Amenaza de aborto

 

Dieciséis añitos. Esa tarde iba a tener una relación sexual completa por primera vez. No pude dormir ni pensar en otra cosa durante toda la mañana. No eran sólo las hormonas (que también); estaba enamorado, con la fuerza que trae el primer amor correspondido. Ninguno de los dos sabía qué íbamos a hacer exactamente esa tarde, pero teníamos una cosa clara: sería increíble porque sería nuestro. Cuando estábamos juntos, dos individualidades adolescentes se diluían en algo mucho mejor que nosotros mismos, y que sin embargo a la vez nos reafirmaba en nuestras respectivas personalidades.

Esa mañana la pasé como un genio despistado, con imágenes de ambos desfilando una y otra vez por mi cabeza. Aunque mi inocente virginidad se empeñaba en desdibujar las escenas (eran otros tiempos, no había Internet), censurando con un signo de interrogación aquellas que pretendían ir más allá, concretar demasiado, adentrarse en lo desconocido, sabía que trascenderíamos a algo más profundo aún que los besos, las caricias y los juegos orales que habíamos compartido hasta entonces. ¿Mejor que eso? ¿Más placentero e íntimo? ¿Y con ella, con mi niña? Era inconcebible, en el estómago no había mariposas, sino águilas picándome las entrañas como a un imberbe Prometeo. Pero era un dolor dulce, una espera insoportablemente dulce.

 

Había que conseguir preservativos. Ahora podrá parecer ridículo, pero en aquellos tiempos me daba una vergüenza terrible entrar a comprarlos. Pasé varias veces por delante de la farmacia del pueblo, y otras tantas seguí mi camino, repasando lo que le diría al vendedor («Una caja de preservativos»; «una caja de…»). Estaba tan nervioso que hasta me trabucaba mentalmente: «una caja de pretervativos». Para colmo, ese día parecía que regalaran un jamón con cada medicamento, tal era la afluencia de clientes. Y yo necesitaba que la farmacia estuviera vacía; comprar eso con gente mirando era superior a mi bisoña timidez.

Por fin hubo una tregua. Frente despejado. Las águilas se ensañaron más, como para impedirme que entrara, hasta el punto de que casi me provocaron dolor físico. Entré, y tal era mi tensión que la campanilla de la puerta me hizo dar un respingo. Respondí a la pregunta del vendedor:

—Una caja de preservativos, por favor.

Bien, lo había dicho bien, y casi le había mirado a los ojos y todo. Ya tenía mi cartera con el careto de Jim Morrison en la mano, deseando salir de allí cuanto antes, no fuera a ser que llegara alguien, o lo que es peor, alguien conocido (nuevo picotazo en el hígado), cuando tuvo lugar una circunstancia no prevista, algo que no entraba en las reglas del juego.

—Aquí no vendemos preservativos —me respondió, de no muy buenas maneras.

Amenaza de aborto -El Roto

Legislando la fe -Crédito: El Roto / El País

Ahora habría sido distinto. Habría bromeado: «¿No vendéis condones? Perdona, pensaba que esto era una farmacia», o incluso me podría haber encarado con él, si se hubiera puesto borde: «Y ¿dónde hay que ir a comprarlos, a la carnicería de tu puta madre?». Pero ¡le pedí perdón! («ah, disculpe») y me fui de allí con la cabeza baja, avergonzado, con la sensación de haber hecho algo mal.

Tiempo después me enteré de por qué no vendían (ni venden) preservativos en esa farmacia: porque el dueño es del Opus. Sí, el Opus Dei, la secta católica. Quizá algún día me ponga a contaros lo que he conocido de ellos de primera mano, pero para saber más podéis leer El código da Vinci, o echarle un ojo si no vais mal de inglés a la página de las Femen, que llaman al pan, pan. Os traduzco un poco de esta última:

 

Las sextremistas de FEMEN interrumpieron el discurso en el Parlamento del ministro de Justicia, un sectario católico llamado Alberto Ruiz-Gallardón (…) Un integrante de la secta religiosa Opus Dei, el ministro Alberto Ruiz-Gallardón (…) Instituciones católicas, en colaboración con el Gobierno, intentan imponer las normas de «lo sagrado» en la vida cotidiana de las españolas, pretendiendo tener pleno control sobre los cuerpos de las mujeres.

 

Esta historia de Navidad podía haber terminado peor. La única oportunidad que teníamos de hacerlo con la tranquilidad y el respeto que esa primera vez merecía (¡y en una cama!) era esa tarde. Así que por culpa de un integrista, de alguien que pretende imponer su modo de vida a los demás, corrimos el riesgo (y a saber cuántos otros chicos) de haber terminado haciéndolo («fornicando», diría con desprecio el fanaticoceútico) sin protección. Y eso, el fantasma de las Navidades futuras muestra que hubiera supuesto quizá un embarazo no deseado, y tal vez un aborto y un trauma; o no, o habría dado lugar a un nacimiento y dos vidas arruinadas. Por suerte, la historia tiene un final feliz, y por la tarde, en el último momento, cuando ya se iba, dejándonos solos, su hermana mayor llamó aparte a María —el nombre es ficticio—, habló con ella y le dio preservativos. Pero estuvimos a esto.

Una farmacia debería estar obligada a dispensar anticonceptivos, independientemente del grado de fanatismo del dueño de la misma. Y una mujer debería ser dueña de su cuerpo siempre, independientemente de las creencias religiosas y los favores debidos a la Iglesia por los miembros del Gobierno de un país supuestamente laico.

 

En el utero

Música: En el útero, de Reincidentes. Canción recién salida del horno en las fechas de las que hablamos en el artículo.

 

(Artículo publicado en Kaos en la Red)

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