Coches eléctricos: obligados a contaminar por ley

Hoy me quito la mordaza para lamentar que la falta de imaginación y sentido común de nuestros dirigentes nos arrebate una de las principales ventajas de los coches eléctricos: los motores silenciosos.

En julio de 2019 se aprobó la normativa que obliga a los coches eléctricos a hacer ruido. Dicha normativa entrará en vigor el 1 de julio de 2021. Dentro de cuatro meses.

En su momento me indignó, pero estaba a otras cosas y no escribí el artículo.

Vamos a ello.

El ruido mata

La contaminación acústica suele subestimarse. Cuando se habla de contaminación, todo el mundo piensa en coches y fábricas arrojando humo a la atmósfera, o en esas mismas fábricas vertiendo residuos a los ríos y al mar. Pero pocos se acuerdan del ruido. Y el ruido mata.

¿Cómo? En España no ha muerto nadie por contaminación acústica, diría Ayuso.

Pero sí. El ruido es, según la OMS, el segundo mayor problema medioambiental.

En 2017, algunos medios mencionaron un informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente. Ese informe calculaba en unas mil las muertes que el ruido del tráfico provoca al año en España, además de miles de hospitalizaciones.

El ruido causa estrés. Doy por hecho que, el que más o el que menos, sabe lo que el estrés continuado puede hacerle al sistema inmunitario.

Aunque creas que no te afecta el ruido, que estás acostumbrado, que ni siquiera lo escuchas, tu cuerpo sí lo «escucha» y reacciona en consecuencia, preparándote para repeler o huir de una agresión: aumento de la frecuencia cardiaca, de la tensión arterial…

A la larga, eso genera enfermedades respiratorias y cardiovasculares, hipertensión, ansiedad y hasta diabetes.

El ruido también causa problemas de sueño. La privación del sueño es un método de tortura, no hace falta decir más.

Hay otras consecuencias «menores», como pérdida de audición, alteraciones en el desarrollo cognitivo de los niños o aparición de los molestos acúfenos.

Y no afecta solo a los humanos, también a la fauna (las aves se encuentran entre los animales más perjudicados), mascotas incluidas.

Para comprender mejor lo que significa un millar de muertes anuales por ruido, recordemos que 1.100 fueron los fallecidos por accidentes de tráfico en 2019.

Sin embargo, si bien desde hace décadas se impulsan medidas y campañas para aumentar la seguridad vial, poco se hace en lo que a la contaminación acústica respecta.

«Si bebes, no conduzcas». Campaña de la DGT de 1995

Aunque existen otros factores de ruido (tráfico aéreo, industria, obras, bares y discotecas, el perro del vecino, la mala educación del personal…), el 80 % de la contaminación acústica de nuestras ciudades proviene del tráfico.

Sistema AVAS

El sistema generador de ruido se llama AVAS, acrónimo de Acoustic Vehicle Alerting System.

Los vehículos eléctricos deberán emitir un sonido entre 56 y 75 decibelios, similar al de los motores de combustión.

La norma no es tan nociva como habría podido ser, porque el sonido se desactivará automáticamente una vez que el vehículo alcance los 20 kilómetros por hora. Los legisladores entienden que, a partir de esa velocidad, el ruido de la rodadura en el asfalto es suficiente para alertar a peatones y ciclistas despistados.

Esta norma es aún más incomprensible si tenemos en cuenta que los accidentes a bajas velocidades no suelen ser graves. A 20 kilómetros por hora, la velocidad a la que se desactiva el AVAS, solo son mortales el 4 % de los atropellos.

Y por minimizar este riesgo ya mínimo nos condenan a seguir soportando el ruido del motor al ralentí, el de los atascos y el del callejeo por pueblos y ciudades.

¿Por qué obligan a los coches eléctricos a hacer ruido?

Se supone que tratan de salvaguardar la seguridad de ciclistas y peatones, especialmente la de las personas con deficiencias visuales.

Pues lo siento, pero a mí, como conductor, ciclista y peatón (y futuro afectado por el uso de pantallas), me parece un disparate.

A esto mi abuela lo llamaba «Desvestir a un santo para vestir a otro».

Pasan los siglos, pero la humanidad no cambia tanto. Este miedo a los coches eléctricos es el mismo que sintieron nuestros tatarabuelos cuando se extendió el uso del coche de caballos, del tranvía y de los primeros vehículos particulares a motor.

Los peatones, acostumbrados hasta entonces a disponer de la calle en exclusiva, tuvieron que adaptarse a convivir con esos nuevos peligros.

Nosotros, tras un inevitable periodo de transición, también nos adaptaríamos a los vehículos eléctricos.

Temía a la multitud, pero sobre todo temía ser atropellada, pisada, triturada por caballos, por ruedas. Cada coche, cada carro, era una fiera suelta que se le echaba encima. Se arrojaba a atravesar la Puerta del Sol como una mártir cristiana podía entrar en la arena del circo. El tranvía le parecía un monstruo cauteloso, una serpiente insidiosa. 

‘Doña Berta’ (1891). Clarín

Mientras tengamos este modelo de ciudad, conductores, peatones y ciclistas debemos ir atentos.

El que manipula el móvil mientras conduce es un homicida en potencia. Y el que cruza la calle mirando el wásap, un suicida vocacional.

Y qué decir si el peatón va escuchando música a todo volumen por los auriculares, que pueden ser de esos con «cancelación de ruido». Para ellos, como si al sistema AVAS le meten el sonido de un Fórmula 1.

