«El Padrino», versión española

Aunque el noventa por ciento del feedback que me ha llegado tras el artículo del miércoles ha consistido en los habituales y merecidos elogios (je), unos pocos se han extrañado de mi resistencia a dar nombres, en plan: «¿qué te puede pasar? Esto es un país libre, vivimos en un Estado de derecho». ¿Un país libre? En los mundos de Yupi, me parece que vivís algunos. ¿No habéis visto lo que le ha ocurrido a Pedro J.? Aviso 1 (agosto), Aviso 2 (octubre) y caída.
O igual es que queréis verme metido en un follón, cacho perros. De cualquier manera, aquí vamos de nuevo con un caso concreto, que además puede valerle a los ingenuos como ejemplo de los modos de actuar de esta gentuza.

 

El Padrino, versión española

 

España, finales de los 90. Había una vez un gran empresario que tenía en copropiedad una discoteca con el alcalde. A mí estas cosas de los políticos me chirrían. Otros dicen que pobrecitos, encima que entran al servicio de la ciudadanía sacrificándose como Nuestro Señor por nosotros, no vamos a quitarles el pan de la boca, no esperaremos que subsistan sólo con los míseros sueldos públicos, las dietas y esas cositas.

Muy pocos sabían que el local era también del alcalde. La mayoría pensaba que se trataba únicamente de un boyante negocio más del polivalente empresario. Y mejor así, tampoco es necesario que la plebe esté al tanto de estas cuestiones.

La discoteca funcionaba como un tiro. Nunca mejor dicho, pues aparte de alcohol, vendían farlopa*. Como suele suceder, esto era conocido por todo el pueblo, a excepción de la policía. Tal vez el uniforme interfiera con los sentidos de alguna forma que desconocemos; ahí te dejo el tema, Iker. Porque seguro que no tenía nada que ver que el comisario acudiera ocasionalmente  allí a fiestas privadas donde los invitados no pagaban un duro en copas. Ni en nada.

Se ponía a reventar cada fin de semana. Aparte de lo dicho, se comentaba que no disponía de todos los permisos en regla, que excedían el aforo, que si se levantó en suelo no urbanizable, que si a veces usaban a la policía casi como seguridad privada… Pero no entremos en detalles, son habladurías de gente con mucho tiempo libre. La prueba está en que allí jamás hubo una inspección, ni de Sanidad ni de nada. Eso es señal de que lo estaban haciendo muy bien, de que cumplían la ley a rajatabla.

Visto el éxito de la discoteca, que iba desbordada, un señor decidió montar otra relativamente cerca de allí.  Había llevado a cabo sus estudios de mercado, y todo indicaba que se iba a forrar. Sobraba pastel para las dos. Sin embargo, ay, amigo, era este un emprendedor sin padrino, es decir, un emperdedor. Encima, cabezón, porque tuvo que darse cuenta de que el negocio no llegaría a funcionar. Se le mandaron multitud de señales, pero es que hay burros que no aprenden si no es a palos, personas que se empeñan en traspasar los límites de su clase social, y no hay nada más feo que un pobre avaricioso.

 

* El diccionario de la RAE únicamente recoge el término «falopa». ¿«Falopa»? ¿Quién dice «falopa»? Tal vez aquellos que sufran de un problema de dicción, en cuyo caso también dirán «cacamal» cuando quiera insultar a una persona decrépita, o llamarán «poteros» a los gorilas de discoteca.

 

La cabeza de caballo

 

Le pusieron mil trabas para otorgarle las licencias necesarias, haciéndole atravesar un infierno burocrático. No el infierno de Dante, sino el de Kafka. Entretanto le comunicaron sutilmente, a través de terceras personas, que el alcalde no veía con buenos ojos su proyecto («porque el alcalde es también dueño de la discoteca, ¿sabe usted?»). Le sugirieron que lo dejara, o que se trasladara a ************.

