Lecciones patagónicas

Saludos con jet lag.

Vengo de pasar quinces días en la Patagonia argentina. He recorrido de Buenos Aires a Ushuaia, la ciudad más al sur de Argentina (y del mundo), a sólo mil kilómetros de la Antártida, pasando por Chubut (Puerto Madryn, Península Valdés) y Santa Cruz (El Calafate, glaciar Perito Moreno). El último día volví a subir para visitar las cataratas de Iguazú, entrando también en territorio brasileño (o brasilero, como dicen por allí).

Se viaja por muchas razones. Mera diversión, perder de vista por unos días el careto del explotador de tu jefe, conocer otras culturas, vacunándote así tal vez contra el nacionalismo… En mi caso, además, trato de aprender algo de cada viaje. Es como cuando lees un buen libro, lo suyo es que el que pase la última hoja sea mejor persona que el que lo abrió.

Aquí va algo de lo que me enseñaron o sobre lo que reflexioné por aquellas tierras.

 
 

Viaje a Argentina, lecciones patagónicas

 

Aeropuerto de Buenos Aires, prueba dactiloscópica

Suena a dinosaurio, ¿verdad? El colosal dactiloscopio. Pero no. Para mi sorpresa, en el aeropuerto de Ezeiza, además de presentar el pasaporte, te obligan a hacerte una fotografía y dejar tu huella dactilar si quieres entrar al país. Por lo menos tienen un sistema digital y no te vas con el pulgar manchado de tinta, pero vamos, que sólo les falta sacarte la foto de perfil con las líneas horizontales detrás.

Ya os conté lo que pienso de las medidas tomadas a raíz del 11S para el supuesto incremento de la seguridad en los aeropuertos, así que no voy a insistir en el tema, pero quede aquí reflejada mi sorpresa y disgusto.

 

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Lo único malo de estos viajes son las muchas horas de vuelo y las esperas en los aeropuertos


 

Península Valdés (Chubut) -Ballena franca

Es lo que más disfruté del viaje, y la elección está difícil, pues caminar sobre el glaciar Perito Moreno con los crampones, introducirse en ese mundo onírico de formas caprichosas en blanco y azul, escuchar los crujidos, tan similares a truenos, con los que la inmensa masa de hielo se duele de sus desprendimientos, es algo con lo que, como dice mi hermano, tendré material para un montón de futuros sueños.

 

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Poniéndome los crampones antes de caminar sobre el Perito Moreno


 
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Detrás de Nicolás, nuestro guía en el “Minitrekking”


 

O sentir la fuerza de la naturaleza junto a las cataratas de Iguazú, donde acabé empapado, reprimiendo a duras penas las ganas de gritar. Donde no las reprimí fue al meterme con un pequeño grupo debajo de la cascada, a bordo de una lancha. «Gran aventura» es el nombre (algo pomposo) de esta excursión.

 

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Me pillaron con cara de tonto


 

Pero las ballenas… Iba sin demasiadas esperanzas, porque la guía, Rita, una mujer encantadora y muy guapa, espléndida en su madurez, que nos había acompañado muchas horas en coche hasta Puerto Pirámides (Pablo, el chófer, es otro tío estupendo, con gran sentido del humor), nos avisó de que la mayoría de estos cetáceos, que acuden a partir de mayo a aguas más cálidas a copular, reproducirse y cuidar de sus crías hasta que estén preparadas para nadar de regreso al polo sur, se habían marchado ya. En septiembre había cientos de ballenas en el Golfo de San José, pero a finales de noviembre sólo quedaban un par de madres («mamás», decía Rita) con sus crías, y es posible que no las llegáramos a ver.

Pero las vimos, vaya si las vimos. Sólo una madre con su cría, pero para mí fue suficiente (aunque no descarto volver un día en septiembre). Steven, el guía del barco, un tejano que abandonó hace veinte años un trabajo que no le satisfacía en su país para poder disfrutar de estos formidables animales a diario (y se le notaba que disfrutaba), nos enseñó algunas cosas mientras caminaba en equilibrio por la borda del barco como si anduviera por el salón de su casa, mientras que a los demás nos costaba asentar los pies en cubierta en cuanto se movía un poco de oleaje.

Steven nos aconsejó que tratáramos de controlar nuestros nervios, de mantenernos en calma, si queríamos disfrutar de un mejor avistamiento: «Hay cosas que la ciencia no puede explicar, pero por mi experiencia, os aseguro que las ballenas detectan el estado de ánimo de los pasajeros, y actúan en consecuencia».

Nos contó una extendida teoría (que no deja de ser eso, una teoría), según la cual bautizaron «franca» a esta especie de ballena por derivación del inglés right, porque era la ballena correcta para cazar, por lo fácil que resulta matarla. Esto es así debido a su curiosidad y mansedumbre, evidente en cuanto el barco llegó a la zona de avistamiento y apagó los motores. A pesar de que podría haberse sumergido para huir de nosotros, se acercaba sin demasiados complejos. A veces se apreciaba claramente cómo se ponía de costado para mirarnos. No sabría explicarlo, pero es inconfundible esa sensación de saber que te está mirando un ser vivo.

Y su pequeño, lo mismo. En un determinado momento golpeó contra el agua con una de sus aletas pectorales, como un bebé chapoteando en la bañera. Pero este «bebé» medía unos nueve metros.

Estuvieron nadando alrededor de la embarcación un buen rato, sin dejarnos hasta que el capitán decidió regresar a la costa. Gracias a su confianza, pudimos aproximarnos y ver de cerca sus «callosidades», esas marcas blancas tan distintivas en cada ejemplar como las huellas dactilares en nuestra especie; también me fijé en su doble espiráculo expulsando el chorro de agua que las delataba ante los antiguos balleneros (there she blows!, gritaba el vigía del Pequod). Es fascinante estar allí, al lado de esa mole viva, y eso que sólo contemplas una «pequeña» parte cada vez (la cola, la cabeza, el lomo…). Verlas saltar tiene que ser espectacular. En esta ocasión sacó la cabeza verticalmente, pero no saltó.

