Cinco citas citables

 

No recuerdo que sonara el despertador, igual no había llegado aún a ocupar su sitio en la mesilla que separaba la cama de mi hermano de la mía. Era redondo, en plata y azul, con dos campanillas en la parte superior que producían un sonido tan estridente al ser golpeadas por el martillito de metal, que me extraña que no me hayan quedado secuelas en la audición.

En la esfera vivía un gato negro con los ojos desproporcionadamente grandes, incluso para un animal de su especie. El felino miraba alternativamente a izquierda y derecha, siguiendo el ritmo que marcaba el segundero rojo. Entonces el tictac de un reloj no me impedía dormir, esas manías llegaron con la edad.

Las otras dos agujas brillaban débilmente en la oscuridad. Ese despertador me generaba sentimientos encontrados: me gustaba mirarlo de día, me daba miedo por la noche y lo aborrecía cuando sonaba.

Pero no venía a hablaros del despertador. Tengo tantas cosas en la cabeza que, si no escribiera, igual sufría una embolia. Quería contaros otra imagen que recuerdo muy bien de esa mañana, la del 23 de marzo de 1984. No, mi memoria no da para tanto, pero sólo he tenido que sumar cinco a mi fecha de nacimiento.

Ese viernes (calendario de Windows) desperté bocabajo, e inmediatamente el cerebro continuó el hilo del pensamiento que había interrumpido el sueño: mañana era mi cumpleaños, hoy era mi cumpleaños.

En lugar de avisar a mis padres gritando «¡ya me he despertao!», según mi costumbre, o saltar de la cama a buscar regalos, adelanté la mano derecha contra el cabecero color pino y dije en voz baja, asombrado: «Cinco»…

Era una sensación muy extraña. Hubo un niño que mostraba tres dedos de la mano cuando le preguntaban cuántos añitos tienes, y ahora la edad ya ocupaba toda la mano, y el año que viene se extendería a la izquierda. ¿Era el mismo niño? Estaba muy contento, cumplía cinco años, pero me miraba la mano abierta como si acabara de brotarme y parecía que nada de todo aquello fuera real.

Así pudieron transcurrir unos segundos o media hora. La luz que atravesaba las simétricas aberturas de la persiana se filtraba entre mis dedos para concluir su interminable viaje de ocho minutos en el cabecero de mi cama.

Mi hermano conservaba la respiración acompasada del sueño, más lenta que el tictac del gato, mientras yo sentía algo muy similar a la nostalgia. Un niño que se inquietaba por el transcurso del tiempo, una contradicción de un metro de alto.

 

Esa nostalgia preventiva, la añoranza de algo aún no vivido, se mantuvo ahí cuando crecí, sin afectarme demasiado, sin molestarme, como un ruido de fondo que sólo escuchas cuando todo lo demás queda en silencio.

Esto os va a parecer un poco repelente (me extraña que no me pegaran en el colegio), pero con doce años estaba suscrito a Selecciones (de Reader’s Digest). Se lo pedí a mi padre y aceptó, así que cada mes empezó a llegar al buzón un número de esa manejable revista multidisciplinar.

Una de las secciones que más me gustaban era la llamada «Citas citables». Algunas frases pasaban a través de mí sin dejar marca, pero otras me hacían bajar los brazos y extraviar la mirada. Sentía el placer del descubrimiento, de lo nuevo. Muchas veces no podía asimilar del todo el aforismo, pero intuía el significado, una rendija se entreabría lo suficiente para producirme un cosquilleo.

Comencé a copiar en una libreta las frases que más me gustaban. Al contrario de las redacciones de las que hablaba en la entrada anterior, y de las propias revistas, esa libreta ha sobrevivido a la erosión incansable del segundero. Así puedo comprobar que apunté en ella, incapaz de mantener la horizontalidad ni con la ayuda de las rayas que pautaban el papel rosado, varias reflexiones sobre el paso del tiempo. Como esta de Schopenhauer (a quien mi yo del 91 le escamoteó la segunda hache):

«Desde el punto de vista de un joven, la vida es un futuro interminable; desde el de un anciano, un pasado sumamente breve».

O la cita de Voltaire que cerraba este otro artículo.

Tenía doce años. Eso sí que es (pre)ocuparse.

Pero me gusta pensar que esas semillas que tragué antes de tener edad para digerirlas, los «libros sin dibujos» que leía cuando las niñas estaban con los de Barco de Vapor y mis compañeros, excepto otro rarito de clase, no abrían más que los de texto, quedaron ahí dentro, abrigadas, a buen recaudo, esperando a germinar cuando llegase el momento.

 

¿Y por qué nos cuentas esto hoy?, preguntaréis. Asociaciones mentales: Vota y Calla acaba de cumplir cinco años.

