De sombra, sol y muerte

Este es un artículo de esos que escribo únicamente por honestidad intelectual, de aquellos cuya publicación suele coincidir casualmente con la baja de varios suscriptores del blog. Temo que no le va a gustar ni a los taurinos ni a los antitaurinos. En fin, qué se le va a hacer. Más cornás da el hambre. Que Dios reparta suerte.

 

De sombra, sol y muerte (toros)

Si de mí dependiera, aboliría la tauromaquia mañana. Ya escribí lo que pienso acerca de la caza deportiva, incluso de la pesca dominguera con caña. Soy incapaz de maltratar a un animal, de los que se quitan las hormigas de encima con cuidado de no hacerles daño, a ver si me explico.

Habiendo dejado claro de qué lado estoy, ahora vienen los matices en cuanto a la tauromaquia. Porque pensar sobre algo es precisamente eso, pararse y meditar. Y a veces las conclusiones que extraes no coinciden con lo que se supone que tienes que creer, con el sentir de tu entorno, con las opiniones que te traerían aplausos y felicitaciones. Y ahí es donde entra la honestidad intelectual de la que hablaba, el coraje para expresar el resultado de tus reflexiones aunque no te convenga. No es una cosa sencilla, por eso la mayoría se contenta con repetir lugares comunes.

 

Las corridas de toros

Nunca he ido a una corrida —temo que cuando empezara la cosa de la sangre, lo iba a llevar mal—, pero sí las he visto por televisión. Hace muchos años que no, pero de niño (en aquel entonces sólo había dos canales), a veces me sentaba frente a la tele junto a mi abuela, una de las personas que más he querido, que además de taurina era monárquica, católica practicante y muy de izquierdas. Estos adjetivos (totalmente ciertos) los he puesto para que estallen algunas de esas cabezas apolilladas. Una vez que nos hemos quitado a unos cuantos fanáticos de en medio (¿verdad que estamos más cómodos?), podemos continuar.

Imaginad a ese Salva pequeño y cabezón en el sofá o en el suelo, escuchando las soporíferas explicaciones del locutor. Nunca llegó a gustarme, es un auténtico coñazo. En esto me pasa como con el fútbol o el tenis: para que me compensara estar tanto tiempo sentado delante del televisor, el partido habría de ser realmente bueno. Pero un buen partido es la excepción, lo normal son horas de mediocridad, y sin la pasión de los colores eso no hay quien lo aguante. Así que no, tampoco veo deportes.

Pero yo le hacía compañía a mi abuela, la tele estaba de fondo mientras peleaba con mis muñecos o leía un cómic. Así llegué a aprender las reglas básicas del toreo, y todo lo que se conoce se mira con otros ojos.

 

¿Es arte el toreo? ¿Tiene algo que ver con la cultura?

Aquí lo fácil para alguien de izquierdas es gritar muy fuerte que no y recurrir a frases hechas como «la tortura no es cultura». Pero hemos dicho que íbamos a tomar el camino largo.

Entre los antitaurinos suelo leer o escuchar a muchos que reducen las corridas a meros actos de tortura. Según ellos, los toreros serían unos sádicos que se ponen el traje de luces lo mismo que podrían colocarse el uniforme de antidisturbios (ya, ya sé que no todos los antidisturbios son unos sádicos; pero si lo eres, no es mala opción laboral).

Me gustaría dejar aparte las etiquetas. Soy reacio a emplear la palabra «arte» con la frivolidad con la que se usa en la actualidad (hemos llegado a un punto en que es arte hasta el fútbol o un truño metido en un bote), pero para cualquiera que sepa mirar con un mínimo de objetividad, hay un sentido estético indiscutible en las evoluciones del toro y el capote. Es asombrosa la capacidad de jugar con la voluntad de un animal salvaje, «dirigiendo» sus pasos, y lo pongo entre comillas porque el torero no puede aprenderse una coreografía y decir: «voy a dar tantos pases de pecho, tantos naturales, luego una manoletina y una media verónica». No, el torero tiene que adaptar su faena al carácter del animal que tenga delante (todos distintos, como los humanos), improvisando continuamente.

Ya, para apreciar eso hay que olvidarse por un momento de que hay un animal torturado que va a morir, agonizando atravesado cruelmente por una espada, ahogado entre borbotones de sangre. Pero también te olvidas del sufrimiento ajeno cuando metes tu dinero en el banco, te compras ropa del Zara o te comes un filete.

Si el fútbol es «arte», los toros también. Un arte siniestro que requiere del sufrimiento de un ser vivo y con el que hay que terminar cuanto antes, pero no es un simple ejercicio de sádica tortura.

Nuestra cultura está plagada de referencias taurinas, también de iconos de la izquierda como Picasso, García Lorca o Alberti. Lorca afirmó: «Creo que la de los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo». Y hombre, aun discrepando con él, no creo que el pobre Federico fuese un psicópata, como tampoco lo creo de Rafael Alberti. De una poesía de este último, por cierto, está tomado el título de esta entrada.

No quiero terminar este bloque sin mencionar el rejoneo, disciplina en la que un jinete domina de tal forma a su montura que es capaz de «bailar» con el toro, haciendo requiebros, esquivándolo en el último segundo, dejando que le persiga manteniendo la grupa del caballo a pocos centímetros de las astas… Si no fuera por las putas banderillas, sería un espectáculo digno de ver.

 

 

El Toro de la Vega

Lo que no es un arte bajo ningún concepto, lo que no tiene razón de ser alguna es la aberración del Toro de la Vega, consentido y alentado por un gobierno del PSOE. Se le atribuye a su alcalde, José Antonio González Poncela, el sabio aforismo «el toro no sufre». Confieso que no he encontrado estas declaraciones, pero no me extrañaría nada que hubiera afirmado algo así. Y no porque considere al alcalde idiota (aunque todo es posible, dado el nivel de nuestros representantes), sino porque es un ejemplo más de los políticos que sufrimos en este país: como la mayoría de ellos, dice hoy lo que le conviene electoralmente, y si mañana le interesara contradecirse, lo haría sin pestañear.

Como sabéis, este «torneo» consiste en que la peor versión de sí misma que puede ofrecer la raza humana, la masa, en este caso personificada en una turba infame armada con lanzas, unos a pie y otros a caballo, persigue pinchando reiteradamente a un toro en campo abierto. Le lancean donde pueden, este en una pata, aquel en el hocico, el otro en un ojo, hasta que el animal se va resintiendo de las heridas y alguno de estos cientos de mastuerzos alcanza a rematarlo, orgulloso de su hazaña.

A pesar de lo que indican en el «reglamento» del torneo, en este torbellino de polvo, locura y sangre el animal no tiene ninguna oportunidad, pues aunque llegue a alcanzar con vida los límites establecidos, ganándose así el indulto, morirá igualmente poco después a causa de las múltiples y terribles heridas recibidas.

Existe una diferencia importante entre el Toro de la Vega y las corridas en la plaza: mientras que unos, equivocadamente o no, están orgullosos de su afición y luchan porque se siga televisando, los antropoides de Tordesillas hacen todo lo posible para impedir que se difundan imágenes de lo que ocurre en su fiesta. Los pocos documentos gráficos de que disponemos se los debemos principalmente a la gente valiente de PACMA. De hecho, para que esta barbarie no salga a la luz, para que el crimen se quede entre las sombras, los lanceros no dudan en agredir salvajemente a los manifestantes, con la vergonzosa pasividad, cuando no complicidad, de la Guardia Civil.

¿Por qué este empeño? ¿No es una actividad tan noble? ¿No hay valores y belleza? ¿Qué problema tienen entonces con la difusión? Se les ve el plumero. Es lo mismo que los policías que exigen multas para quien les grabe trabajando. Se esconde quien sabe que está actuando mal.

Si nada lo impide, en Tordesillas (Valladolid) volverá a tener lugar este vomitivo espectáculo, concretamente el próximo 15 de septiembre. Tres días antes, el 12, hay convocada una manifestación de repulsa en Madrid. Y para contrarrestar el manido y falaz argumento de siempre (no hay que actuar contra las empresas contaminantes porque generan puestos de trabajo; los hoteles ilegales en zonas protegidas reactivan la economía…), los supuestos ingresos que esta barbaridad genera, este año le han presentado al gobierno socialista una excelente alternativa: más de cien músicos y artistas de otras disciplinas se han ofrecido a actuar gratuitamente en lugar del abyecto torneo taurino. Y no hablamos de bandas locales: Celtas Cortos, Los Chikos del Maíz, El Gran Wyoming, Antonio Orozco, M-Clan, Siniestro Total, Reincidentes, Luis Auserón, Kepa Junquera, La Fuga, El Chojin… También se apuntan a marcarse unos monólogos gente como Eva Hache o Arturo Valls.

Es una extraordinaria opción porque además, el argumento de que el Toro de la Vega es beneficioso para la economía habría que cogerlo con pinzas: este tipo de festejos cuestan una pasta a los ayuntamientos.

 

El toro no sufre

No voy a entrar a discutir tonterías. Por más que haya quien se empeñe en negar lo evidente (también hay quienes niegan el cambio climático), el toro sufre como cualquier animal cuando le golpean, le queman o le clavan cosas hasta matarlo. No vamos a perder el tiempo con esto, asumo que estamos entre gente inteligente y sensata, ya nos hemos quitado a los otros de en medio al principio (si queda alguno, puede aprovechar ahora para dejarnos. Cierren al salir. No, así no, para adentro).

