¿Qué es eso del «buenismo»?

Bonachones saludos. Hoy me quito la mordaza para tratar de averiguar a qué se refiere la derecha con eso del buenismo.

 

¿Soy buenista?

Salí a dar un paseo para descontaminarme de las los problemas del trabajo. En esta zona ahora es el mejor momento, una vez que anochece ya no hay nadie por las calles y todavía no hace frío.

Aunque iba dispuesto a pensar en mis cosas, a dejar vagar la mente para que me sorprendiera con el comienzo de algún cuento, puede que incluso con una mala poesía; a rascarme por dentro, en definitiva, a ver qué salía, no lo conseguía del todo. Lo epidérmico estaba endurecido y no permitía penetrar más allá. Aunque intentaba apartarlos de mí, ciertos pensamientos se empeñaban en regresar, como molestas olas de vacía cotidianeidad.

Por si fuera poco, cuando conseguí olvidarme al fin de las movidas del curro, llegó la basura política. En esta ocasión era algo que había escuchado unos minutos antes sobre el llamado «drama de los refugiados». El tertuliano de turno venía a decir que estas personas se marchan de su país por avaricia, y que es tal su afán de lucro que no dudan en arriesgar las vidas de sus propios hijos, exponiéndolos a los peligros del mar abierto en precarias embarcaciones. Si se mueren es culpa suya, de su desmedida codicia, de su afán por disfrutar de los lujos que a nosotros nos corresponden por el sagrado derecho de sangre. Vienen a robarnos, a quitarnos lo que es exclusivamente nuestro. Que se queden en sus países y no se ahogarán. Y los que piensan de otra manera son unos progres buenistas.

Y así, por más que la brisa del mar me revolvía el pelo como diciéndome: «Bah, Salva, pasa de eso», no había manera. Con el tesón del fanático, el embate de las sucias olas derribaba repetidamente los cimientos del delicado castillo de arena que trataba de levantar en mi cabeza, impidiendo que ningún torreón se elevara por encima de aquello.

 

En parte, tiene su lógica, pensaba. Cualquiera que haya leído un poco de psicología sabe que nadie puede vivir con una mala concepción de sí mismo. Nadie acepta que es una mala persona o un cerdo egoísta. Incluso los autores de las mayores tropelías se justifican. Es algo inconsciente, un mecanismo de supervivencia. Porque si un lugar no te gusta, puedes mudarte, pero si no te aguantas a ti mismo, la solución es jodida.

Por este motivo, tanto el tertuliano como los millones de ciudadanos que se enganchan a ese argumentario no son honestos consigo mismos. No afirman: «lo único que me importa de este mundo soy yo y como mucho los míos. No estoy dispuesto a compartir ni un pellizco de lo que tengo con otros más necesitados». Reconocerlo sería aceptar su egoísmo, por eso sus mentes vienen al rescate y les llenan de excusas con las que poder reducir su disonancia, aceptarse, valorarse positivamente, tenerse en alta estima. Es igual con los pobres; por mucho que diga la religión que profesan, enmiendan al dios en el que creen: no hay que ayudarles porque son vagos, o poco inteligentes, o malas personas… Se lo han buscado, en definitiva. Ellos, en cambio, gozan de una mejor posición económica debido a sus propios méritos. Porque lo valen.

No quiero decir que la izquierda sea intachable, ya sabéis que no voy por ahí. Es más, en ocasiones (no cuando hablamos de ayudar a quienes huyen de la guerra) el término buenista puede tener su razón de ser. En la excelente entrevista que le hizo Évole a José Mujica en Salvados, este señaló perfectamente, con la claridad y sencillez que le caracterizan, los errores principales de ambas ideologías. Si la «patología» de la derecha es, a su juicio, «lo reaccionario (…) Ir para atrás de una forma dogmática y cerrada», la de la izquierda sería la utopía, «el infantilismo (…) La confusión permanente de los deseos con la realidad». Llámale buenismo.

