El aplauso de una sola mano

 

Hoy me quito la mordaza para contaros anécdotas de mi trabajo. Sé que algunas no os las vais a creer, pero todas son auténticas.

 

Soy administrador de fincas. Trabajo en una zona de España donde los extranjeros, ingleses en su mayoría, han creado un gueto; un guetto, en realidad, en el que casi nadie habla nuestro idioma. Hay quienes llevan viviendo una década aquí y aún son incapaces de hilar dos frases seguidas en español. No lo necesitan, mientras no salgan de su burbuja.

Una vez fui a una farmacia y una dependienta me recibió con Hello, how can I help you? Tras las risas y las disculpas de siempre al aclararle el error, le pregunté si tenían un cepillo de dientes de cabeza pequeña. Me pidió que esperase un momento y llamó a la farmacéutica, que cuando llegó y escuchó la pregunta de la auxiliar, le contestó, pensando que yo no iba a entenderla (tengo los ojos claros y el pelo tirando a rubio): «Se han acabado, pero haz que se lleve el grande, que limpia lo mismo; que no se preocupe que no se le va a estropear la sonrisa». Contesté algo en castellano, divertido por la situación, y la dueña se azoró, me pidió mil perdones y me regaló una cajita de Navidad con productos farmacéuticos (y estábamos en marzo).

Cuando empecé en esto y no tenía compañeros en la oficina, en ocasiones ponía el cartel de vuelvo en diez minutos y salía a almorzar con los jardineros. Les venía bien que les acompañara porque ellos no hablan inglés, ni siquiera con mi acento murciano, y si no iba yo, dependiendo de la camarera que estuviera sirviendo ese día, podían tomarse el café a su gusto (belmonte, carajillo, manchao, bombón) o debían conformarse con lo que la chica les pusiera, exasperados tras varios Sorry, I don’t understand.

 

Sé que puedo ser injusto al generalizar, pero hasta los sexagenarios tienen una forma de beber brutal, comparados con españoles de su misma edad.

Intento que las asambleas no se celebren en locales donde sirvan alcohol, pero no siempre lo consigo. Si se convocan a las diez de la mañana, al no alcanzarse el cuórum requerido (nunca se alcanza, porque son comunidades de hasta quinientos vecinos, muchos de los cuales viven en el extranjero), la reunión no empieza realmente hasta la segunda convocatoria, treinta minutos más tarde. En esa media hora de espera, ingleses y alemanes se piden unas pintas de cerveza que beben como si fuera agua (aunque intuyo que esta la beben a sorbitos). Nosotros, que tenemos que moderar la reunión, contemplamos aterrados desde el parapeto de la mesa cómo sus caras van enrojeciendo, sabiendo que el alcohol los volverá más desinhibidos y vehementes.

Como la mañana que descubrí la respuesta al célebre koan: «¿Cómo suena el aplauso de una sola mano?» Un señor escocés discutía con una vecina inglesa; ambos mantenían una enemistad cultivada con cariño durante años, pero no contentos con vivir en dúplex contiguos, se sentaron uno justo delante de la otra en la asamblea. En un momento dado de la disputa verbal los dos se levantaron súbitamente, haciendo tintinear los vasos vacíos que tenían a sus pies. Desoían las indicaciones que les dábamos por el micrófono, intentando templar la discusión. Ella sacaba su pecho en actitud macarra y él levantó el brazo, y de pura impotencia de no poder partirle la cara a su vecina empezó a golpearse él mismo con el puño en el rostro, muy fuerte, se golpeaba con el espacio que tenemos entre el nudillo del pulgar y del índice, se machacaba debajo del ojo, martilleando junto a la nariz.

 

Cierta tarde, un presidente ingirió en una cafetería tres pintas de esas de más de medio litro mientras yo terminaba con mi primera y única copa de vino blanco. Me dijo, con cierta condescendencia, mirándome por encima de las venillas rojas de su nariz, que los españoles no sabemos beber, sólo nos gusta «una poquito chispi».

 

En su comunidad, un grupo de mujeres se habían organizado para exigir que el reglamento de régimen interno prohibiera el topless, porque una veinteañera noruega tomaba el sol así en el césped de la piscina, y por alguna misteriosa razón, los maridos la miraban más que a ellas.

