Esos sádicos bajitos

Hace poco Celia nos dejó un comentario que, como Vota y Calla se retroalimenta de sus lectores, en buena medida ha dado lugar a esta entrada.

Hoy me quito la mordaza para confesar el maltrato al que sometíamos a los niños con discapacidad intelectual en el colegio (en el mío, al menos, y sé que no era el único) a finales de los 80 y principios de los 90.

 
 
 

Esos sádicos bajitos

 

En mi clase había una chica con síndrome de Down. Se llamaba Rosi.

Cada clase tenía a alguien, si no con esta, con algún tipo de discapacidad intelectual (recientemente la RAE ha accedido a la petición de dejar de definir el síndrome de Down como enfermedad: ahora es una «anomalía congénita»). Los de la clase A tenían a Fabio, los de la B, a Martos.

Rosi era mayor que nosotros, supongo que el colegio lo hacía así para intentar compensar su retraso. Cuando teníamos 10 años, en 4º de EGB, ella cumplía 15 o 20.

Esta diferencia de edad añadía inconvenientes a la ya difícil convivencia con el resto de niños.

Rosi no era feliz. Por lo menos, en clase. La recuerdo sentada aparte, en un pupitre demasiado bajo y estrecho para ella, haciendo tareas de niños pequeños, intentando colorear sin salirse de los márgenes del dibujo o siguiendo con el lápiz la línea de puntos, restregando la goma de borrar con más energía de la necesaria cuando fallaba.

A veces la sentaban con alguno de nosotros, pero nadie quería ser su compañero. Tenía costumbres como la de limpiarse los mocos con el dorso de la mano y dejarlos secar allí.

Las niñas no jugaban con ella. Los recreos se los pasaba sola en el patio, o se quedaba en clase masticando su enorme lengua, sus ojillos asiáticos casi siempre tristes.

Y cuando no estaba sola era peor, porque la machacábamos. Nos reíamos de ella por su tartamudez o por su físico.

Estaba bastante gorda. Ya sólo por eso hubiera sido una presa fácil sin necesidad del síndrome de Down, pero es que además, al ser mayor, mientras que las chicas de nuestra clase tenían el pecho más o menos igual de abultado que nosotros (excepto la típica que se había desarrollado antes, y que también tenía que cargar con su diferencia), ella tenía unos pechos enormes que nos llevaban a meternos con «las tetas de la Rosi».

Un día se hartó y le pegó a un chico que se debió de exceder con las burlas. Me acuerdo como si fuera ayer, el niño tumbado bocarriba en el suelo y ella encima, a horcajadas, dándole guantazos (físicamente era mucho más fuerte que el resto). Los demás la jaleábamos entre risas, «le está pegando con la mano de los mocos».

En nuestro descargo, sólo puedo decir que nadie nos había explicado lo más mínimo sobre su discapacidad. Nos la encontramos ahí, como un cuerpo extraño que hubiera brotado en la clase.

Estoy seguro de que si los profesores nos la hubieran «presentado», como hacían cuando venía un chico de otro colegio a mitad de curso, queremos que lo tratéis bien y lo integréis en el grupo, si hubieran hecho algo así con Rosi, la cosa habría sido bien distinta.

 
 
 

Julianico el Babas

 

En mi clase había otro niño retrasado, Julianico el Babas. Al contrario que a Rosi, físicamente no se le notaba nada raro. No parecía diferente, al menos en un primer momento.

Estaría bien poder borrar ciertos archivos de la memoria. En realidad, aunque se pudiera no lo haría, sé que son convenientes para no repetir errores. Pero a veces te atormentan.

Recuerdo con vergüenza y culpa que Julianico solía cubrirse instintivamente cuando alguien pasaba por su lado, y esto por lo acostumbrado que estaba a que sólo se acercaran a él para pegarle. No hablo de palizas sino de collejas, pescozones, empujones, puñetazos en el hombro.

También era mayor que nosotros, podría haberse defendido fácilmente. Pero no lo hacía.

 

imagen Hodor, Juego de Tronos, niños crueles colegio, discapacidad intelectual, bullying, síndrome de Down

 

Me he preguntado a menudo por la causa de este sadismo. Puede que fuera una manera de contrarrestar la inseguridad propia de la edad, de reforzar la autoestima: si otro está peor que tú, es que tú no estás tan mal.

O una forma de sentirse parte del grupo a costa de acosar al diferente.

O la manida «crueldad de los niños». A saber. Se lo dejo a los psicólogos.

 

Los profesores, como al chaval del que os hablaba hace unos días, tampoco lo trataban bien, no tenían con él la más mínima paciencia.

 

Curiosamente, no me viene la imagen de Julianico babeando, aunque si le pusimos ese mote, sería por algo. Lo que sí me viene es su sonrisa: siempre estaba sonriendo, incluso cuando le pegaban. Una mueca idiota y perenne, como si alguien la hubiera dibujado en su cara.

Un día estábamos en el campo de tierra de la parte trasera del colegio. Entonces a los críos nos daba por correr y saltar en el recreo, no habían llegado aún las pantallas LED para hacernos inclinar la cabeza respetuosamente ante la tecnología, en decorosa inmovilidad.

