“Bullying” de profesores a un alumno

Hoy me quito la mordaza para acordarme de esos que son valientes sólo con los débiles.

Voy a poneros un ejemplo de mis días de escuela. Y no, el malo no es un matón de clase, esto no va del bullying clásico: el maltratador de esta historia es un profesor.

 

 

Maltrato infantil: el niño

Quizá porque me faltan dos días para cumplir los 38, me han asaltado algunos recuerdos (me gusta la expresión asaltar; es así, por sorpresa y sin permiso) del colegio. Y no todos buenos.

Fui a un colegio público, mediados de los ochenta y principios de los noventa, la EGB.

En aquella época todavía había algunos profesores que pegaban. Pero lo hacían de forma selectiva. La mano larga, según con quién.

Había un chico en mi clase que era especial. No es este un eufemismo para referirme a alguien con síndrome de Down, aunque iba muy mal en los estudios, tenía un nivel notablemente más bajo que la media de la clase. De hecho, a veces lo sentaban con los retrasados (así se les llamaba entonces) que, en desafortunada coherencia con el adjetivo, eran colocados al final del aula, donde recortaban o coloreaban mientras a los demás nos hacían repetir en voz alta retahílas como aquella de «a, ante, bajo, cabe…»

Por tanto, muchos no tenían claro si este chaval sufría algún tipo de discapacidad intelectual. Pero lo traté fuera de clase, en la época del colegio y años después, y os puedo asegurar que la cosa no iba por ahí. Su inteligencia venía a ser normal, con lo absurdo que es hablar de normalidad en una clase de treinta personas, todas distintas, por más que se empeñen en uniformarnos.

Su problema es que formaba parte de una familia «desestructurada», por usar otro término moderno. Su padre era un borracho, su madre era muy diferente a las nuestras. Nadie se ocupaba de él.

Estaba un poco asalvajao, en general, su higiene era mejorable, daba la impresión de ser un Mowgli urbano al que hubieran arrastrado por la fuerza a la civilización, impresión esta reforzada por las antiguas cicatrices que marcaban su cara.

Su familia no tenía dinero. Se notaba en su forma de vestir, en su material escolar, en que no llevaba bocadillo en el recreo (pero cada uno le dábamos «un bocao») o en que no podía hacer las excursiones con sus compañeros cuando había que pagar, por muy poco que fuera.

Por supuesto, se perdió el viaje de estudios de Octavo.

 

 

Maltrato infantil: la profesora

Había una profesora en concreto, una alta y gorda, cuyo nombre voy a omitir porque hace poco se mató en un accidente de tráfico, y no es plan. Aunque ya sé que eso no cambia el pasado, no puedes convertirte en mejor persona de forma retrospectiva.

Doña X (así nos dirigíamos a todos los profesores, con el tratamiento de respeto delante) era muy de derechas. Hay quien decía que franquista, pero yo no entendía muy bien qué significaba eso, los libros y las clases de Historia del colegio, temario que ella impartía como profesora de Sociales, no hicieron jamás referencia alguna a la dictadura.

Un estilo militar tenía, indudablemente. Si los alumnos armábamos escándalo, imponía silencio con un grito marcial para ordenarnos a continuación: «¡levántense!» (para los castigos nos hablaba de usted, aunque tuviésemos doce años); «siéntense»; «levántense»… A lo que nosotros respondíamos sentándonos y levantándonos consecutivamente del pupitre, como en una misa celebrada por un cura loco.

Era efectivo. Al principio nos entraba la risa, pero pronto nos picaban los muslos. Nos cansaba y nos dejaba sin ganas de jarana durante un rato.

 

Me acuerdo de un ejercicio de Geografía: nos pidió que dibujáramos de cabeza el contorno del mapa de España, sin enseñarnos ninguna imagen antes para memorizarla.

Excepto su hija, que iba a nuestra misma clase e hizo un dibujo tan perfecto que parecía que su lápiz estaba conectado con Google Maps (no existía internet, pero vosotros me entendéis), nuestros intentos de cartografía fueron tan inexactos como hilarantes. Lo mismo podrían haber sido mapas de España que de Chile o la silueta de una tortilla a la francesa.

La profe de Soci (teníamos tanta prisa por crecer que acortábamos las palabras) se fue poniendo colorada conforme iba repasando los dibujos que le habíamos entregado, hasta que estalló en cólera para gritarnos que no sabíamos ni dónde vivíamos.

Esa no era la tierra que cabalgara el Cid.

