La plaza vacía

Hoy me quito la mordaza para buscar las diferencias entre los juegos de antes (años 80, España) y los de los niños de ahora.

—¡Riiiiiing!

—¿Quién es?

—Soy Salva. ¿Puede bajar el lector a jugar?

—¡Lectooooooor, te llaman!

 

Juegos de antes

Años 80, España

 

Pertenezco a una de las últimas generaciones, si no la última, que jugó en la calle. En verano, cuando no había colegio por la tarde, nada más terminar de comer bajábamos a la plaza de la urbanización, donde iban cayendo de sus bloques, como por goteo, todos los niños.

Policías y ladrones, tú la llevas, el pañuelo, el paredón, el churro-media manga-mangotero, un fútbol anárquico donde no había defensas ni delanteros, la única posición fija era la del portero.

Había juegos, como el escondite, la gallinita ciega o el escondite inglés, donde niños y niñas podíamos divertirnos juntos. En el fútbol o la peonza, jamás. Como tampoco participaron nunca en una pelea de piedras (eso que se ahorraron en descalabres).

Peonzas y canicas, nosotros; canciones, el tejo, el elástico o la comba, ellas.

Tras unas horas hacíamos una fugaz parada en boxes para repostar (ya quisieran los de la Fórmula 1), saltando los escalones de dos en dos para recoger el bocadillo de la merienda de manos de nuestras respectivas madres, que siempre nos despedían con algún consejo o comentario del tipo «vas sudando», «no corras», «cómetelo tranquilo», a lo que nada más que podíamos responder apresuradamente y sin mirarla «sí, sí, sí», en nuestra ansia por continuar con el juego.

Así hasta que llegaba la noche (la plaza tenía una farola que, como aquella, también era única en el mundo, la farola) y volvíamos a subir los escalones, pero esta vez despacio, a regañadientes, arrastrados por el tercer aviso de nuestra madre desde el balcón, Fulanito, sube ya, no querrás que te llame tu padre.

Subíamos con el pelo mojado y churretes de sudor en la cara. En ocasiones, con heridas que nos curaban con agua oxigenada, que para que nos dejáramos hacer nos decían que no picaba, a diferencia del alcohol, pero vaya si picaba, aunque por alguna extraña razón los soplidos maternos actuaban como un potentísimo analgésico.

Luego se echaba mercromina, que teñía el codo o la rodilla de un rojo muy vivo, haciendo que el corte o el restregón pareciera más grande y grave de lo que era, lo que nos permitía lucirlo, orgullosos, como herida de guerra. Después, como nos enseñaba Érase una vez el cuerpo humano, las plaquetas y demás creaban una costra que no debíamos arrancarnos, había que dejar que se cayera sola para que curara bien y no nos quedara marca, pero pocos resistíamos a la tentación.

 

 

 

Los arañazos se ignoraban, y los chichones se arreglaban presionando una moneda de veinticinco o cincuenta pesetas contra la frente. Ale, arreglao.  Palmadita en el culo y a correr.

Los niños tocábamos la tierra, las plantas (había unas flores cuya manipulación las convertía, tras lanzarlas al aire, en «paracaídas»); cazábamos insectos, desde saltamontes hasta grillos, hacíamos rodar a los bichos de bola (a menudo se prescindía de la preposición, «¡mira ese bicho bola, qué grande!»); metíamos en una caja a una mantis con varias hormigas, a ver quién ganaba, nos asombrábamos ante la magia de la cola independentista de las lagartijas…

Subíamos a los árboles, no sólo para recoger el balón «encanao», también por gusto, por el simple placer de probar nuestros límites, y por desfogarnos, imagino, por dejar salir algo de toda esa vitalidad. La depresión debe de ser la ausencia de energía.

La locura era contagiosa, si uno chillaba los demás terminarían imitándole, no sé si por empatía o porque alguna sustancia química emanaba de nuestros pequeños cuerpos y se respiraba en el ambiente.

Más de una vez tuvimos que aguantar broncas, incautación de material lúdico y pescozones del presidente de la comunidad, don Eugenio, que sufría la peor forma de amnesia, había olvidado su infancia, y al que todos temíamos y odiábamos (y de rebote, a su nieto, que no tenía culpa de nada). Si el balón se colaba en los jardines que rodeaban la plaza, nos mirábamos a ver quién tenía el arrojo suficiente para entrar a recuperarlo (en ocasiones lo echábamos a pares o nones), porque don Eugenio podía estar mirando desde su ventana, y él había decidido que ese era terreno vedado, a las plantas no había que estresarlas.