Julianico andaba por allí, estorbando, pues igual que Rosi era excluida de los juegos de las niñas, a él no lo dejábamos participar en nuestros partidos. Ni siquiera de portero.

Algunos le gritaban que se quitara de en medio. Él se iba pero al rato volvía, como un perro que no se separa de su amo por muy mal que este lo trate.

Mi mejor amigo y yo escuchamos voces desde la calle. Era una mujer que hacía signos para que nos acercáramos. Eso hicimos.

Hablando así, a través de la valla, como mejicanos en la frontera, dijo ser la madre (¿o era la abuela?) de Julianico.

Tenía un aspecto peculiar, despeinada y cubierta con ropa vieja. Pero lo que recuerdo con más viveza es una cara de angustia y un tono de ruego. Eso nos chocó. En aquella época era inédito que un adulto te pidiera algo. Los niños estábamos en el último peldaño de la escala social, nos movíamos a base de órdenes. Que un adulto te pidiera, casi te implorara, en este caso, un favor, era tan inaudito como ver llorar a un padre.

Con sus manos aferradas a la valla, nos suplicó con voz lastimosa que cuidáramos de su Julián. Que nos veía buenos niños y que le protegiéramos para que no se portaran mal con él.

Algo hizo clic en dos pequeños cerebros. Mi amigo y yo le respondimos que sí inmediatamente, que no se preocupara.

Nos lo agradeció a la manera de ciertas mendigas cuando les das una moneda, que te abochornan porque su gratitud sobrepasa con mucho tu miserable limosna: Dios te lo pague, hijico, que el Señor te bendiga…

Regresamos al campo ordenando entre gritos que dejaran tranquilo a Julianico. Podíamos permitírnoslo porque mi amigo era el más alto y fuerte de la clase.

Nos creímos importantes, justicieros luchando por una buena causa. Pero después, aquella defensa del débil nos hizo sentir bien de otra forma que no habíamos esperado. Esa manera de actuar era la correcta, siempre había sido la correcta, ni siquiera tenía que ver con ayudar a una mujer. Al hacerlo se sabía, como se sabe al encajar una pieza del puzzle en su sitio o cambiar unas zapatillas estrechas por otras de tu talla.

Era tan fácil como eso: cuestionar la inercia social, poner en duda el orden establecido, darse cuenta de que el modo en el que habían funcionado las cosas hasta entonces no tenía por qué continuar.

Vimos por primera vez en Julianico a una persona como nosotros. Su madre nos quitó la telilla de los ojos. Comenzamos a empatizar y nos horrorizó lo que sentimos desde ese otro cuerpo. Hacía frío, allí.

Me aprietan los remordimientos cuando imagino a esa mujer, que posiblemente no fue nunca bien atendida por los profesores, acudiendo al colegio a la hora del recreo para ver con dolor e impotencia cómo su hijo era el centro de las humillaciones un día tras otro, debatiéndose junto a la valla entre atreverse a hacer lo que finalmente hizo o dejarlo pasar, por si podía ser peor el remedio que la enfermedad.

Tal vez le aconsejara en casa a Julianico que se defendiera, o que le pidiera ayuda a los profesores, o que tratara de hacerse amigo de sus maltratadores, mientras él la miraba con una sonrisa alelada, asintiendo con la cabeza.

 
 
 

Necesitamos una Educación para la Ciudadanía en las aulas

 

Espero que las casi tres décadas transcurridas desde esto que os cuento hayan sido de avance, y del mismo modo que se ha mejorado mucho en el respeto y la normalización de las distintas sexualidades (parecer, sólo parecer homosexual en el colegio en aquella época era una condena), se enseñe a los niños tolerancia, solidaridad, que se les eduque en valores y no se les trate sólo como contenedores en los que introducir datos. Que se les forme para ser buenas personas.

Pero tengo serias dudas.

Si unas breves palabras de una madre consiguieron sensibilizarnos, imaginemos cómo habría mejorado la vida para todas las Rosis y Julianicos si hubieran dedicado unas horas a la semana a enseñarnos a vivir en sociedad, a respetar al prójimo, a no temer al diferente, a cuidar la naturaleza. Si nos hubieran prevenido contra el racismo, el machismo

Según tengo entendido, algo así pretendía la asignatura de Educación para la Ciudadanía que incluyó en el plan de estudios el gobierno de Zapatero.

Pero la derecha y la Iglesia, que no está dispuesta a renunciar a la exclusiva del adoctrinamiento infantil (esas semillas dan ciento por uno), la boicotearon y la criminalizaron, sin dudar para ello en recurrir a mentiras como extraer fragmentos de otros libros que nada tenían que ver con los de texto, haciéndolos pasar por temario de la asignatura, creando alarma social con la complicidad mediática de siempre.

No usaron discursos del Subcomandante Marcos, pero casi.

Como era previsible, el PP se cargó Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, que ese era su nombre completo, en cuanto llegó al poder. Otro apartado brillante en el currículum del ministro Wert.

Pues bien: urge incluir algo semejante en el sistema educativo y asegurarse de que se quede ahí, como las Matemáticas, con independencia de quienes calienten en cada ocasión la mayoría de sillones del Congreso.

 

Y ya que se ha abierto el turno de peticiones, ojalá Rosi y Julián hayan encontrado un lugar seguro en el que vivir y desarrollarse, un entorno protector y afectuoso, lejos de cafres como los del colegio.

