Los trenes (y los taxis) de la vergüenza

 

Se está hablando mucho del tren de Extremadura, y eso me ha hecho acordarme de algo que me sucedió hace tres meses, en este caso, en el tren de Murcia.

Me quito la mordaza y os lo cuento.

 

Sabéis lo que ocurrió en Extremadura, los medios de comunicación le han dado mucho bombo: el tren de Badajoz a Madrid dejó tirados a los pasajeros en mitad de la nada durante tres horas, hasta que varios autobuses los recogieron y los condujeron a su destino con un retraso de cuatro horas. Esto sucedió el 1 de enero. Feliz Año Nuevo.

Esta incidencia y otras que tuvieron lugar el mismo día, han colmado la paciencia de los ciudadanos, que protestan por el mal servicio que les presta Renfe. Retrasos, trenes que se estropean e incluso un reciente descarrilamiento (por suerte, sin heridos).

Los medios se refieren a él como «el tren de la vergüenza» o «el tren indigno».

De Badajoz a Madrid hay 400 kilómetros. Para recorrer ese trayecto en coche se necesitan tres horas y cuarenta y cinco minutos, según Google Maps. En cambio, el mismo recorrido en tren supone seis horas.

Veamos qué pasa en Murcia.

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El aplauso de una sola mano

 

Hoy me quito la mordaza para contaros anécdotas de mi trabajo. Sé que algunas no os las vais a creer, pero todas son auténticas.

 

Soy administrador de fincas. Trabajo en una zona de España donde los extranjeros, ingleses en su mayoría, han creado un gueto; un guetto, en realidad, en el que casi nadie habla nuestro idioma. Hay quienes llevan viviendo una década aquí y aún son incapaces de hilar dos frases seguidas en español. No lo necesitan, mientras no salgan de su burbuja.

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¿Qué pasa con el Depo-Provera en España?

 

Hoy se quita la mordaza con nosotros ***.

Viene a contarnos su experiencia como usuaria de un anticonceptivo inyectable llamado Depo-Provera, y las dificultades con las que se ha encontrado para acceder a este tratamiento en España.

 

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Cinco citas citables

 

No recuerdo que sonara el despertador, igual no había llegado aún a ocupar su sitio en la mesilla que separaba la cama de mi hermano de la mía. Era redondo, en plata y azul, con dos campanillas en la parte superior que producían un sonido tan estridente al ser golpeadas por el martillito de metal, que me extraña que no me hayan quedado secuelas en la audición.

En la esfera vivía un gato negro con los ojos desproporcionadamente grandes, incluso para un animal de su especie. El felino miraba alternativamente a izquierda y derecha, siguiendo el ritmo que marcaba el segundero rojo. Entonces el tictac de un reloj no me impedía dormir, esas manías llegaron con la edad.

Las otras dos agujas brillaban débilmente en la oscuridad. Ese despertador me generaba sentimientos encontrados: me gustaba mirarlo de día, me daba miedo por la noche y lo aborrecía cuando sonaba.

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No he escrito más porque he estado escribiendo

 

Algunos me lo habéis recordado y es verdad: llevo más de un mes sin publicar por aquí.

Aunque eso tampoco es tan raro, esta vez tengo excusa, que me va a servir de pretexto para compartir con vosotros algo que me hace mucha ilusión contaros.

Como adelanté en esta entrevista (¿ha pasado un año ya?), he estado preparando un libro de relatos.

 
 
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Una lucha por la independencia que terminó en victoria

 

Hoy me quito la mordaza para contaros la historia de una lucha vecinal de décadas que terminó en victoria hace treinta años.

Vamos a compararla con la represión que sufren actualmente quienes levantan la voz para protestar.

Y es que, en cuestión de derechos, de unos años a esta parte vamos para atrás.

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Historia de una violación

 

Aunque ya pasaste esa etapa, te estás acicalando frente al espejo como un adolescente presumido o inseguro.

No eres supersticioso, pero te has puesto la camisa de la suerte, la buena (sólo tienes dos). Te marca los hombros y te hace parecer más hombre, contrarrestando así el rostro barbilampiño, lo único que tu padre te dejó en herencia.

Todavía no acabas de creértelo: vas a cenar con Milla Jovovich.

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La carabela portuguesa

 

Hoy me quito la mordaza para hablar de la carabela portuguesa (la medusa, que de barcos no tengo ni idea) y contaros la vez que un bicho misterioso me picó en el mar.

Espeluznante documento, Carmen.

 

 

La carabela portuguesa

 

Cada verano cambio el salir a correr por la natación en el mar.

Tres o cuatro veces por semana, veinte minutos o media hora paralelo a la costa, mar adentro, y vuelta al punto de partida.

Pero este año hay una novedad, de la que empezamos a tener constancia hace un par de meses: la presencia de una peligrosa medusa (ya, ya, no es una verdadera medusa, no nos pongamos tiquismiquis), la carabela portuguesa.

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Los números no daban

 

Hoy me quito la mordaza para señalar lo que ha quedado de manifiesto con la moción de censura: los números daban, la consigna política y mediática era falsa.

 

 

Vaya, qué sorpresa. Resulta que se podía echar al PP sin necesidad de hipotecarse con Ciudadanos.

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Maldita sea mi suerte

 

Hoy me quito la mordaza para discrepar del fallo de la categoría Actualidad de la XII edición de los Premios 20Blogs (2018).

 

 

He estado pensando si escribir esta entrada. No quería caer en lo mismo que les reproché a otros blogueros en la crónica de la gala del año pasado.

Pero lo he dejado enfriar, y el fallo de Actualidad me sigue pareciendo injusto. Y como creo que hay diferencias importantes entre las pataletas que critiqué y lo que yo voy a escribir, aun a riesgo de parecer incoherente o quedarme sin canapés el año que viene, aquí va lo que pienso al respecto (si no me he callado nunca por miedo a la ley mordaza, no me voy a callar por esto).

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