 

Fragmento de la entrevista a José Mujica en Salvados, 18/05/2014

 

Volviendo al asunto de los refugiados, imaginad que empezaran a bombardear día sí y día también el barrio de La Moraleja en el que vive este tertuliano, como ocurre en Siria. Escasez de suministros, los muertos de cada semana acumulándose a los de la anterior, el miedo pegado continuamente a la piel como una capa de sudor que no hay manera de quitarse de encima. Por descontado, a este opinador conservador ni se le ocurriría intentar escapar de su país, se quedaría allí, saliendo a la calle en cuanto escuchara el motor de un avión, mirando al cielo con los brazos abiertos y una sonrisa en la boca, bombin’ in the rain. Y si le pudiera el egoísmo, el bajo instinto de supervivencia (vileza más propia de pobres y extranjeros), en ningún caso se llevaría a sus hijos en su huida para no exponerlos a un riesgo innecesario. ¿Que las bombas también son un riesgo? Sí, pero si te matan, mueres en casa, como buen patriota. Y sin molestar a la gente de bien de otras naciones.

En esas cosas iba cavilando contra mi voluntad, porque la noche invitaba a otras reflexiones: temperatura agradable, estrellas en los ojos y arena en las zapatillas. Pero al final, igual que sucede con esas olas que sólo rompen con fuerza cerca de la orilla, conseguí «nadar» mar adentro y me olvidé, me desprendí de todo el lastre.

Llegué a lo alto del pequeño acantilado que suele marcar la mitad del paseo y pude sentarme, sin que nada me incordiase, a esperar a que el cielo y el mar cedieran lentamente, renunciaran a sus respectivos matices de color para abrazarse en el negro.

 

Amarás al pepero

A la vuelta pasé junto a una de las pocas casas que hay habitadas por esa zona. Un perro permanecía encerrado en un jardín demasiado pequeño para él. La expresión era la de un preso que no ha cometido ningún delito, un inocente encarcelado injustamente. Imaginé que sus dueños lo sacarían cinco minutos por la mañana antes de ir a trabajar, de mala gana y con prisas, lo justo para evitar que al animal le reviente la vejiga o les ponga perdido el jardín. Al llegar del trabajo otra fugaz salida al patio de la cárcel, y vuelta a su reclusión en unos pocos metros cuadrados.

Hay muchos perros así, y no sólo los grandes. Gente que tiene a un perro pequeño horas y horas en el balcón del piso, como si fueran un geranio con patas. Cuando paso por debajo no puedo evitar sentir pena por ellos.

Como venía limpio, «purificado» por dentro, a falta de una expresión mejor, me aproximé sin dudarlo a la puerta de la casa. El animal giró sobre sí mismo, nervioso, emitió un par de ladridos y se pegó a los barrotes dirigiéndome una mirada de odio, subrayada con un sordo gruñido. Por una de esas extrañas conexiones mentales involuntarias imaginé que para este perro yo era el inmigrante, el pobre, el ladrón, el enemigo. Eso es lo que le habían inculcado. Aunque su dueño lo tuviera puteao, trabajando para él, haciendo la función de alarma y guardia de seguridad a cambio de un mísero plato de pienso, en lugar de revolverse lo defendía y proyectaba su frustración contra mí.

Pero yo estaba henchido de paz y tranquilidad. La visión del perro había rescatado los molestos pensamientos del principio, sí, pero como un eco muy lejano. A pesar de que no habían transcurrido más de dos horas desde el comienzo del paseo, era alguien distinto a entonces. Ya no estaba enfadado con el tertuliano, ni con los conservadores o liberales que escupen odio al extranjero y al desfavorecido. Los quería, también. Ellos no tienen la culpa de ser así, o no tienen toda la culpa. Nadie (tampoco la gente de izquierdas) llega con un cerebro virgen a la edad de plantearse algunos temas, ni su ideología es el fruto exclusivo de sesudas e introspectivas reflexiones. Estamos influidos por nuestra familia, el entorno, los medios de comunicación, nuestra situación socioeconómica. Así que no soy capaz de odiarles. No me sale. Cuando estoy de buen humor siento cierto afecto por todo el mundo, y casi siempre estoy de buen humor (como David el Gnomo). Igual soy un buenista. Sea, pues. Mejor eso que un esclavo del odio o un egoísta desalmado.

En aquel momento amaba a ese perro con todo mi ser. Desde la infancia he podido comprobar en varias ocasiones que los animales (y también unas pocas personas; mujeres, principalmente) detectan esos estados de ánimo y reaccionan en consecuencia. Fuera por eso o por inconsciencia, aunque se trataba de uno de los clasificados como «Perros Peligrosos» (curiosa coincidencia de siglas), metí la mano entre los barrotes de su jaula con la intención de acariciarle la cabeza, convencido de que no me iba a hacer daño.