 
 
 

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Imagen de cabecera: Fotograma de Los santos inocentes, película de Mario Camus basada en la novela de Miguel Delibes

 

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19 sin mordaza

  1. Propongo secuestrar a Salva y encerrarlo hasta que escriba un libro, porque tiene una pluma tan privilegiada que me ha tocado la patata esta vez.

    No recuerdo que en mi colegio hubiera alguien con alguna discapacidad, pero sí recuerdo que en el instituto (hablo del año 91-92) sí había algún alumno amanerado en alguna clase y no lo pasó especialmente bien. Recuerdo también que a un chaval argentino le tiraron un borrador desde unos 10 metros (de los de madera) a la cabeza, y cómo se arrodilló en el pasillo sujetándose la cabeza.

    En cuanto a los motivos, supongo que toda agresión tiene su base en el miedo: miedo a lo desconocido, a lo diferente, a que no te acepten, a ti mismo, a tu propia inseguridad, a tu falta de autoestima.

    Lo de la eliminación de la asignatura de Ciudadanía fue frustrante; como lo es ver todavía a esas familias unidas, a esos madres/madres coraje portando sus pancartas en manifestaciones pro-familia, diciendo que nadie adoctrina a sus hijos y ellos les dan los valores que les dé la gana, que para eso son SUS hijos. Como si fuera una propiedad. Si hay (hubo) una educación de Ciudadanía, en primer lugar es porque no están haciendo su trabajo como padres.
    No lo entiendo. ¿Qué tiene de malo que les enseñen valores como el respeto y la tolerancia? Eso es algo universal y necesario, no es algo subjetivo. ¿Qué tiene de malo? ¿Es simplemente porque lo ha promovido un gobierno “de izquierdas”? Ahí dejo la pregunta.

    Saludos!

    Responder
    1. SI, solo por eso. Hay gente que opina que algo está mal solo porque lo ha hecho tal partido. Sin pararse a pensar. De hecho, un señor, hablando sobre la negociación con el Gobierno de la financiación de Cataluña, hablaban también del abandono del hemiciclo por parte de los partidos catalanes, añadió: ¡Aún encima, Podemos les apoya! No sabían porque lo había hecho, solo tenían que saber que, como los hizo Podemos, era malo.

      Sobre el tema de la entrada, no se si el ser humano suele ser cruel por naturaleza, pero no se hace hincapié en enseñar ciertos valores. Aprende a sumar, aprende a leer, aprende un oficio… ¿Y aprendo a ser educado o a compartir? No, eso no. Eso no hace falta

      Twitter: @MigueIjr

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      1. El sistema educativo es anacrónico. Pero es más cómodo seguir la inercia, dejar las cosas como están.
         

         
        Eso por un lado. Y por otro, lo que hemos dicho muchas veces: que no les interesa una ciudadanía crítica.

        Twitter: @vota_y_calla

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    2. Jeje, gracias, David. Me pondré a ello, algún día me pondré a ello. Si sirve de excusa a mi procrastinación, que conste que ya tendría material para publicar uno de relatos. Pero ponte a buscar editoriales, envíalos… puff, qué pereza : D

      No llegué nunca a tener un libro de Educación para la Ciudadanía entre mis manos, pero visto que tenían que echar mano de burdas mentiras para descalificar la asignatura, no creo que estuviera tan mal.

      Los borreguitos siguieron el camino marcado por la premeditada polémica, por la «alarma social» teledirigida (como tantas que le montaron a Zapatero; como ha ocurrido después con Carmena), pero ninguno era capaz de concretar qué les disgustaba de la asignatura, más allá de repetir consignas de los medios como «adoctrinamiento», «sesgo ideológico»…
      Imagino que tampoco habían abierto uno de estos libros.

      Aquí la recomendación del Consejo de Europa que dio lugar a su implantación.

      Twitter: @vota_y_calla

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  2. toda la razón Salva! que habrá sido de aquellos chavales, yo en Carabanchel, recuerdo ¨al Martinez¨, eso era acoso y derribo todos los días, pobre chaval ahora que lo pienso.

    Un abrazo desde Shanghai
    pd: hoy me has ganado, mi bicicleta se llama Milana

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    1. Será que soy un antiguo, pero lo de ponerle nombre a la bici me ha matao, ¡jaja!

      ¡Un abrazo!
       
      P. S. Hostia, espérate, que acabo de entrar a tu blog y me he enterado de que te fuiste a Shangai ¡en bici! Tío, tú eres un crack.

      Vale, así lo del nombre ya no me parece tan raro xD

      Twitter: @vota_y_calla

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      1. gracias por el enlace a esa noticia en mi blog!
        si, llevo más de 50 mil kilómetros en 22 países.

        si ese enlace es un buen resumen, te dejo aquí también un link a una charla que realicé el pasado mes de febrero en Madrid http://ruedascuadradas.com/slowtraffic-madrid/
        la vida como un viaje!

        Llegue a Pekín en bicicleta desde Carabanchel en 2008 y en 2015 me mude a Shanghai, tambien en bicicleta.

        Las bicicletas, las avionetas y los barcos tienen nombre, no me digas por que?

        pd: ya nos conoceremos en persona, tengo una casa cerca de Murcia, en Guardamar.

