Diario de mi confinamiento (1)

 

Hoy me quito la mascarilla, digo la mordaza, para contaros cómo estoy viviendo la cuarentena-confinamiento por el covid-19, aka coronavirus.

 

Diario de mi confinamiento (1)

 

 

 

10 de marzo de 2020, martes

Como venía temiendo desde hace unos días, me confirman que se cancela un viaje que tenía programado para este fin de semana (del 13 al 15) y que esperaba con ilusión.

Como plan alternativo, quedamos en hacer una comida en casa de unos amigos el sábado 14.

 

Veo que la izquierda y la derecha se están culpando mutuamente de irresponsabilidad y falta de previsión. En mi opinión, si estuvo mal celebrar el mitin de VOX, lo estuvo también la mani feminista del 8-M, y viceversa: si estuvo mal la manifestación del 8-M, también el mitin de VOX (y el fúrgol).

Pero se buscan excusas y justificaciones absurdas, y cada uno sigue barriendo para su idelogía, como siempre. Fanatismo a un lado y al otro.

 

Por la tarde-noche voy a clase de teatro. Los compañeros están muy raros: aunque son extremadamente cariñosos (esta es una de las cosas que más me sorprendió al empezar el taller), hoy no se besan ni se abrazan. Ni siquiera se dan la mano.

 

 

14 de marzo de 2020, sábado

En el último momento decidimos suspender la comida para evitar los inconvenientes de que la policía nos pare al entrar o salir del pueblo.

Como plan C, nos vamos a pasear por la playa.

Encontramos la playa «cerrada» con cinta policial. Lo pongo entre comillas porque no se pueden poner puertas al campo, es meramente disuasorio. De hecho, aunque hay un coche patrulla aparcado a unos metros, en el paseo marítimo hay bastantes personas, algunos incluso han cruzado la línea policial y caminan por la arena, como un sábado cualquiera.

 

Último día en libertad antes del confinamiento por covid-19.

Último día en libertad antes del confinamiento por coronavirus. Hoy la palmera se habrá caído, al no estar yo para sujetarla.

 

 

Se supone que no pueden venir a las playas, pero varias casas de madrileños y de extranjeros, cerradas todo el año excepto algunas fechas concretas, están habitadas.

No hay ni una terraza abierta. Como no podemos ir a tomar un peluche a ningún sitio, vamos a hacer la compra al supermercado, únicamente lo imprescindible, nada de provisiones para el búnker.

No hemos estado en el súper desde que empezaron las noticias del coronavirus. No queda pan ni fruta, que es raro. No me fijo en el papel higiénico porque no necesito. Lo demás, más o menos normal, excepto por la cajera, que lleva guantes y mascarilla de tela.

Mientras pago, hablo con la cajera, a quien conozco de vista. Se la ve muy cansada. Me confirma que lo está, que estos días están siendo agotadores, que trabajan el doble y les pagan lo mismo, que no tienen medios de protección, que la gente se ha vuelto loca y está siendo maleducada, impaciente e incluso agresiva.

 

 

15 de marzo de 2020, domingo

Poco antes de empezar el confinamiento fui al Decathlon a comprar unas cosas que necesitaba para el viaje fallido del 13 al 15, y tuve el raro impulso de comprar una comba, por si con esto del cambio climático le daba por llover varios días seguidos y no podía salir a correr. Por entonces ni imaginaba que pronto nos prohibirían salir a la calle durante un mes o más.

Qué casualidad y qué bien me va a venir ahora.

He empezado a usarla. Soy un poco torpe, doy dos saltos cada vez.

Esto me hace acordarme de otra casualidad: hace poco vi la serie preferida de mi amigo Tiago, en la que un virus amenaza a la humanidad. Se llama Utopía.

 

Un subnormal lleva media hora dando vueltas con el coche por el pueblo con dos canciones en bucle a todo volumen: Resistiré y Que viva España. Pienso que si fuera yo el que circulara por ahí con España es idiota a todo volumen, la policía ya me habría multado.

Qué viiivan los mónguers…

 

Buena noticia: se suspenden las procesiones, tambores y demás molestias de la Semana Santa.

 

 

16 de marzo de 2020, lunes

Estos días sigo yendo a trabajar normalmente, aunque el informático está realizando las modificaciones necesarias para que podamos teletrabajar todos. De momento, ya lo hace la mitad de la plantilla. Los otros seguimos yendo, pero a puerta cerrada, sin atender al público.