 

 

Van drogados, no tiene mérito…

Volviendo a las corridas, también se afirma frecuentemente que los toros están drogados con el fin de volverlos más dóciles. Niegan así el valor que se requiere para ponerse frente a uno de estos animales.

¿Drogados? Pues mirad, no lo sé, pero no creo que sea la norma. El torero necesita a un animal que embista, no a una oveja grande. Una de las cosas que aprendí en esas tardes con mi abuela es que la finalidad de las banderillas y la terrible lanza del picador consiste precisamente en «cansar» al toro, desgastarlo para que el torero pueda manejarlo con más facilidad. De hecho, es notable la diferencia entre la bravura del animal antes y después de haber sido picado. Es más, cuando el picador se excede con la puya puede llegar a inutilizar al toro para la lidia, dejándolo demasiado manso.

Pero antes de enfrentarse al picador no parece que los toros vayan narcotizados. Yo los he visto salir como trenes de los toriles, embistiendo con todas sus fuerzas contra el burladero tras del cual se habían apresurado a esconderse el torero y sus subalternos. Incluso los he visto astillarse los cuernos al impactar contra la madera.

También he visto animales que pesan más de media tonelada saltar por encima de vallas que superan el metro y medio de altura, alcanzando el callejón. ¿Drogados?

No pocos toreros están cosidos a cicatrices, verlos en la playa tiene que dar la impresión de que están rodando una peli de Frankenstein. Algunos de ellos han quedado con secuelas muy graves y otros, como sabéis, han muerto en la plaza. Negar el valor necesario para ponerse frente a un toro (o frente a seis consecutivos) es muy injusto. Hablamos de bestias con una potencia descomunal que llegan a pesar lo que un turismo, con la testuz a la altura del pecho de un hombre adulto, armados con dos cuernos que pueden penetrar más de treinta centímetros en el cuerpo humano. Y cuando un torero se arrima durante la corrida esos pitones pasarán varias veces rozándole la pelvis, las costillas, el estómago…

Eso no quiere decir que hombre y animal tengan las mismas oportunidades, se trata de una lucha desigual. La mayoría de las ocasiones, el torero sale indemne y el toro es sacrificado. Pero de ahí a decir que torear es como darse un paseo por el campo, hay un mundo.

No me considero de los más cobardes. He hecho cosas para las que se supone que hay que tener cierto valor, como saltar en solitario una docena de veces desde un avión. Y no me pondría delante de uno de esos bichos ni harto de vino. Bueno, igual harto de vino sí, mirad a los guiris en los Sanfermines.

 

Los hipócritas

En Cataluña, los nacionalistas hicieron suya la noble causa de los animalistas para prohibir las corridas de toros. Ya os digo que estoy encantado de que las hayan prohibido, y que ojalá se vayan sumando cada vez más territorios. Pero parece evidente que los nacionalistas catalanes cargaron contra el toreo principalmente porque, nos guste o no, es una de las señas de identidad españolas, como el flamenco o la paella. Por idéntica razón les salen sarpullidos cuando ven la silueta del toro de Osborne.

¿Por qué digo esto? Porque en la misma época en que el parlamento catalán prohibía las corridas de toros con los votos a favor de CiU, ERC e ICV, también protegía los correbous, fiestas patronales tan lamentables como el toro ensogat (ensogado, enmaromao), el toro embolao y los bous a la mar.

Al toro embolao le colocan material inflamable en los cuernos para que unos cuantos garrulos corran a su alrededor (¡qué divertido, nen!). Como podéis imaginar, el animal se lo pasa estupendamente, y ya si le gotea alquitrán caliente sobre la cara y los ojos, el placer sadomasoquista se incrementa hasta unos niveles cercanos al clímax.

 

imagen toro embolao, correbous, Cataluña, tauromaquia, maltrato animal

El toro embolao pasándoselo en grande

 

Aquí, como en el Toro de la Vega, podemos afirmar sin titubear que no hay arte ni estética ni nada que se le parezca, sólo gañanes puteando a un pobre animal. Así que ya me diréis lo que les importa el sufrimiento de los toros a los políticos catalanes. La excusa es que en estos festejos los animales no mueren, pero es un argumento peregrino. Los toros y las vaquillas sufren, sangran, se lesionan… Y a veces también mueren. En los bous a la mar, como su propio nombre indica, los rústicos participantes intentan que los toros caigan al agua, y estos más de una vez se ahogan. Pero los correbous se asocian con la identidad catalana y las corridas de toros con la española. Así de simple. Y no está la cosa como para perder votos en Tarragona.

Es fácil encontrar imágenes mucho más duras que la que he puesto arriba, especialmente de las corridas o de Tordesillas, pero no soy amigo del gore. Si para defender tu discurso has de recurrir a imágenes explícitas, es que no tienes discurso que defender. Lo mismo pienso de los antiabortistas que difunden una y otra vez restos de fetos, o los que muestran primeros planos de los desastres de cualquier guerra. Está bien conocer lo que ocurre, como he dicho en el bloque del Toro de la Vega, pero hay una diferencia entre informar y regodearse.

A propósito de esto:

 

Los sádicos

De esta gente ya hablé en otro artículo. Me refiero esta vez a los que cuelgan y celebran imágenes durísimas que por supuesto no voy a reproducir aquí, y que ni siquiera voy a describir en detalle. Primeros planos de cogidas a toreros con las que bromean. Pero ¿qué mierda tenéis dentro? Yo ni siquiera soy capaz de mirar esas fotos ¿y vosotros las jaleáis, os regodeáis, pedís más? Qué empatía, qué sensibilidad. Os justificaréis afirmando que es que tenéis empatía con el toro, pero una cosa no quita la otra. A mí me horroriza el sufrimiento del animal y no por eso me agrada el del hombre. Ni aunque se lo haya buscado. Ni aunque le paguen (muy bien) por eso.

Estáis locos, joder. Ya lo dije: me dais miedo, os quiero cuanto más lejos, mejor. El problema es que sois muchos, de uno y otro bando. Me tenéis rodeado, cabrones.

Mi padre me recuerda que yo aplaudía de pequeño cuando al torero le pillaba el toro. Es cierto, pero esto no tenía nada que ver con el sadismo, sino con el aburrimiento, como he dicho antes. Que pillaran al torero era la novedad, algo que rompía la rutina, como un accidente en una carrera de coches. La mente infantil no acertaba a relacionar esos incidentes con el sufrimiento de sus protagonistas, pero en eso debería consistir precisamente crecer y madurar: tratar de ir convirtiéndose en mejor persona cada vez, la mejor versión posible de uno mismo. Supongo que todo esto a los que disfrutáis con una foto de un pitón atravesando la mandíbula de un torero os sonará a chino.

 

Los partidos nos torean

Para empezar a cambiar las cosas, la solución es obvia: votar a partidos que lleven en sus programas electorales la abolición de la tauromaquia, como ha ocurrido en La Coruña con la Marea Atlántica. Si lo hiciéramos así tendríamos que descartar a PP y PSOE, pero también a CiU y ERC.

Por supuesto, si tu principal interés es, ya no sólo el fin de la tauromaquia, sino la defensa de los animales en general, tu partido es PACMA.

Podemos lo indicaba muy claro en su programa para las europeas: «prohibición de la tauromaquia».

Equo también, pero aquí llegan los matices y las divisiones (ya tardaban, tratándose de partidos de izquierda): PACMA no quiere ir en coalición con Equo porque estos van con Compromís, que apoyan los correbous. Y los apoyan o son ambiguos por la misma razón que los políticos catalanes (Compromís, que tiene otras muchas cosas buenas, siempre ha coqueteado con el nacionalismo): por puro tacticismo electoral. En la Comunidad Valenciana también están muy arraigados estos festejos.

¿Y qué pasa con Izquierda Unida? Como en otras cosas, han sido bastante incoherentes. Critico aquí pero voto a favor allá… Esto venía en el programa electoral de PACMA para las andaluzas:

 

imagen programa electoral PACMA, elecciones andaluzas, IU, maltrato animal, PSOE, subvenciones, tauromaquia

 

Referéndums

¿Referéndums? Referéndum habría que hacer para la monarquía, el maltrato animal ha de estar prohibido por ley. Pero bueno, mejor eso que nada, sería un comienzo. Estaría bien conocer la opinión mayoritaria. Igual nos llevábamos una sorpresa.

 

Los defensores de la tradición

Como con el tema del sufrimiento del toro, no merece mucho la pena detenerse en este punto. Nada puede justificarse en aras de la tradición. Aunque en un pueblo lleven quinientos años tirando en sus fiestas al tonto del pueblo al pilón, eso no les legitima para hacerlo. Evolucionen, señores.

Por la misma razón, que las corridas de toros sean o no arte, cultura o seña de identidad, es irrelevante. Un animal no es algo que esté ahí a nuestra disposición, para nuestro esparcimiento. Un toro no es algo, no es un objeto, sino un ser vivo que sufre en todas y cada una de las fiestas en las que le hacemos participar. Por lo tanto, como sociedad, deberíamos abandonar cuanto antes estas prácticas. Hay muchas otras formas de distraerse (o de culturizarse o disfrutar del arte, para quien piense que las corridas tienen algo que ver con eso) que no implican atormentar a un animal. Ya nos hemos divertido bastante con ellos, ha llegado el momento de superar esa etapa, de dejar atrás la irresponsabilidad infantil. Toca madurar como sociedad.