Las ofensas a España las llevaba tan mal como algunos ahora, como si España fuera una orgullosa señora provista de sentimientos susceptibles de ser heridos porque alguien le echara a ojo más siglos de los que tiene.

Hubo un día en particular que esto quedó muy patente. La buena señora tuvo que salir de la clase e hizo aquello tan habitual en la época de escoger a un crío para que vigilase y apuntase en la pizarra los nombres de quienes se portaran mal en su ausencia. Esto era injusto para el niño elegido, que se comía el marrón de chivato.

En nuestra clase había un chico repetidor, un par de años mayor que nosotros, que en esas edades se notaba mucho. Había llegado ese curso con su familia procedente de Cataluña.

Se levantó y escribió en la pizarra, en grande, «Puta España».

No recuerdo qué consecuencias tuvo para él la vuelta de la profesora al lugar del crimen, imagino que nada agradables (aún no se había inventado Twitter, hoy igual le hubieran detenido), pero al resto de la clase nos llovió una larga reprimenda, una maldición urbi et orbi por no haber defendido a nuestro país como se debía.

La mayoría no entendíamos nada.

 

 

Acoso escolar

Valientes con el débil

 

Esto del Cata (poniendo motes éramos muy originales) fue la excepción, el que solía liarla en clase era el chico que os presenté al inicio de este artículo.

Os voy a poner algunos ejemplos:

 

En otra de esas reiteradas ausencias de doña X (no sé si estaba mal de la vejiga o iba a la sala de profesores a engullir magdalenas), este niño, ávido tal vez de atraer la atención que no recibía en casa, se bajó los pantalones y los calzoncillos, y de esa guisa, saltando o andando como un pingüino, hacía ademán de acercarse a las niñas, que escapaban chillando de aquella cosilla diminuta y fláccida que se les aproximaba dando brincos.

Algunas de ellas hacían como que huían, pero se quedaban cerca de él a propósito. Para la mayoría era la primera churra que veían, les podía la curiosidad.

El jolgorio era general. Todos, niños y niñas, nos carcajeábamos, y él mismo lloraba de risa de lo que estaba haciendo. Este era un rasgo característico de su personalidad, reírse hasta las lágrimas de sus propias bromas. Eso, y el «nunca dejes que la prudencia te estropee una buena carcajada», como la vez que le dio por beber colonia.

En medio de ese torbellino de sillas volcadas alrededor de nuestro diablo de Tasmania, regresó la profesora, seguramente alarmada por el escándalo, y el aprendiz de exhibicionista pasó a llorar de dolor: del guantazo que le dio casi le parte el cuello.

 

En otra ocasión estábamos dibujando con brochas en largos papeles de estraza extendidos en el pasillo frente a la clase. Murales para decorar vete tú a saber qué.

El caso es que a este chaval se le volvieron a cruzar los cables, metió el pie intencionadamente en uno de los cubos de pintura y echó a andar por el pasillo como si tuviera una pata de palo, clang-clang, clang-clang, haciendo el payaso para divertirnos.

De nuevo apareció esta profesora y le cruzó la cara.

 

No era la única que le pegaba. En los escalones frente a las pistas de futbito, no sé qué hizo o dijo que llevó al profesor de Gimnasia a soltarle un bofetón que le hizo bajar dos gradas de golpe.

 

Lo que más rabia me da de todo esto, aparte del maltrato infantil (hablamos de niños de 12 a 14 años), es que la furia de los profesores se desencadenaba con mucha más dureza contra Mowgli (llamémosle así) que contra ninguno de nosotros, que también hacíamos nuestras trastadas.

Se ensañaban con él porque sabían que la violencia no iba a tener consecuencias, no habría represalias, su padre no se iba a enterar y si se enteraba no le iba a preocupar, ya le pegaba él por su cuenta cada vez que el alcohol le volvía agresivo.

Esto de ser implacable con el débil y condescendiente con el poderoso es algo que luego, al crecer, pasó a ser una de las constantes con las que me he encontrado en todos los ámbitos de la sociedad (no sólo en la Justicia).

 

 

Una mañana esta profesora me hizo llorar de rabia, vergüenza e impotencia al acusarme delante de toda la clase, incluida la chica que me gustaba, de algo que no había hecho. Sin comerlo ni beberlo, sin dejarme abrir la boca siquiera para defenderme, me estaba cayendo encima una bronca monumental.