 

Ahora una anécdota de un español, que también las hay.

Por suerte, hace años que se mudó, porque me llevaba loco. Era un Torrente escuchimizado, con coleta y camisa abierta mostrando el torso peludo, al estilo del detective de aquella serie de los noventa, Calor tropical. Las asambleas de esa comunidad se hacían en la zona de la piscina, y el tío, cincuentón, llegaba con un bañador turbo y siempre la liaba. Se creía muy culto pero en realidad no lo era tanto; por compararlo con un tercer personaje de ficción, un poco como Ignatius, el protagonista de La conjura de los necios.

En una asamblea me interrumpió para gritar que lo que yo estaba diciendo no era importante, que lo que urgía era terminar con los amorosos; lo repitió varias veces, «el problema de esta comunidad son los amorosos». No sabía de lo que hablaba, pensé en gente dándose el lote en el aparcamiento, mi compañera y yo tardamos unos momentos en caer en la cuenta de que se refería a los deudores, a los morosos.

 

Termino (porque en algún momento hay que terminar, pero podría seguir) contándoos una de mis preferidas.

Al poco de ser elegido administrador en otra comunidad de la que todavía no conocía apenas nada, llegó una señora alemana muy indignada a mi oficina. La hice pasar al despacho y allí, sin más preámbulos, esparció sobre la mesa unas fotografías impresas en folios en las que se veía a una mujer realizando felaciones. «¿Qué?», me preguntó. Estuve a punto de contestarle que así, en principio, la técnica me parecía correcta, pero que podría opinar con mayor fundamento si me mostrase un vídeo.

Resultó que la fotografiada ejercía la prostitución en su casa, y esta señora, que se había erigido en guardiana de la moral de la urbanización, se las apañó para hacer esas fotografías desde fuera de la vivienda por el espacio que dejaba la persiana casi cerrada, en plan paparazzi.

 

¿Por qué no escribes alguna vez sobre tu trabajo?, me preguntan. Porque no se lo creería nadie.

 

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Imagen de cabecera: Fotograma de «El club de la lucha»

También podría ser una alegoría de cómo terminamos los administradores de fincas tras algunas reuniones conflictivas.

 

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23 sin mordaza

    1. He borrado un par de ellas que ya tenía escritas porque estaban relacionadas con muertes y me parecía un poco sórdido, dado el tono humorístico del artículo.

      Y hay otras que no puedo contar por diversas razones. Pero igual hago una segunda parte con las que son publicables, jaja.

      Twitter: @vota_y_calla

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      1. ¡Venga ya! ¡Qué corto el artículo! Con lo que me estaba divirtiendo.

        Espero que con tu libro, venga de regalo uno más pequeño -o vendido aparte- con este tipo de anécdotas.

        Twitter: @MigueI_1

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        1. ¡Jaja! No, los cuentos no tienen nada que ver con esto; aunque hay sentido del humor, por eso no te preocupes.

          Si incluyera en un relato algunas de las cosas que he visto en estos años de trabajo, sería como mearse en esa verosimilitud que demandan los escritores que se dedican a enseñar el oficio.

          Si a alguien le interesa el tema, este libro de John Gardner es una maravilla.

          Twitter: @vota_y_calla

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  1. Hola Salva!

    Los Administradores debéis tener más moral que el alcoyano!!

    Me identifico totalmente contigo; no porque yo sea Administrador de fincas, sino porque también vivo en una zona donde hay muchos ghettos de británicos y alemanes. Hablo de la zona de Denia-Jávea. También podría contarte muchas anécdotas relacionadas con su negativa a hablar una palabra de castellano, como esa mujer de 80 años, madre de un amigo, que lleva 40 años en España y no es capaz de hilar una frase en castellano. O como cuando entras en alguna tienda de propietaria inglesa, y tampoco saben hablar una pizca de español. Lo cierto es que buscan lo mejor de ambos mundos: vivir bajo las costumbres británicas, pero con el clima mediterráneo. Que me parece muy bien, pero un poco de interés e integración nunca viene mal, oiga!