Wild Spain

Música: Wild Spain, de Ska-p

Imagen de cabecera: Luis O. García

También te puede interesar:

56 sin mordaza

  1. ¡¡Me ha encantado!! Sólo echo en falta un análisis (así con ese tono irónico tuyo que tanto me gusta) del argumento “si no fuese por las corridas el toro se extinguiría”. Por lo demás, no puedo estar más de acuerdo.

    Responder
    1. ¡Gracias, Izarbe! Cuando lo estaba escribiendo, me acordé de esa frase («si no fuese por las corridas, el toro se extinguiría»), pero por una parte, el cupo de tonterías ya estaba cubierto con lo de «hay que seguir haciéndolo porque es tradición» y «el toro no sufre en la plaza porque segrega muchas hormonas». Y por otro, me estaba quedando ya más largo de la cuenta para estos tiempos de lectura rápida. Empezaba a temer que no llegara nadie al final.

      Responder
  2. Te has despachado a gusto jajaja. En cuanto al “toro embolao” (y que conste que yo tampoco soy muy amigo de esas cosas), en mi pueblo no les prenden fuego a los cuernos ni nada. Es más, los que se encargan de llevar la cuerda pueden hasta zurrarte si empiezas a darle al toro cachetadas en el lomo para hacer la gracia. A parte de dirigirlo para que no pase ninguna desgracia, también se encargan de que no molesten demasiado al animal (puedes acercarte, pero no tocarle). Aunque eso sí, el estrés no se lo quita nadie.

    Pd. Te has metido en terreno pantanoso. Espero que se entienda el artículo y no empiecen a hilar demasiado fino.

    Saludos.

    Responder
    1. Claro, estoy seguro de que habrá pueblos y pueblos (no sé si pedirte que nos digas el nombre del tuyo, o eso sería alejarse demasiado del anonimato, jeje). Pero me has dejado con una duda: si no le pegan fuego a los cuernos, ¿eso no es el toro ensogao? El embolao no lo llevan con una cuerda, lo dejan suelto con los cuernos on fire, ¿no?

      Veo que, con matices, os ha gustado a la mayoría. Tenía mis dudas, pensaba que me iban a caer más banderillas. Pero le ha gustado incluso al autor de la imagen de cabecera, que es un tipo muy concienciado con el maltrato animal (muchos de sus dibujos tocan ese tema).

      Hombre, una tarascá ya me he llevado en Twitter, pero si ves su TL… pues eso, que tampoco se puede esperar mucho razonamiento.

      Responder
  3. Un tema peliagudo. Siempre he sostenido que soy un perfecto hipócrita porque, aunque gran defensor de los derechos de los animales, luego me los como a tiras. Me gustaría ser vegetariano, pero dile a mi señora madre que deje de cocinar suculentos platos para hacer tofu, algas, verduras, y frutas al horno.
    Dicho esto, hay cosas de tu artículo con las que estoy de acuerdo, y cosas que discrepo. Entiendo que hay un juego de poder entre el torero y el toro, una especie de danza hipnotizante y todo un lenguaje corporal que puede llegar a ser fascinante. Por supuesto, eso para mí es tan artístico como cualquier cuadro del Museo del Prado. Ahora bien: ¿justificaría que para pintarse un cuadro precioso, se haya de degollar antes a un perro para usar su sangre como pintura? ¿Justifica la tortura, mutilación y muerte agónica de un animal todos los preliminares artísticos? No, no lo hace.
    Lorca es un gran escritor, pero que alguien sea buen escritor no quiere decir que tenga razón en todo y que se le diga que sí.

    Por lo demás, me encanta y entiendo tu punto de vista.

    Un abrazo,
    David

    Responder
    1. Sobre los que acusan de hipocresía a los defensores de los animales que comen carne habría bastante que matizar, y aquí respondo también al comentario de Amparo. Habría que ver dónde tienen sus ahorros esos puristas, dónde compran la ropa, qué cosméticos usan… Estamos inmersos en un pringoso sistema capitalista, así que es muy difícil vivir sin mancharse de chapapote, pero siempre será mejor hacer algo que nada. Me acuerdo ahora del estupendo editorial de Noche de rock que os traje hace unos meses.

      Y no sé si discrepamos. Yo tampoco justifico las corridas de toros porque puedan ser arte o cultura. Mi conclusión es que aunque lo fueran, es irrelevante: no debemos maltratar a un ser vivo para divertirnos (me ha gustado tu ejemplo del cuadro).

      A Lorca y compañía los pongo únicamente como referencias culturales. Por supuesto, que un tío sea muy listo o muy culto no le exime de estar errado, incluso de decir tonterías.

      Responder
  4. Vaya por delante que me gusta el planteamiento, porque te has alejado de las creencias para patear el lodo del debate. Muy bien, zagal.
    Un poco de análisis de mi cosecha:
    ¿Es cultura? Si nos tenemos a la que segunda acepción de la RAE, va a ser que no: “Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”. En cuanto a la tercera, me encantaría decir que tampoco, pero no puedo: “Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc”. O sea que sí, que en España la tauromaquia va a ser cultura, pero yo no lo andaría pregonando.
    ¿Es espectáculo? Mi abuelo me llevó en un par de ocasiones siendo yo muy chico, y no recuerdo gran cosa de los toros pero acabé fascinado por el paseíllo, las cornetas, los pasodobles, por la fauna que poblaba las gradas, y sobre todo los palcos, con esos bigotes trazados a lápiz, esas gafas de sol, esos collares de perlas, …
    Y recuerdo tener los cojones en un puño cuando el torero recibía a la locomotora cornuda, o con las fintas del banderillero. Es espectáculo, como sin duda lo fueron los sacrificios de cristianos o las luchas de gladiadores. Ni más, ni menos, y lo acabaron prohibiendo.
    Dicho esto, como estudioso de la cosa humana creo que quien esté dispuesto a pagar por ver sufrimiento y muerte está más enfermo que yo, y debería hacérselo mirar.
    De vaquillas, toros embolados y similares, ni os cuento. Si se reponen los juegos romanos, propongo silla en la arena. Sospecho que al toro tampoco le preocupará si sufren.

    Responder
      1. Estoy de acuerdo: quien disfrute contemplando cómo convierten a un animal en una albóndiga sangrante debería hacérselo mirar. Pero también quienes se tocan mirando fotos de cogidas.

        Cuéntanos qué es eso de la silla en la arena, anda.

        ¿Lo que comentas del corrector es porque a veces te pone «Vivente» en vez de Vicente? XD

        Responder
        1. Me refiero a invitarles a ver el espectáculo de muy, muy, muy cerca, en la misma arena y sin burladero. Algo así como lo que hacían los romanos en el anfiteatro, ya que hablamos de tradiciones.
          No es nada personal, es para que se hagan una idea de lo que se siente siendo el toro, o la vaquilla.

          En cuanto al corrector ortográfico de LG, tiene la manía de añadir palabras cuando intento corregir algo, y el texto pasa a ser aún más chapucero de lo habitual. En fin, que lo de “Vivente” no es lo peor que me ha tocado leer en mis escritos.

          Responder
    1. “Que quien esté dispuesto a pagar por ver sufrimiento y muerte está más enfermo que yo, y debería hacérselo mirar.”
      Cuánta verdad encierra esa frase. Como dije antes, entiendo que toda la parafernalia del paseíllo, las luces, los colores, los caballos y tal puedan encandilar. Pero, al margen de todo eso, recordemos que alguien está pagando por ver sufrimiento, tortura y muerte. No hace falta ser psicólogo para determinar que algo no anda bien en su quijotera; es de perogrullo.
      Luego tenemos a gente como Iker Jiménez que fue a los toros justificándolo por el carácter atávico del hombre contra la bestia y esas cosas suyas. O gente tan aparentemente sensata como Jordi Évole que defiende la “fiesta nacional”.
      Como anéctoda, yo vivía cerca de la Monumental barcelonesa, y no era raro en un domingo ver salir a guiris de la plaza vomitando.

      Responder
  5. Vaya Salva… esta entrada me ha dejado helada, y no sé muy bien que me ha hecho sentir el escalofrío más grande.
    Tengo que felicitarte por lo bien que has descrito y explicado todo lo que rodea al mundo del toro, ya sean las corridas o los pretendidos espectáculos de tortura.
    Sabes que soy antitaurina, jamás he puesto en duda el valor de un hombre para ponerse delante de un animal bravo que pesa unos cuantos cientos de kilos y además tiene una fuerza descomunal. Pero, ¿Por qué lo hacen? Por dinero, ya te digo.
    Y estoy totalmente de acuerdo con la hipocresía de muchos partidos políticos, prohíben las corridas para ganar votos y sin embargo toleran los correbous, espectáculo cruel donde los haya.
    Soy simpatizante de PACMA, eso también es sabido; pues pienso que este planeta es de todos y no sólo de los supuestos homo sapiens sapiens que creemos ser… O todos tenemos los mismos derechos, o bien no hay justicia. Y mi teoría la aplico también al medio ambiente.
    ¿Quién creó la vida? Una casualidad química, a mi entender. Pero nosotros llegamos tarde y mal hechos. Si existe dios, tuvo muy mala leche al crearnos, somos su broma de peor gusto que se le ocurrió. Aunque bien es sabido que somos producto de una evolución a la que cada vez veo más cerca de una involución… sí, nos acabaremos destruyendo.
    Y sin más que añadir, te mando un saludo.
    PD: He vuelto a la rutina, después de viajar bastante y aprender mucho. Bss.