 

Creo que la gestión de la crisis no está siendo buena, pero no me quiero ni imaginar cómo sería esto con los del Prestige, el 11-M o el Yak-42 al frente.

 

 

17 de marzo de 2020, martes

Se suspenden las clases de teatro hasta nueva orden.

 

La comba está controlada, ya doy solo un salto mínimo cada vez.

Es una lástima no tener una cinta de correr.

Inventario deportivo: una comba nuevecita, dos mancuernas anoréxicas, un banco de abdominales con reuma y una esterilla leprosa. A ver qué podemos hacer con esto.

 

 

18 de marzo de 2020, miércoles

Casi todo el tiempo está lloviendo. Estar encerrado y que además haga mal tiempo, con lo que no podemos ni siquiera tomar el sol en la terraza, es una faena. Por aquí no estamos acostumbrados a tanta lluvia en estas fechas.

Tarareo la canción de Barrio Sésamo: «Está lloviendo hoy y el cielo está gris, llueve fuera sí y yo no puedo salir…».

Las únicas contentas de que llueva tanto son las plantas de la terraza.

Es verdad que así puedo consolarme pensando que aunque no existiera el confinamiento, tampoco estarían en la calle. Pero si saliera el sol podría subir a la terraza y disfrutarlo…

 

No acato el confinamiento mientras no sea para todos. Albañiles, jardineros, fábricas de coches y otros empleos no esenciales siguen funcionando como si tal cosa. Es un estado de alarma solo para el ocio. ¿Qué sentido tiene esto?

Y no es por egoísmo ni por necesidad personal. Creo que soy de los más preparados para un confinamiento de este tipo. Me llevo bien conmigo mismo, disfruto de la soledad. A veces viajo solo. He estado quince días aislado voluntariamente en una casa de campo, sin hablar con nadie y gozando como un jabalí de la experiencia. Mis hobbies son solitarios: leer, escribir, escuchar música. Vivo en una casa grande, con una terraza enorme en la que da el sol todo el día, y solo somos dos.

Es otra cosa. Es por principios, por la incoherencia de este confinamiento a medias, para no asustar a los empresarios.

 

Tengo una preocupación: que volvamos a caer en el timo de cambiar derechos y libertades por seguridad. El miedo, la doctrina del shock.

Soy muy poco optimista, por lo que estoy viendo. Está bien acatar el confinamiento si piensas que es lo correcto. Pero para eso antes hay que pensar. La mayoría obedece cualquier cosa que dicte el gobierno o mande «la ley», porque sí.

Tampoco entiendo a los que se toman esto como una fiesta o un estímulo positivo en su existencia rutinaria. Oye, no sé si te has dado cuenta, pero nos están jodiendo. Si crees que lo están haciendo por tu bien, puedo entender la resignación, pero no esta alegría, vamos a quedarnos en casa todo el tiempo que haga falta, veamos muchas cosas divertidas en la tele, grabémonos haciendo el idiota y juguemos a las palas de balcón a balcón. ¡Yupi!

Hay que resistir. Ya están soltando globos sonda que avisan de que nada va a volver a ser como era antes del coronavirus, y la gente lo acepta sumisa, servil, acojonada. Si tienen que repetir este encierro domiciliario dos veces al año, sea; si en el futuro hay que dejar de abrazar y besar a los amigos, sea; si hay que aceptar que nos pongan un chip en el cuello para llevarnos controlados aunque se nos olvide el móvil en casa, no protestes, insolidario. Hashtag QuédateEnCasaYSonríe.

 

 

19 de marzo de 2020, jueves

Fallece, de algo que no tiene nada que ver con el coronavirus, el padre de la mejor amiga de mi novia. La llamamos. Con las restricciones de movimiento, casi nadie ha ido al tanatorio, se encuentra sola. Y encima es el Día del Padre.

Decidimos ir a acompañarla, y ya veremos qué le decimos a la policía si nos para.

No nos para la policía: nos para la Guardia Civil.

El agente nos informa de una nueva norma, no podemos ir dos en el coche. Por esta vez nos va a dejar seguir sin sancionarnos.

Le pregunto qué pasa a la vuelta. Me responde que depende del compañero que nos dé el alto.

En el tanatorio solo están: la pareja del fallecido, su mejor amigo, dos primos, mi amiga y su hermano, Marta y yo.

Abrazamos a nuestra amiga y a su hermano.

Soy el único que no lleva guantes ni mascarilla, aunque a decir verdad, los que la llevan se la bajan continuamente, se ve que les molesta. Uno de los primos tampoco lleva mascarilla, pero sí guantes.

