El móvil de Michael Knight

Saludos, compradores compulsivos. Hoy me quito la mordaza para seguir reflexionando sobre la felicidad y el consumismo. ¿Me acompañáis a los ochenta?

 

La felicidad está aquí dentro

Eran los últimos días de colegio antes de las larguísimas vacaciones de verano de la infancia. Tenía 10 u 11 años y estrenaba reloj, un CASIO digital que aportaba al mercado una increíble innovación: podía guardar números de teléfono. Sí, como una agenda.

A los más jóvenes os entrará la risa al leer esto, pero tened en cuenta que hablamos de finales de los 80: no existía nada parecido a los móviles y los relojes servían casi exclusivamente para mirar la hora. Los había con luz, cronómetro, water resist 50M (tenía un compañero que pensaba que esto significaba que su reloj podía resistir 50 minutos bajo el agua) y poco más. Pero el mío además guardaba números de teléfono, ¡guau! Los guardaba y ya está, ¿eh? Se podía registrar un nombre (corto) y nueve cifras, pero nada de llamadas, mensajes ni cosas por el estilo. Aun así, me sentía como si me lo hubieran traído del futuro, y lo mismo le ocurría al resto de mi clase: todos flipaban con el invento, todos querían que anotara su número en el reloj. Luego en el patio del recreo se corrió la voz y vino gente de otras clases a pedirme que les apuntara («¡a mí, ahora a mí! ¡No, el mío!»). Y abrían mucho los ojos cuando, tras haber sido registrados, los buscaba en la lista y allí estaban, sus nombres y sus números, todo correcto. Milagros de la tecnología.

¿De dónde salió ese reloj? Ni idea. Regalo de la primera comunión, probablemente, esa orgía consumista cristiana. Creo que hice la comunión con 9 años, así que quizá hablamos del 88. Año más, año menos.

 

El campamento de verano

Pocos días después se acabó el colegio, como digo, y me fui a pasar el verano a un campamento en el norte organizado gracias a un acuerdo entre los pueblos de San Javier de Murcia y Javier de Navarra. Un «hermanamiento».

Se trataba de la primera vez que salía de debajo del ala de mis padres. Era excitante. Estaba nervioso, pero al mismo tiempo ilusionado. Iba dejando atrás el cascarón con cada kilómetro que avanzaba el autobús, y me vi poseído por un novedoso y extraño deseo de no sé qué que no me ha abandonado desde entonces. El virus del viajero, le llaman algunos; Sehnsucht, según los súbditos de la Merkel; azogue, decía mi abuela. Lo que sea.

Tras disfrutar de las pinceladas de paisaje y objetos que cruzaban fugaces o lentos por la ventana dependiendo de la distancia, de empaparme por dentro exprimiendo todo el jugo del exterior como sólo pueden hacerlo los niños y unos cuantos privilegiados (los ojos de los demás se van impermeabilizando con el tiempo), llegó el ocaso y el ambiente se volvió más fascinante si cabe. Sólo había que mirar con atención, hasta las letras del revés en el cristal, esas que rezaban «aicnegreme ed adilaS» parecían tener algún secreto oculto que revelarme si me concentraba en repetir mentalmente su lectura (aicnegreme ed adilas, aicnegreme ed adilas…), como si se tratara de una invocación en alguna arcaica lengua muerta, vestigio de una primitiva civilización olvidada. ¡Y todo dentro de un autobús!

Y en ese cuarto de hora mágico del que nos habla Salinger en Seymour, an introduction, ese en el que la luz aún no se ha terminado de ir, mezclándose la noche y el día de forma casi improcedente, me encontré sentado junto a una preciosidad del grupo de «los mayores». No debía de tener más de quince años, pero en aquel entonces un lustro era una diferencia de edad abismal, casi insalvable.

Se había sentado junto a mí interesándose por el reloj. He dicho que era guapa, esa es la impresión que me quedó, pero en realidad no consigo visualizar con nitidez su cara. Me acuerdo de que tenía la piel muy blanca, y sí, claro, también de otros atributos físicos que no se daban aún en las niñas de mi edad, pero sobre todo me viene a la memoria su pelo castaño claro, largo, liso y brillante, del que emanaba un delicioso olor a champú que yo recibía a bocanadas.