    Responder
    1. Qué bueno verte de regreso, María. Y aquí va un suspiro de alivio al ver que el artículo ha recibido tu «indulto» (animalista y vegetariana). Espero que este paréntesis haya sido para bien.

      Gracias a Baldomero por la difusión.

      Responder
    2. Si me lo permites María, me gustaría hacer una salvedad. Cierto es que hay mucho torero vocacional, de esos que sienten el “arte” desde pequeños, pero también tengo clavada en la memoria la frase que le escuché repetir a Manuel Benítez el Cordobés: “más cornás da el hambre”.

      Ignoro hasta qué punto sigue siendo cierto actualmente, pero cuando no se trata de un apellido de estirpe, me queda la duda de hasta qué punto sólo han elegido entre unas u otras “cornás”.

      Responder
  6. Me ha encantado el artículo, !desde luego! Pero… por dónde empiezo?

    He de decir que yo soy de las que, cuando hay una cogida, no es que me alegre, pero sí de las que piensa que se ha hecho justicia… 0-1 marca el toro! (Sí, yo soy futbolera)
    Como bien dices, debemos evolucionar, que algo que se hiciese hace “mil” años (el toreo, apedrear a las mujeres, pegar a los niños en la escuela, por ejemplo) no significa que ahora, en el Siglo XXI se deba seguir practicando y, lo más alarmante de todo, APOYANDO (como muchos partidos políticos) esta serie de barbaridades porque para mí, todas y cada una de estas prácticas son eso, cosas de gañanes.

    En cuanto al Toro de la Vega….llevo años luchando contra ello junto a mis compañeros animalistas. Se ha descrito aquí con tanto detalle que los pelos los sigo teniendo de punta, no voy a alargarme hablando de ese tema porque no puedo, mi ser no me lo permite, sólo diré que la era del Hombre de Cromañón se extinguió hace 40.000 años.

    También me ha pasado, defendiendo mis creencias, de aquel taurino que se ha defendido con un: ¿comes carne? Pues así sufre ese animal que te estas comiendo también, eh?.
    Pues sí, como carne, pero lo menos posible. Y sí, el toro sufre, no sólo fisica (llegando a la muerte) sino también mental (el estrés al que son sometidos es bestial). Soy de las que “prefiero” (más bien me resigno) a los recortadores que a un toreo con trágico final.

    Para finalizar… cualquier festejo en el que se vean involucrados animales (toreo, bous a la mar, tirar al ganso del campanario o colgarse del cuello de un pato hasta caer al agua, entre otros) me parecen brutales y me REPUGNA.

    Mordaza quitada por una animalista, antitaurina y activista por el derecho de los animales.

    Responder
  7. En mi pueblo se estilan los bous a la mar. Esto es, hacer el canelo delante de los toros y provocarlos para caigan al mar. Ocurre con más frecuencia de la deseada que el animal muere ahogado o al tratar de sacarlo (500 kgs) del agua atándole una soga a los cuernos.
    Pobre de aquél que se pronuncie en contra de los bous a la mar. No sé qué pasa en esos espectáculos, pero se genera una especie de histeria colectiva e incapacidad de razonamiento. Supongo que, desde pequeños, se les ha educado en este entorno y se les ha enseñado a esperar con ansia esta tradición; por eso que como a alguien se le ocurra abolirla, se puede armar una guerra civil.
    Con cada día que paso en este país,cobra más fuerza la idea de trasladarme a la llanura australiana a vender artesanía aborigen, y olvidar que una vez viví en un lugar llamado España.

    Responder
  8. David me ha recordado algo que me contó mi hermano, que estuvo unos días vendiendo entradas en una plaza de esas portátiles. Decía que unos turistas, japoneses creo que eran, que al principio aplaudían mucho y estaban muy contentos, en cuanto empezó a brotar la sangre le taparon los ojos a su hijo y salieron de allí corriendo y haciendo aspavientos.

    Y hoy he visto este tuit.

    Muy bueno el apunte de Vicente en su respuesta a María. Es así: para muchos, el toreo era la única manera de tratar de sacar la cabeza de la miseria. Como el fútbol en las favelas, vamos.

    Responder
  9. Lo primero de todo, enhorabuena por la entrada. Tampoco es tan raro lo de tu abuela, mi madre era monárquica, católica practicante y de izquierdas.

    Ahora bien, si nos ceñimos al tema del artículo, hay algún punto en el que no estoy de acuerdo:
    -Aún siendo aficionado al “furgol”, no lo considero arte. Y tampoco veo normal comparar el toreo con cualquier deporte. En el deporte no se tortura ni asesina a nadie por diversión.
    -Tú mismo lo dices: ”Si no fuera por las putas banderillas, sería un espectáculo digno de ver”. Pero las hay, y provocan dolor y sufrimiento. Ahí ya deja de ser arte.

    Respecto al resto del artículo, estoy de acuerdo. Y con los comentarios de David y Vicente

    Responder
  10. Querido Salva:

    Cuando empecé a leer el artículo, pensé que ibas a ser mucho más destructivo con algún tema difícil, pero me equivoqué. Creo que has puesto bastantes cosas en su sitio, y suscribo la mayor parte de tus conclusiones, con lo difícil que es lidiar con la contradicción inherente al ser humano, que mata para comer pero se preocupa por el sufrimiento del ser que se come. Por cierto: los vegetales también son seres vivos…
    Y asumo esa contradicción como ser humano, odiándome y despreciándome como tal, porque somos la última especie aparecida en el planeta, a pesar de lo cual nos creemos dueños del planeta, destruyéndolo como si fuese inevitable. Una prepotencia que nos ha llevado a convertir en cultura y arte espectáculos como los que mencionas y otros peores, recientemente desaparecidos (¿te acuerdas de cómo tiraban a una cabra desde un campanario?). Definitivamente, hay algo en la especie humana que convendría revisar y reparar.
    Lo de ser antitaurino y comer carne (lo confieso: he comido el delicioso toro de lidia), es una contradicción, nos pongamos como nos pongamos. Y lo es porque entre los enemigos de la lidia no he sentido el mismo ahínco en exigir el bienestar de la ganadería para consumo. Desde los huevos al solomillo, hay sufrimiento de animales: invito a cualquiera que visite una granja de pollos o un matadero. La opción de ser veganos (o al menos vegetarianos) está ahí, pero dudo que llevemos nuestra lucha hasta ese extremo. Asumámoslo: si realmente lo llevamos hasta ahí, no estamos hablando sólo de un espectáculo o del sufrimiento de unos animales, sino de cuáles son nuestras características como especie.
    Dicho esto, tengo contigo un punto de acuerdo absoluto: no está bien, es incluso enfermizo convertir la muerte de un animal en un espectáculo, incluso alargándola para tal fin. Pero voy más lejos: realmente, si la especie humana fuese mínimamente empática, consciente y justa, convertiría la muerte del animal que nos da de comer en un acto de contricción, y la crianza entera en una fiesta de agradecimiento. Y eso, a la vista de lo que mencionas de entre los movimientos antitaurinos y animalistas, no es lo que se está proponiendo.
    Si me pongo auténticamente en el lugar del toro en la plaza, mirando y escuchando al público, y observando el ritmo aterrador del cambio climático, no me gustaría cambiar de país, sino de planeta.

    Responder
  11. currao y valiente
    desde la izquierda radical (roja, republicana y podemista) te felicito
    un tema para el debate, con los necesarios matices enriquecedores y discutibles
    Estos trabajos son los que merecen la pena, aunque nos desconcierten
    Y abundancia de referencias y disgresiones complementarias
    Gracias
    B.

    Responder
  12. Sobra decir que el post está muy bien redactado; es la primera vez que te leo y he llegado por casualidad (me alegro).

    Discrepo, como han comentado más arriba, en que las corridas de toros se puedan considerar cultura o sean comparables a un evento deportivo. Añado, además, que también se me puede considerar hipócrita por ser omnívora y, a la vez, amar a los animales y detestar su sufrimiento. No obstante yo no disfruto viendo cómo agonizan, ni sería capaz de ver una matanza del cerdo del cual me como gustosamente su jamón y casi con toda probabilidad, si tuviera que comer lo que yo matara moriría de inanición (en mi planeta nivel unicornio fantaseo con que alguna vez los animales destinados a ser comidos mueran sin dolor, sin estrés y sin enterarse, pero…).