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  3. Pues también tengo anécdota para lo contrario. Cuando estaba en primaria y tenía 6-7 años, de repente vino una compañera nueva. Tenía 3 años más que nosotros, pero ni idea de qué enfermedad padecía. Era de nacimiento, no lograba articular bien las palabras, se le entendía regular y tenía una mentalidad más infantil de lo normal. Hasta ese año ella había estado con los de su edad, pero era tal el rechazo que recibía que decidieron bajarla 3 cursos de golpe.

    A ella se le abrió el cielo, nuestra clase (quizá por ser más pequeños e inocentes) la aceptó muy bien. No solo no la apartábamos si no que intentábamos comprender su peculiar forma de hablar por si teníamos que “traducirle” algo que algún profesor, el kioskero de la esquina o cualquiera, no entendiera y ella no se viera en un apuro. Era la hija del conserje, de modo que vivía allí mismo en el colegio en un piso que estaba adosado al mismo. Le encantaba jugar al fútbol, como a mí, así que conectamos enseguida y aprovechábamos que teníamos la pista del colegio para nosotras solas a partir de que acabaran las clases de tarde y jugábamos hasta que no se veía el balón por la oscuridad.

    Yo siempre he tenido mucha empatía, de hecho con ciertos temas tengo una hiperempatía que me hace sufrir en exceso, pero eso es otro tema. Las clases especiales en el colegio eran sólo para los que tenían algún tipo de discapacidad o iban con retraso en clase. Mi caso era el opuesto, me evaluaron varios psicólogos y dijeron que era superdotada y que iba por delante entre 1 y 3 cursos en función de la materia, de modo que deberían haberme hecho saltar uno como mínimo, pero por aquel entonces no estaba permitido y tocó joderse por no ser niña rica y que mis padres me pudieran pagar el único colegio especial para superdotados que justamente estaba en la otra punta de España. Un día a alguna mente privilegiada se le ocurrió que yo debía entrar en esas clases extraordinarias para niños con alguna deficiencia aunque a mí se me tratara para lo contrario. Allí había desde Síndrome de Down hasta los típicos que son justitos y encima no les gustaba estudiar, pasando por el caso de M.A., mi amiga. Con una sola profesora, especializada en discapacidad, era evidente que a mí no se me hacía ni puñetero caso y a las 2 semanas descartaron el proyecto que tanto ingenio había requerido. Es paradójico que yo tuviera más edad mental que M.A. (con 4-5 años en parvulitos me pasaba los recreos jugando con los de 8º, de 13 añazos y cuando llevaba a casa al amiguito de turno mi madre se acojonaba a al ver que el amiguito ya casi tenía barba) y a la vez que congeniara tan bien con ella, pero siempre lo he achacado a eso, a mi empatía en general y a que yo, que desde pequeña fui alta y decidida, hacía de guardaespaldas de mis amigas para que los machotes no les pegaran. Conmigo no se atrevían, daba igual que midieran más que yo, mi carácter y saber defenderme les daba auténtico pánico; mi sentido de la justicia es muy extremo (tengo TLP) y ya lo demostraba desde pequeña.

    El caso es que, como comenté en el anterior post, con 11 años mis padres decidieron que dejara toda mi infancia y me fuera a un sitio donde no conocía a nadie, a un colegio concertado católico y pijo y justo cuando las niñas empezamos a cambiar mucho hacia la adolescencia. Era una edad clave que me hizo pasar de ser líder, espontánea, alegre y libre a ser tímida, sentirme rechazada por venir de otra comunidad autónoma con un acento diferente, por que mis padres no tuvieran tanto dinero y clase como los de mis compañeros (uno de ellos era hijo del director y otro del ex director que era profesor nuestro, por ejemplo). Cambié completamente y quizá por eso no defendí a J.R. como buena justiciera que era, allí era el último mono y no tenía voz ni para mí, como para tenerla para otros.

    M.A. me echaba mucho de menos porque, aunque había 3-4 amigas más con las que salíamos, ella siempre tuvo un cariño y un vínculo muy especial conmigo. Hace 5 días me escribió por Whatsapp, ya que seguimos en contacto aunque sea levemente y las escasas veces que voy al pueblo a ver a mi familia suelo pasarme al menos una tarde con ella. Me envió una imagen en la que había varias amigas riéndose entre ellas con cariño y que decía: “¿Sabías que si una amistad dura más de 7 años, los psicólogos aseguran que durará toda la vida? En su mensaje comentaba: “Hola Celia, probablemente no hayas visto lo que he publicado en Facebook porque sé que apenas lo usas, así que te lo envío por aquí. Te he etiquetado porque tú eres mi amiga número 1. He puesto, para mis mejores amigas. Casi 25 años de amistad. Gracias por todo, os quiero”.

    Me emocionó mucho que a pesar de llevar ya casi 14 años emancipada en Madrid y que voy en raras ocasiones a un pueblo que ni es mi sitio ni me agrada, sólo es porque casi toda mi familia vive por allí, y que ella tiene más contacto con las otras amigas, me siga considerando, a mí precisamente, como la nº1. Me empezó a contar recuerdos de nuestros juegos y yo, que la memoria a corto plazo la tengo seca pero con la de largo plazo tengo hasta imágenes en mi cabeza de cosas que hice con 5 años, también le recordé otras anécdotas.