De regreso a casa no encontramos Policía ni Guardia Civil.

 

No podemos reunirnos en el estudio de Radio San Javier, pero Juan consigue que emitamos en directo por Youtube.

Antes hay que hacer pruebas. Toni, Alfredo y yo no nos hemos conectado nunca por Skype. Ellos se conectan con las cuentas de sus hijos, que les ayudan con la parte técnica. A mí me toca apañármelas solo.

 

 

 

20 de marzo de 2020, viernes

Cerramos definitivamente la oficina. Todos a teletrabajar.

Recuerdo con una sonrisa amarga cuando empezaron a llegar los ordenadores a las casas y los expertos profetizaron que unos años todo el mundo trabajaría desde su domicilio, y además se ahorraría muchísimo papel. Estamos en 2020 y los empresaurios y la derecha mediática advierten de que el teletrabajo arruinará a muchas empresas.

Yo no me preocuparía demasiado, son los mismos que advirtieron de que la subida del salario mínimo nos llevaba a la quiebra.

 

Llamo a mi padre. Tras hablar con él, me quedo intranquilo. Aunque no es precisamente un antisistema, es militar retirado, no le gusta cómo están llevando esta situación y se niega a quedarse encerrado en casa. Tiene 80 años y es grupo de riesgo, pero sigue yendo a comprar la prensa, el pan, al súper… No entiende por qué él no puede salir mientras su yerno, carpintero, va cada día a trabajar.

Le insisto en que no salga de casa, pero me cuesta ser persuasivo cuando yo mismo no estoy muy convencido. Las obras siguen a mi alrededor, y oficinas que nada tienen que ver con la alimentación o el sector sanitario continúan abiertas.

Me cuenta que está preocupado por los mendigos, por los que viven en la calle. ¿Qué va a pasar con ellos? ¿Qué les van a hacer?

 

Me escribe el hermano de nuestra amiga para decirme que se ha levantado con fiebre y otros síntomas. Me avisa porque en el tanatorio nos abrazamos y nos dimos la mano. Le tranquilizo, que no se preocupe, no será nada. Dice que ha solicitado la prueba de detección del covid-19, pero le han dado largas.

No siento ni siquiera una punzada de inquietud. ¿Debería inquietarme? No lo sé, pero la realidad es que en cuanto cierro WhatsApp se me ha olvidado.

¿Por qué no tengo miedo, como otros? Quizá por inconsciencia. O quizá por no ver la tele, por estar desde hace años desconectado de unos medios que no merecen mi atención. Ni siquiera sé el número aproximado de personas que han muerto a causa del covid.

Esto no tiene nada que ver con el valor. La valentía consiste en tragarse el miedo, no en su ausencia.

 

 

21 de marzo de 2020, sábado

He escrito algo distinto. No tiene nada que ver con los relatos de La tienda, al menos en la forma. Me ha salido de forma muy natural, lo he disfrutado mucho. Lo releo y es como si fuera de otro, me resulta extraño, pero estoy satisfecho con el resultado. Creo que he dado con algo, voy a seguir explotando esa veta, a ver qué encuentro.

Se lo envío a un amigo.

Ya son muchos los escritores, célebres y aficionados, que confiesan su impotencia para crear en esta situación. Por ansiedad, por miedo…

Yo, en cambio, estoy muy activo, debo contenerme para no pasarme todas las tardes escribiendo, porque quiero compensar el sedentarismo con algo de deporte. No es bueno estar todo el día sentado.

Otra cosa que me ayuda a escribir es este nuevo silencio, que agradezco como un regalo inesperado.

Lo que más se nota es la ausencia de tráfico. Y que la Unión Europea haya ordenado que los coches eléctricos, maravillosamente silenciosos hasta ahora, deben hacer ruido para evitar accidentes… Esto es como talar árboles para prevenir incendios. Estamos gobernados por imbéciles.

Si me hubieran preguntado antes del encierro, habría apostado a que el hecho de estar todo el mundo en casa aumentaría el ruido, pero no es así. Desde que esto empezó, la gente guarda un silencio monacal. No hay música alta en las viviendas. Tampoco se oyen gritos.

Ojalá fuera así siempre.

Hace tiempo que no escucho al perro de los vecinos. El pobre se pasa todo el día ladrando, literalmente, porque sus dueños lo dejan preso en el balcón mientras están trabajando o de cañas o lo que hagan cuando salen del piso.