Todavía, tres décadas después, no puedo evitar acariciar el romero cuando me encuentro con uno de estos aromáticos arbustos, para llevarme a continuación la mano a la nariz con nostalgia. Y es que todos los jardines estaban rodeados por un murete de romero que dificultaba nuestro acceso a los mismos. Tal vez los plantó el señor presidente con este fin.

 

Si queríamos alejarnos de la plaza, teníamos las bicis (BH, GAC Motoretta), que nos llevaban a la pista de futbito, al parque de los columpios, a grandes descampados, o a explorar con cuidado por otros barrios, pues, como les sigue sucediendo de mayores a los patriotas, a los nacionalistas, había un cierto recelo al «extranjero», adobado con un absurdo sentimiento de orgullo por la pertenencia al grupo.

A los «madrileños», que así llamábamos en la costa, por extensión, a todos los veraneantes, aunque vinieran de Burgos, se les miraba con escepticismo, como invasores de nuestros bloques que eran, hasta que demostraban ser de fiar, lo que solía suceder a los dos o tres días de su llegada. Los que repetían cada verano pasaban a ser de la pandilla por derecho propio.

Nuestro barrio, nuestra clase, nuestro colegio, nuestro pueblo era mucho mejor que los otros, a los que en su mayor parte no conocíamos. Pero eran peores. Seguro.

 

Algo más mayores, pero niños todavía, no sé, once o doce años, en una pinada cercana hacíamos una hoguera por el simple placer de contemplar el fuego. Al llegar a casa y tras olfatearnos cual sabuesos, nuestras madres nos reñían: «¡Hueles a humo! Mira que si juegas con fuego te meas en la cama». Pero no pasaba de ahí la cosa, y nunca se cumplió la húmeda profecía.

 

Años 80, España. Juegos de antes (en la calle)

Cuerpos Danone. Venga, echa ya la foto, que tengo que seguir jugando.


 
 

Niños de interior

 

En cambio, los hijos de mis primos o conocidos apenas salen a la calle. Es verdad que no tienen tanto sitio como teníamos nosotros (era frecuente que jugáramos a cualquier cosa en una calle asfaltada; había que quitarse cuando venía un coche, pero casi nunca venía), hay menos solares, una sensación de inseguridad, les puede pasar algo, atropellar un camión, que los secuestre un pederasta…

Pero no es sólo eso. Cuando paso por la plaza donde jugábamos de críos (mis padres siguen viviendo cerca de allí), ya no hay niños. Con suerte, un par de ellos, pero sentados en los bancos, con sus móviles o sus aparatitos digitales, nunca esos grupos numerosos que formábamos en mi infancia, esa manada vociferante, desquiciada, animal, macacos ebrios de lo que entonces desconocíamos que se llamaba felicidad. Y que podía perderse.

Produce algo de congoja ver esa plaza vacía y en silencio, sobre todo agobia el silencio, la ausencia del griterío y las características, alegres risas infantiles. En El flautista de Hamelín, el castigo del desratizador al pueblo que no quiso pagarle lo acordado, fue dejarles sin niños. Sabía lo que se hacía.

Todavía da más congoja pensar que esos niños que faltan estarán en sus casas, tragando horas de basura en la tele, jugando con el ordenador o la consola, intercambiando wasaps, siempre pegados a las faldas de sus padres o abuelos, contagiándose de sus ruindades. Los niños de ahora te hablan de política, ¡de política! A su edad, yo no sabía quién era el presidente del gobierno, ni maldita la falta que me hacía. Los niños se van pareciendo más y más a los adultos, sus hábitos son similares, y eso no es bueno. Ya tendrán tiempo.

 

Igual esto que os he contado es el primer síntoma de una vejez prematura, la amargura del abuelo cebolleta que se engaña afirmando, como el poeta, que cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando en realidad lo que añora es su juventud (en este caso, infancia) perdida. Pero no sé. Aunque hoy todo es más seguro y aséptico, aunque entonces teníamos que llamarnos unos a otros con un teléfono fijo de ruleta, no cambio mi niñez por otra.