No lo hagáis en casa, niños. Podría haber salido mal. Podría haber tenido que escribir este artículo sólo con la mano izquierda. Y sin embargo, mi nuevo y peludo amigo cerró los ojos y aceptó que le rascara detrás de las orejas.

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Música: Petebulería, de Mártires del compás

 

Imagen de cabecera: captura de la serie española David el Gnomo (BRB Internacional)

 

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15 sin mordaza

  1. Genial la comparación del perro puteado que sigue defendiendo al dueño por un mísero plato de pienso al día. No estoy del todo de acuerdo con que esos liberales o conservadores no tienen la culpa de nada. Es cierto que habrán crecido rodeados de privilegios, habrán estudiado en prestigiosas universidades con el dinero de papaíto y les habrán inculcado que los pobres, por incompetentes/vagos/tontos no se merecen que el Estado les dé algo por nada. Esto me recuerda una frase que dijo Sánchez Dragó que decía algo así como que a los pobres no hay que ayudarlos, sino castigarlos para que espabilen. Bueno, lo que quiero decir es que, a pesar de todo esto, también son gente adulta, con raciocinio, con una conciencia y que el haber vivido en una torre de marfil no les excusa que no sientan simpatía por el débil. Conozco casos de hijos con papás empresarios que, habiendo vivido rodeados de confort, están más próximos a Podemos y Equo que a Ciudadanos o PP.

    Lo que me reconforta es pensar que yo sí tengo empatía con la viejecita que no puede pagar la calefacción, con la mujer que no ha tenido facilidades para labrarse un futuro, con el cincuentón al que no le dan oportunidades de trabajar o con el que ha tenido que dejar familia y amigos para trabajar en Alemania; por tanto, me enorgullece tener los valores humanos que esos liberales conservadores carecen. Para ellos, su único valor es el monetario. Money, profit and amount.

    Sin embargo, puedo entenderlos. A los que no entiendo es a ese currante puteado, a ese parado de larga duración que vive de la pensión de sus padres que tenga mentalidad liberal/conservadora. Es como la vieja pobre que vende cigarros a la puerta de la ópera de Madrid mientras observa cómo salen las damas y caballeros de clase alta, con sus mejores galas, y piensa en lo bien que va el país.

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    1. Por eso el matiz de la frase: «Ellos no tienen la culpa de ser así, o no tienen toda la culpa». Estoy de acuerdo contigo.

      Y como tú, me siento bien conmigo mismo por empatizar con quienes no han tenido tantas oportunidades como nosotros. Para eso la derecha (que en esto de los marcos ideológicos nos lleva mucha ventaja) también tiene acuñado otro término que os sonará: «la superioridad moral de la izquierda». Sin ir más lejos: http://votaycalla.com/ideologias-politicas-10-diferencias/#comment-21526

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  2. Al escribir esto me acordé también de una frase reciente que pronunció Juan Pablo Wert, hermano del exministro, tras anunciar su incorporación a Podemos: «La discrepancia en ciertos asuntos, como puede ser posiciones ideológicas y políticas, es compatible con el afecto». A algunos debieran tatuarles esta frase en la frente. Del revés, para que la lean cada vez que se miren en el espejo.

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  3. Hombre Salva, estoy estos días sumergido en las razones subyacentes al crack del 29 y sus paralelismos con el patabúm del 2007, y vas y me desconcentras con algo así.

    Veamos. Buenista, no sé si eres, pero en algunos momentos aquí has sido un tanto cursi. ¿Delicados castillos de arena? ¿Que la brisa te removía tu pelazo? ¿¿¿¿Que amas al PP????

    A tí lo que te pasa es que has visto a la vice bailando en el Hormiguero y te has prendado. De ahí que incluso hayas acariciado al doberman del PP.

    Sigue así y te veo teniendo sueños húmedos con Nuestra Señora. Pues ten cuidado, que yo he roto con Légolas y ando a la búsqueda de otro bicho con el que reproducirme. No sea que nos acabemos viendo al amanecer, florete en mano (tú claro, que yo iré con Kalashnikov).

    Hala, ¡un saludo!

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    1. Je, je. Usted igual no lo sabe porque lleva poco tiempo por aquí, pero además soy un tipo cariñoso. Con las personas, los animales… e incluso los gremlins. Así que ándese con ojo.

