Que vuelvan los correctores

 

Hoy me quito la mordaza para llamar la atención de los ecologistas: atendiendo a lo que se escucha y se lee cada día, los correctores deben de estar en peligro de extinción.

 

 

Que vuelvan los correctores

 

Alucino con los medios de comunicación. No me refiero a la manipulación descarada, al adoctrinamiento intensivo en los telediarios y tertulias. Eso ya lo doy por supuesto.

Hablo del maltrato de la lengua. Y tampoco apunto sólo a los informativos, otro tanto sucede en los programas de entretenimiento, periódicos, revistas, radio, publicidad…

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Borges en el gimnasio

 

Hoy me quito la mordaza para ilustrar por qué debemos estar prevenidos ante los prejuicios. No lo hago desde una hipotética superioridad que no tendría razón de ser: os cuento un caso reciente en el que me equivoqué de plano.

 

 

Borges en el gimnasio

 

Está ese tío con el que coincido de vez en cuando desde hace unos meses. Un conocido lejano. Treinta años, estilo pijete, polo Burberrys a punto de reventar, marcando pectorales y brazos de gimnasio; pantalón Salsa que sólo se sabe que es vaquero por el color, porque podrían ser perfectamente unas mallas; cejas depiladas, peinado con tupé, a la última.

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El caballo del polígono

 

Mi versión particular del De qué hablo cuando hablo de correr de Murakami.

Y aprovecho para daros a conocer al caballo Segismundo.

 

Suelo correr por la playa, pero no imaginéis el típico paseo marítimo: corro por la arena. Tengo la suerte de vivir cerca de una playa virgen, preciosa, de la que ya os he hablado porque está en el punto de mira de políticos y constructores.

Pero si hace demasiado frío, como hoy, allí suele ser peor, el viento azota más y no hay construcciones que lo frenen, así que en esas ocasiones me acerco a un polígono. El entorno no se puede comparar, pero al menos no hay gente, ni coches. O los mínimos.

Trotando por el polígono semidesierto, paso indefectiblemente por uno de los solares de tierra, uno que tiene una esquina vallada, un cantero en el que alguien ha plantado un caballo blanco.

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Trabajas más que un funcionario

 

Hoy me quito la mordaza para quejarme de la incomodidad de mi trinchera política: es estrecha y huele a rancio, y si levantas la cabeza para respirar te acribilla el fuego amigo.

 

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Quiero llantos de lata en las series

 

Hoy me quito la mordaza para revisar con ojos frescos, prescindiendo del indulgente cristal de la costumbre, un despropósito de muchas series de humor que hemos interiorizado por repetición: las risas de lata.

¿Os imagináis que hicieran lo mismo con el llanto?

 

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Del tren al ataúd

 

Hoy me quito la mordaza para reunir y aclarar algunas de las mentiras que nos han contado sobre el accidente del tren de Santiago que descarriló en la curva de Angrois.

Quiero darle las gracias a Jesús Domínguez, presidente de la Asociación de Víctimas del Alvia 04155, por su ayuda con las cuestiones más técnicas.

Sirva esto de pequeño homenaje a las víctimas.

 

Si os pregunto por el accidente de tren de Santiago de Compostela (24 de julio de 2013), apuesto a que me diríais que fue un accidente muy grave. Posiblemente no recordéis el número exacto de muertos (80. 81, si tenemos en cuenta que una de las fallecidas estaba embarazada), pero sabéis que hubo muchos. Y multitud de heridos (más de 140, algunos con secuelas de por vida).

Si os pregunto quién fue el responsable, a qué se debió, cuáles fueron las causas, la mayoría responderéis: «El maquinista».

Muchos recordaréis una foto de su Facebook dónde presumía de ir a 200 kilómetros por hora, poco antes de descarrilar.

Y también me diréis que el tío iba hablando por el móvil conduciendo, lo que, además de ser ilegal, es una irresponsabilidad, llevando a más de doscientos pasajeros a bordo.

Posiblemente os venga también a la cabeza su imagen vagando por las vías tras el accidente, con la cara ensangrentada, desorientado. Y de fondo, un audio de su conversación telefónica, reconociendo que se despistó.

Entonces la cosa está clara, ¿no? Un loco amante de la velocidad, que iba atendiendo al móvil en lugar de prestar atención a las vías, motivo por el cual tomó la tristemente famosa curva de A Grandeira, en Angrois, a mucha más velocidad de la permitida, y descarriló.

Esto es lo que nos hicieron saber los medios de comunicación, en tiempo récord, cuando ni siquiera se había comenzado a investigar.

Ah, es verdad: también me diréis que se llevó a cabo una investigación que dictaminó que toda la culpa era del maquinista. Pocos casos hay más claros que este.

Pero cuando uno se pone a indagar por su cuenta, el asunto empieza a apestar. El olor no ha llegado a la mayoría de la población, porque para eso están los medios de comunicación, para taponar la mierda que pueda salpicar a los de arriba, sean políticos o empresarios.

 

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Hispanofobia, pulserofobia, tirantofobia

 

Hoy me quito la mordaza para hablar del enésimo caso de manipulación mediática: el de Víctor Laínez, el hombre asesinado «por llevar unos tirantes con la bandera de España».

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¿De verdad queremos libertad de expresión?

 

Hoy me quito la mordaza para hacer de Pepito Grillo: ¿De verdad queremos libertad de expresión, o sólo en lo que nos interesa?

