Diario de mi confinamiento (25 de marzo al 1 de abril)

 

Segunda parte de este diario de confinamiento por coronavirus. Hoy, del 25 de marzo al 1 de abril.

 

 

25 de marzo de 2020, miércoles

Ya he visto en las redes numerosas grabaciones de actuaciones policiales violentas, desmedidas.

 


Y los buenos ciudadanos celebran estos abusos, también desde la izquierda. Era de esperar, son las consecuencias del miedo, pero les pasará como les ocurrió con los mossos:

Tras el 1-O, una parte de la izquierda comenzó a alabar a los mossos, qué buenos son que nos llevan de votación.

Ya advertí entonces del error que esto suponía. Lo hice en la segunda parte de un artículo que publiqué en El Salto bajo el subtítulo «Ciudadano Dory». Aludía a la desmemoria de algunos.

Dos años después los mossos cargaron a sangre y fuego para disolver las manifestaciones en protesta por la sentencia del Procés. Qué sorpresa, decían, llevándose las manos a la cabeza (abierta por una porra). ¿No eran nuestros amiguis? Pues claro que no, criaturitas. Cada aplauso a un policía hoy es un bofetón en la cara mañana.

Por eso soy pesimista con la situación actual. Como esto se alargue mucho, la izquierda pedirá a gritos más represión, más mano dura, más ley mordaza. Ley, por cierto, de la que se están valiendo para imponer sanciones durísimas a quienes se salten el confinamiento o se resistan (real o supuestamente) a la autoridad.

Esta ley antidemocrática era una de las primeras que iba a derogar el gobierno, pero de momento las fuerzas de seguridad la siguen utilizando para amedrentar al ciudadano. Con una diferencia: gracias al miedo, ahora una parte de la izquierda también aplaude.

 

Me alegro de no vivir en una ciudad por las cosas que veo que suceden allí, como las colas kilométricas en los supermercados, los que cantan o ponen música a todo volumen desde sus casas o los justicieros de los balcones, la Balcony League. Aquí no hay nada de eso, a los pocos que caminan por la calle nadie les increpa. Quizá porque si gritaran se sabría enseguida que era la Mari, la hija de la dueña de la mercería, o Luis, el que trabaja en el Ayuntamiento. Esta gentuza que grita por los balcones es como la que insulta en Twitter, necesitan del anonimato de las redes o la gran ciudad.

Ni siquiera se les puede excusar por el calentón del momento. Es premeditado, se graban a ellos mismos gritándole al infractor para subirlo luego en sus redes sociales. No me cuesta ver en estas actuaciones a los delatores de la posguerra, las ratas que denunciaban al vecino para mostrar que ellos eran, a diferencia del denunciado, puros de corazón.

Se equivocan de enemigo. Es la piedra en la que tropezamos siempre: pelearnos entre los de abajo. Los culpables de nuestro encierro son los que recortaron la Sanidad pública, los culpables son los que llamaban terroristas a la marea blanca que se plantó para intentar detener el tanque privatizador del PP. Culpables son, también, las grandes fortunas que defraudan y hacen ingeniería fiscal para no pagar impuestos o abonar una décima parte de lo que les correspondería.

Pero seguro que muchos de los que siguieron votando al PP después de aquello ahora aplauden a las 20:00 a los profesionales sanitarios.

 

 

26 de marzo de 2020, jueves

Vamos al supermercado. Esta vez me pongo guantes. Llegamos a las 19:15 y ya han cerrado. Al parecer hay nuevo horario, puede que sea otro decreto gubernativo (cosas de no ver la tele).

Por suerte, la tienda de la plaza está abierta. No podemos comprar todo lo que necesitamos, pero nos vale para ir tirando.

 

A Marta se le ha partido una patilla de las gafas.

 

Cuando esto termine, el dueño de la carnicería que hay frente a mi casa conducirá un Hummer.

 

Emitimos el programa por Facebook Live. Me pongo la corona.


Fallos técnicos de primerizos: hasta el minuto 8:00 la imagen está congelada.