    De rebote, si quieres trabajar en esta zona, tienes que tener un nivel BILINGÜE de inglés. Ya no sirve el nivel intermedio o nivel alto; ahora es directamente bilingüe. Me pregunto si en las zonas turísticas de la Costa Azul francesa también deben tener un ese nivel de inglés, o son los ingleses quienes han de adaptarse a la lengua francesa.

    En cuanto al alcohol, tienen un problema con él. Aunque no creo que los británicos y alemanes sean mucho más bebedores que los españoles. Fíjate que vivo encima de un bar (el típico “Bar Los Cuñaos”) y ahí los currelas entran a las 8 y están literalmente dos horas almorzando a base de litronas, cazallas y whiskys. Luego van tambaleándose hacia sus coches dando gritos para volver al tajo.

    Buen fin de semana!!
    -David

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    1. Hola, David:

      También hay comunidades donde la gente es agradable y sensata, y muchos vecinos que deben soportar a sus administradores. Pero tienes razón, no es un trabajo recomendable si sufres de hipertensión, jaja.

      A veces he visto unos minutos de Aquí no hay quien viva, o como se llame ahora, y me he quedado pensando: «si estos supieran…»
       
      Lamentablemente, es como tú dices. Dado lo que cuento en el artículo, el nivel de inglés exigido para trabajar en la mayoría de las oficinas de la zona es bilingüe, y muchas veces no vale con eso y has de chapurrear, al menos, algo de alemán.

      Yo es que no sé si en la Costa Azul francesa existe algún gueto de ingleses así. Hay algo que me repiten mucho: Pues si nosotros vamos a Inglaterra, tenemos que hablar en inglés.
      Ya, pero es que nosotros no nos hemos apropiado de ningún territorio británico, no nos hemos ido a vivir a una zona masivamente. Si fuera así, tal vez sucedería lo mismo y todos nos hablarían en español. O no.

      No los defiendo, ojo, me parece un horror. Pero es que esto que sucede aquí es una anomalía.
       
      Lo de muchos currelas con el alcohol es verdad, y con más cosas. No entro a juzgarlos, debe de ser difícil aguantar esa vida sin cierta ayudita.
      Pero hablamos de sexagenarios. No veo a españoles de la generación de nuestros padres beber de esa manera, pedirse un gintonic a las once de la mañana en una junta de propietarios.

      ¡Buen fin de semana!

      Twitter: @vota_y_calla

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      1. No nos hemos apropiado de ninguno, porque nadie se quiere ir a ese agujero a pasar la vida pudiendose quedar aquí.

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        1. Pues a mí no me importaría vivir en ese “agujero”; de hecho, estuve a punto de irme, pero por circunstancias personales, al final no di el salto. No necesariamente quedarse en España tiene que ser lo mejor, hay muchos factores que pueden ser decisivos a la hora de dejar atrás este país que, en ciertos aspectos, también puede ser un agujero.

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  2. Eso de “amorosos”… me recuerda una anécdota de mi propia cosecha. En un aeropuerto de Canadá, un matrimonio argentino -muy simpáticos ambos, aunque no políglotas-, al ver la indicación de la salida (“sortie” y “exit” -en francés e inglés-), me dicen: “qué educados que son estos canadienses; nos desean “suerte” y “éxitos”…

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  3. La realidad de las comunidades supera cualquier ficción. Y es un núcleo de convivencia muy mal regulado por nuestra antigua e ineficiente Ley de Propiedad Horizontal. Las problemáticas con frecuencia terminan en situaciones de acoso muy graves para las víctimas, que además no reciben amparo por parte de nadie. Es muy triste que siendo la morada un bien constitucional, haya gente que tenga que irse de sus casas por acoso en sus comunidades, y conozco varios casos. Le invito Salva a que haga un artículo monográfico sobre el acoso en las comunidades de propietarios, ese tipo de maltrato tan poco reconocido (porque en este país nada que no sea violencia de género es considerado como maltrato)

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    1. Buen apunte. Siempre he querido saber qué pasa en esas situaciones cuando un vecino hace la vida imposible al resto, e incluso hay actividades de acoso y amenazas. Entiendo que nadie le puede expulsar de su propia casa… ¿o sí?

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      1. Tomo nota del guante de Jose, aunque sería un artículo mucho más ingrato.

        Por experiencia, cuando hay alguien que acosa a un vecino, se acaba mudando el acosado.

