Destrozar algo hermoso

Saludos, miembros del Proyecto Estragos. Hoy me quito la mordaza para recapacitar sobre dos maneras distintas de pasar por la vida: los que crean y los que destruyen.

 

Destrozar algo hermoso

Ya fui testigo de algo parecido, aunque esta vez me ha sentado peor. Os cuento primero lo de entonces (finales de 2014): en un lugar de la costa por donde suelo pasear, hay una coqueta cala a la que se puede acceder bajando unos escalones de madera. La cala es verdaderamente pequeña, podría decirse que encogió voluntariamente para huir de las aglomeraciones de otras ruidosas playas cercanas: sombrillas, conversaciones que la sangría o la cerveza hacen subir de volumen, olor a crema, balones de fútbol, chavales intentado que la bachata de su móvil supere los decibelios del chiringuito… Esas en las que las toallas están tan juntas que cruzar entre ellas para llegar al mar es como jugar al Twister.

Pero esta no, al contrario. Uno tiene la impresión de que fuese un intento no conseguido de playa, o mejor, una muestra, una muestra de catálogo. Si le gusta, caballero, la tenemos de 500 metros, con colillas, tumbonas y amigas petardas posando para publirreportajes caseros en la orilla, a cuatro patas y cara de estar muy en celo.

Si en lugar de bajar por los escalones se continúa caminando por arriba, disfrutando de las vistas, se atraviesa un largo pasillo que discurre entre el cortado que da a la cala, protegido por una rústica barandilla, y el muro que delimita la parcela de una de esas grandes y carísimas viviendas que han incumplido siempre escrupulosamente la ley de costas, pero a cuyos dueños nadie ha molestado nunca.

Un día pasé por allí y alguien había escrito en letras grandes la famosa frase del Principito, «Lo esencial es invisible a los ojos», dibujando a continuación la serpiente boa y todo. El muro es muy largo y las letras lo suficientemente grandes para leerse perfectamente desde abajo. Y era estupendo estar sentado o tumbado en ese minúsculo ecosistema de agua, sal, arena y espuma, o incluso unas cuantas brazadas mar adentro, y poder leer esa frase al flotar mirando hacia la orilla, con las gaviotas efectuando vuelos rasantes sobre tu cabeza. «Lo esencial es invisible a los ojos».

Y allí estuvo todo el verano y parte del otoño, hasta que una tarde de finales de noviembre la frase huyó asustada. Sólo asomaba, tímidamente, los ojos. Había sido cubierta con varios de esos odiosos grafitis de repetición que sólo ponen una firma compulsivamente, en cuantos más lugares mejor, como notarios con deformación profesional. El «llo estube aqui» de toda la vida de dios, del garrulo que busca la inmortalidad con el boli o la llave en las paredes de una pirámide o una catedral, pero en aerosol.

 

Lo esencial es invisible a los ojos, fotografia, El Principito, grafiti, serpiente boa, sombrero

Antes


 
Grafiti, firma, vandalismo

Después


 

Os decía que me he acordado de esto ahora porque he pasado por un lugar cercano a aquel donde hay grafitis, pero grafitis de verdad, pinturas, arte, nada que ver con las firmas en plan cadena de montaje. Ya os puse fotografías de un par de ellos en otro artículo, pero son bastantes más. La mayoría están autorizados, en la zona se han celebrado algunas ediciones de concursos de grafitis que poco a poco han ido mejorando el paisaje, gracias a esta excelente iniciativa del Ayuntamiento. Lo que era un siniestro y sombrío hueco bajo el puente de la rambla se convirtió en un pasadizo de color; las paredes frente a unas cocheras, en un museo al aire libre.

Pero algo ha cambiado. En cuanto bajé por la rambla que da acceso a la playa observé con disgusto que algún «artista» local había realizado su particular aportación al conjunto pictórico. Para qué ensuciarme los dedos describiéndolo si os puedo poner las fotos:

 

Grafiti estropeado, vandalismo, Pilar de la Horadada

Así era antes de que lo estropearan: (enlace)


 
 
Grafiti vandalismo

«Verás cómo viene alguien y lo jode», definición gráfica


 

Pues eso. Pollas. El tío (no sé por qué me imagino a un chaval) ha ido dibujando pollas en cada uno de los grafitis. En casi todos. El que más pena me ha dado es el de Icat, la sirena que le tiende su mano al pececillo. Aquí podéis ver cómo era originalmente.

Salí de allí de mal humor, con similar sensación (salvando las distancias) a la que me produjeron los vídeos de los miembros del ISIS destruyendo a martillazos estatuas de varios siglos de antigüedad.

Junto a estos grafitis mancillados hay un parque infantil. No soy ningún mojigato ni me escandalizo por nada que tenga que ver con el sexo, pero me cabrea que los alrededores de la zona de juego de los críos, que hasta ahora estaban decorados con bonitas figuras que tal vez queden como posos en la mente de los adultos que un día llegarán a ser (yo tengo ciertos vagos recuerdos de los coloridos dibujos del patio de la guardería), ahora luzcan estas típicas representaciones de rabos rampantes.