 

 

27 de marzo de 2020, viernes

Voy caminando a la óptica y a la pescadería, y en el coche a por butano. Intento pagar con tarjeta, como recomiendan. Solo puedo hacerlo en la gasolinera.

El de la óptica se queja de que no entra nadie. La pescadera está desbordada.

 

Se cancela la presentación que tenía programada para el 9 de abril.

 

A las 20:00 es lo de aplaudir en los balcones. En mi calle solo aplaude una persona durante unos pocos segundos.

Yo tampoco aplaudo, pero respeto a quien lo haga. Si eso les sirve aunque sea para distraerse, vistos los problemas de ansiedad que tienen muchos, pues que aplaudan. Y si a algún médico o enfermero le anima, pues bien.

 

Marta sigue yendo a la oficina cada día, a puerta cerrada.

Me cuenta que ya ha fallecido un hombre por coronavirus en el pueblo. Otro infectado ha conseguido recuperarse, aunque al parecer lo ha pasado muy mal. De momento solo se conocen estos dos casos.

 

 

28 de marzo de 2020, sábado

¡Sale el sol, chipirón! Ya estaba bien, me iban a crecer branquias. Han sido casi dos semanas de lluvia, con muy pocos momentos de claridad. ¿Cómo hacen los norteños para no deprimirse? Yo estoy a dos días de lluvia de empezar a falar galego.

 

Hablo con una amiga enfermera. Me da mucha rabia lo que me cuenta. Los están explotando y mandando al matadero. Mientras, los políticos siguen con sus sueldazos y cobrando sus dietas, aunque no las utilicen.

 

Reptamos un rato a la terraza, a calentarnos la sangre. Hacemos una videollamada grupal de WhatsApp con los amigos. Dos de ellas, que viven cerca la una de la otra, siguen quedando para tomar una caña.

Si hay que verle un lado bueno al confinamiento, es que estoy aprendiendo a manejar un poco más la tecnología.

 

No echo de menos salir de copas. Echo de menos correr por la playa, pasear al aire libre, las comidas con los amigos.

 

Veo unas imágenes de Bolivia: la policía obliga a los que se han saltado el confinamiento a desfilar por las calles cantando «Hay que quedarse en casa».

Las dictaduras suelen coincidir en sus métodos: los franquistas rapaban a las mujeres de sus víctimas y las hacían pasear para escarnio público.

Estoy seguro de que muchos españoles aplaudirían la medida del gobierno golpista, como aplaudirían también las palabras del presidente de Filipinas, que ha amenazado con matar a quien salga a pasear. Claro que sí, se ha saltado el confinamiento y nos está poniendo a todos en peligro.

 

Continúo escribiendo a buen ritmo.

 

 

29 de marzo de 2020, domingo

Vuelve a salir el sol, y de qué manera. A la terraza, que es domingo.

Tiago me pide que grabemos algo para su programa de radio. Me instalo Skype en el móvil. Me enseña a usar un rollo vacío de papel higiénico como soporte. No queremos hablar del monotema, pero terminamos haciéndolo.

Después monto una pequeña fiesta en la terraza con Marta, Billie, Duke, Stevie y Tom, entre otros.

Controlo el volumen de la música para no molestar a los vecinos.

Preparo los aperitivos y los vermús con el toque secreto. Marta cocina un arroz con conejo y alcachofas mejor que el que hubiéramos podido comer en ningún restaurante. Pasamos al vino.

 

Arroz con conejo y alcachofas

Arroz al confinamiento

 

Qué gusto, el sol. Parece que estemos en el chiringuito, solo me falta pisar la arena.

Aprieta el calor y al final tengo que quitarme la camiseta, aunque no nos queda crema solar. De vez en cuando llega una brisa refrescante. Se diría que huele a salitre, pero estamos a dos kilómetros del mar.

Bajo a preparar dos asiáticos.

Después de comer nos recostamos en las tumbonas de la playa. Poco a poco la conversación decae y nos dejamos mecer por las voces de Billie Holiday, de Tom Waits…

 

Esto es un auténtico asiático cartagenero, y no lo que sirven por ahí

Me quedé corto con el limón xD

 

Pasando el confinamiento en la terraza. Marzo de 2020

Es una suerte tener una terraza tan grande para nosotros solos. Pienso en los que viven hacinados en casas pequeñas, sin sitio donde tomar el sol.