 

 

Fotografía de cabecera: Francisco Fernández (Flickr.com)

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  1. Pingback: Menéame

  2. Siento un extraño privilegio de haber nacido en los 70, criado en los 80 y madurado en los 90; y uno de los recuerdos más entrañables de cuando avisaba a mi padre que iba a bajar a jugar era aquéllo de “Conocimiento, ¿eh?”.
    Dicho esto, también es verdad que, con frecuencia, nuestros valores y prioridades van cambiando con los años y las circunstancias de la vida. A pesar de que he tenido una infancia como la que describes, ahora cuando vuelvo de currar cansado y me apetece estar tranquilo relajándome en casa, o simplemente si tengo que estudiar, no veas cómo me da por saco aguantar a los críos dando balonazos y gritos en la calle. En principio debería entenderles, porque yo hice lo mismo a su edad, pero ahora me he vuelto un “adulto cascarrabias” de los que piensa que los niños no deberían estar pegados a una pantalla de TV tragándose el Sálvame o el Mujeres Hombres y Viceversa, o a un móvil; pero tampoco armar estruendo en un lugar donde puedan molestar, llámense zonas comunitarias, etc. En esa encrucijada estoy.

    Un abrazo, Salva!

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    1. Es decir, que ni en la tele viendo Cámbiame (terrible programa), ni en la calle importunándonos a los premillennials. Umm… Cuando encuentres la solución nos la cuentas, ¡jaja!

      En esto creo que ha pasado un poco como con los animales salvajes: les hemos robado su hábitat, pero cuando, en consecuencia, se acercan a zonas habitadas, molestan.

      ¡Un abrazo!

      Twitter: @vota_y_calla

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  3. Desde luego Salva, como cronista no tienes precio. Deberías concentrarte más en este aspecto, que la política ya tiene quien le escriba.

    Además, ha coincidido con la lectura de un artículo del físico de sistemas Carlos de Castro en el que afirma que “…van muriendo las gentes que saben de todo (arreglar zapatos, cultivar, construir una casa…) y los jóvenes van convirtiéndose en la generación peor preparada de la historia, sin resistencia ni resiliencia (salvo las que dan la pura juventud).”

    Efectivamente, los jóvenes de antaño sabían lo que era callarse el dolor para no recibir una colleja extra, habían visto la tierra tanto desde un árbol como a ras de suelo (incluso conocíamos su sabor), y eran capaces de hacer maravillas para que una pelota siguiera rodando.

    Otro punto que has tocado es la fuerza de la pertenencia al grupo. Sobre esto ya he escrito, pero no voy a hacerme publicidad, sólo quiero dejar una pregunta: en la era de los grupos virtuales, ¿en realidad somos de algo o alguien, o solo soñamos que lo somos según el nivel de carga de la batería?

    Saludos.

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    1. ¡Gracias, Vicente! No te creas que no lo he pensado, pero ¿qué hacemos entonces con el nombre del blog?

      Pues tu lectura de Carlos Castro coincide con algo que he leído en el primer tomo de las memorias de Wyoming (una gozada), ¡De rodillas, Monzón!:

      «Esa es la gran diferencia que marca la educación moderna. Al perseguir comunicar al estudiante, sobre todo en los primeros años, un compactado de la sabiduría universal, del desarrollo que ha alcanzado el ser humano, olvidamos transmitir los conocimientos de lo inmediato, de lo próximo, de lo que nos rodea. Somos ajenos al mundo en el que nos movemos. (…)
      En nuestro mundo un chico de dieciséis años puede saber las leyes de la termodinámica, pero no arreglar un enchufe o instalar un casquillo para una bombilla».

      Ya que tú no te haces publicidad, te la hago yo: Construyendo electores: todo por el grupo.

      Un tal Constantine Sedikides, psicólogo, dijo: «Todo lo que incrementa la unión dentro de un grupo también tiene el poder de incrementar la negatividad hacia otros grupos».

      Twitter: @vota_y_calla

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      1. Mis disculpas Salva, el batracio está cada día más engreído, ni caso. No seré yo quien te reproche el nombre llamándose el mio Alien Social, cosa que, al parecer, solo yo encuentro gracioso.

        Gracias por la publicidad.

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  4. Don Salvador, no se preocupe por el nombre del blog, seguiría siendo adecuado: vota (por el blog, cuando toque) y (si no te gusta el nombre) calla.

    Los gremlins no tenemos ese problema porque ya nacimos adultos, pero entiendo su preocupación. Aunque no debería usted hacerlo, al fin y al cabo seguirán siendo humanos. O sea, más bien poca cosa a nivel galáctico.

    Aunque en verdad debo reconocer que me ha enternecido el relato: tras tres décadas y no ha cambiado usted un ápice. Eso es tesón y no lo de don David, que duda en aceptar su madurez.

