Una sangrienta lección

 

Hoy me quito la mordaza para dejaros un relato sobre la crueldad con los animales y la pérdida de la inocencia.

La moraleja, en el caso de que la tenga, ya es cosa vuestra.

 

 

Una sangrienta lección

 

El niño pasaba junto a un solar. Entonces era habitual encontrarse con solares sin edificar, donde los niños podían ir a ensuciarse y renovar las costras de las rodillas.

Era pequeño. No sabemos por qué pasó por allí él solo, pero así fue.

En el solar había cuatro chavales. Aunque los tenía lejos, algo en su actitud indicaba que lo que hacían no era del todo lícito. Seguro que estaban metidos en algo que los adultos no hubieran aprobado. Quemando cosas, quizá. O metiendo en una lata petardos de los gordos, prohibidos para esas edades. O fumando, o una revista guarra.

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Pérez-Reverte, un lúcido en Sodoma

 

Vengo leyendo puntualmente los artículos de Arturo Pérez-Reverte desde hace más de veinte años. Si un domingo se me pasa, al siguiente tomo ración doble, pero creo que no me he perdido ninguno en todo este tiempo.

 

Leyendo a alguien durante dos décadas, si ese alguien se muestra tal cual es, si prescinde de esnobismos y actitudes impostadas, si logra sobreponerse al miedo al qué dirán y la consiguiente autocensura, inevitablemente acabas conociéndole. Sabes, además de lo más difundido (su pasado como corresponsal de guerra, su pasión por leer y navegar o su lealtad a los perros), que se levanta a las siete de la mañana, desayuna colacao con crispis y prensa del corazón, hace una hora de ejercicio y después escribe entre cinco y ocho horas diarias. Sabes que ama el Mediterráneo y que le gusta sentarse en las terrazas a ver pasar la vida, parapetado tras un libro o un periódico; que escucha a Sabina y a Carlos Cano y ve una peli cada noche (le van las de John Ford); es jacobino y no tiene más religión que la del tablero de ajedrez, donde encuentra consuelo y algunas certezas; frecuenta las librerías de viejo, le entusiasma la Historia, bebe ginebra azul con tónica y es adicto a las aspirinas; en su casa, además de una biblioteca con más de treinta mil libros, guarda maquetas de barcos hechas hace años por él mismo, varios sables del siglo XIX y un Kalashnikov; las autovías le aburren y le dan sueño; tiene (o tenía hasta no hace mucho) un móvil sin conexión a internet, y si le obligaran a elegir un ministro, de ahora o de antes, al que fusilar al amanecer, posiblemente escogería para que le dieran matarile a Javier Solana (y está la cosa disputada). Sabes de los fantasmas de su memoria, de camisas manchadas durante tres días con la sangre del niño que se le vació en los brazos, y sabes que en el principio fue la lluvia en las orillas de Troya mientras zarpaban las naves. Conoces sus filias y sus fobias, sus fortalezas y debilidades. Estás al tanto incluso de nimiedades, como que su palabra preferida es ultramarinos. Conoces más de él que de algunas personas con las que tratas diariamente.

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La izquierda y su repentino “amor” por los Mossos d’Esquadra

 

Hoy os traigo dos artículos en uno.

La primera parte es una reflexión, en frío, sobre la actuación policial tras los atentados terroristas en Barcelona, y esta nueva «moda» consistente en asesinar a los presuntos culpables en lugar de detenerlos y juzgarlos.

En la segunda parte no puedo menos que manifestar mi asombro ante la mala memoria de algunos, lo rápido que olvidan ciertas repugnantes actuaciones policiales, y lo fácilmente que pasan del amor al odio en cuanto cambia la brisa política o mediática.

 

Ciudadano Dory

«Hablamos de los mossos, joder, un cuerpo violento donde los haya, en un país donde la policía no se caracteriza precisamente por su proporcionalidad (con la izquierda: con nazis y nostálgicos del franquismo es otra cosa). Los del caso 4-F, los del desalojo de la Plaza de Cataluña, los que han reventado ojos con pelotas de goma, los de las vejaciones a manifestantes y torturas en las comisarías, los que asesinaron a Andrés Benítez… Pero ¿cómo somos tan desmemoriados?

La semana de los atentados, la policía catalana se limitó a hacer su trabajo, y lo hicieron porque les pagan, igual que un albañil se sube a un andamio y de vez en cuando se mata, o un minero rellena sus pulmones con radón o asbesto o termina su vida bajo una manta de escombros, sin que nadie les ponga por ello una medalla póstuma al mérito.

Pero nada, que vivan los mossos. Y cuando dentro de unos meses un agente estrene su nuevo juguetito disparando contra una chica de 17 años que proteste contra los recortes en Educación de un gobierno corrupto de derechas (que eso también se nos ha olvidado, ahora Artur Mas y compañía son mártires revolucionarios, hay que joderse), que la muchacha aproveche los espasmos provocados por la táser para bailar una sardana en honor de la molt honorable policía autonómica.

Que parecemos gilipollas».

 

Leer el artículo completo en El Salto →

(Os animo a dejar vuestros comentarios allí)

 

 

Los amigos de los asesinos

 

Aprovechando que los odios y las inquinas apuntan para otro lado, hoy me quito la mordaza para hablar de lo que sucedió alrededor de los atentados y las muertes de Cataluña (Las Ramblas, Cambrils, Subirats).