    Nunca la menosprecié, jamás me burlé de su forma de hablar aunque yo a los 11 meses, cuando ya daba mítines en casa, casi lo hacía con más dicción que ella a los 11 años, nunca la miré por encima del hombro ni le reprochaba que siempre quisiera hacer las tareas y manualidades grupales o por parejas conmigo fuera de clase y obviamente era yo la que cargaba con el peso de la tarea. Pero es que lo que hice no tiene ningún mérito, no me costó nada adaptarme a ella y sentirla como alguien a quien proteger y subirle la autoestima, como a una igual diferente, por oxímoron que parezca eso.

    Ahora nuestras edades mentales están más lejos que nunca. Ella tiene madurez de adulta para cosas muy concretas, pero en general se ha quedado en la adolescencia. Yo, a mis 32 llevo más de una década trabajando y buscándome la vida en una ciudad desconocida, tengo más anécdotas e historias vividas que muchos jubilados de 70 años, he pasado por mil cosas y, si ya antes era madura, al venirme aquí una semana después de acabar la selectividad, sin piso, sin trabajo y sin saber siquiera cuánto costaba de media un recibo del agua, terminé de madurar de una hostia. Pero cada vez que voy a verla me adapto, sé que vive de los buenos recuerdos de su infancia conmigo, sé que por más veces que contemos tal anécdota ella la vive como si fuera la primera vez que la escuchara. Sé, y me apena, que apenas tiene vida propia porque las amigas, aunque siguen en el pueblo, se han casado, han tenido hijos, tienen su vida y ella se ve metida en casa con sus padres cuando va a cumplir 36 años y sabiendo que no tiene más futuro que pasar un día igual que el anterior. Por eso no me molesta que me cuente por enésima vez como conseguimos hacer esos pececillos de papel y pegarlos a la cartulina para hacer un fondo marino, que me reitere cómo los niños pasaron de reírse de mí a respetarme en cuanto les demostré que era capaz de darle 67 toques seguidos al balón y ellos no llegaban a la mitad o de meter más goles que nadie, porque mis triunfos también fueron suyos. Ya no era la niña rarita que jugaba sola al fútbol, tenía una compañera que sacaba la cara por ella y más les valía no llevarme la contraria porque se me rifaban para su equipo (En Ciudad Real me pasé al baloncesto de forma un poco ya “profesional” con liguillas regionales y eso, pero mi infancia en el fútbol fue lo que acostumbráis a recordar los hombres de cuando erais niños, exactamente igual solo que teniendo que demostrar más cosas por ser de otro género).

    Buena parrafada de nuevo Salva, vas a tener que acortar los caracteres de los comentarios porque me lío y no suelto el teclado. Sólo quería hacer ver la otra cara de la moneda, que es mucho menos común, pero existió.

    Abrazos a los sufridores lectores (shame, shame)

    P.D.: Salva, si quieres tener una aproximación a lo que es el TLP, en Wikipedia hay una de las mejores explicaciones, el artículo es muy largo y a trozos bastante técnico, pero aporta cosas importantes. Si lo lees acabarás con una sensación de “es una compilación de muchas otras enfermedades mentales, es un puto lío, cada TLP es distinto a otro TLP [eso es cierto ] y es relativamente nuevo, poco estudiado y demasiado general”, pero algo entenderás de lo que va y aún más entenderás lo complicado que puede ser para mí explicarle a alguien lo que tengo diagnosticado, me es imposible el 99% de las veces hacerlo.

    Twitter: @beingcelia84

    Responder
    1. Me ha alegrado leer tu historia de los 6 años, y saber del buen trato que le disteis a tu compañera futbolera («hasta que no se veía el balón por la oscuridad»; es verdad, así era).

      Siempre hay un yang, y es bueno que se sepa.
       
      Así que como eras superdotada, te metieron en una clase de niños discapacitados. Pues sí, quien tomara la decisión era una lumbrera.

      Qué bueno que sigas en contacto con M. A. (leído así, parece que fuera el de la serie).

      Yo no conté cómo terminó «Mowgli» porque es muy triste.
       
      Sin tener claro en qué consistían, pensaba que el Trastorno Límite de la Personalidad y las personas borderline eran cosas distintas, ya ves.

      Pues no, fácil, lo que se dice fácil para explicar tu enfermedad (parece que la Wikipedia la considera como tal), no lo tienes.

      Veo que hablan de que Jim Morrison también pudo tener este trastorno. Aunque a saber.
       
      No eres la primera que se explaya a gusto por aquí. Es algo habitual, y no creo que a nadie le moleste, al contrario. Seguro que los demás han disfrutado tanto como yo con tu comentario/artículo.

      De estos, los que quieras.

      Twitter: @vota_y_calla

      Responder
      1. Es que es lo mismo “borderline” pero como lo entienden los americanos. Aquí borderline es tener menos CI que la media, de ahí que los términos se confundan en función de si lo dice alguien que entiende el TLP o cualquier cuñao. Jim Morrison y un 2% de la población que la padecemos, aunque no vendemos como un autista, un Down o similares porque nos dejan en la sombra y hay un desconocimiento absoluto sobre ésto. Hay médicos (no psiquiatras obviamente) que me han llegado a preguntar, ¿esto es lo de la personalidad múltiple esa, no?