«Cinco»…

 

 

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26 sin mordaza

  1. Me sumo a David en cuanto a la ternura que rezuma esta entrada. Muy bonito.

    Yo también recuerdo el Reader’s Digest, aunque en mi preadolescencia, así que debía venir en pergamino. La gran diferencia es que yo lo tenía que robar de las salas de espera, porque mi padre intentaba quitarme el vicio de la lectura.

    PS: ¿escribes 5 en letras para que no rimemos? ¿Funciona?

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    1. Ah, que conoces la revista, qué bueno.

      Pues tiene mala fama en determinados círculos. Hace muchos años que no me echo ninguna a la cara, igual ahora me pasaría como con algunas películas de la época (Cortocircuito, por ejemplo; o Indiana Jones), pero, si mi memoria no me engaña, creo que la seguiría disfrutando.

      Ah, por si me lee David, una curiosidad: la citan en Sweating bullets, de Megadeth.

      Twitter: @vota_y_calla

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      1. Bueno, yo sólo leía los artículos de divulgación científica – ciencia ficción, vistos desde hoy – y los breves, esos que iban al final de cada artículo. Como además me salía gratis y mi padre no me podía prohibir leerlos, ya me estaba bien.

        De hecho, me suena haber leído esa revista en francés, lo que situaría la fecha del delito entre 1960 y 1965.

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  2. Yo recuerdo leer Reader´s en casa de mi hermana Pili, gran lectora por otro lado. De ella y mis otros hermanos viene mi afición por la lectura, ya que de jovencito me topé con una biblioteca bastante digna, incluyendo Aghata Christie, libros de “los Cinco” y muchos tebeos.

    Curiosamente también sentí una necesidad imperante de copiar citas que me llamaban la atención (bastante mas mozo que tú, de hecho elegí una agenda del 95 para hacerlo), junto con reflexiones propias.

    Ojeándolo he dado con esta cita, vaya ud a saber de quién: “Para saber lo que Dios opina del dinero solo hay que ver a quién se lo da”

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    1. Y yo que pensaba que os iba a sonar a chino la revista.

      Como le comentaba a Vicente, dicen que tenía un marcado sesgo conservador. Yo en aquella época no me enteraba de eso, claro.

      Los Cinco aparecieron en otra entrada.

      Tenía dos ejemplares: Los Cinco en el cerro del contrabandista y Los Cinco en el páramo misterioso. Recuerdo que tuve que preguntarle a mi padre qué significaba «páramo».

      Qué importante encontrarte con libros en casa, como un juguete más.

      Me has hecho buscar la cita (pensaba que ibas a poner una de esas reflexiones tuyas, jeje). Sale como autor un tal León Bloy, un señor muy serio, con bigotazo a lo Nietzsche.

      Twitter: @vota_y_calla

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  3. Yo no discriminaba, leía hasta los prospectos de las medicinas, las etiquetas de los productos (eso de “excipiente” me tenía alucinada, aparecía en casi todo). Por supuesto las revistas que hubiera en la consulta del médico o donde fuera que tuviera que acompañar a mi madre. Los cinco, Asterix, Tintín los TBOs… los libros de aventuras, los clásicos de ayer y hoy… Ahora tengo muy poco tiempo pero sigo con una norma, terminar de leer todo aquello que empiezo, hasta el final. Y aunque por esa norma me he tragado cada tostón, creo que al final todo merecía la pena. Con catorce años tenía un calendario de mesa de esos de pasar las hojas donde cada día aparecía una frase célebre. Si me gustaba guardaba la hoja aunque no sé donde acabarían porque en un momento dado desaparecieron, cuestión de espacio, supongo. Felicidades por estos cinco años y por los buenos momentos que nos haces pasar mientras te leemos. No lo dejes.

    Twitter: @Nochevieja63

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    1. A mí también me cuesta mucho dejar un libro a medias. Y no sé si es porque he tenido buena intuición, o que siempre les saco el lado positivo, pocas veces he abandonado una lectura. Que recuerde ahora, sólo dos: una novela rosa y el Ulises de Joyce, por no aguantarla y por no entenderla, respectivamente.

      ¡Es verdad, las frases de los calendarios!

      Gracias, Su. Aquí seguiremos ;)

      Twitter: @vota_y_calla

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      1. Aquí otro que jamás se deja a medias un libro. Me leí de cabo a rabo hasta “El Péndulo de Foucault” de Umberto Eco.

        En realidad, han habido dos libros que no pude acabar. Uno es “American Psycho” de Bret Easton Ellis, porque se me revolvía el estómago. El otro es “Lo mejor que le puede pasar a un cruasán”, por estúpido.

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          1. En absoluto, pero para un chaval de 17 años, que es cuando me lo leí, puede resultar muy complejo y farragoso.