El escarnio público y la injusticia que sentía que se estaba cometiendo conmigo me llevó a dedicarle un insulto entre dientes, flojito, masticado, que ella sin embargo captó y entendió a la perfección.

Su reacción fue inmediata: vino hacia mí a una velocidad sorprendente para un cuerpo tan voluminoso, echó el brazo atrás… pero no hubo golpe. Cuando abrí los ojos vi su rostro desencajado, y junto a él una mano abierta, temblorosa como si la sujetara un fantasma por la muñeca.

Se estaba conteniendo porque sabía que a mi padre, como al de la mayoría de los alumnos, no le iba a hacer ninguna gracia que explicara en casa por qué llegaba del colegio con cinco dedos marcados en la cara.

Tuve repercusiones académicas por insultar a la autoridad, pero me libré de las físicas.

Mowgli no tenía tanta suerte.

 

 

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Imagen de cabecera: donleecartons.com

 

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25 sin mordaza

  1. Genial Salva.

    Qué recuerdos. Los míos, con diez años de diferencia y en el maristas de los 70 y 80.

    Al final conseguí que me echaran. Gracias a lo cual soy oficialmente de los de abajo y con nombramiento. Jeje. Todavía cuando me cruzo con alguno de mis antiguos compañeros les veo mi cartel en los ojos.
    El expulsado.

    Cayeron dos profesores en mis años de EGB uno por pulpo y otro por cabrón de mano larga. Los dos recibieron su especial despedida … En la calle de atrás.

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  2. Somos más o menos de la misma quinta (yo del 75) y, por tanto, podemos compartir mil historias parecidas a las que cuentas en EGB. Resulta curioso que ahora, yo al menos, miramos al pasado con nostalgia. Ya sabes: la EGB, las pegatinas en las carpetas, La Bola de Cristal… pero no todo era de color (Pantera) rosa. Hoy en día, afortunadamente, los profesores tienen que superar unas oposiciones y tener unas carreras para poder ejercer de profesores. No sé cómo sería antes, en aquéllos años, pero dudo que la mayoría estuviera capacitado para ejercer la docencia: verdaderas palizas, guantazos, vejaciones. Igual que tú, se saltaron las lecciones que hablaban sobre la dictadura y, además, la parte del libro de Naturales que hablaba sobre la reproducción. Huelga mencionar lo de formar fila perfecta cual soldaditos, antes de entrar al centro al sonar la reglamentaria sirena.

    Yo mismo sufrí el maltrato en EGB por parte de profesores. Física y psicológicamente. Soy daltónico, y cuando las putas monjas me preguntaban de qué color era tal cosa y yo no acertaba (decía el color que yo me imaginaba que era), me caía una colleja porque pensaban que me estaba burlando de ellas. Años más tarde, en octavo, yo estaba bastante marginado porque a) nadie conocía a mis padres en el pueblucho y b) casi era el único que hablaba castellano. Un don nadie, vamos. Y así me hicieron sentir durante todo el curso, especialmente cuando, tras ser elegido como “delegado de clase” (bastante en plan coña, porque total…), el profesor me mira con desprecio y espeta a la clase: “Venga va, elegid a alguien en serio”. Eso, para la autoestima de un chaval de 13-14 años, como te puedes imaginar, no es precisamente cremita.

    Ojalá estén ardiendo todos en el infierno, así de claro.

    Saludos Salva!
    David

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    1. Gracias por el aporte, David.

      Que conste que me dieron clase también muy buenos profesores que no se parecían en nada a la energúmena de esta historia.

      Por lo que dices de la preparación, me acuerdo ahora de cierta profesora de Inglés, que no tenía (sigue sin tener) ni pajolera idea del idioma. Chapurrea tres o cuatro cosas como los indios, como puede hablar cualquiera que vea durante unos cuantos meses Netflix con subtítulos.
      Entonces éramos niños y no nos enterábamos, pero ahora me parece increíble que a esa mujer, que era profesora de otra materia, se sacara un sobresueldo dando Inglés. ¿Cómo llegó a su puesto?

      Algo parecido ocurría con los profesores de Gimnasia. No sé si habían estudiado algo relacionado con lo suyo, como ahora ocurre con el INEF, pero la mayoría se limitaban a dejarnos jugar al futbito o al baloncesto a nuestra bola.
      Hacían un examen que consistía en ordenarnos dar vueltas al colegio durante 12 minutos. Así, a lo bruto. Había que dar un mínimo de vueltas para aprobar, las mismas para el que jugaba al fútbol y estaba acostumbrado a entrenar, que para el gordito al que tras cinco minutos corriendo le dolía la garganta y tenía flato. Raro que a alguno no le diera un infarto.