    No es políticamente correcto decirlo pero como yo nunca he alcanzado ese nivel, poco me importa: DISFRUTO cuando me entero de que han corneado al torero (si es en los genitales mejor, así evitamos que perpetúe más la especie). Si se muere, entonces ya ni te cuento lo que mi sádica mente se alegra. ¿Que no soy empática? En general tiendo a empatizar demasiado, forma parte de mi TLP (Trastorno Límite de Personalidad), pero jamás he sentido ni podré sentir empatía por un ser “racional” que disfruta torturando. Soy el tipo de persona que, cuando maltratan a un perro por ejemplo, no quiero que al sujeto lo coja la policía y hagan la mierda de “justicia” que existe para el caso. Preferiría poder darme el gusto de encontrarme con él y que la genética, el karma o lo que el universo prefiera, decida si ese individuo vuelve a caminar siquiera.

    Sí, soy muy extremista, no puedo evitarlo, mi sentido de lo correcto y lo incorrecto no siempre coincide con la supuesta moral que se debe tener. Cuando tenía 13 años un niñato le pegó una patada a mi perro y salió corriendo. No me molesté en ir tras de él; la siguiente vez que lo vi llegó a su casa “ligeramente diferente a como su madre lo había visto salir” y, ¡oh, milagro! no volvió a acercarse a mi peludo más que cuando me pidió perdón (algo así como el rey cuando se supo lo del elefante pero creyéndoselo de verdad).

    Este año iré por primera vez a Tordesillas a mostrar públicamente mi indignación ante tal esperpento de tradición cazurra. No sé si me llevaré unas cuantas pedradas o cómo acabaré ese día, pero puedo asegurar que me dolería menos recibirlas que callarme, pasar del tema o quedarme de brazos cruzados.

    Felicidades por tu escrito, me encanta la gente sin pelos en la lengua aunque no esté de acuerdo 100% con sus ideas. No será la última vez que te lea. Un saludo.

    Responder
  13. Hola, Celia. Pues encantado de que te quites la mordaza por aquí, aunque tengamos ciertos puntos de vista bastante opuestos. Siempre lo he dicho: no quiero un séquito de lectores que aplaudan todo lo que escribo. Mientras que la discrepancia sea con educación y razonada, yo contento.

    Y dicho esto, lleva cuidado por Tordesillas, que ya sabes cómo se las gastan estos cafres.

    Aprovecho también para darle la bienvenida a Belcebú (qué raro suena esto así escrito; a ver si los oPPusinos me van a cerrar el blog por satánico…) y las gracias a Miguel y Olga por estar siempre ahí.

    Responder
  14. ¿Pero porqué exactamente va a ser mejor dejar de considerar a los especímenes de otras especies como cosas a disposición nuestra y de nuestros semejantes, cuyas preferencias y libertad de disponer son lo único que importa? Y no vale la tautología “es mejor porque los que piensan así son superiores/más evolucionados/la polla en vinagre”, o la versión despectiva “es que si no lo entiendes eres un desalmado/patán/un ser despreciable”.
    ¿Porqué? ¿Para qué?

    Responder
    1. Espero poder responderte a la pregunta, Lubberding.

      Tal y como me han educado, y como he ido creciendo y creando mis propios valores, creo que los animales (estos como nosotros mismos, que lo somos, racionales pero animales al fin y al cabo) han sido creados para un fin. Ese fin no ha sido el de servirnos a nosotros; debemos quitarnos de la cabeza el hecho de que un animal ha sido “puesto ahí” para que nosotros, aprovechando nuestras vidas vacías y aburridas, nos dediquemos a maltratarlos para satisfacer nuestros caprichos y existencia. El tema de utilizar a un animal en un torneo como el de Tordesillas, un toro en la típica plaza de toros, gansos que son tirados desde un campanario que caen espachurrados… verdaderamente no creo que estos animales nos lo haya “ofrecido” la naturaleza para tratarlos así.

      Todo animal forma parte de la vida y de la cadena alimenticia, de la cual, se supone, que el ser humano es quién se encuentra en la cima, lo que no nos da derecho a estar utilizando todo lo que la naturaleza nos regala y que tanto nos empeñamos en destruir.

      Dicho esto, “¿Pero por qué exactamente va a ser mejor dejar de considerar a los especímenes de otras especies como cosas a disposición nuestra…?” NADA es de NADIE. Ni un animal o una persona pertenece a otra. De hecho, creo que los animales están ahí (que sí, que también son para comer) para enseñarnos una serie de valores que, nosotros mismos, precisamente por ser un animal humanizado, carecemos de ellos (como el amor fiel, servicio de ayuda y, por qué no, matar a un animal sólo para comer, por necesidad…que no por diversión y gula).

      Por lo tanto, sea cual sea el papel que tengas que desempeñar en tu vida, ya sea estar pastando en un campo verde, comiendo algas en el fondo marino o escribiendo en un ordenador como estoy haciendo yo ahora, estoy segura que no es el de servir a nadie. Todos somos iguales, no hay nada ni nadie superior a otro, todos hemos sido creados por y para la naturaleza, no se nos olvide que ésta nos puede quitar de en medio en cuato le plazca.

      Espero haber respondido lo mejor posible a tu pregunta, un saludo.

      Responder
      1. Agradezco el esfuerzo por contestar, Amparo. Pero creo que no das respuesta a la pregunta, pues ya de entrada partes de afirmaciones axiomáticas o prescriptivas (“esto es así”, “eso no es asá”, “debemos dejar de pensar así”, o “tenemos que empezar a ver las cosas asá”), sin justificar qué razón puede haber para cambiar de paradigma en nuestra relación con los animales.
        Estoy en particular desacuerdo con lo de que “nada es de nadie”. Al contrario, y así lo recogen casi todos los ordenamientos jurídicos en casi todas las culturas: los animales sí que son objeto de propiedad. Se compran y se venden (y se roban), y el dueño dispone de pleno derecho sobre el animal. La pregunta sería qué necesidad habría de modificar esto, y si no nos iría mejor, como especie, sin modificarlo.

        Responder
        1. “Estoy en particular desacuerdo con lo de que “nada es de nadie”. Al contrario, y así lo recogen casi todos los ordenamientos jurídicos en casi todas las culturas: los animales sí que son objeto de propiedad.”

          Pues lamento que tu pienses así y que haya tantas “personas” (para mi bestias) que están de acuerdo con semejante barbaridad… Lamento que tu seas de aquellos que creen que los seres vivos SON PROPIEDAD NUESTRA.

          Ya nos dará la naturaleza lecciones de vida, un saludo.

          Responder
    2. Yo te ofrezco un argumento basado en la evolución de la percepción social de la violencia en Europa:

      – Antes de los romanos, era un espectáculo habitual entre tribus bárbaras torturar públicamente a prisioneros y esclavos para contentar a los dioses, o a quien mandase.
      – Los romanos utilizaban espectáculos públicos para ejemplarizar las condenas de delincuentes, como los cristianos sin ir más lejos.
      – En muchos lugares de la civilizada Europa, la tortura y ejecución de herejes (católicos en el norte, todos los demás al sur) fue un espectáculo público de gran arraigo popular. En España el último auto de fe se celebró en 1781, que no es nada en tiempo histórico.
      – Paulatinamente, la violencia pública se fue canalizando hacia los animales a medida que iba cambiando la visión social de la esclavitud y de las religiones.
      – Actualmente sólo en España se sigue considerando un bien cultural la muerte pública de un animal, e incluso aquí con matices. Por ejemplo el Toro de la Vega fue prohibido por Fraga en 1963, aunque incluso el franquismo acabó rindiéndose ante la obcecación vecinal.

      En resumen, que la evolución de nuestra civilización se dirige hacia la erradicación de la violencia pública, que es rechazada en todas partes…. excepto en algunas, que diría Rajoy.

      Lo que responde a la pregunta formulada: sí, quienes rechazamos la violencia – contra los animales, y ya no te digo contra las personas – estamos más civilizados porque hemos evolucionado y somos capaces de controlar nuestra violencia instintiva sin necesidad de sustitutivos.

      Responder
      1. Gracias por el argumento, pero es un argumento que yo calificaría de “hegeliano”: he descubierto el sentido de la Historia y va en determinada dirección. Otros argumentos de este tipo fueron usados por Marx (la Historia va en el sentido de la concentración del capital hasta el monopolio total), y por otros, pero, paradójicamente, no para dejar que la Historia siga su curso, sino para justificar actuaciones voluntaristas que resultan en el uso coercitivo de la autoridad estatal. Por esa razón, no me convence (si la Historia va en determinado sentido, para qué forzarla), pero tampoco me convence porque creo que nadie tiene el entendimiendo omnipotente de poder saber hacia dónde va la Historia (que da muchas, quizá demasiadas, sorpresas). Y al final, recalcas lo que creo el error básico: partir de la base de que “los que pensamos así somos mejores, así porque sí, porque nosotros lo valemos, y nosotros así lo hemos decidido; y el progreso es lo que nosotros llamamos progreso, y ya está” (lo que me parece, además de gratuito, como mínimo poco respetuoso con los que piensan lo contrario).

        Responder
        1. Buena respuesta, pero no iba yo por ahí. Si te fijas hablo de la evolución de la “percepción social” de la violencia y no de Historia, que efectivamente puede dar un vuelco insospechado en un contexto, generalmente limitado.