Y es que la tenía muy cerca, prácticamente encima. Ella manipulaba el reloj directamente sobre mi muñeca, sin quitármelo, inclinada a unos centímetros de mí. Así, además de olerla podía observarla a voluntad. No fue pequeña tortura, aquella. Tampoco fue mala.

¡Tenía su número! Daba lo mismo, nunca me iba a atrever a llamarla, ni siquiera me atrevía a llamar a las niñas de mi clase, mucho menos a una de las mayores. Pero por alguna razón sentía que me hubiera regalado un poquito de ella, y en cualquier caso, eh, ahí estábamos, muslo con muslo, calentitos, envueltos en luz tenue. Eso no me hubiera pasado en casa, la vida adulta era maravillosa.

«¿Cuántos teléfonos puedes guardar?» (su cálido y suave aliento competía con el olor a champú). «Cincuenta». «¿Cincuenta? ¡Hala!»…

—Pues el mío guarda 150.

Venía de atrás. Una voz gruesa, de hombre; otro de los mayores. Gregorio, se llamaba (es curioso qué cosas recuerda uno). Se había levantado, introduciendo su peludo brazo izquierdo entre nuestros asientos como prueba de su afirmación. Tras un breve intercambio de palabras con el gorila entrometido, mi diosa del champú se mudó a su asiento. Al alejarse se despidió de mí con algo mejor que la voz: me rozó levemente la mejilla con su mano, sonriéndome.

Me quedé rumiando lo que acababa de pasar. Aprendí una lección, aunque en aquel momento sólo empecé a masticarla. La deglución sería lenta y la digestión no llegaría hasta varios años después. Lo que aprendí fue que siempre habría alguien que pudiera guardar más números de teléfono en su reloj, así que era un error supeditar la felicidad a eso. Incluso aunque llegaras a ser el tío con el mejor reloj del mundo, uno como el del prota de El coche fantástico, ¿qué valor tenía algo que tan fácilmente podía reemplazarse? En cuanto sacaran el nuevo modelo de KITT, que así se llamaba el coche, ese reloj quedaría desfasado, Michael. Habría que comprar otro, y luego otro, en una carrera sin fin en las dos acepciones de la palabra: sin término y sin finalidad, sin más objeto que el simple afán de poseer por poseer. Una carrera como la del hámster en la rueda.

 

Hoy me ha venido esto a la cabeza al hablar con alguien que se ha dejado mes y medio de su sueldo en un teléfono móvil, y no goza precisamente de una desahogada posición económica. No es una excepción, los hay incluso que pagan esos móviles carísimos a plazos, metiéndose en una hipoteca de bolsillo, y todo para  adquirir un aparato que, básicamente, hace lo mismo que otros que cuestan la mitad o tres veces menos.

No sé si la verdad está ahí fuera, como decía otra serie de los ochenta, pero tengo claro que la felicidad no se halla en un reloj, un móvil ni un coche. La felicidad está aquí dentro.

 

Música: Me va la vida en ello, por Silvio Rodríguez (versión de la canción de Aute).

 

Imagen de cabecera: fotograma de la serie El coche fantástico. Visto en Windows Central.

También te puede interesar:

31 sin mordaza

  1. No sé muy bien qué decir. Fui uno de esos niños pobre como una rata que nunca tuvo nada con lo que destacar, excepto lo que la genética me otorgó, y en su momento fue más bien tacaña.

    En fin, que como diría Steve Jobs, dejad que los early adopters se acerquen a mí.

    Saludos.

    NB: Salva, he disfrutado con el relato. Asúmelo, como escritor costumbrista no tienes precio.

    Responder
    1. Es lo mío: relatos, cuentos, historias… Esto de escribir de política es circunstancial (o empezó siéndolo, ya no lo tengo claro). Pero al final la cabra tira al monte y los géneros terminan mezclándose. Como la luz en el crepúsculo.