      Siguiendo con los profesores de Gimnasia, recuerdo una vez que jugando al futbito en clase (el profesor nos dejaba jugando, como en el recreo, y se iba por ahí) me caí y al apoyarme me hice mucho daño en la muñeca.
      Llamaron al profesor, que volvió, me cogió la mano, la movió dos o tres veces y diagnosticó: «no está rota».
      Pero conforme se iba enfriando, me dolía más. Cuando llegué a casa, me llevaron al hospital, radiografía y oh, sorpresa: fractura. Escayola y brazo en cabestrillo.
      Mi padre se cabreó un montón con él.

      Lo de la elección de delegado me ha recordado a esos concursos, aunque esto creo que era ya en el Instituto, de Miss y Mister Belleza, o Miss y Mister Simpatía.
      A menudo los alumnos votaban a los feos y a los marginados, en plan cachondeo.
      Ahora que lo pienso, tiene narices que los profesores organizaran esas votaciones. ¿Qué sentido tenían? Como tú dices, a algunos les jodía aún más la autoestima, en una época muy delicada.
      Delicadeza, faltaba delicadeza.

      Nosotros, por la puta influencia católica, para recibir un par de clases (no más) de educación sexual, necesitamos que nuestros padres nos firmaran una autorización.

      Lo de formar en la fila también lo viví yo, pero en los últimos años cambiaron la desagradable sirena por música. E incluso nos dejaban llevar nuestras cintas.

      Twitter: @vota_y_calla

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  3. Pingback: Menéame: "Bullying" de profesores a un alumno

  4. Yo viví el nacimiento de la EGB, de hecho los primeros cuatro años los cursé en una academia regentada por una (puta) falangista dónde se supone hacíamos primaria, nos hacían cantar el “Cara al sol” antes de entrar en clase y se ensañaba con los más desvalidos, su castigo más habitual era varios golpes de regla en la mano, una regla que creo recordar medía 50 cm, de madera.

    La llegué a ver bajarle los pantalones y el calzoncillo a un niño para darle una paliza con el zapato.

    Sin embargo el castigo que más me marcó fue el que nos aplicó el día que nos pidió un dibujo hecho estrictamente con rotuladores, los que en aquel momento no teníamos tuvimos que pasear por la calle con un letrero dónde (no recuerdo el texto exacto) decía que éramos unos vagos.

    Mis saludos a la puta falangista: ojalá hayas muerto y con la más larga y dolorosa de las muertes.

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    1. Bienvenido, Josep.

      Es muy franquista (muy nazi, también) eso del escarnio público. De rapar a las mujeres a hacer desfilar a niños con un cartel.

      Con las cosas que contáis los de las generaciones precedentes, me alegro de no haber nacido antes.
      Por lo menos, en lo que al colegio se refiere.

      Twitter: @vota_y_calla

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  5. Soy de una generación posterior; de esa en la que ya no se podía pegar (demasiado) a los niños, y sin embargo, guardo recuerdos muy parecidos.

    En mi caso yo era la víctima, porque mi abuela trabajaba en mi colegio (público, y bastante de derechas) y se me utilizaba para ejemplarizar o para llevar a cabo estúpidas venganzas contra ella.

    Recuerdo a una profesora en particular, llamémosla Concha Hijadeputenson, que no había día que no me ridiculizase delante de todos, me gritase, me hiciese burla o tirase mi trabajo a la basura sin motivo. No parece tan grave como la somanta de hostias que le caían a algunos pocos años antes, pero a la tierna edad de nueve años este tipo de cosas pueden afectar gravemente a tu autoestima y tus relaciones sociales.

    Nunca me pegó, pero sí tuve ataques de ansiedad durante un año antes de su clase, la de inglés, a pesar de lo bien que siempre se me ha dado esa asignatura.

    Por supuesto nadie fuera del aula se creía nada, era falsamente encantadora en cuanto hubiese otro adulto presente.

    Tal vez los profesores de primaria deberían pasar un psicotécnico exhaustivo y un período de prueba.

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    1. Bienvenida, Laura, y gracias por tu testimonio.

      Siento lo que te pasó. Y tanto que ese tipo de cosas marcan, no hace falta que la violencia sea física.

      Habría que tener algún filtro que funcionase, porque al final el psicotécnico es un mero trámite que no vale para nada. Los test no impiden que se sigan colando en los cuerpos de seguridad gentuza violenta. Por ejemplo.