Cuando terminamos, como Marta ha hecho el arroz yo me encargo de dejarlo todo limpio y ordenado en la terraza y en la cocina.

 

El baño de sol me ha sentado estupendamente. Lo necesitaba.

 

 

30 de marzo de 2020, lunes

Otra vez amanece nublado y chispeando.

 

Además, noto los efectos del cambio de hora. ¿No van a acabar con esto nunca? ¿No se votó el año pasado algo sobre esto?

 

Parece que desde hoy el confinamiento es para todos los «no esenciales». Al fin. Han tardado 15 días desde que nos encerraron a los demás.

Sigue habiendo decisiones discutibles, como que los sitios de venta de prensa continúen abiertos o que se permita comprar por internet productos no esenciales. Pero estoy ya es otra cosa. Ahora lo acato, alerta y sin perder el sentido crítico.

 

Voy necesitando un corte de pelo. ¿Por qué me crecerá el pelo tan rápido si apenas me sale barba?

 

¿Se aplazará el concierto de Extremoduro? Me temo que sí.

 

Mala noticia: me entero de que se cancela Cuarto Milenio. No sé si es solo temporal, tampoco sé si es decisión del programa o de la cadena.

Hace más de un mes que no lo veo, y eso que nosotros no tenemos (ni queremos) Netflix, HBO o similares.

 

Se me ha estropeado el teclado del ordenador.

Levanto una a una, con un destornillador, las teclas, y lo voy limpiando con parsimonia, con música de fondo. Es un ejercicio zen muy relajante, solo existimos este teclado viejo y yo. La concentración, el olvidarme de mí mismo, la meticulosidad, la música, hacen que me golpee un recuerdo que me deja sin aliento, de cuando pintaba figuras del Hero Quest con un pincel minúsculo en el bajo de casa de mi abuela.

 

Marta se ha quemado de la fiesta de ayer en la terraza. Nada grave.

 

Figurita de plástico pintada a mano

Esta es de otro juego, tipo Risk, pero es que no tengo el Hero Quest a mano

 

 

 

31 de marzo de 2020, martes

Me despierta la policía hablando con un vecino al que no conozco. Lo están multando por ir a trabajar. No están discutiendo ni nada, es que la policía habla así, a voz en grito.

 

Llueve otra vez. Qué marzo tan raro.

 

Por la tarde, me pregunto qué haría si no me gustara escribir. No iba a estar leyendo toda la tarde. ¿Vería Netflix? ¿Domaría niños? ¿Habría seguido dibujando? ¿Pintando figuritas? ¿Me daría a la cerveza?

 

Ordenando papeles he encontrado algo que me ha puesto tierno: una libreta de ejercicios infantiles. Contiene un cuento inventado por mí. Tenía que ser muy pequeño cuando lo escribí, qué lástima que no apuntara la fecha. Quizá fue mi primer cuento.

Con todos ustedes, Superhéroe Espanta: el origen. Que tiemble Todd Phillips.

 

Cuento escrito por un niño de los 80

 

El teclado sigue si fucioar bie, pero compruebo que la tienda de informática del pueblo está abierta.

 

Ya están avisando de que van a usar el GPS de nuestros móviles para controlarnos. Gracias a la psicosis colectiva, pocos protestan. Mi pregunta retórica es: ¿dejarán de vulnerar nuestra privacidad cuando pase esta crisis, o sucederá como tras el 11-S?

 

Todavía no me he puesto una mascarilla. Tampoco he comprado gel desinfectante, hidroalcohólico o como se llame, ni me lavo las manos cada cinco minutos.

También es verdad que ya me las lavaba frecuentemente antes. Si esto ha servido para que muchos descubran la higiene, bienvenido sea el covid.

 

Marta ha cambiado la distribución de los muebles del salón.

 

 

1 de abril de 2020, miércoles

Sol.