      Ya que estamos, voy a poneros la cita de Salinger a la que me refería en el artículo, que cuando lo escribí no tenía el libro a mano:

      «One late afternoon, at that faintly soupy quarter of an hour in New York when the street lights have just been turned on and the parking lights of cars are just getting turned on —some on, some still off— I was playing curb marbles (…) At that magic quarter hour, if you lose marbles, you lose marbles».

      P. D. He tenido que buscar lo de early adopters y el resto de palabrejas que chapurreas abajo, en la respuesta a David. Los comentarios a esta entrada nos están quedando de un anglosajón que da asco :D

      Responder
      1. Es cierto, pero el lenguaje de marketing es just like this. Es lo que hay.

        Para evitar más búsquedas, en adopción de nuevas tecnologías se considera que existen cinco grupos:
        – Innovators/innovadores – Esos que hacen cola para ser los primeros en tener el iPijo
        – Early adopters/madrugadores – No hacen cola, pero cuanto antes.
        – Early majority/mayoría madrugadora – Se informan bien antes de comprar, se aseguran.
        – Late majority/mayoría tardona – Mayoría de compradores, pero sin prisa, conservadores.
        – Laggards/rezagados – Muy conservadores porque o no pueden, o no quieren innovar.

        Os dejo aquí el gráfico, con mis disculpas:
        https://en.wikipedia.org/wiki/Technology_adoption_lifecycle#/media/File:DiffusionOfInnovation.png

        Responder
      2. De Salinger sólo conozco «El Guardián entre el centeno», que me gustó mucho, pero no indagué más sobre el esquivo autor.
        Pero este extracto que has puesto me ha enamorado, a ver si pillo el libro en la biblioteca o en una edición económica.

        Responder
        1. Con El guardián pillé yo el virus Salinger. Después he leído mucho de él, y este es un libro estupendo, quizá el que más me haya gustado después de las aventuras del amigo Holden y de Franny and Zooey (este último me encantó).

          Mi ejemplar de Seymour… me costó 8,50 euros, de bolsillo, de la editorial Penguin, y va junto al relato Raise high the roof beam, carpenters. No es ficción, en él Salinger nos describe a su hermano Seymour (que se suicidó de joven), y para eso ha de acudir con frecuencia a sus recuerdos de infancia, como en el párrafo transcrito, en el que lo encontramos jugando a las canicas en la calle con ocho años.

          Responder
  2. No voy criticar el espíritu comunista…digo consumista, que nos invade cuando vemos un nuevo móvil salir al mercado, mis móviles suelen durar entre 12 y 18 meses. A mi favor he de decir que no suelo comprar el más puntero, ni el más caro, ni me endeudo para comprarlos. ¿Me trae la felicidad? No, pero me sirve para leerte XD.

    No pares de escribir de vez en cuando, estas entradas «costumbristas».

    PD: Todos recordamos a esa chica guapa y mayor que nosotros de nuestra infancia.

    Responder
  3. Si hay alguien que ha plasmado en palabras esa relación inversamente proporcional entre consumismo y felicidad (aunque nos intenten vender lo contrario), ese es Erich Fromm, en especial en Tener o ser. Algunos ejemplos:

    «La diferencia está, antes bien, entre una sociedad interesada en las personas y otra interesada en las cosas.»

    «El hombre moderno no puede comprender el espíritu de una sociedad que no esté centrada en la propiedad y en la codicia.»

    «En el modo de ser, el conocimiento óptimo es conocer más profundamente. En el modo de tener, consiste en poseer más conocimientos.»

    «En el modo de tener, la fe es un apoyo para los que desean estar seguros, para los que desean una respuesta de vida y no se atreven a buscarla ellos mismos. (…) En el modo de ser, la fe no consiste, en primer término, en creer en ciertas ideas (aunque también puede serlo), sino en una orientación interior, en una actitud. Mejor sería decir que se está en la fe y no que se tiene fe.»

    «Experimentar amor en el modo de tener implica encerrar, aprisionar o dominar al objeto “amado”. (…) Para ellos, el amor no es una expresión de su ser, es una diosa a la que desean someterse.»