    Se despide su seguro superior,
    P.Baladring

    Twitter: @Alpijotos

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  5. Soy de lo que llaman de la generación Millenial pero es tramposo porque yo, que nací en el 84, no tengo nada en común con los nacidos en el 2000 y que forman parte de ese concepto. Tengo más vivencias en común con gente nacida en los 70, sin ninguna duda. He vivido todo lo que comentas en el post, he disfrutado de juegos en la calle en invierno y verano y mi primer móvil lo tuve a los 16 años, de modo que en mi infancia los juguetes eléctrónicos fueron mínimos. Además fui una niña atípica, pues tanto jugaba a las muñecas, comba y goma con otras niñas como al fútbol, chapas, canicas y trompo con los niños y por supuesto a los juegos mixtos.

    Mi madre aún me recuerda cómo me empeñé unas navidades en que me trajeran los reyes magos el barco pirata de Playmobil y en otra ocasión un balón de fútbol y un camión de bomberos. Me costó ganarme “el prestigio” ente el sector masculino de los niños que al principio no creían que una niña pudiera jugar bien al fútbol, pero se lo demostré de tal manera que aún hoy, después de más de 2 décadas, cuando me ven por el pueblo al ir de visita, me recuerdan con mucho cariño cómo era la que más goles metía y cuántos toques seguidos era capaz de dar con el balón o cómo les ganaba a los cromos.

    A mí me encantaba cómo todos los niños y niñas del barrio nos juntábamos las tardes-noches de verano para jugar a mil cosas y acabábamos llenos de tierra, arañazos y sudorosos, pero muy felices. Supongo que el hecho que comentas de que antes hubiera más espacios libres y el vivir en un pueblo hacían posible que eso ocurriera con normalidad. No sé cómo serían las cosas en los 80-90 aquí en Madrid donde resido desde hace casi 14 años, pero ahora no se ven apenas niños jugar en las calles. Ahora tienen parques de columpios con suelos acolchados en vez de la tierra o el cemento que teníamos nosotros, pero no sé si por la inseguridad que hay de que vayan solos a jugar y dependan de que alguno de sus padres les acompañen o si es que directamente pasan del tema, el caso es que casi siempre están medio vacíos.

    Cuando yo era pequeña ocurrieron los crímenes de Alcasser y hubo algunos secuestros infantiles que tenían a todo el mundo asustado, pero aún así siempre tuve bastante libertad para jugar en la calle cada día y no se veía este clima de precaución permanente como si los niños pudieran vivir en una burbuja. Por otra parte tengo esa misma contradicción que David, porque tengo unos vecinos en el barrio donde resido desde hace 4 años que más que jugar molestan y mucho. Se tiraron desde primeros de diciembre hasta hace unos días tirando petardos mañana y noche con la aprobación de sus padres que les dejan hacer siempre lo que les da la gana. Yo tengo dos perros y a uno de ellos, que ya es mayor, le afecta muchísimo y le dan taquicardias. También se dedican a sacar la basura de los contenedores y esparcirla por el suelo, pegan balonazos en las persianas metálicas, se pasean por la acera con un quad muy ruidoso y, en fin, son muy incívicos. Pero no se les puede decir nada porque son de étnia protegida e innombrable y te llaman racista y te amenazan a la mínima. Tienen un parque gigante a 30 metros donde poder jugar a sus anchas pero… Por suerte el resto de vecinos, que son de mil partes del mundo, son más civilizados y no molestan nada.

    No soy de las que demonizan la tecnología porque bien usada es algo genial, pero es preocupante que los niños de ahora vivan pegados a pantallas de móvil o tv y no aprendan a disfrutar del juego callejero y en compañía de otros, porque es algo que a todos nos ha aportado muchas cosas buenas. Ya veremos cuando esta generación crezca si hay alguna consecuencia o si los que nos estamos haciendo mayores y cascarrabias vemos que salen tan “normales” como nosotros. Un placer leerte Salva, como siempre.

    Twitter: @artrac84

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    1. Hola Celia!