          Dicho de otra forma, la tendencia del pensamiento en la sociedad occidental se ha movido en una dirección de protección de los animales, a la que hasta ahora parecía que la sociedad española fuese inmune. Eso está cambiando y hay una fuerte tendencia en nuestro país que probablemente será pronto mayoría porque es una inercia que se refuerza con la global. Y es que hay un factor diferenciador en este momento histórico: nuestra capacidad de conectar con corrientes de pensamiento global casi en tiempo real. Es una importante diferencia respecto de los factores sociales del pasado: no es casualidad que en Tordesillas prohibiesen la difución de imágenes, pero no la participación de periodistas.

          Por otra parte, cuando digo que somos más evolucionados, entiéndelo en este sentido: estamos mejor adaptados a esta tendencia social que he comentado, y desde ese punto de vista, más evolucionados. Pero eso no significa que seamos objetivamente mejores ni peores, sólo mejor insertados en una determinada corriente de valores y creencias. Salvo por supuesto involución cultural traumática, como ocurrió repetidas veces en el siglo XX.

          Dicho esto, subjetivamente sí me creo superior a cualquier gañán que participe en un espectáculo taurino como los toros embolados o el Toro de la Vega. Me siento al menos tres siglos superior.

          Responder
    3. Hola, Lubberding.

      Creo que ya respondía a tu pregunta en el artículo, especialmente en el último párrafo. Pero vamos a intentarlo de nuevo: «¿Por qué es mejor dejar de considerar a los especímenes de otras especies como cosas a disposición nuestra?». No es que sea mejor ni peor considerarlos como cosas, es que NO lo son. Si los ves así, estás simplemente equivocado, incluso gramaticalmente (primera acepción de la RAE: «Ser orgánico que vive, siente y se mueve por propio impulso»), y además tienes un problema de falta de empatía.

      Cuando la esclavitud era legal, los esclavistas no eran todos «desalmados», por usar tu propio adjetivo. Tenían una visión equivocada de los negros, los veían como cosas a las que, como tales, se podía tratar. O maltratar. Y lo mismo con el nazismo: ¿eran tantos millones de ciudadanos alemanes unas bestias sanguinarias? ¿O habían cosificado a los judíos? Al igual que nos avergonzamos de ese horrible episodio de la Historia, con suerte en el futuro se avergonzarán del trato que hoy día damos a los animales.

      Pero estas cosas no se pueden razonar. Para mí es inconcebible que tú lo veas de otra manera. ¿No encuentras diferencia entre un toro y un armario empotrado? Es como preguntarse por qué no podemos aprovecharnos de los pobres para explotarlos en nuestro beneficio, o por qué no debemos violar a una mujer en un callejón si estamos salidos, o talar todos los bosques o destrozar las pocas costas vírgenes que quedan. Pues… ¿por humanidad? Porque el simple hecho de pensarlo nos revuelve las tripas, experimentamos un sentimiento de rechazo. No todos, a la vista está. Pero quiero pensar que a la gran mayoría le repugna.

      Hay preguntas que es muy difícil responder con argumentos, hablamos de sentimientos, de corazón, de empatía una vez más. ¿Por qué no podemos jugar a estrellar cachorros recién nacidos contra una pared? ¿Por qué no podemos acostarnos con menores en Tailandia, si pagamos por ello? ¿De verdad es necesario responder a esto? Como me recordaba alguien por Twitter, parafraseando la famosa cita sobre el honor: «Empathy: if you need it defined, you don’t have it».
       
      Aprovecho para darle las gracias a Conchi. Otra cosa no, pero mojarnos, hasta los calzoncillos (y que nadie le busque el doble sentido a esto) 😉

      Responder
      1. ¡Jo Salva, si es que nos quitas la ilusión! ¿No podemos buscarle doble sentido a lo de los calzoncillos? ¿Ni un poquito sólo? ¿Entonces para qué lo pones? ¿No será edredoning bloguero?

        Responder
      2. Hola, Salva:
        A ver…
        En tu último párrafo, te limitabas a afirmar que el “toro no es un objeto”. Lo que repites con lo de que un toro no es un armario. Pero lo que desde luego no es es un ser humano. Y a efectos éticos, yo creo que está mucho más cerca del armario que del ser humano, así de claro, por la simple razón de de que la ética (o moral o como quieras llamarla) es un cacharro parido por la especie humana para que los miembros de las sociedades humanas coexistan de forma que esas sociedades puedan permanecer y multiplicarse en el tiempo. Cumple una función (nada más). Y se basa en la reciprocidad, en el reconocimiento mutuo, en saber que el otro podría ser, o serás, o fuiste, tú, y que ese otro que tú podrías ser esperaría determinado comportamiento por tu parte. Lo que está fuera del ámbito inter-humano escapa al ámbito moral. Por mucho cariño que yo le haya tenido a mis perros o mi gato, cuando los tuve.
        Luego, claro, te entregas a una serie de símiles exagerados, en los que comparas el trato a animales con el trato entre humanos. Pero eso no es más que recalcar el (para mí) error básico del antiespecismo. Que olvida que especistas hemos sido y seguimos siendo, que a las sociedades humanas les ha ido lo bastante bien siendo especistas como para seguir existiendo, y que no se ve por ningún lado la ventaja práctica (la funcionalidad) de abandonar el especismo.
        Y ya, para variar, traes a colación el ejemplo de la esclavitud (que últimamente se oye por doquier en boca de cualquiera que quiere imponer una mutación moral, como si el hecho de que una vez hubiera habido una mutación de ese tipo, supusiese que todas las mutaciones que se proponen resultasen inevitables o beneficiosas). Pero, de nuevo, que la esclavitud era la de CONGÉNERES, leñe, y no sólo es que contradijera radical e hipócritamente la moral existente en la Edad Moderna (la de “amarás al prójimo como a ti mismo”, que por cierto no es “amarás a toda criatura viviente como a ti mismo”), es que esos congéneres, como les es propio, eran capaces de expresar sus desacuerdos, organizarse con otros congéneres, hacer planes, putear, llegar a luchar en igualdad de condiciones si disponían de medios, etc… Así, lo de mantener la esclavitud en el tiempo iba a ser complicado y a la larga contraproducente. Finalmente, quedó claro que al sistema económico y social le iba mucho mejor con trabajadores libres en vez de esclavos (como demostró el Norte frente al Sur en la Guerra de Secesión), lo cual demostró la funcionalidad de la mutación moral.
        Luego me vienes con la clásica amalgama “sostenibilidad ecológica mezclada (de cualquier manera) con antiespecismo”: sí, hay que conservar la biodiversidad y todos los recursos naturales que tenemos en la Tierra. Pero no por razones sentimentales (o de “empatía”), sino porque son o pueden sernos útiles. Hay que intentar conservar todas las especies (entre otras cosas, porque no sabemos qué útilísimas maravillas pueden encerrar sus ADNs), pero los miembros individuales no tienen esa importancia. Al contrario, hay que saber consumir los recursos animales asegurando que no nos comemos nuestro capital animal hasta destruirlo (lo que la ganadería brava hace con mimo). Objeto no sé, pero que un toro es un bien, un recurso, una “cosa” en el sentido del Código Civil (que contiene además frases como “los animales que son objeto de caza y pesca”), de eso no hay duda.
        Y finalmente, apelas a tu propia subjetividad: te es “inconcebible” ver las cosas como las ven otros, “quieres” pensar que los demás sienten esto o lo otro. Vale, estupendo, pero no esperes que eso convenza a otros que los ya convencidos.
        Gracias por evitar el no-argumento final que se suele usar en estos casos, el anatema (los que pensáis de otra forma sois unos “…..” -póngase el insulto o desprecio que se prefiera). Se agradece. Y se agradece, en todo caso, la respuesta.

        Responder
        1. ¡Vaya por Dios, que con el antropocentrismo hemos topado! A qué preocuparse por un espécimen: si se extinguen nuestros gorilas ya haremos ceniceros con otra cosa, si se acaban nuestras abejas polinizamos con drones, si talamos nuestros grandes bosques ya aprenderemos a respirar humo (ahí os llevo ventaja), … y si quiero cargarme al penúltimo león de la reserva pues me lo cargo que para eso he pagado.

          Y lo del cambio climático igual, tonterías de perroflautas, que por un poco más de calorcillo no os va a pasar nada. Ya está bien de tanta chorrada con lo del equilibrio del ecosistema, que el planeta es mío y me lo cargo porque puedo/me divierte/es negocio (aplíquese lo que proceda).

          A ver si nos centramos, que esto va precisamente de los humanos, de que evolucionamos o igual acabamos siendo unos lindos fósiles el día menos pensado porque hemos reventado el planeta antes de tener otro. Que no es nuestro, es un usufructo, y tampoco seríamos la primera especie que acaba desahuciada. Incluidas unas cuantas homo.

          Tienes razón en un punto, que el aspecto moral es sólo humano. Pero para vergüenza de la especie, quienes disfrutan matando, o viendo matar, lo son. No es al toro a quien aplico la duda moral, sino a quienes disfrutan viendo morir, tanto me da que sea al toro o al torero. O son indiferentes y lo permiten por omisión.

          Y por cierto, que tampoco te parezca relevante la diferencia entre moral y ética explica en buena parte la falta de argumentos emocionales en tu discurso.

          En fin, que en otras circunstancias me preocuparía compartir especie con las mencionadas bestias bípedas de Tordesillas y sus cómplices ideológicos, pero como yo me extinguiré antes, la verdad es que me importa más bien poco. Ya os preocuparéis los más jóvenes. O no.