        No solo es que parezca que no la tenga, es que podrías pasarte años hablando cara a cara conmigo y no sabrías que la padezco, es algo bueno en parte porque no te discriminan al notarlo rápidamente, pero tremendamente malo cuando se piensan que tu aparente normalidad es real y cuando “se te va la pinza” (por decirlo de alguna manera) no empatizan nada, te machacan. Yo he trabajado más de 10 años en seguridad y ninguno de mis cientos de compañeros y decenas de jefes se dieron jamás cuenta, pero todo lo vas llevando dentro y cuando estallas puede ser catastrófico. A veces le digo a la gente que cuando, cara a cara, me dice “pues no se te nota nada, TODO LO CONTRARIO”, ¿creéis que me regalaron un carnet con 65% de discapacidad únicamente aduciendo TLP sólo por mi cara bonita?

        No le deseo ni a Esperanza Aguirre pasar un sólo día dentro de mi cabeza, es una auténtica tortura china. Yo estoy en la parte más alta de la tabla 2 de la Wikipedia, pero ni los rasgos generales ni el resto de lo que dice la tabla tienen nada que ver con lo experimento, salvo alguna cosa muy concreta que dice sobre el “histeroide”. Nunca he disociado, ni escuchado voces ni pseudoalucinaciones ópticas y acústicas ni mil estupideces que ponen ahí, pero mi diagnóstico es muy extremo, rara vez te conceden esa discapacidad solo por ser TLP, te lo aseguro. Casi todo se puede resumir en me afecta más de lo normal cualquier cosa (buena o mala), tengo un sentido de la justicia extremo, soy impulsiva y a la vez planifico cantidad, aprendo rápido para cometer lo que yo considero errores en, bueno, ya sabes a que me refiero (yo hablo muy abiertamente del tema pero hay gente a la que le da pánico solo de leerlo) y soy como una bomba con la mecha permanente encendida. Pero no, no se me nota y cada día menos, porque soy la mejor actriz del mundo y un camaleón que se adapta a quien le habla. De hecho se me nota más escribiendo que en vivo y en directo, porque en el teclado me desahogo más que en mi vida real.

        Mi pareja tuvo que leer mucho y acudir a especialistas para entenderlo bien y aprender a tratarme, ya que es el único que sabe realmente lo que es vivir conmigo. Al principio hacía lo que los demás, echarme más culpa, cuando aprendió lo que es ésto empatizó y ahora sabe tratarme. Casi nadie de mi familia lo sabe, porque he aprendido que si lo cuentas y esa persona no está dispuesta a informarse muy muy bien sobre el tema, te acaba tratando con paternalismo, cambia su percepción de ti y se convierte en un magufo de mierda. Así que cara a cara sé quién puede entender y quién va a tratarme como a una menor de edad (tengo un 6º sentido que rara vez falla). On line me la sopla, tengo un impermeable estupendo que he ido tejiendo con los años y lo cuento sin miramiento alguno. El anonimato para expresarte hace que cuando hablas de forma abierta puedas hacer una buena criba de “amistades”. Ya ves que en mi perfil de Twitter las 2 primeras cosas que pongo podrían ser bastante duras para darlas a conocer a cualquiera que lo visite, pero te aseguro que a mí hace mucho que pocas personas pueden dañarme y ninguna más que yo.

        Gracias Salva, a veces viene bien soltar lastre. Un abrazo.

        P.D.: Nunca he sido superdotada por más que lo dijeran lo psicólogos, solo he sido un poco espabilada, pero no tengo coco para gran cosa excepto si va contra mi propia persona, ahí soy MacGyver 😉

        Twitter: @beingcelia84

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  4. Mira que te ha dado fuerte por hablar de las aulas últimamente!!! Me vas a dejar sin temas…

    Si me lo permites, voy a hablar desde mi (todavía breve) experiencia profesional. Aunque mis chicos ya no son precisamente niños.

    En primer lugar, la Educación para la ciudadanía, si bien como idea era excelente, no siempre tuvo el resultado esperado. El año pasado estuve dando clase en un aula de PMAR (que viene a ser un itinerario alternativo para terminar la ESO) en la que había muchos alumnos inmigrantes. Uno de ellos, maduro y centrado como pocos a sus 16 años, me estuvo diciendo que para qué servía la asignatura de ciudadanía, qué sentido tenía leer en un libro que no hay que ser racista si el profesor lo era y a él, que es colombiano, le trataba peor que a otros. Lo que quiero decir es que el ser humano aprende más imitando que de ninguna otra forma, sobre todo en lo que a valores se refiere.

    En cuanto a tu esperanza de que las cosas hayan cambiado, te diré que, se ha conseguido que los ACNEEs (alumnos con necesidades educativas especiales) no sean objeto de burla, a veces los chicos incluso los protegen, como cuentas que hacías tú, pero a menudo les tratan con cierta condescendencia, cierto paternalismo, y distan mucho de incluirlos en el grupo como iguales. La actitud de los profesores afortunadamente sí que ha cambiado, estamos más formados y más concienciados para atender a la diversidad (me encanta colar términos educativos jajajaja) y también existen más medios, profesorado especializado, etc.

