver por la plaza de vez en cuando, los vecinos le dejaban comida y eso.

      Un buen día apareció en el mismo lugar del mismo jardín: estaba preñada, y acudió allí a parir una media docena de cachorros. No eran galgos, claro, eran chuchos, pero muy bonicos.

      Los cachorros se repartieron entre varias familias del barrio, aunque antes los dejaron con la madre un tiempo, hasta el destete.

      Uno nació negro, con un lucero en la frente como el que tienen algunos caballos. Ese nos lo quedamos nosotros.

      Twitter: @vota_y_calla

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          1. Dentro de lo que cabe, no está mal. Seguro que dormía en un lugar abrigado, le daban de comer, tenía el cariño de la gente y, supongo, no fue maltratada más. ¿Que era mejor que tuviera un hogar? Si, pero de como estaba a como acabó, creo que podemos alegrarnos. Además, que la gente más veterana me corrija, antes a los perros no se les cuidaba tanto como ahora.

            Twitter: @MigueIjr

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  3. He visto tarde el relato, cosas de las vacaciones y lo poco que accedo a internet. Pero siendo un relato con una historia simple me ha dejado un tanto inquieto, como queriendo ver una segunda parte con el desenlace. Pensé que la historia terminaría como en las películas, con la perra llegando a su destino como buenamente puede y con tu padre accediendo a quedársela como mascota ante la mirada triste de su hijo. La realidad es que esas cosas pasan menos veces de las que desearíamos. Y la realidad es que tu padre ya hizo mucho más de lo que muchas otras personas harían por un perro: socorrerlo y dejarle vivir su vida. No siempre llevarlo a la perrera es la mejor solución porque muchos tienen mejor vida fuera que dentro.

    Twitter: @coferu1

    Responder
    1. Agradezco tu comentario, porque esto es lo único que otra persona ha tenido a bien escribir tras leer el artículo: «no entiendo por qué el padre no recogió al perro, mi papá lo hubiese hecho».

      En cuanto al desenlace, échale un vistazo al comentario que hay dos puestos por encima del tuyo ; )

      Twitter: @vota_y_calla

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