        Y por lo que pregunta David… Sabemos de personas que se han metido en casas vacías a vivir (esta también es una característica de la zona, los cientos de casas deshabitadas). Sé por un compañero de uno que está mal de la cabeza, que está loco, oye voces y tal. Es violento, pero ni la Policía ni la Guardia Civil hacen nada, ya ni acuden cuando los llaman.
        Tiene el jardín como alguien con síndrome de Diógenes, va casi siempre en pelotas, y se asea así en la ducha de la piscina. Es muy problemático y les hace la vida imposible a los demás.
        Pues esta situación se prolonga ya durante varios años (años), y la comunidad ha perdido incluso un juicio contra él.

        Twitter: @vota_y_calla

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        1. Madre mía, que te toque algún vecino así es pura lotería. A mí me tocó compartir rellano con una mujer de unos 60 años con esquizofrenia o brotes paranoicos, y hubo movidas chungas entre ella y mi ex, hasta el punto que llegamos a juicio (y lo ganamos).
          En estos casos, y sobre todo en el que expones… ¿no hay servicios sociales que se encarguen de esto? Y ahora en plan cuñado ¿por qué se tiene que ir el acosado y no hay medidas contra el acosador, o el que no le da la gana de respetar?

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          1. Es todo tan lento que la gente normal se harta.

            Luego, en estas comunidades hay particularidades: posiblemente la casa vacía sea de un extranjero deudor de varios años, que dejó también la hipoteca sin pagar y se marchó a Inglaterra, sabiendo que la justicia española no va a ir a buscarle allí por eso.
            Para un proceso judicial de desahucio, ha de ser el propietario el que denuncie, con lo que esa vía está cerrada.

            Y muchas veces, cuando al final se queda la casa el banco, tampoco es seguro que se solucione el problema. No es raro que los bancos vendan las casas con el okupa dentro: en ocasiones informando al comprador, haciéndole una rebaja por la”tara”, y otras veces sin decírselo (hay gente que compra sin visitar la vivienda, como una inversión).

            Twitter: @vota_y_calla

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  4. “(…) sabiendo que el alcohol los volverá más desinhibidos y vehementes.”. Es que los ingleses suelen ser inhibidos y “secos como un rábano” (por citar una expresión local, de Medio Oriente, que traduzco libremente); necesitan alcohol para soltarse un poco. Los españoles, por el contrario, se muestran siempre muy desinhibidos y vehementes -no necesitan ayuda de ninguna sustancia-…

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  5. Lo de los “ghettos” es algo que también sucede en Turquía. Muchos hoteles de Mármaris se reservan exclusivamente para ingleses y alemanes, que disfrutan del clima y el paisaje sin tener que “mezclarse” con los locales o con turistas de otras latitudes. Me parece de una lamentable estrechez de miras… eso de perder la oportunidad de enriquecerse con el roce de otras culturas… Lo mismo sucede con los ingleses que vacacionan en Grecia pero pidiendo, en cada restaurante, fish and chips…

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  6. A mí me daría vergüenza, sinceramente. Ir a un hotel, un restaurante, etc de Grecia, Turquía o España… y pedir fish and chips, por poner solo un ejemplo.

    Lo bonito de viajar a otro país para conocerlo o, simplemente, veranear allí es mezclarse con sus gentes, hablar con ellas, degustar su gastronomía y sumergirse en su cultura. Es lo que hago yo: en lugar de visitar los lugares turísticos, prefiero quitarme el disfraz de turista y visitar los barrios donde vive y trabaja la gente, mezclarme con ellos para vivir la experiencia en otro nivel.

    Yo creo que esta actitud de los británicos se debe a su espíritu imperialista y colonialista… aunque sé de muchos españoles que cuando van de vacaciones a la República Dominicana tienen una actitud parecida.

    España es un país cuya principal industria es el turismo y el ladrillo porque así lo han querido los dueños del cortijo; por tanto, asumimos nuestro rol de camareros y reposapiés de Europa. Una lástima, dado que este país tiene muchos recursos y mucho más que ofrecer que ir besando los blancos culos británicos.

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    1. O, dicho de otra forma, si no les atiendes en inglés, sencillamente se irán a otro establecimiento que les atienda en su idioma.

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