    Espero que sirva este testimonio real. Por cierto, me ha emocionado mucho la entrada, se nota un montón cuando te abres y escribes desde el corazón.

    Twitter: @bsacopalabras

    Responder
    1. Claro, es que escribiendo sobre política pura y dura es difícil abrirse. Acaba uno pringado de porquería.

      No sé si Educación para la Ciudadanía se hizo bien (voy a ver si me consigo un libro de texto). Si tenía fallos, pues que se corrijan, pero una asignatura así es necesaria.
       
      Esto era algo que os iba a preguntar, pero ya me has respondido: tenía la duda de si los niños con necesidades educativas especiales continúan siendo siendo «integrados» en clases comunes, o van todos a centros con profesorado especializado.

      A las dos posibilidades les veo pros y contras. Por mi parte, si fueran mis hijos, preferiría que fueran a clase con los niños sin discapacidad, pero claro, de forma distinta a como lo hacían en mi época.

      Pero hace unos años estuve de voluntario en un centro de chicos autistas, y me quedé con la idea de que a esos chavales les faltaba relacionarse con otros de su misma edad que no tuvieran su trastorno. Aunque ya sé que es difícil.
       
      Eso es lo que yo quería, que las profes dierais vuestro testimonio de primera mano. ¡Muchas gracias!

      Twitter: @vota_y_calla

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      1. Pues hay coles de educación especial y hay niños con necesidades especiales en los coles ordinarios, ciertas asignaturas las hacen con todos, otras con los profes de educación especial. La elección del centro es, en último término, de los padres, pero los profesores, orientadores y demás personal suelen orientar (valga la redundancia). No estoy suficientemente enterada como para decirte cuáles son los criterios, pero supongo que la capacidad para comunicarse, una cierta autonomía y ese tipo de aspectos son los que se tienen en cuenta a la hora de asesorar a los padres. Yo con los que he tenido, he sentido que me faltaban herramientas para darles el 100% de lo que necesitan, la verdad. Estuve en un instituto que era centro de referencia para TEAs (trastornos de espectro autista) y había bastantes para ser un centro de secundaria ordinario.

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  5. Ante todo, enhorabuena por el artículo. Tan bueno como el resto de los pocos que me ha dado tiempo a leer (prometo ponerme al día en julio, cuando deje la dirección).

    No sé si he dicho por aquí que soy profe y, en este momento, directora de un instituto público de secundaria, así que estoy en contacto a diario con la realidad del trato de “la mayoría” a “los diferentes” en las aulas y, lo más complicado, fuera de ellas: en los recreos, en los pasillos, en las entradas y salidas, en todos esos tiempos y espacios de impunidad; es en esos lugares y momentos donde se mide realmente la calidad de la convivencia y la mayor o menor repercusión de lo que creo que, por suerte, en la actualidad, la mayoría de los educadores nos esforzamos por transmitir. Estoy firmemente convencida de que los centros públicos son, a día de hoy, la mejor garantía de una igualdad de oportunidades real (al menos hasta donde la propia realidad lo permite); a nuestras aulas llega alumnado de toda clase (menos de una, esa siempre se equivoca y manda a sus cachorros a la privada privadísima, ni concertada ni nada) y de toda condición (económica, social, familiar, sexual, étnica, intelectual…) así que no nos ha quedado mas remedio que esforzarnos por “cuidar” la convivencia. Quiero decir con esto que ahora ya no se trata de que en clase haya “uno o una diferente”, ahora cada aula es un crisol de diferencias y eso, aunque complica algunas cosas, creo que juega a favor de “los mas diferentes entre los diferentes”.

    Desde luego, sigue habiendo acoso escolar, pero no creo que haya más que antes, simplemente, ahora se sabe y se combate, antes era parte de la realidad y punto. Y es cierto que el puñetero móvil nos complica algo la vida en este tema. Por cierto, en mi instituto no se puede encender el móvil en ningún momento, ni en los recreos… y los chicos y chicas corren, juegan al fútbol y al ping-pong o charlan, igual que sucedía hace años en tu colegio. Nos costó un poco, las primeras semanas requisábamos diez o doce móviles diarios (tenemos 400 alumnos), hoy en día rara vez pasan de uno a la semana. Vamos, que en los recreos no les queda mas remedio que convivir y relacionarse. Y sí es cierto que a veces hay grupos que no se lo ponen fácil a algún chico o chica, pero también es cierto que en general el profesorado está atento e interviene, tenemos departamentos de orientación que, si funcionan bien (como en el caso de mi centro), son fundamentales en estos temas, hay equipos de mediación integrados por alumnado previamente formado… Un mundo que antes era absolutamente desconocido. La asignatura de Educación para la Ciudadanía era un medio más para que los chavales aprendieran valores de convivencia y es una pena que la hayan fusilado, pero, aún sin ella, se sigue haciendo mucho.

    Tu relato de cómo la madre de tu compañero te despertó la empatía da en la diana: esa es la clave para que los matoncillos y los que jalean y aplauden cambien de actitud radicalmente.