 

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Secuencia de una palmada de la ballena franca austral (1)

 

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Secuencia de una palmada de la ballena franca austral (2)


 

Pero esa misma curiosidad que nos permite observarlas a placer, les hace un objetivo fácil, así que se ensañaron en su caza, hasta llevarlas casi a la extinción. Por si fuera poco, debido a su cantidad de grasa (de un solo ejemplar llegan a extraerse 7.000 litros de aceite), flota una vez muerta, de forma que los balleneros se dedicaban a matar multitud de ejemplares tranquilamente, sabiendo que podrían recogerlos más tarde.

Hablamos de la ballena franca austral. Steven nos hizo saber que de su prima del norte, la ballena franca glacial, apenas quedan 300 ejemplares, y que su extinción es más que probable en un futuro próximo. Nos informó de que Japón está presionando para que se le permita seguir cazando esta especie, y que si lo consigue, su extinción será segura en unos pocos años. No obstante, los japoneses continúan matándolas, aprovechándose del resquicio legal de la caza «científica», aunque a un nivel mucho menor del que lo harían si consiguen eliminar el santuario ballenero austral.

Hay que ser muy frío, cruel o inconsciente para comer carne de ballena, pero los japoneses no son los únicos. Cuando estuve en Noruega era muy común su venta o degustación en el mercado de Bergen (donde trabajan muchos jóvenes españoles, por cierto), y te ofrecen este plato en cualquier restaurante, aunque por supuesto, me negué a probarlo. Cuando les señalas la barbaridad de que se alimenten, sin necesidad, de un animal en peligro de extinción, te responden que es una tradición ancestral. Mira, como el Toro de la Vega. Joder con las tradiciones.

 
 

La vida a través de una cámara

Excursión «Ríos de Hielo» (El Calafate)

 

Vale que yo soy un poco extremista en esto, apenas hago fotos, o no hago ninguna, pero en el mismo barco había gente que no miró a la ballena ni una sola vez, excepto a través del visor de su cámara, obsesionados por atrapar la mejor instantánea. Y así en cada uno de los destinos. Que hagan lo que quieran, pero me da la impresión de que estas personas están más preocupadas en mostrar en las redes sociales lo bien que se lo han pasado, que en disfrutar realmente.

La cosa llegó al esperpento días después en El Calafate, donde un gran catamarán de dos pisos nos acercó a las inmediaciones del glaciar Upsala (no demasiado, por el riesgo de desprendimientos). Además de la vista del glaciar Spegazzini bajando por la montaña como si fuera un río de hielo (así se llama la excursión), el catamarán navega a través de las masas flotantes, unas más pequeñas y otras enormes, de diferentes formas y tonalidades. Algunas engañan al ojo y se muestran blandas, como mousse; otras se exhiben abiertamente duras, angulosas, punzantes, agresivas, y el catálogo de colores pasa del blanco más puro a un azul muy intenso, con todas las gradaciones intermedias.

 

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Diferentes tonos de azul y blanco.


 
Fotografía Excursión Ríos de Hielo, catamarán, el Calafate, Patagonia Argentina

En directo, el trozo de esta enorme masa de hielo que está como en equilibrio, me recordó a la ballena sacando la cabeza


 
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Aquí podéis apreciar la inmensidad del tamaño del glaciar. Lo de abajo a la izquierda es un catamarán de tres pisos.


 

El catamarán, cerrado y con calefacción para proteger a los pasajeros del agua y el frío, está totalmente acristalado. Sin embargo, cuando alcanzábamos algún iceberg que destacaba del resto, salían en tropel a hacerle y hacerse la fotito de rigor con aquello detrás. El problema es que en cubierta no había sitio para todos; por los estrechos pasillos de babor y estribor que comunicaban proa con popa, donde sólo entraban dos personas a la vez (despacio y muy apretaditas), querían pasar decenas de golpe, con lo que se armaban unos tapones que ni el metro de Tokio en hora punta. Y, además, si proa y popa ya estaban ocupadas, daba igual que hicieran cola porque no podían entrar más hasta que otros salieran, por la Segunda Ley de Arquímedes, o como se diga, y el glaciar iba pasando lentamente de largo, con lo que aumentaba la ansiedad (cualquiera diría que se estaban jugando el Pulitzer de fotografía). Hubo empujones y discusiones entre jubilados (el 90 % de los pasajeros) en varios idiomas. Os lo digo en serio: el resto del mundo no tiene ya derecho a reírse de los orientales en esto, hemos caído todos en la misma estupidez de la fotografía compulsiva.

 

Si os apetece, en el próximo artículo os sigo contando.

 

Imagen de cabecera: Puesta de sol en Puerto Madryn

Crédito de todas las fotografías: votaycalla.com

 

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  2. ¡Y tanto que apetece! Me has dado envidia (sana) de ese estupendo viaje. Deseando saber más de tu pequeña aventura, apenas conozco nada de esa zona y parece muy interesante.

    Twitter: @artrac84

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  3. Usted que vive en Murcia, huye hacia el frío. Un servidor, que vive en Galicia, intentará escapar de él en sus vacaciones XD.

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    1. Jeje. No te creas, que allí ahora es verano, Papá Noel va en bañador.

      Antes de ir me habían metido miedo con el calor y la humedad de Iguazú, que si ya verás que bochorno y tal, pero no es tan diferente de Murcia en agosto ; )

      Twitter: @vota_y_calla

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