 

Ya sabemos cómo es la derecha española: reaccionaria, dada a prohibir cualquier cosa que se salga de lo que ellos consideran que es aceptable, normal, en aras de mantener el orden y el estado actual de cosas. Y el que no trague con eso tendrá que vérselas con sus leyes y su justicia. Lo de siempre. Así, si bromeas con la religión, la Guardia Civil, los toreros, la patria, con las cosas de la derecha, en suma, te arriesgas a sufrir las consecuencias, que serán más o menos graves dependiendo de la calidad de la democracia de la que se disfrute en el momento del «delito» (malas noticias: ahora está la cosa regular tirando a mierda).

Por ese lado, poco nos pueden extrañar las reiteradas denuncias y acciones de la derecha contra aquello que atente contra la tradición, los sentimientos y las buenas costumbres. Cuando gobiernan, legislan en consecuencia; y cuando no gobiernan, no permiten tampoco que la cosa se desmadre. Si un gobierno progresista (o menos conservador) aprueba, respetando todos los cauces legales, el matrimonio homosexual, o la ley de memoria histórica, o levanta algunas restricciones al aborto, o quiere que se respete la separación Iglesia-Estado, o que el que lo desee pueda morir antes de verse convertido en un muñeco de trapo, los tendrá enfrente. A vosotros os habrán votado, pero nosotros tenemos los medios de comunicación, el clero, la judicatura y las fuerzas del orden de nuestra parte.

De ese modo, gracias a la colaboración del que debería ser primer partido de la oposición, y al miedo de muchos ciudadanos anónimos, llevamos años viendo a humoristas, artistas, cantantes, usuarios de las redes sociales y a cualquiera que les moleste, multados, detenidos, apaleados, juzgados o en la cárcel por manifestarse, cantar, escribir

Es cierto que el doble rasero es intolerable, asquerosamente injusto. Pero la solución no es que la izquierda actúe como la derecha, la solución no es esta triste deriva reaccionaria de la izquierda.

Si alguien, aunque sea humorista profesional, hace un chiste sobre algo que a estos modernos izquierdistas les parezca «sagrado» (también hay temas sagrados dentro de la laicidad), atacan al autor, lo insultan, lo difaman, orquestan una campaña en su contra, lo denuncian y hacen lo posible por joderle la vida. O pide perdón y se humilla (y ya veremos), o maniobran para que al culpable no se le permita actuar, escribir, etc. en ninguna compañía ni medio público ni privado, si es alguien conocido, o que lo echen del trabajo y se le marque como a un apestado y no se le vuelva a contratar en otra empresa (internet tiene muy buena memoria), si se trata de una persona sin, hasta entonces, relevancia pública.

 

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Una sangrienta lección

 

Hoy me quito la mordaza para dejaros un relato sobre la crueldad con los animales y la pérdida de la inocencia.

La moraleja, en el caso de que la tenga, ya es cosa vuestra.

 

 

Una sangrienta lección

 

El niño pasaba junto a un solar. Entonces era habitual encontrarse con solares sin edificar, donde los niños podían ir a ensuciarse y renovar las costras de las rodillas.

Era pequeño. No sabemos por qué pasó por allí él solo, pero así fue.

En el solar había cuatro chavales. Aunque los tenía lejos, algo en su actitud indicaba que lo que hacían no era del todo lícito. Seguro que estaban metidos en algo que los adultos no hubieran aprobado. Quemando cosas, quizá. O metiendo en una lata petardos de los gordos, prohibidos para esas edades. O fumando, o una revista guarra.

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Pérez-Reverte, un lúcido en Sodoma

 

Vengo leyendo puntualmente los artículos de Arturo Pérez-Reverte desde hace más de veinte años. Si un domingo se me pasa, al siguiente tomo ración doble, pero creo que no me he perdido ninguno en todo este tiempo.

 

Leyendo a alguien durante dos décadas, si ese alguien se muestra tal cual es, si prescinde de esnobismos y actitudes impostadas, si logra sobreponerse al miedo al qué dirán y la consiguiente autocensura, inevitablemente acabas conociéndole. Sabes, además de lo más difundido (su pasado como corresponsal de guerra, su pasión por leer y navegar o su lealtad a los perros), que se levanta a las siete de la mañana, desayuna colacao con crispis y prensa del corazón, hace una hora de ejercicio y después escribe entre cinco y ocho horas diarias. Sabes que ama el Mediterráneo y que le gusta sentarse en las terrazas a ver pasar la vida, parapetado tras un libro o un periódico; que escucha a Sabina y a Carlos Cano y ve una peli cada noche (le van las de John Ford); es jacobino y no tiene más religión que la del tablero de ajedrez, donde encuentra consuelo y algunas certezas; frecuenta las librerías de viejo, le entusiasma la Historia, bebe ginebra azul con tónica y es adicto a las aspirinas; en su casa, además de una biblioteca con más de treinta mil libros, guarda maquetas de barcos hechas hace años por él mismo, varios sables del siglo XIX y un Kalashnikov; las autovías le aburren y le dan sueño; tiene (o tenía hasta no hace mucho) un móvil sin conexión a internet, y si le obligaran a elegir un ministro, de ahora o de antes, al que fusilar al amanecer, posiblemente escogería para que le dieran matarile a Javier Solana (y está la cosa disputada). Sabes de los fantasmas de su memoria, de camisas manchadas durante tres días con la sangre del niño que se le vació en los brazos, y sabes que en el principio fue la lluvia en las orillas de Troya mientras zarpaban las naves. Conoces sus filias y sus fobias, sus fortalezas y debilidades. Estás al tanto incluso de nimiedades, como que su palabra preferida es ultramarinos. Conoces más de él que de algunas personas con las que tratas diariamente.

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