            Sin embargo, llevo tiempo planeando releerlo; y más ahora que tengo más presente el tema de las sociedades secretas, las logias, etc. En parte, me recuerda algo a “Eyes Wide Shut”.

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            1. Yo tengo hace muuuuuchos años uno a medias, pero tengo que encontrar el valor y acabarlo. Es Los Versos Satánicos. No puedo con él, y mira que lo intento…

              Twitter: @Nochevieja63

              Responder
  4. Si tan joven solicitas hacerte socio de Reader’s Digest deberías hacértelo ver. No sé si sigue existiendo pero era una revista y/o cosa reaccionaria y pro yanqui bañada en estúpido calvinismo. Más o menos como Juan Pablo II diciendo boludeces teológicas a granel pero en revista tamaño cuartilla.

    A mí y hermanos nos la leía por huevos mi padre en las sobremesas, de ahí dimana mi perenne ulcera de duodeno.

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    1. Cuando alguien es tan joven, carece de los “filtros” y prejuicios que se van adquiriendo/aprendiendo con la edad, para bien o para mal. Por ponerte un ejemplo, cuando yo era muy joven disfrutaba de “Tintín en el Congo”. Con la edad y con los filtros adquiridos, ahora, en lugar de simplemente disfrutar de las correrías de Tintín en África, solo veo colonialismo, maltrato de animales y mil cosas malas más. Otro ejemplo: cuando tenía 8 años disfrutaba de Roberto Alcázar y Pedrín sin más, sin filtros. Me gustaba la acción, la trama, los enredos en que se metían, etc. Ahora veo propaganda franquista en ese comic.

      Un saludo.

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      1. Creo que es un error el “politizarlo” todo; un buen relato (o filme, o comics) puede transcurrir en un lugar que ha sido escenario de colonialismo, dictaduras o ideologías cuestionables y esto no significa que el autor pretende glorificar, justificar o ensalzar ese período histórico. Un autor describe el contexto que ha visto y estudiado, y muchas veces como “telón de fondo” de vivencias universales y atemporales (una historia de amor, por ejemplo). Dejemos de buscar segundas intenciones en todo lo que leemos…

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        1. Exacto Paula!! Tuve esta misma discusión con un conocido y le expuse el mismo razonamiento. Él criticaba a Hergé por “glorificar” el colonialismo, mientras que yo sostenía que el autor tan solo estaba utilizando la situación de aquéllos tiempos, en los que él vivía y se educó, como fondo para sus comics.

          Otro ejemplo, con el que también tuve una conversación con un amigo ultra-políticamente correcto: en las películas antiguas de Disney, las chachas eran negras. Por eso, no dejaba que sus hijos vieran esas películas. Vamos a ver, es que es lo que había en aquél momento. ¿Glorifica que las criadas tengan que ser negras? Por supuesto que no, para el autor, en aquélla época, en aquél contexto, era lo normal y lo utilizó como “detalle” para explicar una historia.

          Otra cosa, claro, son los comics o historias con un descarado fin propagandístico.

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  5. Reades D era ( al menos no sé si lo es ahora o si no existe )
    sionista hasta la nausea :
    machismo, patriarcado, tapar las verguenzas de Israel, etc

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    1. Te respondo lo mismo que le contesta David tan acertadamente a Aviador: posiblemente tengas razón, tendría que leerla ahora. No lo dudo, no sois los primeros que lo decís, pero por aquel entonces no me daba cuenta de esas cosas.
      De todas maneras, como comentaba antes con una compañera rojaza en Twitter, que resulta que también solía leer el Selecciones, no parece que el adoctrinamiento nos causara mucha mella.

      Luego hay otra cosa, y es que no sé cómo llegó esa revista a mi casa, pero por entonces no había visto más que las típicas revistas de motos y coches, o el Hola y el Venca de mi madre, y ninguna de ellas me gustaba (bueno, esta última sí, pero para otra cosa).

      Y había secciones en las que no corría uno riesgo de ser adoctrinado, como la «Citas citables» mencionada en la entrada, u otra, «Enriquezca su vocabulario», donde te daban una serie de palabras (veinte, si no recuerdo mal), con tres posibles definiciones para cada una, y tenías que elegir cuál era la correcta. Luego, dependiendo de cuántas hubieras acertado, te ponían «nota».
      Se me daba muy bien y, como suele ocurrir, eso hacía que me gustara.

      Pero vamos, imagino que nadie habrá entendido esta entrada como un elogio al Selecciones, porque no se trataba de eso.

      Twitter: @vota_y_calla

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  6. “la añoranza de algo aún no vivido”… debe ser una sensación más frecuente en Finlandia, ya que los fineses han acuñado una palabra para referirse a ella: “kaukokaipuu”.

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