Sin embargo, estos días apenas ladra, imagino que porque están sus dueños en casa y ya no sufre la ansiedad del abandono ni el aburrimiento. Él es el que más va a echar de menos este paréntesis.

 

 

22 de marzo de 2020, domingo

Celebramos mi cumpleaños hoy porque mañana es laborable y mi novia sigue yendo cada día a la oficina.

Marta ha puesto un cartel de zona restringida en la puerta de la cocina. No puedo pasar, es una sorpresa.

Tomamos el aperitivo en el balcón, ella va y vuelve de la cocina con un gorro alto de cocinero, hasta que al fin se descubre el pastel, nunca mejor dicho: ha preparado una tarta de zanahoria.

Como sabe que disfruto como un crío con esas cosas, me ciñe una corona-virus que ha hecho a escondidas. Compró los materiales en la papelería, que continúa abierta con la excusa de la venta de periódicos. La corona está muy bien hecha.

También me regala la segunda parte de las memorias de Wyoming, La furia y los colores.

La tarta está buenísima, nada que envidiar a la mejor tarta de cualquier buen restaurante vegetariano. Es alucinante cómo le sale siempre todo bien a la primera.

Salimos contentillos del balcón [parte censurada].

Lo pasamos muy bien.

 

'La furia y los colores', regalo de cumpleaños en confinamiento por el covid-19 (coronavirus)

Regalo de cumpleaños en confinamiento

 

Brindo con un asiático porque no aprovechen el miedo para quitarnos derechos y libertades

 

Tarta de zanahoria casera

 

Por la noche, me encuentro en la tele con Lo de Évole. Lo dejo puesto unos minutos y Marina Garcés dice algo que llevo repitiendo yo desde que empezó esto:

«Estoy admirada de la facilidad (relativa) con la que estamos asumiendo este cambio de vida tan drástico».

 

 

23 de marzo de 2020, lunes

41 añazos. Contesto a las felicitaciones por Facebook, por WhatsApp, a las llamadas de teléfono, todo eso.

Cuenta mi cuñada que en Cambridge les dejan salir una hora al día para hacer ejercicio.

Otro amigo en Londres dice que allí el confinamiento, por lo menos de momento, también es bastante más suave que en España.

Una amiga me pregunta si me «peino» cada día (ella no lo hace). Sí, me levanto, desayuno, me ducho y me visto cada día desde que empezó el encierro domiciliario, aunque no vaya a salir.

Constato de nuevo la tremenda y dañina influencia de los medios de comunicación. El bombardeo mediático es tal (no existe otro tema) que la gente se asusta mucho más de lo que sería razonable. Una cosa es la prevención y la responsabilidad, y otra el pánico y la histeria.

 

Este es uno de los cumpleaños más raros de mi vida.

 

 

24 de marzo de 2020, martes

El amigo al que le envié el cuento «distinto» me manda un wasap dándome la enhorabuena y pidiendo más. Le ha encantado.

Es un wasap largo, con mucho texto. Lo ha entendido a la perfección y lo ha diseccionado con inteligencia, se le nota el oficio. Tiene un trabajo relacionado con los libros y es un lector de pro.

Creo que es sincero. No es un amigo íntimo, lo conozco desde hace poco tiempo y no tendría por qué hacerme la pelota. Yo intuía que el relato era bueno, pero con la inseguridad de quien transita por terreno desconocido.

 

Desde que empezó el encierro la carnicería que hay frente a mi casa tiene una afluencia de clientes inaudita.

 

El puto amo de la comba, soy. ¿Ahora qué, Rocky?

Antes del confinamiento solía correr dos o tres veces por semana, una hora cada sesión. Ahora estoy haciendo 40 minutos de comba y escaleras. He contado los escalones: 39 desde el garaje a la terraza. Los subo y los bajo unas cuantas veces, le meto a la comba rápido, vuelvo a los escalones, y así.

Al menos sudo. Qué pena no tener una buena cinta de correr o incluso una bici estática.

Nota mental: tener más cuidado, cuando ya pesan las piernas, de levantarlas bien para no tropezarme al subir los escalones. No creo que sea buen momento para romperse un dedo del pie, o los dientes.

 

[Mañana subo el resto].

 

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8 sin mordaza

  1. Hola cuarentener!

    Por tierras dianenses lo estoy llevando muy bien. Pero es que yo estoy de cuarentena permanente, dada mi naturaleza netamente reclusiva, así que no he notado nada demasiado fuera de lo común. Bueno sí, una cosa que agradezco infinito (que Dios y los afectados me perdonen): la ausencia de gente, las calles vacías y el silencio monacal del que hablabas antes. Curiosamente, siempre bajo mi particular prisma, esto humaniza la ciudad. Bueno, yo sé lo que me digo.