 

 

Los amigos de los asesinos

 Atentado de Las Ramblas

 

De entre las múltiples cosas que no me gustaron de esos días, una de las principales fue el sonrojante papel de la prensa española (nota: cuando digo española, incluyo también a la catalana), con prisas, sin reflexión, trabajando a todo correr, pensando sólo en la audiencia o los clics, cagándola una y otra vez. Daban una noticia que contradecía a la de ayer, y tres horas más tarde se volvían a desmentir a sí mismos.

Dijeron, por ejemplo, que los policías habían detonado los explosivos de los terroristas de forma controlada, cuando no había tales explosivos, o que una agente había matado a cuatro yihadistas, aunque este pistolero fue un hombre.

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Cuatro años de rabia

 

Cuatro años de rabia (y algo más)

 

Tengo la impresión de que digo lo mismo cada año, pero es verdad, no esperaba que este blog fuera a durar tanto.

Empecé Vota y Calla como un desahogo, sin demasiada esperanza porque me leyeran, y bueno, no es que esto sea eldiario.es, pero tampoco estoy solo, ¿verdad?

 

Como en cada aniversario, voy a comentar algunas de las novedades y hacer una lista de las entradas más leídas.

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Guardia Civil en Calella: «más allá del deber»

 

Hoy me quito la mordaza para volver a alertar del trato de favor que los medios de comunicación conceden a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

Esta vez va de los guardias civiles expulsados del Hotel Vila de Calella sin ningún motivo. ¿Sin ninguno?

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Colaboración en El Salto

 

Gracias a Javi Ferrero, Dani Seijo y otros amigos de Nueva Revolución, he iniciado una colaboración en El Salto, un medio que ha nacido con fuerza.

El Salto está encabezado por el extinto periódico Diagonal, y engloba a otros medios alternativos como El Salmón Contracorriente, Pikara Magazine, los compañeros de Nueva Revolución y muchos más.

Os invito a pasar por allí a leer y dejar vuestros comentarios.

 

 

Llevo unas semanas buscando casa. Necesito una «alternativa habitacional». Y eso que mi casa actual me gusta, pero hay un problema, que viene desde Plauto, pasando por Hobbes y terminando en Sartre: los lobos son los otros, el hombre es un infierno para el hombre, o algo parecido. Me refiero a la gente. La puta gente que no piensa en los demás ni por un segundo. Hoy me voy a centrar en los conductores, pero sucede lo mismo en casi cualquier ámbito de la vida.

 

Es cierto que, a excepción de ciudades como Ámsterdam, donde la reina es la bicicleta, vivimos en núcleos urbanos en los que los coches provocan un nivel de contaminación acústica intolerable, aunque hayamos ido aumentando la tolerancia a costa de nuestros tímpanos y sistemas nerviosos.

Además del ruido, los coches contaminan el aire y provocan más de 1.000 muertes al año, sólo en España (mutilados y paralíticos aparte). Y aun así, las ciudades están diseñadas para ellos, los automóviles son los niños mimados, por encima de los peatones, los ciclistas e incluso de los que pretenden descansar o relajarse en sus viviendas. Nos han hecho creer que cada uno de nosotros necesitamos una de esas máquinas de cinco plazas, y hay quienes se desplazan en ellas hasta para darle un paseo al bebé (os juro que esto es cierto, conozco a quienes «pasean» al bebé en el coche, para que se arrulle con el ronroneo del motor y el traqueteo de la carretera).

Cierto desagradable e insalubre nivel de ruido, por tanto, es inevitable mientras los gobernantes no antepongan nuestro bienestar al de los bolsillos de las petroleras, lo que según mis cálculos de experto en combustibles fósiles sucederá, año arriba o año abajo, cuando se acabe el petróleo.

Hay rarezas como la de Pontevedra que marcan el camino a seguir. Pero pocos alcaldes están por la labor de imitar al bueno de Fernández Lores.

 

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Me da igual

 

Hoy se quita la mordaza con nosotros David Barrionuevo.

Como veréis y él mismo me ha señalado, su artículo, o su desahogo, o lo que sea esto, tiene mucho que ver con mi última entrada. Aunque él es más coherente: es vegano y no pisa un Ikea o un Mercadona ni harto de vino ecológico.

 

 

Me da igual, es lo que hay

 

Esta es una conversación imaginaria basada en multitud de conversaciones reales.

 

Hoy estaba con mis amigos tomando algo, charlando. Fui yo el único que se preocupó de pedir su consumición en vaso de porcelana, para evitar el plástico, cuando uno de ellos va y me dice:

 

 

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¿Quién necesita coherencia, teniendo ideología?

 

Hoy me quito la mordaza para hablar de la coherencia. Según el diccionario: «Actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan». Si alguno cree que esta palabra le define perfectamente, posiblemente no lo haya pensado del todo bien.

 

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El póster de los recreativos

 

Hoy me quito la mordaza para psicoanalizarme con vosotros. ¿De dónde me viene esta resistencia a aceptar con naturalidad el envejecimiento? No llega a ser «miedo» a envejecer, no puedo decir que tenga gerantofobia, pero…

 

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