    «[Los bienes] no son en sí malos, pero se vuelven malos cuando nos aferramos a éstos, cuando se vuelven cadenas que afectan a nuestra libertad e impiden nuestra realización.»

    «Hoy día se hace hincapié en el consumo, no en la conservación.»

    «[No tengo cosas], las cosas me tienen.»

    «Creemos dominar y somos dominados, no por un tirano, sino por las cosas, por las circunstancias.»

    ¡¡Como siga te copio el libro entero!! Personalmente, creo que si hay un autor/filósofo que debería estudiarse y leerse en todas las aulas es a él, pero quizás haríamos pensar a los alumnos, y eso es algo que no gusta.

    Responder
    1. Ahí le has dado, que si se enseñase para conseguir adolescentes pensantes (aunque dicho así, suene a oximoron) en lugar de «empleables» no les resultaría tan fácil reforzar la adicción al consumo.

      Claro que si se enseña filosofía como los idiomas extranjeros, nos podemos ahorrar el esfuerzo.

      Responder
    2. Gracias por la aportación, Izarbe. No conocía a este autor, pero si nos lo recomiendas, habrá que echarle un vistazo.

      Esta frase: «[No tengo cosas], las cosas me tienen» me ha recordado uno de los más famosos escritos de Cortázar que, casualmente, también tiene como protagonista a un reloj. Ahí va:

      Instrucciones para dar cuerda a un reloj (preámbulo)

      «Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj».

      Responder
      1. No conocía ese escrito y me ha encantado. En este blog empiezas hablando de la felicidad y terminas aprendiendo de literatura, así da gusto!

        Lo de los adolescentes pensantes cada día lo veo más crudo, y más ahora que acabo de leer la noticia de que quitan la filosofía del currículo de 2° de bachillerato. Una lástima. Por suerte, yo tuve un profesor excelente que me hizo conocerla y apreciarla, a pesar de ser «de ciencias» (uso las comillas porque no me gustan esas etiquetas).

        Responder
        1. Izarbe, tu comentario me ha recordado una carta al director que leí en el País. Como sé que mucha gente no gusta de visitar esas páginas, la copio aquí:

          Septiembre siempre ha sido sinónimo de vuelta a la rutina, a la monotonía de las clases o bien al estrés del trabajo. Así, comienza un nuevo curso, en mi caso un año especial por ser el último del colegio. Y es en este año donde, por primera vez, se estudia Historia de la Filosofía, y se lee a Platón, Aristóteles, Nietzsche, etcétera. Se encuentran en ellos las respuestas a las preguntas que todo hombre se ha formulado más de una vez: por qué realizar el bien, qué es la belleza, de dónde procedemos, etcétera. Es algo gratificante, e incluso necesario para el correcto desarrollo del hombre, el enfrentarse a estas cuestiones. Y sin embargo, a partir del próximo año, la filosofía desaparece de 2º de bachillerato, y se entierra en el oscuro baúl donde fueron desterradas sus hermanas música, pintura, literatura, historia, retórica, etcétera. La familia humanidades que despierta en el hombre los sueños, la virtud, la búsqueda de belleza, vencida por la alienación que ofrecen las ciencias técnicas cuando son despojadas de ella. Siempre me dijeron que éste sería el siglo de las máquinas. Tristemente, así será: no porque el hombre las construya, sino porque se habrá convertido en una de ellas.— Pedro Argüello Mur.