          Responder
        2. Hola de nuevo, Lubberding.

          Respondía a tu pregunta inicial, por qué no debemos tratar a los animales como si fueran cosas. Si lo que quieres es que te explique por qué los animales no son cosas, este no es el sitio, para eso es mejor una clase de Biología. No discuto obviedades, es como si alguien afirma que los lagartos son mamíferos, pues allá él.

          Si te digo la verdad, me cuesta creer que tú mismo opines así. Me es inconcebible, sí. Me parece que en cierto modo estás forzando la argumentación, como sugiere Entropía en su excelente respuesta. Ser capaz de abstraerse de los nobles sentimientos; tanto egoísmo (yo, yo, sólo lo que sea bueno para mí); una frialdad rayana con la psicopatía… Efectivamente, quiero creer que esa línea de pensamiento es marginal, porque si no este mundo sería un lugar terrible.

          En ningún momento he escrito que el toro sea un ser humano, ni siquiera lo he colocado a igual nivel. Para que se te remuevan las tripas ante el maltrato animal no has de ser necesariamente «antiespecista», basta con tener un mínimo de bondad, empatía y sensibilidad. Me da la impresión de que tú únicamente ves lo que nos diferencia de los animales; otros, además, nos damos cuenta de lo mucho que tenemos en común con ellos, incluida su capacidad de sufrimiento.

          Los símiles que tú llamas «exagerados» los he puesto como ejemplo de que no se pueden racionalizar los sentimientos, explicar el bien y el mal… y aquí vuelvo a recomendar la lectura del comentario de Entropía. Pero también estoy firmemente convencido de que quien es capaz de infligir daño a un animal o permanecer impávido ante el mismo está más cerca de actuar así con un semejante, con un congénere.

          En cuanto a la ley, en fin, también era legal la esclavitud (aunque a ti no te guste el ejemplo) hasta que se abolió. Las leyes no son buenas de por sí.

          Respóndeme a una cosa, por favor. Según tus razonamientos, entiendo que ves perfectamente normal que alguien, quizá tú mismo, se divierta estrellando cachorrillos recién nacidos contra una pared. A fin de cuentas, son «cosas a disposición nuestra», ¿no? En el caso del ejemplo (real y, al parecer, relativamente común), a disposición de nuestro esparcimiento.
          Si tu respuesta es afirmativa se daría una paradoja y es que, intentando diferenciarte de los animales, se te podría aplicar el adjetivo según la tercera acepción del diccionario: «Persona de comportamiento instintivo, ignorante y grosera», es decir, carente del refinamiento que la civilización ha obrado en el ser humano, ajeno a la evolución de la que hablan Vicente y Entropía.

          Dices: «hay que conservar la biodiversidad y todos los recursos naturales que tenemos en la Tierra. Pero no por no por razones sentimentales (o de “empatía”), sino porque son o pueden sernos útiles». Por las dos cosas, amigo Lubberding, por las dos cosas. Aunque vivamos en un mundo superficial y falto de valores, en esta vida no todo es «funcionalidad», «ventaja práctica», «utilidad»… De la misma manera que no se puede medir todo en función del dinero, de rentabilidad económica (así nos va). Cuando salgo a contemplar la luna llena desde algún rincón oscuro de la playa no me emociono pensando en lo útil que esa enorme roca muerta es para el movimiento de las mareas terrestres.

          Hablando de mirar al cielo y de comportarse como un animal, me viene a la mente el estribillo de una canción de Fito:

          «Yo seguiré mirando al cielo / tú nunca supiste volar / y sólo buscas alimento / como un animal».

           
          No hay de qué, y a su vez te agradezco el buen tono en la discrepancia. No suelo insultar ni me gusta que se falte a nadie al respeto. Además, ¿se puede culpar a quien carece de empatía o tiene embotada la sensibilidad? ¿No es eso algo innato? Umm… quizá toquemos esto en otra entrada.

          Por último, precisar que en estos artículos doy mi opinión, pero no trato de convencer a nadie. Me conformo con que algunas de las entradas hagan reflexionar a unos cuantos lectores. Y a mí me viene estupendamente como terapia 😀

          Responder
        3. Lubberding, no es necesario que nos agradezcas nada, que el debate civilizado es algo consustancial a este blog. Si no fuera así yo no escribiría aquí.

          Y en este caso no sé si hablo por más desamordazados, pero es un alivio poder debatir con un defensor de la tauromaquia que no utiliza elementos irracionales – no es español quien no guste de los toros, el animal no sufre, etc. – para justificarse.

          Bienvenida sea la controversia educada.

          Responder
        4. El toro, o cualquier animal, no son seres humanos, pero son seres vivos. Tienen sentimientos, sufren como nosotros. Que tengamos la habilidad de domesticar ciertos animales, mandar sobre ellos, no nos da derecho a maltratarlos.

          Responder
  15. Estupendo artículo. Bien escrito, sin estridencias, con datos, argumentos y sin fanatismo. Me encanta la gente que se moja, enhorabuena!!

    Responder
  16. Por cierto, olvidaba agradecer el artículo, por subrayar que el espectador taurino no es un sádico sediento de sangre, cuyo disfrute consistir en ver sufrir a la bestia (yo añadiría que la emoción del espectador taurino tiene como componente esencial una solidaridad instintiva con el congénere en situación de grave peligro). Algo que a menudo queda desfigurado bajo las caricaturas tremendistas que hacen los antitaurinos.

    Responder
  17. Todo un placer leer las respuestas de Salva, Vicente Juan y Amparo, las cuales sintetizan a la perfección mi opinión.

    Responder
  18. Enhorabuena a Salva por la reflexión, que personalmente me ha servido para comprender por qué se ha venido considerando por nuestra sociedad (o parte de ella) al toreo como un arte (aunque sigo viendo muchas objeciones a que el toreo encaje en un concepto purista de “arte”). En cualquier caso, comparto la conclusión.

    Acerca de la cuestión que plantea Lubberding, he de decir que me resulta fascinante observar cómo alguien capaz de tan sesudos análisis filosóficos se muestre en cambio (recalco lo de “se muestre”, y luego volveré a ello :)) incapaz de comprender un razonamiento tan simple, que únicamente tiene como elementos los conceptos del bien y del mal, como es que perpetrar o apoyar actuaciones que infligen daño a un ser con capacidad para experimentar sufrimiento es una mala acción, y nos convierte en peores personas, o en peores animales, dado que sí, el ser humano es ese animal que tiene la fascinante capacidad de ir más allá de sus instintos primarios, de razonar y de elegir cómo quiere influir en el entorno que le rodea, y en si, partiendo de lo que la naturaleza ha dispuesto para él, desea convertirse en la mejor o la peor versión de sí mismo posible, como se dice en el artículo. Esto es la ética, Lubberding, en mi opinión, lo sabe y, sin embargo, se empeña en dar una visión distorsionada de la misma, porque si no se acabaría el juego, que consiste básicamente en ver cuántos argumentos es la gente capaz de exprimir de su cerebro en defensa del antiespecismo. 😉

    Y este juego, que es ameno, no deja de ser también algo siniestro, porque nos muestra una vez más que civilización y evolución cultural pueden coexistir con la justificación pretendidamente intelectual de la barbarie, esto es, que, tal y como ocurrió con el nacionalsocialismo, cabe que se den las circunstancias en las que ni la civilización ni la ilustración (recordemos que Alemania fue cuna de Schiller, Goethe, Brecht, y tantos otros) nos puedan salvar de caer en el horror, sino que cabe que éste se dé y que, además, se razone y argumente sobre su conveniencia.

    Por tanto, los razonamientos que dejan fuera la ética o se basan en el utilitarismo son inválidos, en mi opinión, para responder a la pregunta elemental de por qué dejar de infligir daño a otros seres es bueno. No se trata de qué es lo que nos conviene a nosotros como especie, sino de si es bueno o malo, en abstracto. Por tanto, aquí va la más tautológica (en apariencia) de las respuestas: sí, hacer daño a otros seres, causar mal, es malo, pues genera, crea, un mal en el mundo, en la realidad que vivimos, que antes no existía.

    En cuanto a las referencias al ordenamiento jurídico para justificar que los animales son cosas y/o estarían a nuestro servicio, unas cuantas puntualizaciones. La primera es que el ordenamiento jurídico es el conjunto de normas de las que se dota una sociedad para ordenar su convivencia. Por decirlo así, la sociedad decide cómo desea ser, y legisla en consecuencia. Así, puesto que desea proteger la vida humana, prohíbe el asesinato. La sociedad precisa prohibir el asesinato porque es algo que se da; si no se diera, carecería de sentido contemplarlo en las leyes. Pero, a pesar de la prohibición, el asesinato sigue existiendo. Las leyes son, pues, una aspiración de la sociedad hacia una sociedad mejor. Como ha explicado muy bien Vicente Juan, la historia muestra cómo la sociedad evoluciona hacia unos niveles cada vez más bajos de tolerancia respecto del daño y la opresión que históricamente han venido soportando personas y animales. Y los ordenamientos jurídicos van evolucionando en consecuencia. Viene muy bien para el caso el ejemplo que ha puesto Lubberding del Código Civil, una norma de 1889, anacrónica y, sin embargo, vigente, que ha precisado una serie de reformas precisamente para ir adaptándola a la evolución de la sociedad española. Así, la reforma que suprimió la aberrante “licencia marital”, que impedía a la mujer casada adquirir bienes sin permiso del marido. Ocurrió en 1975, no nos queda tan lejos.