    La parte negativa es que estoy muy acostumbrado a estudiar en la biblioteca municipal y aquí en casa tengo demasiados estímulos para concentrarme; además de que no me encuentro en mi hábitat, y echo de menos la caminata hacia y desde la biblioteca.

    También aumenta la preocupación porque los exámenes de opos se han aplazado hasta, por lo menos, noviembre-diciembre o, incluso, primeros de 2021. De manera que tendré que buscar un trabajillo para ir flotando, pero viendo el daño económico que ha causado el corona, lo veo difícil. Pero bueno, tendré más tiempo para prepararme las opos.

    Por lo demás, a pesar de que no tengo que ver a nadie, no pierdo la costumbre de ducharme cada día, afeitarme y vestirme. Creo que es necesario para sentirse «persona».

    Pero lo peor de todo es NO HABER QUEDADO CONTIGO! Habrá que solucionar eso.

    Un abrazo (pero que corra el aire).

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    1. ¡Hola, David!

      Eso mismo hablaba el otro día con un amigo que es también un poco «reclusivo»: me decía que tenía la impresión de haber estado preparándose toda su vida para esto, jaja.

      (Yo también sé lo que te dices, y estoy de acuerdo) ;)

      ¡Claro! A ver si ahora la gente va a compensar lavarse más las manos con ducharse menos.

      Pues sí, teníamos que haber quedado cuando nos dejaban. Ahora, a saber cuándo volveremos a la normalidad. ¿Mayo? ¿Junio?

      Un abrazo (y no te preocupes, la corona mágica me otorga inmunidad).

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  2. Excelente , yo llegue el 14 de Marzo tengo familia en Madrid , yo apoyo a los Españoles , da lástima ver lo que ha sucedido en Madrid, y en toda España, pero admiro su valentía, y también los quiero ya que vengo hasta 3 veces al año acá! Me siento bien, yo me crié en Sur America hija de padre Alemán y madre Colombiana y me duele que tengas un gobierno que no los respete para haber tomado las suficientes medidas a su tiempo para prevenir esta tragedia!

    Twitter: @rositawgh

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  3. ¡Hola Salva! Yo también soy de los que se quedan en casa y salen lo justo, así que puedo decir que lo llevo mejor que otros. Mi primo y su pareja, sin embargo, lo tienen más difícil que yo. Los dos son médicos y viven en Madrid. No digo más.

    Con respecto a las medidas del confinamiento, creo que Pedro Sánchez se guía más por las presiones que va recibiendo desde distintos frentes que por la lógica. De ahí que no tengan mucho sentido y que siempre vengan tarde y de mala manera. ¡Si no se aclaran ni comprando los test!

    P.D. Mi primo me contó que en Italia y España somos más vulnerables al virus por cuestiones de genética. Me pareció curioso.

    Un saludo.

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  4. Pues mira que te tengo olvidado pero he visto el título y he pensado que uno de tus textos «costumbristas» a este respecto no me lo podía perder. Personalmente lo llevo bastante regular. Los primeros días veía las noticias y eran ganas constantes de llorar, desde que dejé de verlas llevo mal el encierro pero corro menos riesgo de volverme loca.

    En cuanto a la parte del teletrabajo, creo que fui de las primeras en que me tocase (profe), y es sin duda lo que peor llevo. Hoy he hecho una videoconferencia con mis chavales y la verdad es que tenían más ganas de hablar de la vida que dudas de Matemáticas (tampoco me sorprende jajaja). Podría hablar de la tremenda brecha digital pero eso da para un artículo entero! Yo espero sinceramente que este cambio radical de vida sea temporal y cuanto más corto mejor. No estoy dispuesta a perder mi libertad. Pagaré lo que haya que pagar por la vacuna si es preciso, pero no quiero pasarme la vida encerrada y mucho menos controlada por el Estado.

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    1. ¡Izarbe! Cuánto tiempo. Qué bueno leerte.

      Pues en la segunda entrega del diario, que no sé si podré subir hoy o ya mañana, incido en la resistencia a cambiar libertad por seguridad. Por lo que estoy viendo a mi alrededor, soy pesimista. Aunque luego llega una desamordazada y me da un poco de esperanza. ;)

      ¡Ánimo con los chavales, profe!

      Responder

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