          Responder
  4. Al igual que Vicente Juan, tampoco sé muy bien qué decir. O más bien, no sé cómo sintetizar mi opinión al respecto de manera breve, así que me vas a permitir enrollarme como una persiana.
    Lo que expones es algo que vengo rumiando desde hace relativamente poco. Yo también me he dejado absorber por la vorágine de WhatsApp, smartphones, Facebooks y comprar «the next big thing», lo admito. Pero verás, llega un momento en que te das cuenta de que estamos en una época que prima eso de «vales lo que tienes», y a mis 40 años, me siento plenamente identificado con tu experiencia con el Casio y la chica que olía a champú. No entraré en detalles pero, al menos donde vivo, las probabilidades de que una chica se fije en ti son directamente proporcionales a la relevancia de tu familia, tu coche, tu trabajo y tu cuenta corriente. Y esto es prácticamente de rigor científico y empíricamente comprobable.
    Llega un momento en que te sientes presionado por estupideces como Whatsapp, de que alguien te llame la atención porque sabe que has leído su mensaje y no le has contestado en el momento, de que alguien se sienta ofendido porque no has puesto «me gusta» en su publicación, de las competiciones entre quién tiene más «amigos» en FB, de pasear por la calle y ver grupos de gente de todas las edades con la mirada perdida en sus móviles, de fotos de pies en la playa, de selfies vanidosos y un largo etcétera más.
    Me gustaría volver a ser un niño de 12 años, sin WhatsApp, sin redes sociales y con la ilusión de recibir ese disco que pedí por correo al Discoplay y compartirlo con los amigotes.
    Pero siento que no puedo, siento que, de alguna manera, he dejado que me esclavicen con estas cosas y que, si hago downshifting, voy a quedarme aislado del mundo exterior. Porque, al parecer, las reglas del juego han cambiado y para ello hay que seguir en esa «rueda de hámster».

    Un saludo!

    Responder
    1. Bueno, yo no sé qué decir porque citando a Groucho «mi infancia, os podéis quedar con ella». Es una época de la que tengo pocos recuerdos, y me esfuerzo por borrar los que me quedan.

      Del down shifting y de como he pasado de «early adopter» (de ser «innovator» me libré) a «laggard» sí podría hablar porque estoy en vías de conseguirlo. Seis años me ha costado, eso sí, pero he cambiado la gran ciudad por el pueblo, el cochaco por el cochecico, el móvil de última generación por el más barato que tenga email, y mi reloj es analógico.

      Y aún añoro mi BlackBerry, que descansa en la desconexión del señor espera a ser resucitada si me hago con otra batería.

      Así que ánimo David, que ¡SÍ SE PUEDE!

      NB: De chicas ya no hablo, que habiendo compartiendo vivienda durante décadas con esposa, hijas, madre y suegra, prefiero ni pensar en ello.

      Responder
    2. En eso también soy reacio, aunque voy cayendo igualmente. Tardé mucho en tener móvil; luego fui de los últimos en tener móvil con acceso a Internet; Whatsapp lo instalé hace pocos meses y no sé si durará mucho; soy alérgico a las fotos; no tengo Facebook personal; para difusión del blog utilizo Twitter, pero ya he caído en la trampa y se ha convertido en algo más que eso, para qué me voy a engañar.

      Respecto a la segunda parte, a lo que comentas de las mujeres y el materialismo, tengo pendiente un artículo al respecto para revisar la creencia popular que afirma que, por regla general, nosotros somos los superficiales y ellas se fijan más en el interior.

      Responder
      1. Si te interesa un punto de vista femenino en esa revisión, creo que somos superficiales por igual pero de forma distinta: la superficialidad masculina es física (buscan una tía buena) y la femenina es materialista (buscan un hombre exitoso, adinerado y con un buen trabajo). Se buscan cosas distintas pero superficiales al fin y al cabo. Sé que es una lectura un poco simplista, pero la disquisición al completo te la dejo a ti.

        Responder
          1. Ya te he corregido el comentario ; )

            Sobre el artículo, pensamos igual. Eso es más o menos lo que tengo en la cabeza.

            Leo arriba que te ha gustado el texto de Cortázar, qué bueno haber podido ser yo el que te lo diera a conocer.

            Normal que se empiece hablando de felicidad y se termine hablando la literatura. Es que el administrador de este blog no concibe aquella sin esta.