Sin embargo, el aspirante a empresario, como buen maño, era testarudo, y como estaba convencido de que esa oportunidad podía sacar a su familia de los apuros económicos en los que se encontraban, insistió. Al final, tras rabia, sudor y lágrimas, y aunque los papeleos retrasaron la cosa un año, lo que le supuso algunos problemas con los créditos del banco, llegó el día en el que pudo anunciar, orgulloso, la inminente apertura.

Ahí ya, visto que el buen hombre no pillaba las indirectas, el empresario acudió a hablar directamente con él y se lo explicó sin rodeos: «El señor alcalde y yo no queremos competencia, no la vamos a tolerar». El hombre protestó amargamente, alegando que su mujer y él habían invertido los ahorros de su vida en aquello, que si le hacían eso lo arruinaban. Que no podía volver a lo suyo, que en la construcción no quedaba nada.

—Haberlo pensado antes.

Tras esta cordial conversación, el mañico estuvo unos días con resquemor, pero terminó convenciéndose de que habría sido una rabieta que quedaría ahí. Un farol. A fin de cuentas, había borrachos de sobra para todos.

 

«No es nada personal, Sonny. Sólo negocios»

 

 

A la inauguración asistió muchísima gente, principalmente por la buena campaña publicitaria que había llevado a cabo previamente nuestro mañico: lleno espectacular, colas a la entrada… Pero a partir de entonces la afluencia de público cayó en picado, no progresivamente, sino al estilo de un halcón peregrino. ¿La causa? Que todos los días que abrieron, incluida la primera noche, hubo controles de alcoholemia al final de las dos salidas de la discoteca. Aquello era una ratonera.

Además, recibieron un par de inspecciones de la policía local, en hora punta de la sala. La primera fue para pedir papeles y medir decibelios. En principio la cosa no iba con la clientela, aunque ya sabéis lo que agrada encontrarse a policías de uniforme una noche de fiesta. Y se quedaron un buen rato.

Pero la segunda fue una redada en busca de drogas. Quitaron la música, cerraron las puertas, alumbraron con linternas a la cara de los clientes, los cachearon, hubo identificaciones, hicieron vaciar los bolsos a las chicas… Esa fue la puntilla del negocio.

También es mala suerte: al mismo tiempo que en la discoteca del alcalde, que estaba cerquita, alguien se sacaba un sobresueldo vendiendo coca, los agentes se personaron en el local equivocado. Encontraron sólo pequeñas dosis de droga a ciertos clientes, mientras que en el otro sitio se hubieran hinchado. ¡Uyyyy!

Nota: si a algún colega de Yupi le extraña que la policía se preste a este tipo de cosas, que se acuerde de cómo protegen a políticos y poderosos; o de Burgos («Un total de 16 furgones de policía custodiando uno de los negocios de Méndez Pozo»); o incluso de la familia de Bárcenas, a quienes les estamos pagando entre todos la seguridad privada.

 

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Nuestro protagonista se arruinó, así que tuvo que volver con su mujer y sus hijos a Zaragoza, donde malviven hacinados en la casa de su madre, tirando de su pensión. El empresario y el alcalde fueron felices y comieron perdices para siempre.

 

Epílogo: Todavía el pobre hombre tuvo que soportar ver al alcalde por la tele haciendo una campaña de «apoyo a emprendedores». Ahora entenderéis mejor la alusión a la peli de Clint Eastwood al comienzo del artículo anterior.

 

¿Y vosotros? ¿Habéis padecido alguna experiencia similar que podáis contar, o sabéis de alguien a quien le haya ocurrido?

 

Música: Woke up this morning, por Alabama 3. ¿De la BSO de El Padrino? No, de Los Soprano, que la canción se sale.

 

Crédito de la imagen de cabecera. Retoque: Brotesto y Salva Solano.

Uno sin mordaza

  1. Ya me acuerdo de este post. Que bueno me pareciera (y me sigue pareciendo). El caciquismo en España, creo que nunca morirá.
    Pd: y la canción, buenísima!

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