Me recuerda a un fragmento de El guardián entre el centeno:

 

Pero mientras estaba sentado vi una cosa que me puso negro. Alguien había escrito «Fuck you» [que te follen] en la pared. Me cabreé muchísimo. Pensé en Phoebe y en los otros niños de su edad que lo verían y se preguntarían qué demonios quería decir aquello. Siempre habría algún crío guarrete que se lo explicaría (de la peor manera posible, por supuesto), y todos pensarían en eso y quizá hasta se preocuparían por el asunto durante un par de días. Me entraron ganas de matar al que lo había escrito.

 
 

La causa del comportamiento antes descrito de los yihadistas la conocemos: el fanatismo de las religiones. Pero ¿qué pasa por la cabeza del tío que decide malgastar su tiempo en ir de aquí para allá arruinando grafitis? ¿Me echáis una mano? ¿Algún psicólogo en la sala? Voy a especular por mi cuenta, y luego me aportáis vuestro punto de vista:

Como tantas otras veces, la literatura lleva al cine, o viceversa, aunque en este caso la peli esté basada también en un libro: me acaba de venir a la mente una escena brutal de El Club de la Lucha (capítulo dieciséis del libro), cuando el protagonista decide pelear con un novato, un rubito guaperas, y aunque este yace ya vencido en el suelo sigue golpeándole y golpeándole y golpeándole, rompiendo la Tercera Regla del Club, aparte de una nariz y unos cuantos dientes.

Cuando Tyler Durden / Brad Pitt le comenta a continuación: «Parecías un maníaco, chico psicópata. ¿Dónde se te fue la cabeza?», el prota / Edward Norton, con el rostro y el torso salpicado de sangre, le responde: «Quería destrozar algo hermoso».

Llegaba a esa pelea agobiado por la vuelta del insomnio, cabreado con su pareja, con su vida, con cada ínfima partícula de su propia existencia absurda. Y ahí estaba ese chico «con cara de ángel» (Jared Leto) del que sentía celos, dándole la oportunidad de vengarse de su propia fealdad. «Quería destrozar todas las cosas hermosas que nunca tendría…»

 
 

Siempre me ha gustado la gente con inquietudes. Me da igual si escriben, dibujan, cantan, componen, actúan o mantienen cualquier tipo de proyecto, aunque no tenga nada que ver con lo artístico. Me siento atraído por las personas que emplean su tiempo en actividades creativas, que sortean así la trampa de su trabajo diario y escapan al arresto domiciliario frente a la tele.

En el lado opuesto tenemos a tipos como el Capitán Pollanova. Creo que debe de formar parte de ese grupo de seres incapaces de crear, que alivian su frustración destruyendo el trabajo de otros. Seguramente hasta se considere grafitero (a fin de cuentas, su antiobra está realizada con un bote de espray), pero no podría ejecutar algo ni remotamente similar a lo que hay en esas paredes así pasaran cien años. Le corroe una especie de envidia insana, de rencor por la propia medianía, como la del violador impotente. Lo mismo se da en muchos ámbitos de la vida: el compañero de trabajo mediocre pero experto en el arte de medrar a costa de pisar cabezas ajenas; el troll de internet sin talento ni voluntad para escribir tres líneas coherentes o formular una reflexión propia, original, pero muy activo a la hora de enfangar las páginas ajenas, o los que entran continuamente en las redes sociales de otros (cuanto más famosos o más seguidores tengan, mejor) a ponerlo todo pringado a base del insulto directo y fácil. Algunos a eso le llaman «activismo».

 

Lo esencial es invisible a los otros

A la vuelta pasé por encima del puente y me apoyé un momento en la barandilla a mirar al grafiti de la sirena. En ese momento dos chicas llegaron caminando a mi altura. No sé qué edad tendrían, soy muy malo para eso, pero ya no eran unas niñas. ¿Veinte?

Una le señaló a la otra el grafiti de la sirena vejada, y las dos prorrumpieron en unas risas tontísimas, como si no viviéramos en España en 2016 y acabaran de salir de un colegio de monjas de los años 40.

Quizá tengamos lo que nos merecemos, y ellos y ellas sean mayoría. Esos a los que la frase del Principito les parece una chorrada, o suponen que esencial es sinónimo de transparente. Esos que no hubieran pensado en dibujar agujeros en la caja para que el cordero pudiera respirar, sino en cuánto dinero podrían sacar de su lana. Esos que le hubieran disparado al elefante escondido bajo el sombrero sólo para posar junto a su cadáver. Esos, que nunca han domesticado a nadie ni se han dejado domesticar. Esos, que hacen del mundo un lugar peor.