Nunca me he fijado tanto en el tiempo, será cosa del encarcelamiento. Supongo que a los presos les ocurrirá igual.

Siempre he sentido empatía con los presos. No sé por qué, no tengo ningún familiar o amigo en la cárcel, quizá en otra vida fui un convicto. Me acuerdo a menudo de ellos.

Si nos cuesta permanecer en casa con todas las comodidades (pudiendo salir a trabajar, algunos; a pasear al perro, otros; a comprar, todos…), imagino lo que tiene que ser pudrirse durante años en la cárcel (excepto si tienes pasta o eres yerno del rey, pero ese es otro tema), sometido a la tiranía de los funcionarios, que si ya son impunes fuera, allí dentro no lo quiero ni pensar.

Por eso me alegré cuando anunciaron el nuevo programa de Évole, que pretendía poner un poco de luz en estos agujeros. Pero hasta para eso han tenido mala suerte, con el coronavirus Jordi ha dejado de lado las cárceles. O también puede ser que hayan aprovechado la coyuntura porque la audiencia era mala. A nadie le interesa saber lo que ocurre en las tramoyas del sistema, es un tema incómodo.

 

Vamos al súper. Me pongo la mascarilla por primera vez por insistencia de Marta. El guardia de seguridad nos dice muy amablemente que solo podemos ir uno de la familia a comprar, pero por esta vez nos deja seguir juntos, porque hay pocos clientes.

Son las seis de la tarde y no falta de nada en los estantes. Solo la mitad de los clientes llevamos mascarilla.

 

Ya en casa, Cortázar me mira saltar a la comba desde el póster que me regaló Rubén. Me observa fijamente, muy serio, con el cigarro en los labios. Parece que en cualquier momento va a decirme: «¿Querés poneros a escribir? ¡Dejá de joder con la cuerdita!»

 

Mónica me enseña la web que está preparando. También, en primicia, su nuevo logo. La eme de su nombre se ha disfrazado de un signo ortográfico, una llave boca abajo, y la pe del apellido se ha convertido en una coma. Está muy bien, es original. La llave me recuerda a la cola de una ballena.

 

Y vosotros, ¿cómo lo lleváis?

 

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8 sin mordaza

  1. Tengo una teoría acerca del motivo por el cual la izquierda apoya más represión, al menos, durante estos últimos tiempos. En realidad, da igual que sea izquierda. Me refiero a la gente, en general.

    No quiero justificarlo, ni mucho menos, pero debe ser muy frustrante hacer un gran esfuerzo en quedarte confinado en casa sin ver amigos ni familia, para evitar la propagación del virus y que, justo delante de tu ventana, en la calle, en la zona comunitaria, haya gente haciendo el canelo restregándote por la cara su incivismo, su irresponsabilidad y su insolidaridad; utilizando cualquier subterfugio para burlar el ejercicio de cuarentena debido a una pandemia. Tengo un vecino que pasa de todo y se trae cada día a casa amiguitos de su hija para que jueguen con ella, pasándose por el forro todo protocolo de seguridad, mientras que yo estoy haciendo esfuerzos para intentar paliar todo esto. Entonces, claro, puedo entender hasta cierto punto los que piden más contundencia. Desde la izquierda y desde todos lados.

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    1. Está claro, pero eso nunca puede servir para que se justifiquen (tú no lo haces, pero muchos sí) detenciones policiales violentas por el simple hecho de estar paseando. Le paras, le multas y punto. Todo lo que exceda de eso debe ser censurable, por más frustración que acumulemos. Bastante contundentes son ya las sanciones que están imponiendo los agentes, amparados en la ley mordaza.

      Por otro lado, también ha sido muy frustrante que desde el 14 de marzo hasta el 1 de abril algunos hayamos estado sometidos a encierro domiciliario mientras millones de personas con empleos «no esenciales» iban y volvían de trabajar como si nada. O que las papelerías continúen abiertas porque también venden periódicos. O que se siga pudiendo comprar lo que te dé la gana por internet (los paquetes no llegan por arte de magia a casa).