    Nuestro Código Civil sigue conteniendo artículos viejunos y trasnochados, como los artículos 1783 y 1584 que hablan de fondistas, posaderos, mesoneros, criados y amos. Y atención al disparatado artículo 612 del Código Civil (¿quién no se ha visto alguna vez en la situación de tener que perseguir abejas sobre fundo ajeno?) “El propietario de un enjambre de abejas tendrá derecho a perseguirlo sobre el fundo ajeno, indemnizando al poseedor de éste el daño causado. Si estuviere cercado, necesitará el consentimiento del dueño para penetrar en él.
    Cuando el propietario no haya perseguido, o cese de perseguir el enjambre dos días consecutivos, podrá el poseedor de la finca ocuparlo o retenerlo.
    El propietario de animales amansados podrá también reclamarlos dentro de veinte días, a contar desde su ocupación por otro. Pasado este término, pertenecerán al que los haya cogido y conservado.”

    Fijaos que, según establece, cualquiera podría apropiarse de un perro o gato ajenos, con tal de que hayan pasado veinte días desde que al pobre animal lo “ocupó” otra persona. Absurdo hoy día, ¿verdad?

    En lo que se refiere al maltrato a los animales, la evolución de nuestro ordenamiento la podemos ver en la reforma del artículo 337 del Código Penal, que introdujo el delito de maltrato animal. Antes, causar la muerte o graves lesiones a un animal se consideraba un mero “daño a la propiedad”. Se castigaba el menoscabo económico que sufría el dueño del animal. Esta reforma, tan necesaria, se produjo en 2004, hace nada. Y posteriormente se ha vuelto a reformar este artículo para endurecerlo. Así que no, tampoco sirve el argumento de que algo, como está contemplado en las leyes, está fuera de toda discusión. ¡Todo lo contrario!

    Para terminar, atención a lo que dice el apartado 4 del artículo 337: “Los que (…) maltrataren cruelmente a los animales domésticos o a cualesquiera otros en espectáculos no autorizados legalmente, serán castigados (…)”. Sí, hoy es legal maltratar cruelmente a animales en “espectáculos autorizados”. Esperemos que no pase mucho tiempo hasta que la sociedad y la ley evolucionen, y deje de serlo.

    ¡Un saludo!

    Responder
    1. Totalmente de acuerdo con Entropía , imposible expresarlo mejor: la sociedad acostumbra a crear normas sociales que acaban convirtiéndose en leyes cuando una minoría consigue transformar el cambio en objeto político. Es la distancia entre legitimidad y legalidad.

      Salvo involución inesperada, creo que la tauromaquia tiene las décadas contadas. Los agujeros temporales como el de Tordesillas, es otro cantar. Ni Franco pudo con tamaña cerrazón.

      Responder
    2. Dices: Sí, hoy es legal maltratar cruelmente a animales en “espectáculos autorizados”.”

      Eso es exactamente lo que quiero decir en mi comentario más abajo: ¿el problema de las corridas es EXCLUSIVAMENTE que se trata de un ESPECTÁCULO? ¿Si se hicieran a puerta cerrada ya no serían un problema? Si el problema es REALMENTE el sufrimiento del toro, ¿por qué el movimiento antitaurino no plantea NADA en lo que se refiere al sufrimiento de otros animales para consumo?

      Responder
  19. Me sorprende que la discusión se centre exclusivamente en el sufrimiento del toro en la plaza, mientras se ignora el de los animales que se crían para el consumo, porque ambos son un hecho. ¿Acaso sólo se discuten las corridas porque son visibles, mientras que los mataderos no? ¿Se da por supuesto que ser antitaurino equivale a ser vegetariano? ¿Por qué corridas y granjas de pollos se entienden como cosas distintas? ¿Qué pasa aquí?
    No sé… Estoy de acuerdo con que llamemos tortura a las corridas, pero me parece que si queremos ser empáticos con los toros deberíamos serlo con otros animales, ¿o no?

    Responder
    1. Yo me alegro de que la discusión se haya centrado en eso, porque en este artículo quería limitarme a hablar de la tauromaquia. Ya escribí otro sobre la caza en el que nombraba de pasada el tema de la alimentación, pero creo que es mejor enfocarse en un tema, abordar las cosas de una en una para poder profundizar.

      Por supuesto, el asunto de la cría de animales para consumo humano, de los mataderos (terrible) daría para otra entrada, pero no sólo: de la tortura de los animales también podemos sentirnos culpables por usar cosméticos, por la ropa que vestimos…

      Yo entiendo las corridas y las granjas de pollos como cosas distintas (aunque sé que hay mucha gente que no opina igual) por una cuestión fundamental: la diferencia entre matar animales para alimentarse y hacerlo por diversión.

      No sé «el movimiento antitaurino» (supongo que habrá gente que se centre únicamente en luchar para abolir la tauromaquia, y no lo veo mal), pero la gente de PACMA, que son los que más ruido han hecho contra el Toro de la Vega, también protestan por el trato que reciben los animales que van a ser sacrificados para consumo humano.

      Un saludo, amiga.

      Responder
      1. Recibida y entendida la aclaración, Salva. Sin embargo, persisto y puntualizo.

        Dices: “…la diferencia entre matar animales para alimentarse y hacerlo por diversión.”

        Los toros de lidia no se tiran a la basura una vez muertos, también sirven para alimentarse (el toro de lidia es una especialidad culinaria) y se aprovecha su cuero. Por tanto, no se matan POR diversión, sino CON diversión. Es un matiz importante, creo yo.

        ¿Que está mal matar CON diversión, aunque sea para comer? Probablemente. Es lo que señalo en mi primer comentario (http://votaycalla.com/toros-de-sombra-sol-y-muerte/#comment-21021), verbigratia, en estricta coherencia con la empatía con el animal que muere para darnos de comer, deberíamos crear un rito de perdón y agradecimiento (estoy hablando totalmente en serio), en lugar de espectáculos públicos por un lado, o tétricos lugares de cría y sacrificio silenciosos.

        Por cierto, la cría de toros bravos ‘entre algodones’ (es un hecho), no sólo garantiza su espectacularidad en la plaza, sino la calidad de su carne. Es decir, no estoy ‘tocando las narices’ saliéndome del tema por deporte, sino planteando dudas directamente relacionadas con las corridas de toros: si empatizamos con el ‘morituri’ en la plaza QUE NOS VAMOS A COMER (‘edeturi’), qué pasa con los demás seres vivos que TAMBIÉN consumimos pero que ni mucho menos se crían al aire libre ni con los mejores pastos.

        Lo siento, Salva, pero tenía que insistir.

        Un beso

        Responder
        1. Nada que disculpar, sólo faltaba. Si en lo esencial estamos de acuerdo: yo también pienso que la forma en que ahora mismo tratamos a gran parte de los animales de los que nos vamos a alimentar es un disparate, y no sé si un rito (que no me parece ninguna ridiculez, soy bastante «hippie» para estas cosas), pero deberíamos cambiar radicalmente en este aspecto, mejorar, independientemente de que hacerlo de otra manera pudiera ser más caro, que es la excusa que ponen siempre los fríos de corazón.

          El toro se mata en la plaza (o en Tordesillas) por diversión, por la misma razón que los cazadores matan conejos o elefantes. Que luego el animal muerto se coma o no, para mí es irrelevante. Peor sería que tiraran los toros a la basura, desde luego, pero una cosa no quita la otra. Que se mate (o, simplemente, se torture) por ocio, es un agravante.

          No tiene nada que ver con la visibilidad. Aunque los mataderos estuvieran en el centro de las ciudades y tuvieran paredes de cristal, sigo viendo una diferencia notable ahí. Digamos que una cosa la veo mal (con la consiguiente disonancia por mi parte por no ser vegano), y la otra mucho peor.

          Ah, sé que lo sabes, pero que conste que en ningún momento he pensado que «tocaras las narices», ¿eh? Tus reflexiones son siempre muy bienvenidas por aquí 😉

          Responder
  20. Olga, estoy de acuerdo con lo que dices. No pretendía referirme sólo a los toros, sino a todos los animales, también a los que se matan para alimentación, calzado, etc, porque la discusión trataba acerca de si el ser humano debe o no aprovecharse de los animales, en general. Mi opinión es que, dado que el ser humano actualmente tiene recursos y capacidad para desenvolverse y sobrevivir sin que ello implique sufrimiento y muerte para los animales, también tiene la obligación ética de hacerlo o, cuando menos, de minimizar cuanto esté en su mano el impacto que genera en los animales.
    Un saludo 🙂

    Responder
    1. “Buena parte de los socialistas españoles (9 de 14) han rechazado la propuesta [de quitar las subvenciones a la tauromaquia]”.

      Algo es algo, estoy con David, aunque no sé quién es ese tal “Cholo” (que síííí, el entrenador del Real Madrid).

      Responder

¿A ti tampoco te callan?

Tu dirección de correo electrónico NO será mostrada.