      Un saludo, a ver si volvemos a leerte por aquí.
       
      P. S. Concha Hijadeputenson xD

      Twitter: @vota_y_calla

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    2. Me has quitado la palabra de la boca, un psicotécnico profundo y extremo para este tipo de funcionarios, pues muy a menudo se cuelan verdaderos psicópatas entre el profesorado y las fuerzas de seguridad.
      Llamadme radical (o radikal), pero esto es extensible a cualquiera que aspirase a ser gerente o encargado de cualquier empresa pública o privada, ya que dirigir a un grupo de personas requiere tener la closca muy muy muy bien amueblada; de lo contrario ya sabemos las consecuencias: mobbing, acoso, depresiones, etc.. que pueden arruinar no sólo la vida de la víctima, sino la de la gente que le rodea.

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  6. Buf Salva, en primer lugar tengo que serte sincera, yo te echaba los 40 justos, no me lo tengas en cuenta please, jeje

    Y ahora en serio, yo viví una época parecida a la tuya, tan solo me sacas 5 años y 2-3 meses y mi experiencia, si bien no fue igual, me recuerda a la tuya. Mis padres son de un pueblo de Jaén, yo estuve allí hasta los 11 años, cuando decidieron que nos mudásemos a un pueblecito de Ciudad Real, porque mi padre trabajaba por allí y así no tenía que tragar tanta carretera. El es médico de urgencias pero hizo muy mal las cosas desde el principio y cobraba menos que el celador, así que yo tenía un padre doctor y no llegábamos a fin de mes. A mí me pilló fatal ese cambio porque justo ahí empezaba mi adolescencia, mi cambio corporal y todo lo que conllevan las hormonas y madurez precoz. Irme a un lugar donde no conocía a nadie y empezar de cero fue un palo durísimo. Para colmo yo me he tragado todas las reformas educativas del mundo, los que nacimos en el 84 fuimos los primeros en haber hecho hasta 6º de EGB y después estrenar 1º de la ESO el año en que la implantaron.

    El colegio al que me llevaron mis padres era concertado y religioso, según ellos porque en los otros dos colegios del pueblo no había plaza para mi hermana y para mí y no querían separarnos (era una estupidez porque me llevaba 3 años con mi hermana pequeña y nos llevábamos fatal). Cuando dimos el salto de la EGB a la ESO el problema es que teníamos los mismos profesores, es decir, de la antigua escuela, de los que pegaban con regla de las de la pizarra y te hacían memorizar los ríos y montañas sin que pudieses tardar un segundo de más en señalarlo en el mapa si no querías un suspenso.

    En clase había un chico que tenía algún tipo de retraso, no sé si correctamente diagnosticado, pero su CI era claramente inferior a la media. Para colmo siempre venía sucio, olía muy muy mal, era desagradable sentarse a su lado, además por el problema que tuviera se hacía pesado. Lo extraño es que su hermano pequeño, que tenía la edad de mi hermana, iba perfectamente aseado y se comportaba normal, así que yo no entendía muy bien por qué JM, el chico de mi clase, podía venir tan descuidado si su hermano estaba perfecto.

    El caso es que uno de estos profesores de la antigua escuela en las clases de gimnasia (ya sabes, nos daba 3-4 asignaturas cada profesor y de ninguna sabían nada) pues nos mandaba a cuadrarnos como en la mili. En serio. Nos ponía en fila uno detrás de otro y decía: “fiiiirmes”, “a cubrirse”, aquello era demencial. Pues ese mismo profesor se aprovechaba del retraso de este chaval para dejarlo en ridículo. En una clase cualquiera de historia lo sacaba a la pizarra y le decía, “JM, si cantas la del torito bravo te doy 5 duros” y JM que no tenía consciencia y le daba por cantar a menudo pues lo hacía y encima gustoso con un dinerillo de por medio. El profesor idiota nos enseñó a reírnos de él cuando con 11-12-13 años estás formando tu personalidad. Esa escena de hacerle cantar (el pobre lo hacía fatal y poniéndole teatro; hacía el ridículo) por algunos duros la repetía cada vez que al profesor le apetecía y todos, me incluyo, nos reíamos de él, no con él. Yo me avergüenzo de haberlo hecho, pero no tenía ni idea de lo idiota que era eso y más si el profesor era el que nos alentaba a mofarnos de él. Por suerte creo que el chaval no se enteraba demasiado de que no nos reíamos con si no de él, de modo que un poco de sufrimiento se ahorraba y aunque en algunos momentos sí se le veía un tanto abatido, en general era un niño feliz que vivía en su mundo.