      A colacion del tema de los niños armando jaleo, hay una diferencia entre los niños de nuestra generación (y digo “nuestra” porque, aunque tú seas del 84 y yo del 75, así lo considero). La diferencia es que nosotros teníamos un código ético, unos valores morales o una educación (llámalo como quieras) que los chavales de hoy no tienen. Nosotros, dentro de nuestra cafrería, teníamos inocencia y candor. Si un adulto nos decía que estábamos molestando y que nos fuéramos a jugar a otro lado, cogíamos el balón o las bicis y nos íbamos con nuestro jolgorio a otra parte y todos contentos. O bien nos dedicábamos a actividades más tranquilas como jugar con los Masters del Universo. En definitiva, no teníamos problema con eso. Ahora bien… como tú has dicho, dile a un crío malcriado de hoy que si se puede ir a otra parte. Pueden pasar tres cosas: que te desafíen los críos, que vengan los padrazos y madrazas y te caiga la de Dios, o las dos cosas.
      Esa es la pequeña diferencia, compañera. Hoy no puedo sacar la cabeza por la ventana y pedirle educadamente a los niños que vayan al descampado de al lado, porque no sirve de nada y me arriesgo a meterme en un lío.

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    2. Precisamente hace un par de días preguntaba en Twitter qué es eso de los millennials, y una chica muy amable (sí, alguien amable en Twitter, alguno hay) me explicó que eran los de la generación del 81 al 95, aunque veo que en la Wikipedia pone del 80 al 2000, como tú dices. En cualquier caso, una agrupación demasiado gruesa, donde metes en el mismo saco a Paquirrín y a Pablo Hasel.

      Qué bueno. Así que tú eras una de «esas». Había una en otro colegio, hacía atletismo, corría más que ninguno de nosotros y jugaba al fútbol tan bien como el que más. Y tienes razón, esto era como con los veraneantes: una vez que la chica demostraba que era buena, pasaba a ser otra más sin discusión.

      Es que una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa, que diría aquel. A nosotros tampoco nos dejaban hacer el cafre dentro del piso, el «no corras en casa, que molestas a los vecinos» estaba a la orden del día, y los petardos se tiraban en el descampao. Y de romper mobiliario urbano, nada de nada, entonces lo que nos podían romper era la cabeza nuestros padres. Y estoy con David: a ninguno se nos ocurría llevarle la contraria a un mayor. Hoy, lo más seguro es que los niños se rieran de don Eugenio, le llamaran viejo y pasaran de él, con la complicidad de sus papis.

      El placer es mutuo, un besazo.

      Twitter: @vota_y_calla

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  6. Tengo casi 26 años y creo que soy de los últimos que vivieron esa infancia feliz donde no había móviles, ni ordenadores, ni aparatejos electrónicos varios. Y claro, para pasártelo bien tenías que salir a la calle con los amigos a la fuerza xD. ¡Ay! ¡Esos años 90!

    En mi opinión, lo que criticas en el artículo empezó a darse desde el año 2000 y pico en adelante. De hecho, recuerdo que tuve mi primer móvil bastante tarde. Uno de mis primos cuenta con apenas 13 o 14 años y se pasa el día con los videojuegos y el móvil. ¡Yo a esa edad salía a la calle a jugar a fútbol o a hacer rodar la peonza! Aunque claro, el paisaje que tengo delante de mi casa ha cambiado mucho desde entonces. Antes era todo un solar, ahora está todo asfaltado, lleno aparcamientos y de edificios varios.

    Un saludo.

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      1. Eh, menos bromas con el efecto 2000 que soy muy sensible al tema.

        En cuanto a lo que dice Nemo, es cierto. Si investigas un poco verás que los modelos de móviles inteligentes en los años 90 eran estrictamente profesionales, y que las redes sociales generalistas nacen a principios del siglo XXI.

        La generación de solitarios interconectados (Wolton dixit) empieza con los nacidos en los 90, que llegan a la explosión de las Redes Sociales en la adolescencia.

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      1. Iba a hacer un comentario sarcástico sobre el mucho miedo que te tiene Mariano, tanto que le encanece la barba que era de un hermoso color caoba hasta que abriste el blog, pero voy a ser comedido. Me reprimiré.

        Salva, se te da de coña escribir relatos, contar historias (técnicamente, storytelling). Pero te aseguro que no tiene nada que ver con que yo sea un hincha enfurecido de la gestora del PSOE, ni un adorador incondicional de Hayek y Friedman.

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  7. Bocatas de nocilla, ¡me encantaban! Después de jugar al fútbol o a las canicas o a la peonza, subíamos a ver Dragon Ball en el Xabarín Club (aquí empezó nuestro amor por el rock). Y al final del día, si tenía tiempo, tocaba hacer los deberes.

    Twitter: @MigueIjr

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