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  4. Roberto López Zalbidea 13/11/2015 a las 18:17

    Lo contrario de ser “buenista”…qué es??
    Sobre todo: a cuenta de quién?
    No sé por qué me da que los “malistas”, o chungos, lo son, al cabo del día, a cuenta del erario público.
    Tóxicos, o “Máquina del Fango”, interesados en que nada cambie, porque a ellos así ya les va bien.
    Se engorilaron al derrocar a González, que era, según sus propias palabras, un ‘animal político’ extraordinario…y se creen con la capacidad de quitar y poner gobiernos?
    Y ante todo: a quiénes sirven?
    Un saludo, Salva.
    Enhorabuena por ese costumbrismo cercano, que es de lo que se trata.
    ?

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    1. Respondiendo a Roberto, cuando he hablado con gentes que se consideran parte de la élite, ellos consideran que lo contrario del buenismo es el realismo basado en SU realidad. Como además la mayoría de ellos no conocen otra, no cabe esperar que comprendan lo que se siente no siendo élite. Salvo locos de esos que se sumergen en los conflictos vía ONG, que haberlos, haylos.

      Respecto de qué es buenismo (que nadie ha preguntado, pero yo respondo porque me apetece), estoy totalmente de acuerdo con Pepe Mújica en que en gran medida las izquierdas confunden ilusiones con realidad: son ilusos. Por ejemplo se han escuchado últimamente muchas propuestas de partidos nuevos hablando de democracia directa. Bien, como decía un filósofo de apellido impronunciable y que he olvidado por completo, la gente vota para que alguien resuelva sus problemas, no para que se los echen de nuevo a la espalda. Ya es sorprendente la rapidez con la que ha evolucionado el ansia de participación para las generaciones digitales, pero todavía es amplia mayoría el analfabetismo social.

      La solución a todas estas causas – ombliguismo, idiotez (en el sentido etimológico de la palabra), irracionalidad (o religión, llamadlo como prefiráis) – es siempre la educación, porque esta es la única palanca de cambio para las culturas asentadas. El problema es que es una solución lenta, con transformaciones que se miden en generaciones. Claro que tampoco espero que generaciones nacidas en la era del tiempo real lo entiendan fácilmente y aprendan a tener paciencia de un día para otro. Eso se nos da mejor a los viejos.

      Saludos.

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  5. Salve Salva, suffragatricium vinceretur salutant(1).

    Me gustaría aportar mi granito de arena al texto, así que me permito dejar dos ideas:

    La primera es que la empatía tiene un problemilla, y es que me pondré en el lugar del otro de acuerdo con mis creencias. Por ejemplo, si yo fuese un buen cristiano (que no es poco asumir por mi parte) creería que lo mejor para mí, y por extensión para todos, es pasar por esta vida obedeciendo las leyes divinas para optar a la felicidad en la próxima, que es la realmente importante. Por tanto, asumiré que pobreza, hambre, enfermedad y sufrimiento deben existir como medio de prueba para la otra vida, y defenderé que se cumplan los mandatos de la iglesia en temas como el aborto, la educación religiosa, etc. Para ello votaré a algún partido que dé soporte a estas creencias, y el hecho de que yo sea pobre o rico es irrelevante. Y tampoco soy malvado por ello, estoy actuando de acuerdo con lo que yo considero el bien común (claro que como dice el refranero, los cementerios están repletos de buenas intenciones).

    Obviamente he dejado fuera quienes fingen creencias por interés, pero a estos se les combate por otros medios.

    El segundo punto se refiere a que el buenismo a veces tiene pleno sentido económico. Por ejemplo, si hablamos de la desigualdad en la distribución de rentas, es empíricamente demostrable que la concentración de riquezas es incompatible con la eficiencia económica, y que las grandes crisis tienden a producirse cuando el 10% más rico acapara más del 45% de la renta del país, y además el margen de ingresos por plus valías del capital se acerca al 5%. En resumen, que cuando las economías financiera y real se desconectan y la concentración de riquezas supera un cierto umbral, cabe esperar una crisis de las gordas.

    En fin. Recordad que Dios premia a los malos cuando son más que los buenos, así que algún día ganaremos por más que olamos a azufre.

    (1) La traducción es de Google, así que a saber lo que pone ahí.

