Estados alterados de conciencia

Hoy me quito la mordaza para hablaros de cómo me convertí en un insecto de río.

Puede que esto os resulte raro a muchos, pero bueno, si no os habíais dado cuenta después de siete años, ya iba siendo hora: muy normal no soy.

Escribo junto al arroyo, rodeado de pinos. Estos días han caído varias piñas a mi alrededor mientras permanecía en este banco de piedra, o tumbado en la hamaca. La mayoría no suponen ningún peligro, pero antes ha caído una cerrada que podría haberme hecho una avería. Da igual, no he escapado de la mascarilla para ponerme a escribir con casco, y me apetece mucho contaros lo que sucedió ayer por la tarde.

Estaba sentado con Marta en la orilla del arroyo. Ella quiso apostar sin premio a ver quién era capaz de aguantar más tiempo con los pies en el agua. Es muy competitiva, así que me daba miedo que tuvieran que amputarle un dedo por congelación y me dejé ganar (o no). De cualquier manera, ninguno de los dos aguantamos más de unos segundos. Estaba helada.

Marta se fue a hacer fotos por los tres mil metros cuadrados de parcela, al otro lado de la casa. Yo me quedé observando a los zapateros. Había decenas un par de metros más allá, a la derecha, en un recodo donde la corriente se ralentiza y forma una pequeña poza. Se desplazaban por la superficie del agua a tijeretazos. 

Me entretuve arrojando piñas y ramitas al agua, por el gusto de ver cómo seguían el curso de la corriente y aceleraban al llegar a los «rápidos» de mi izquierda.

El viento se hacía sentir en las hojas de los árboles. Aquí hay principalmente pinos, como he dicho, pero también chopos, cipreses, carrascas y alguna otra especie que mi paletismo urbano me impide reconocer.

El río, más constante, marcaba el ritmo sobre el cual el viento improvisaba melodías.

Entonces alcancé ese estado de ánimo. Lo reconocí enseguida, no es la primera vez, aunque me visitaba con más frecuencia en la infancia, ahora solo viene a verme unas pocas veces al año.

Puede que lo invocase el mantra del río. O puede que se debiera a que llevaba cinco días sin obligaciones inmediatas. En cualquier caso, y como siempre, ese estado de ánimo me hizo mirar de otra manera. Todo era distinto: la araña agazapada en su tela, el vuelo de los diferentes insectos, los reflejos del sol en el agua, el tejido de las ramas, el movimiento de los juncos…

Eran demasiados estímulos, tenía que centrarme en algo y opté por los caballitos del diablo.

Persiguiendo caballitos del diablo

No me convence el nombre. Los ingleses los llaman damselflies, algo así como «damiselas voladoras». Esto me parece más apropiado.

Imagino que algunos no sabréis a qué insecto me refiero. Son muy similares a las libélulas, pero más pequeños, y vuelan de forma distinta. Si las libélulas son un prodigio de la aerodinámica, como los colibríes, el vuelo de los caballitos del diablo es torpe, más parecido al de las mariposas.

Las alas de los caballitos tienen color, a menudo el mismo de su cuerpo, y las de las libélulas son transparentes. Otra forma de distinguirlos es observarlos cuando se posan. Los caballitos pliegan las alas hacia atrás, de nuevo como las mariposas, mientras que las libélulas mantienen sus alas siempre extendidas, como las aspas de un helicóptero.

Caballito del diablo azul
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Los caballitos del diablo revoloteaban buscando el lugar óptimo en el que posarse cara al sol. El estado alterado de conciencia me llevó a remangarme el pantalón y caminar a trompicones por el lecho del río. No iba descalzo, pero llevaba unas crocs del chino. No sé de qué material serán las de Frank de la Jungla, las mías son de plástico malo y resbalan; tampoco puedo exigir más por cuatro euros.

Calzado tipo crocs barato

En esa zona, el agua me llegaba hasta las corvas. Remonté despacio la corriente en busca de un caballito y alargué la mano hacia uno del negro más absoluto. Se fue volando.

No lo había hecho bien, quizá porque había estado pendiente de no mojarme el pantalón.

Salí del río, me desnudé totalmente, a excepción de las crocs, me detuve unos minutos para concentrarme en el estado y volví a meterme.

Fui hacia la poza y me agaché con la intención de sumergirme por completo, pero no pasé del ombligo. Si mis genitales hubieran podido gritar, lo habrían hecho. Tal vez hasta me habrían insultado.