 

Imagen de cabecera: grafiti de Icat

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9 sin mordaza

  1. Cualquier pared/muro les vale para expresar su «arte» – si, lo he escuchado y leído, se consideran artistas – y dar rienda suelta a su vena artística

    Twitter: @MiguelNNGG

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  2. Arriba he transcrito un fragmento de El Guardián entre el centeno. Voy a completarlo, que sé que a David le gustan estas cosas:
     
    «Pero mientras estaba sentado vi una cosa que me puso negro. Alguien había escrito «Fuck you» (que te follen) en la pared. Me puse furiosísimo. Pensé en Phoebe y en los otros niños de su edad que lo verían y se preguntarían qué quería decir aquello. Siempre habría alguno que se lo explicaría de la peor manera posible, claro, y todos pensarían en eso y hasta se preocuparían durante un par de días. Me entraron ganas de matar al que lo había escrito. Tenía que haber sido un pervertido que había entrado por la noche en el colegio a mear o algo así, y lo había escrito en la pared. Me imaginé que le pillaba con las manos en la masa y que le aplastaba la cabeza contra los peldaños de piedra hasta dejarle muerto, todo ensangrentado.

    (…)

    Bajé por una escalera diferente y vi otro Fuck you en la pared. Quise borrarlo con la mano también, pero en este caso lo habían grabado con una navaja o algo así. No había forma de quitarlo. Era inútil, de cualquier forma. Aunque dedicara uno a eso un millón de años, nunca sería capaz de borrar ni la mitad de los Fuck you del mundo. Es imposible.

    (…)

    Me quedé solo en el museo junto a la tumba de la momia. Me gustaba, en cierto modo. Era agradable y tranquilo. De pronto no se imaginan lo que vi en la pared. Otro Fuck you. Estaba escrito con una especie de lápiz rojo justo debajo del cristal que cubría las piedras del faraón.

    Eso es lo malo. Que no hay forma de dar con un sitio agradable y tranquilo porque no existe. Puedes pensar que sí, pero una vez que estés allí, cuando no estés mirando alguien escribirá Fuck you justo en tus narices. Pruébenlo alguna vez. Creo incluso que cuando me muera y me entierren en un cementerio y me pongan encima una lápida que diga Holden Caulfield y los años de mi nacimiento y de mi muerte, justo debajo alguien escribirá Fuck you. Estoy convencido».

    Twitter: @vota_y_calla

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  3. En este sentido, me alegra que España sea un país viejo. No me imagino vivir rodeado de quinceañeros y veinteañeros descerebrados como los que describes.

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    1. Pues sí, Beatriz. Lamentablemente es así.

      Estuve a punto de meter esa frase en el artículo, pero la quité por no repetirme, porque ya la había usado alguna vez a cuenta de los recortes y de RTVE. Pero ahí está parte de la clave: si destruir costara esfuerzo, no habría tantos «dibujantes de penes».

      Twitter: @vota_y_calla

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  4. Ah, subí a Youtube el fragmento de la pelea de El Club de la Lucha que describo en el artículo, para incrustarlo en la entrada. Lo subí ayer por la noche y esta mañana ya lo habían borrado (¡qué velocidad!). Y eso que estaba en «oculto».

    Dice: «Este vídeo incluye contenido de FOX, que lo ha bloqueado por motivos de derechos de autor».

    Aquí tenéis otro vídeo de la misma escena, pero no os lo puse porque en lugar del sonido y los diálogos de la película se escucha una canción:
     

     
    Lo que no entiendo es por qué han borrado el mío en unas pocas horas, y no este, subido en 2008. A saber…

    Twitter: @vota_y_calla

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  5. Actualización: en el artículo alababa la iniciativa del Ayuntamiento (y lo sigo haciendo). Pero una de las participantes me informa de la falta de respeto del consistorio al trabajo de los artistas:

    «No querían pagarnos lo prometido en las bases en concepto de material y desplazamiento. Tuvimos que estar luchando por ello durante seis meses».

    Qué asco. Luego no tienen reparos en pagarle decenas de miles de euros al cuñado del cuñado de un concejal por colocar un montón de hierros informes en una rotonda, pero a gente como esta, joven y sin contactos, les regatean cuatro duros.

    Twitter: @vota_y_calla

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  6. Esto es educación, o mejor, falta de educación. ¿Sabes qué deberían hacer? Los colegios de la zona deberían llevar a los niños para que vean, piensen, reflexionen y valoren. Creo que sería un buen ejercicio, para que los niños de hoy no se conviertan mañana en macarras con spray.

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    1. Hola, Carlos. Bienvenido.

      Sí, así es. En este tipo de artículos siempre sale a relucir la educación, pero nuestros gobernantes no están por la labor de mejorarla. ¿Les conviene un pueblo cerril, aborregado? Todos conocemos la respuesta.

      Twitter: @vota_y_calla

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