            Responder
  5. Roberto López Zalbidea 22/09/2015 a las 15:47

    La deuda es la otra manera de esclavizar naciones y personas, es verdad. En la lógica de la sociedad que compartimos, en lo más hondo, existe el mito del ‘crecimiento’ (económico) eterno, perpetuo, ejercido contra el propio planeta, el sentido común y el individuo. Aunque acumular no aporta felicidad y es un bucle infinito como tú bien describes, la tentación del «necesito» (¿a costa de qué?) es grande, y forma parte de la esencia misma del propio sistema… Por eso es tan importante que nos demos cuenta de ello, todos nosotros, y empecemos a racionalizar -¿Es la ciencia la política del futuro?-, comenzando dicha racionalización las instituciones: partidos políticos y gobiernos de todo tamaño y pelaje. («¡Insensato! ¡Si dejas de pedalear, la bicicleta se para!» dicen algunos. Sí. Pero esta bicicleta va sin frenos y se dirige al abismo. ‘Refundar el Capitalismo’, lo llaman otros) Bueno. Estos son los retos, desde luego. Y comienzan ya a mirarnos cara a cara, sosteniéndonos la mirada. Y no son tan bonitos como la niña que tú describes en el relato.

    Una entrada magnífica. Le doy la razón a Vicente Juan: ¡eres un gran costumbrista! Deliciosas imágenes.

    Responder
    1. Tu comentario coincide en parte con el de Rekuer2, pero no hay que dar la batalla por perdida, siempre hay gente que se baja de la bicicleta. No hay más que escuchar a Mujica, que ahora está de «gira» por España. O para citar a alguien que nos pilla más cercano, nuestro Vicente (ver respuesta a David).

      Responder
      1. Roberto López Zalbidea 23/09/2015 a las 15:26

        Yo también he recorrido últimamente mis buenos tramos de «downshifting» no te creas. Van a venir de la RAE y nos van a canear, por anglofilia, verás!

        Responder
  6. Pues lo realmente interesante de esta historia es precisamente LA CHICA, porque si se dejó impresionar por los 150 contactos del gorila aquél, ¿qué le pasó después?

    – ¿Se convirtió en una adicta a los gadgets electrónicos y luego cayó en las drogas de diseño?
    – ¿Se casó con un mayorista singapurense de microchips y tuvieron muchos iPhones?
    – ¿Se le apareció una electro-Virgen y se hizo misionera virtual?

    ¡Por Dios, Salva! ¡Localízala y sigue contándonos!

    Porque verás, Salva… Si le interesaste más por tu Casio con agenda de teléfonos que por ti mismo, merece toda mi sorna y desprecio.
    Un beso.

    Responder
    1. ¡Jajaja! Qué buenas las tres hipótesis, Olga. Me he reído.

      Lo de localizarla estaría jodido, ni siquiera sé su nombre, y a saber en qué vertedero africano estará el reloj ahora. Por eso decía en el artículo que es curioso las cosas que recuerda uno: me acuerdo de que el «gorila» (pobre) se llamaba Gregorio, y no del nombre de la chica. Igual es que quien realmente me gustó fue él XD

      ¡Se agradece el piropo!

      Responder
  7. Salva : Como siempre un gran aporte. Gracias.

    Entiendo ,que de niño, a esas edades, por curiosidad, envidia o falta de madurez, te atraigan las novedades de cualquier tipo, y en los ochenta la tecnologia, para el consumidor, empezaba a despegar. Los relojes dijitales, las maquinas de video juegos de los bares, Los casettes de doble pletina, y el que se lo podia permitir los famosos Spectrun. Etc.
    Esta sociedad consumista, nos adoctrina de pequeños, y nos cambia a todos. Se revoluciona e innova mas deprisa de lo que podemos asimilar.
    El tren pasa tan deprisa que sid te despistas, te quedas estancado y perdido. Por eso el hombre quiere cada vez mas y mejor.
    En la actualidad damos mas valor y queremos mas a las cosas que a las personas.
    Saludos a tod@.

    Responder
  8. Roberto López Zalbidea 23/09/2015 a las 20:19

    Salvador, aprovecho para insistir en una cosa: puesto que todo es política, puedes abundar en el costumbrismo. Las imágenes que usas para narrar tienen mucha fuerza. Es la verdad.

    Responder

¿A ti tampoco te callan?

Tu dirección de correo electrónico NO será mostrada.