¿Y la gente que no ve?

Caso distinto es el de los ciegos, esto me ha hecho pensar más.

La madre de una de mis mejores amigas trabaja en la ONCE (esto ha sonado a «no soy racista, tengo un amigo negro», pero es así).

Tiene graves deficiencias visuales, solo distingue contornos, luces, colores. Más de una vez me ha hecho reír al confundirme con un familiar bastante más delgado que yo, moreno y con el pelo muy corto.

Su discapacidad no le impide caminar sola por la calle, ni acercarse en su vieja bicicleta a la terraza del paseo para tomarse las cañas con nosotros. Simplemente, lleva más cuidado al caminar o pedalear que los que no tenemos problemas de vista.

Y tampoco le parece buena idea el dichoso AVAS.

En España viven unas 70.000 personas con «ceguera legal», como la madre de mi amiga. Esto supone un 0,15 % de la población. No un 15: un 0,15 %. De estos, la mayoría son de edad avanzada, y supongo que, si su salud les permite salir a la calle, irán acompañados por alguien que vele por ellos.

Imaginemos que existiera una forma de filtrar las emisiones contaminantes de las fábricas, del tráfico rodado, de los aviones…, que tantas muertes provocan, para convertirlas en una sustancia inocua. Pero, por el motivo que sea (os pido un poco de imaginación), resulta que las emisiones tóxicas «ayudan» de alguna manera a un pequeño porcentaje de la ciudadanía.

En ese caso, ¿obligarían por ley a la industria a seguir contaminando? No lo creo.

Pero, como decíamos antes, la contaminación acústica no se toma en serio.

El silencio del confinamiento

Una de las pocas cosas buenas que trajo consigo el confinamiento, y que se mantiene en este tercer grado que nos han concedido ahora, es el de la reducción del ruido.

Vivo (me mudo en breve, al fin) en una calle ruidosa, y la diferencia de antes a después del covid es abismal.

Claro que ya no es lo mismo, porque las restricciones se han relajado. Para imaginar cómo sería un mundo sin el ruido constante del tráfico, una buena idea es retroceder a abril. Me refiero a los primeros días del mes, cuando hubo un confinamiento para todos los trabajadores no esenciales. El único periodo (9 o 10 días),dicho sea de paso, en el que hemos tenido un confinamiento sensato.

Otra opción para imaginar un mundo sin ese molesto (y dañino) ruido es viajar a ciudades como Berlín, con un modelo de movilidad urbana opuesto al de Madrid, Barcelona, Buenos Aires, Roma… o incluso Murcia.

Hace algún tiempo, un grupo de seis personas pasamos unas semanas en Ámsterdam. En un primer momento notamos algo «raro», hasta que lo entendimos: faltaba el ruido urbano, porque la gente se desplazaba caminando o en bicicleta. Era estupendo.

En Ámsterdam, las bicicletas tienen preferencia incluso frente a los peatones. El primer día que pusimos el pie allí, hubimos de aprender rápidamente que los carriles bici no eran como los de España (que a veces parecen rutas senderistas), y que debíamos tenerlos en cuenta para evitar que nos arrollara un ciclista a toda velocidad

Enseguida nos acostumbramos.

¿Imagináis que obligasen a las bicicletas de aquellas tierras a emitir ruido para evitar atropellos de turistas? ¿En qué cabeza cabe?

Pues eso es el AVAS.

Otra batalla perdida

Lo ideal sería avanzar hacia un modelo distinto, sostenible, de desarrollo urbano.

Mientras se alcanza (o no) esa utopía, y aunque se trataba solo de una solución parcial, la sustitución escalonada de los vehículos de combustión por los eléctricos era una buena noticia, pues iba a reducir dos causas de contaminación: las emisiones de los tubos de escape y el ruido de los motores.

Al final, nos quedamos con el ruido.

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Imagen de cabecera: atrezzauto.com

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4 sin mordaza

  1. la gente que tiene miedo al silencio,
    se tiene miedo a si mismo.

    Un abrazo Salva.
    Un placer recibir el aviso y entrar rápido a echar un vistazo a tus lineas.

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  2. «¿Imagináis que obligasen a las bicicletas de aquellas tierras a emitir ruido para evitar atropellos de turistas?» Pues el otro día estaba en la acera esperando a que se pusiera el semáforo en verde (aun quedamos gente que lo hace). Había gente esperando para cruzar, pero lo hacía invadiendo el carril bici. Hasta que llega un ciclista, y lógicamente desesperado, empieza a hacer sonar su timbre. Se apartan todos menos una señora, que obliga al ciclista a parar y bajarse. Por supuesto, y con razón, abroncó a todos los peatones. Cuando leí la noticia (y este artículo) sobre el ruido de los coches eléctricos, me acordé de esta anécdota y de toda la gente que cruza sin levantar la vista del móvil. Espero que en un futuro ya se pueda quitar esta norma, pero mientras haya este tipo de gente en el mundo, lo veo difícil.

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    1. Cerca de donde vivo, en la playa, hay un paseo muy ancho, de unos veinte metros, con espacio de sobra para que los peatones caminen por donde les apetezca. Pues por alguna razón que no llego a comprender, quizá un instinto atávico que nos haría buscar las sendas, los caminos trazados, mucha gente recorre ese paseo por el carril bici.

      También has nombrado una cuestión que no cito en el artículo y sería conveniente remarcar: los coches tienen claxon. Aunque algunos crean que está para saludar, desahogarse en los atascos y celebrar las victorias deportivas.

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