Tomé agua con las manos y me la eché por la cabeza. Me froté con fuerza la cara, los brazos y el pecho para desprenderme de los últimos vestigios de civilización. Ya no era un urbanita, sino un bicho más del río. Tenía más que ver con los zapateros que con el tipo que cambia de canal o comprueba la presión de los neumáticos.

Bebí usando las manos.

El estado seguía ahí, más fuerte que antes. Me acerqué a un brillo de color verde. Me dejó aproximarme hasta que chapoteé al resbalar en alguna de las rocas tapizadas de musgo.

Respiré hondo. Tenía que anticiparme, sentir las irregularidades del fondo como sienten los zapateros las ondas de la superficie.

Caminé unos pasos más. El cuerpo bajó de los exorbitantes 37 grados de temperatura a algo más modesto, y así, convertido en otro insecto de sangre fría, llegué junto a un caballito azul eléctrico. Se calentaba en la rama de una higuera que crece de modo inverosímil, en ángulo recto, a través del dique de rocas que delimita ese lado del cauce.

Antes de moverme ya supe que iba a funcionar. Extendí el brazo con el índice estirado, lo llegué a tocar y revoloteó a otra rama de la misma higuera. Repetí el gesto y se encabritó sobre mi dedo, colocando las dos patas delanteras en él. Enseguida les siguieron las otras cuatro.

Una vez allí, pude acercarlo a mi cara y observarlo con tranquilidad. El sol refulgía en su grupa, de un azul artificial con iridiscencias metálicas. Aunque su cabeza era casi toda ojos, no podía estar seguro de dónde miraba él, pero sabía que nos observábamos mutuamente.

Cabeza de caballito del diablo
Dušan Beňo

Dejó que lo contemplara a voluntad, girando la muñeca, hasta que ambos decidimos que había sido suficiente y lo devolví a su rama.

Marta apareció de nuevo por allí y me echó unas cuantas fotos a escondidas, como si se hubiera encontrado con el monstruo del pantano.

Se sorprendió de verme metido en el agua, se rio, me llamó loco, me echó unas cuantas fotos más, rehusó meterse conmigo y me preguntó si no tenía frío.

Es verdad, tenía frío. Pero no empecé a notarlo hasta entonces, cuando volví a ser de carne y hueso.

Arroyo de las Crucetas (Riópar)
A la izquierda, la poza con los zapateros (clic para ampliar)
Con el estado de ánimo adecuado puedes conseguir que un caballito del diablo se pose en tu dedo
Clic para ampliar

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8 sin mordaza

  1. Donde yo vivo hay un paraje natural muy bonito que se llena de gente en verano. En la parte principal, el río se ensancha hasta convertirse en casi un lago y luego hay una cascada a la que le sigue otra más, pero durante estos últimos años se ha hecho tan popular que he perdido el gusto por ir de vez en cuando. Además, la gente es muy guarra.

    En este último punto, a veces me he planteado si sería una buena idea hacer que la gente pagara por entrar en este tipo de sitios. De hecho, cerca de mi pueblo existe otro paraje que convirtieron de pago hace años(es casi simbólico), y obviamente está mejor cuidado. ¿Sería una solución?

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    1. Realmente no lo sé. Hay gente que piensa que pagar le da derecho a comportarse como un mendrugo.

      No es la primera vez que alguien me habla de un sitio como el que comentas, pero cuando les preguntas por la ubicación, son reticentes a revelarla para evitar que se llene de gente, para evitar la «mugredumbre».

      Como se decía en Gog (con otras palabras que no recuerdo), el verdadero lujo del hombre moderno es la soledad.

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  2. ¡Que bonito ! Me refiero al texto y al caballito, se llama Demoiselle en francés y creo no haber visto ninguna desde hace siglos. Con las libélulas y las mantis son de los pocos insectos que no me dan repelús. Son fascinantes.

    Un abrazo

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    1. ¡Hola, Ari!

      Demoiselle… Gracias por contármelo, no tenía ni idea. También suena mucho mejor que en español. Tiene un toque antiguo, recuerda a «damisela».

      Yo tampoco soy precisamente un entomólogo. No sé si cogería una mantis con la mano, y aborrezco a las cucarachas. Pero «demoiselles», mariposas o mariquitas, sin problema.

      ¡Un abrazo!

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  3. yo tampoco te voy a decir donde esta mi sitio escondido!

    ¨el verdadero lujo del hombre moderno es la soledad¨ , que razón tienes, no se quedan solos porque se dan miedo a si mismos.

    Cuidate amigo!

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