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  6. Si realmente uno tuviera empatía con cualquier injusticia que le rodea, seguramente haría todo lo posible para acabar con ella y, en el caso de que no pudiera y se diera por vencido, ante la impotencia caería en depresión y en un último instante se suicidaría. Aquí entra en juego la indiferencia, como mecanismo de supervivencia. Cualquiera que no sea realmente empático como lo descrito aquí y alarde de que lo es, es buenista. Y eso es el buenismo; el sentimentalismo vacío sin ninguna base práctica. Así que, para los que son realmente empáticos, no perdáis el tiempo escribiendo comentarios.

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  7. Pingback: Esto no es noticia: John Kerry e Iñigo Montoya unen fuerzas en favor de los refugiados

  8. La utopía es una memez además de una inmoralidad. Quien vive de sueños muere de realidades. El león siempre se come al antílope.

    Por otro lado, la gente olvida las enormes penurias que se pasaban hace no más de cien años.

    El capitalismo tiene mala prensa pero pocos reconocen que es el sistema que mejor nos permite vivir a todos.

    Los estudios más justos son los que se alejan de ideologías y plantean valoraciones contextualizarlas, de gran angular, reales. El problema de los políticos es que sus medidas económicas responden a una línea ideológica. El resto de cuestiones descienden de esta derivada.

    Para mi esta publicación carece de rigor. No me dice nada salvo el planteamiento de una crítica trasnochada confrontada con un deseo que no tiene porqué ajustarse a la realidad. Y así está la izquierda, como el hámster en su rueda.

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    1. La utopía es una memez tan grande como empecinarse en el error de un sistema suicida.

      La frasecita del león y el antílope está muy bien… excepto para los antílopes (pobres, parados, enfermos sin prestaciones, desahuciados…).

      Que el capitalismo «es el sistema que mejor nos permite vivir a todos» es una afirmación que sólo podría salir de alguien encerrado en su burbuja de bienestar. A nivel mundial, España (y hay mucha pobreza también aquí) es como esas urbanizaciones de lujo rodeadas de vallas y guardias de seguridad que las aíslan de la miseria, cuyos vecinos piensan, a lo Show de Truman, que ese es el mundo real, porque es el único que les permiten ver: uno de cartón piedra.

      Hace más de cien años ya regía el capitalismo, esas penurias de las que hablas hay que agradecérselas al mismo sistema. Es más, si no hubiera sido por unos cuantos «utópicos», los niños seguirían trabajando doce horas al día en las fábricas, y las cuarenta horas semanales de los adultos con derecho a subsidio por desempleo, prestación sanitaria y fines de semana libres no podría leerse en el Estatuto de los Trabajadores, sino en las bibliotecas, sección Fantasía.

      Que la izquierda está mal, no puedo negártelo. Ahí tenemos al PSOE (o lo que queda de él).
       

      Twitter: @vota_y_calla

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  9. Ni el capitalismo ni el socialismo en sus máximas expresiones, la formula es el equilibrio. Si la sociedad se polariza el equilibrio desaparece. Si la desigualdad se dispara el equilibrio desaparece.

    Debemos luchar para que no se desmonte lo que se ha ganado con mucho esfuerzo y vidas en el pasado. Pero sería un hipócrita si no reconociera que ahora mismo escribo con un móvil hecho por chinos explotados en fábricas, con batería de litio recogido por niños mineros, uso zapatillas baratas que me proporciona el capitalismo desenfrenado, y tantas otras cosas más. Incluso los que le pensamos en izquierdas estamos beneficiandonos de lo que criticamos. Un saludo, excelente blog.

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    1. Gracias, Víctor.

      Vivir de forma totalmente coherente con nuestras ideas es siempre complicado, casi te diría que es una meta inalcanzable, pero no por eso hay que dejar de intentar ser lo más coherente posible.

      Y cuando digo que es complicado, lo es para todos, no sólo para la izquierda: ¿o la gente de derechas no se toma vacaciones pagadas? Y ¿gracias a la lucha de quiénes se consiguieron derechos como esos?

      Un saludo, y suerte con tu página, que veo que arrancaste hace unos meses.
      Sobre el tema que tratas he escrito alguna vez. Aunque ya tiene un par de añitos, te dejo un enlace, a ver qué te parece:

      Cataluña en doble fila

      Twitter: @vota_y_calla

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