El caciquismo de siempre en la era 2.0

 

Hoy se quita la mordaza en Vota y Calla Miguel Ángel Salgueiro.

Es el primer bloguero invitado de 2018 (sabéis que esto es algo excepcional, habitualmente de los artículos me encargo yo).

Viene a contarnos un caso de caciquismo. ¿Caciquismo? ¿En España? Qué cosa más rara…

 

 

El caciquismo de siempre en España

 

Pongámonos en contexto. Nos encontramos en un municipio de la zona levantina, allá por 2006, un perfecto arquetipo en cuanto a su evolución social y política de lo habitual en aquella zona y época: hay un partido azulón que gana elecciones repetidamente, y además con mayorías absolutas.

En esta tesitura existe una dependencia municipal, el centro de Cultura, en el que trabaja el coordinador, máximo responsable de área. Cierto día recibe una llamada telefónica de la concejala:

 

—Hola, buenos días, Antonio.

—Hola, concejala. ¿Qué se te ofrece?

—Mira, ej que quería que supieras que hoy viene al Ayuntamiento un director general de Valencia yyyy… —la concejala dudaba— me gustaría que estuvieses allí cuando él llegase.

—¡Claro! —responde con presteza Antonio—. Supongo que es el del Departamento de Cultura.

—Buenoooo… —de nuevo se manifiestan las dudas—. Ejcucha, ¡tú ven! Estate a las 10:30 en el Ayuntamiento —La regidora finaliza la conversación con brusquedad.

Antonio cuelga el teléfono, confuso. La concejala no le ha informado del nombre del gerifalte de Valencia y el tono de la conversación ha sido bastante extraño; manifestaba mucha inseguridad en su discurso, como si quisiese ocultar algo, y tampoco le ha dicho qué es lo que necesitaban exactamente de él.

Tras meditar unos minutos decide presentarse en el consistorio, simulando tener que hacer unas gestiones en la zona de oficinas. Si de verdad lo necesitan estará visible, y si no es el caso podrá esconderse con facilidad.

Llega la hora y Antonio se presenta ante el edificio del Ayuntamiento. Es un día normal de una semana cualquiera, el que más y el que menos se encuentra concentrado en sus quehaceres. Sin embargo hay un grupo de unas 40 ó 50 personas a las puertas del edificio, en su mayoría gente de edad avanzada. También alcanza a ver a algún compañero de plantilla, de los afines a los que mandan, así como un par de concejales. Comienza a intuir para qué lo han llamado.

Entra al edificio, sube al primer piso y allí finge hacer algunas gestiones, mientras de reojo controla el ventanal por el que se ve la explanada que da acceso al consistorio. Puntualmente llega un coche de alta gama, con los cristales tintados, del que desciende un señor trajeado y un par de acompañantes.

El grupo prorrumpe en aplausos y del mismo surgen dos fotógrafos que comienzan a disparar como si les fuese la vida en ello. El político adopta una postura física erguida, artificial a los ojos de Antonio, y tras un par de saludos a concejales y respetable cruza la pequeña muchedumbre entrando al edificio precedido por los fotógrafos, que hacen gala de una gran habilidad para desplazarse de espaldas sin tropezar con los escalones.

Antonio sale de la oficina y se aposta al final de la escalera, por donde ha de pasar la comitiva. Infiere que el mandamás se dirige al despacho del alcalde y, efectivamente, esa es la intención. Los fotógrafos suben de espaldas y el director mantiene su postura, manifiestamente ensayada. Detrás de ellos les siguen los concejales y el resto del grupo, aplaudiendo y lanzando vivas y loas al visitante. Pasan como un rayo por delante de Antonio y se dirigen en dirección contraria, al despacho, donde entran con presteza, cerrando la puerta a sus espaldas. El grupo da por concluida la función y sale del consistorio, dispersándose.

 

—Y eso fue todo. Me habían buscado para que hiciese bulto, para hacer de palmero —me dijo—. Sólo querían que estuviese allí para que las fotos saliesen bien, para que se viese muchedumbre. ¡Ah!, y el pavo ese no tenía relación alguna con cultura.

Y añadió:

—No sé qué me molestó más, si el bochornoso espectáculo en sí o que me considerasen como una persona adecuada para prestarse a estos trapicheos.

 

Nunca más fue requerido para algo semejante. Su prudente actuación fue monitorizada y los mandamases recibieron el mensaje: Antonio no es de los nuestros, no es fácilmente manipulable.

Antonio no salió en las fotos y lo apartaron de estos enjuagues, se convirtió en sospechoso. De hecho, con el tiempo lo apartaron hasta de sus funciones, aunque ese ya es otro tema.

 

 

Fotografía Fotografía de Miguel Ángel Salgueiro, Asegurando el Perímetro

Miguel Ángel Salgueiro

Vivo en un pueblo de la provincia de Valencia y los avatares de la vida me llevaron a trabajar en la función pública, después de una etapa (laboral) en la cárcel, donde me sentía más seguro que en mi ubicación actual.

Mis padres y algunos buenos profesores me guiaron por la vía del pensamiento crítico. Resultado  de ello es el blog Asegurando el Perímetro, donde gusto de ejercer de francotirador. Y es que me joden en grado sumo la pasividad y la indiferencia ante las tropelías. También he escrito tres libros, ninguno de ellos publicado.

Tengo dos hijos que, como suele decirse, se comen todo mi tiempo. De hecho a veces no sé ni de dónde saco minutos para escribir.

Entré hace poco en Vota y Calla, que estoy conociendo poco a poco. Una buena parada de viaje para aquellos que buscan una mirada más profunda a lo que sucede a su alrededor.

 

 

Imagen de cabecera: Joaquín Moya Ángeles, publicada en «Gedeón» en 1897

 

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