    Un ejemplo: hace unos días nos enteramos de que a un chaval un tanto especial otro mayor que él lo estaba animando a hacer ciertas tonterías en el bus escolar para reirse (todos) de él. El autobús escolar es el espacio de impunidad por excelencia, ya que en secundaria no viajan con mas adulto que el conductor que, lógicamente y por suerte, va a lo suyo. Pues bien, llamamos al despacho al “agresor psicológico” y tuvimos una charla con él, simplemente le dijimos que se pusiera en el lugar de su compañero y pensara cómo se sentiría. Al cabo de cinco minutos no sabía dónde meterse ni cómo disculparse; sin sugerírselo nosotros, nos dijo que no nos preocupáramos, que a partir de ese día no sólo no iba a volver a molestarlo, sino que se iba a encargar de que nadie lo hiciera. Y así ha sido. Y como este ejemplo, podría contar cientos. A veces basta una charla, a veces hay que ponerlos en situación y que escriban cómo se sentirían, a veces es necesario “obligarles” a escuchar el relato de la propia víctima…, técnicas hay muchas, pero sólo tienen éxito si logran despertar en los agresores esa empatía; todo lo demás (broncas, sanciones, etc), pueden ser necesarias a veces para acabar con la sensación de impunidad, pero no sirven de nada en lo que a cambio de actitudes se refiere, eso sólo se consigue con ese “clic” del que hablas, que no es mas que hacerse consciente y horrorizarse de la inmundicia propia y del dolor del otro.

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    1. Siempre digo que lo mejor de Vota y Calla son sus lectores, y los comentarios que os estáis marcando en esta entrada lo demuestran.

       
      Imagino que ahora tiene que haber menos acoso escolar que antes, aunque sólo sea porque se ha normalizado la convivencia con personas de otra raza o de otra tendencia sexual (en mi infancia, un negro todavía era algo «exótico»).

      Claro que, por otra parte, los cotilleos malintencionados y esas cosas habrán empeorado por culpa de las redes sociales.

      Hablando de esto, lo de obligarles a apagar el móvil al cruzar la puerta del instituto, ¿es una medida habitual, extendida también por otros centros?

       
      Tómatelo con calma, que son tres años de artículos, no te los vayas a leer todos de golpe que me acabarás aborreciendo : D

      Twitter: @vota_y_calla

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  6. Lo cierto es que lo de los móviles apagados en el recinto no es habitual en otros centros, al menos en los que yo conozco. De hecho, otros directores y directoras me dicen que “es imposible” y que es una batalla que han dado por perdida, que se conforman con que no lo usen en clase. En el instituto de mi hijo pequeño, por ejemplo, en el recreo les permiten usarlo, me da mucha pena.

    Es cierto que el tamaño y la estructura de mi instituto facilita las cosas (430 alumnos y edificio sin corredores, de arquitectura “carcelaria”, aunque suene fatal, pero es lo que mejor os puede dar una idea de la estructura: un gran vestíbulo y dos plantas superiores con una balconada dando al vestíbulo, y las aulas alrededor; es decir, en el recreo todo está “a la vista”). No te voy a decir que no pillemos a algún alumno con el móvil en el baño o en un rincón, pero son casos puntuales. Una vez que se acostumbran, es fácil. Al principio, además de requisar una barbaridad de móviles, algunos alumnos (y alumnas) se volvían locos, era flipante, chavales tranquilos que nunca habían mostrado el menor problema de comportamiento, mutando en la niña del exorcista porque les habías requisado el dichoso móvil, incluso negándose a entregarlo, recuerdo a uno que nos dijo “el móvil no se lo doy a mi padre, no os lo voy a dar a vosotros” y se quedó tan ancho (acabó entregándolo, por supuesto, pero tardó lo suyo). Hoy en día no sólo tienen asumido que no se usa (porque, como les explicamos, no lo necesitan), sino que, cuando “los pillamos”, ni se lo pedimos, extendemos la mano sin decir nada y lo entregan sin más que un “jo, profe…” como mucho. Yo creo que el esfuerzo que hicimos, sobre todo el jefe de estudios, los primeros meses, ha merecido la pena. No sólo porque evita muchos problemas de grabaciones, mensajes inadecuados, etc, sino porque les obliga a relacionarse con el de al lado mirándole a la cara, hace que se muevan más, y, no menos importante, les hace conscientes de que el móvil no es tan imprescindible como creían, ven que pueden vivir sin él unas horas y no pasa nada. Hay padres que colaboran al 100%, pero hay otros que no entienden que tengan que venir ellos a recoger el móvil y protestan, entonces toca escucharlos y explicarles los motivos…

    Nuestra valoración es muy positiva. Pero esto, como todas las apuestas educativas, requiere determinación, confianza, paciencia y horas de trabajo, y ninguna de estas cuatro cosas son infinitas, así que cada centro tiene que decidir cuáles son sus prioridades e invertir ahí, nosotros no somos ni mejores ni peores por haber conseguido esto, otros seguro que hacen otras cosas a las que nosotros llegamos. El caso es hacer.

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    1. Exactamente, el caso es hacer, y no resignarse con el “es imposible”, y menos sin haber probado siquiera.

      Otros centros más grandes que el que tú diriges, tendrán otras opciones, pero el “no se puede hacer nada” me repatea. Y no hablo sólo de los móviles en institutos.

      Twitter: @vota_y_calla

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  7. Pingback: Menéame: Esos sádicos bajitos

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