      Tampoco nos conviene renunciar a toda nuestra capacidad de resistencia, de protesta. De desobediencia, incluso. Porque ¿qué pasa si esto se alarga? ¿Vamos a estar así meses? ¿Por qué somos el único país de Europa donde no se permite salir ni una hora a la calle a tomar el aire? Hasta los presos tienen ese «privilegio». ¿Sabemos las consecuencias negativas que el encierro absoluto puede tener sobre la salud física y mental?

      En fin, que yo los entiendo, pero cuidado con pedir mano dura, porque nos caerá encima. Creo que la frustración hay que descargarla contra los culpables de esta situación, no contra el que sale a pasear al niño autista.

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  2. Obviamente, no justifico la violencia policial: eso no se justifica de ninguna manera. Como tampoco justifico la nueva Stasi nivel usuario. Simplemente, me pongo en lugar de ellos para intentar entender esa actitud, y he elaborado esta teoría.

    Estoy totalmente de acuerdo contigo en lo de que, mientras unos hacían confinamiento a pies juntillas, otros tenían que ir a trabajar, compartir metros y buses para realizar trabajos no esenciales. Que también se le queda a uno cara de gilipollas.

    En lo que no estoy de todo de acuerdo es en el punto de la desobediencia. Aunque estemos así meses, creo que, teniendo en cuenta de que es una pandemia que se está llevando por delante a miles de personas y un porrón está saturando los hospitales, creo que la desobediencia alargaría el problema ad infinitum, por mucho que joda quedarse en casa. Es decir, no es un capricho, no es un asunto político, no es una guerra. Es una emergencia sanitaria, y creo que ahí debemos remar todos juntos en la misma dirección, por un simple asunto de responsabilidad, respeto y civismo. Coincido en que hay que tener cuidado con pedir mano dura, pero es igual de peligrosa la desobediencia, tanto a escala sanitaria como social.

    Respecto al Gobierno, hay un comentario en la entrada anterior (creo que de Nemoopinion) que, para mí, lo resume todo a la perfección: da la impresión de que este Gobierno actúa en base a presiones, no por sentido común.

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    1. Y, aparte del tema del acatamiento, ¿cómo llevas-lleváis lo demás? ¿Estáis haciendo deporte? ¿Habéis encontrado algo digno de mención al ordenar vuestras cosas? ¿Se os ha fastidiado algún plan?…

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  3. Que alivio leer este post !!! «¿Por qué somos el único país de Europa donde no se permite salir ni una hora a la calle a tomar el aire? Hasta los presos tienen ese «privilegio». ¿Sabemos las consecuencias negativas que el encierro absoluto puede tener sobre la salud física y mental? » Estoy 100% de acuerdo contigo, y todo lo demás del post. Gracias .

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    1. Gracias a ti, Ariane.

      Igual es que somos los más listos de Europa. No lo sé, solo tengo dudas. Pero una cosa son 15 días o un mes de encierro (que ya es mucho), y otra es que pretendan tenernos enjaulados hasta finales de mayo o junio. Si esto se amplía, como parece, tendrán que ser menos estrictos y dejarnos salir. Quizá la policía, en vez de estar dando vueltas con ‘Resistiré’ en el coche o llevando felicitaciones de cumpleaños a niños y abuelas, pueda controlar que en los paseos se mantiene la distancia de seguridad y todo eso. Pero tres meses encerrados en casa es un disparate. Un disparate inútil, además, si cada país tiene unas restricciones distintas.

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  4. ¿2 semanas y te deprimes? Jajajaja… En fin, lo que hacemos es disfrutar del sol las pocas veces que se deja ver. Cuando sale el sol después de una época de mal tiempo, salen todos a la calle como locos. Como dice el refrán: Onde entra o sol, non entra o doutor.

    PD: me estoy poniendo al día

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    1. ¡Hombre, Miguel! Ya te echábamos de menos.

      Es que por aquí non estamos acostumbradiños a tanta agua.

      El otro día me encontré con una noticia que decía que ha sido el tercer marzo más lluvioso en Murcia desde que hay registros.

      Y por lo que leo por ahí, parece que en otros lugares sucede lo mismo. Hoy hablaban de Zamora.

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