    Por otro lado, yo no he llegado a estudiar ni en EGB, ni en la E.S.O., ni en bachillerato ni en la universidad, la historia a partir del siglo XX. Curiosamente nunca, jamás, llegaban a tiempo los profesores de llegar hasta ahí antes de acabar el curso. Así que he tenido que aprender por mi cuenta leyendo mucho y lo que me queda aún…

    Twitter: @beingcelia84

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    1. Me identifico totalmente con lo de cada profesor nos daba 3 ó 4 asignaturas, y de ninguna sabían nada; porque justamente eso pasaba en mi escuela, por lo que veo que era prácticamente a nivel estatal. La pregunta es: ¿quién ponía a esos profesores ahí?

      Respecto a la asignatura de gimnasia, en 8º, el último año, tuvimos a un profesor argentino bastante legal que realmente enseñaba educación física. Aún así, yo odiaba esa asignatura con todas mis fuerzas; no podía entender por qué teníamos que correr 10 vueltas al campo. Aguanté un tiempo, pero un día reuní fuerzas, fui al médico y le expliqué que me mareaba al realizar ejercicio físico en la escuela. Mi plan salió bien y obtuve un justificante que me eximía de realizar las pruebas fisicas, de manera que durante las clases de educación física me dedicaba a contemplar a mis compañeros correr, mientras yo me sentaba tranquilamente a la sombra. Eso sí, tenía que estudiar para la parte teórica, cosa que hacía gustosamente.

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        1. En realidad, la parte teórica se reducía a aprender las medidas de un campo de fútbol, o nociones rudimentarias de dietética.

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      1. En mi caso se juntó el cambio de EGB a la ESO y los profesores que daban 3-4 asignaturas sin tener ni idea de ninguna, así que fue caótico todo hasta que en 3º de la ESO llegaron los licenciados y, se supone, más preparados para la nueva ley de enseñanza.

        Twitter: @beingcelia84

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    2. Qué buenos siempre tus aportes, Celia.

      Como en esta entrada lo he comentado sólo de pasada, estaba pensando dedicarle un artículo a este tema de la situación de los discapacitados intelectuales en clase, el trato que se les daba y demás. Tu comentario me ha terminado de decidir.

      Según la Historia que se enseña en los centros de enseñanza españoles, la dictadura no existió. Por cosas como esta, como dije en la entrada sobre la Transición, este país no es normal.
       
      P. S. Quedas bloqueada para comentar en Vota y Calla durante un mes por tu primera frase.

      Twitter: @vota_y_calla

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      1. Me vas a poner colorá’ Salva. Voy a por él ahora mismo. Suelo activar la casilla de recibir un mail cada vez que alguien comente la entrada para poder leer al resto, pero no sé por qué esta vez no me ha llegado ningún mensaje, así que me entero un poco más tarde de la cuenta.

        P.D.: Soy una persona muy sincera, pero de las que intenta no hacer daño con esa “excusa”. Te lo decía completamente en serio, pero es que soy malísima para echar edades y además mi pareja cumple 41 este año y no los aparenta para nada, de modo que tengo costumbre de comparar al resto con él y claro, salís perdiendo 😛

        Twitter: @beingcelia84

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  7. No quiero ni pensar qué le habría pasado a un niño, de ésos que se empeñan en jugar con las niñas, que un día dijera “quiero llamarme Marta” (o algún otro nombre de niña). Por lo que cuentas del ambiente, no sé si habría salido viva del trance, pero sana, seguro que no.

    Siempre he agradecido a la casualidad, o a la naturaleza, o al miedo (no lo tengo claro), que mi identidad de género se manifestara siendo ya adulta. Lo malo de esa ‘suerte’ es que he perdido media vida viviendo una vida que no era la mía. Eso sí, estoy viva, y aunque me ha costado lo mío, ahora también estoy sana y soy feliz.

    Un beso, compadre. Y gracias otra vez. Que no volvamos a ver espectáculos de esta guisa.

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    1. ¿En aquella época? Imposible. Habría terminado muy mal, especialmente por los compañeros.

      Precisamente en la entrada de hoy hago una especie de acto de contrición para hablar de cómo tratábamos a los diferentes en el colegio.

      Me he centrado en los niños con discapacidad intelectual, pero lo mismo hubiera valido para los gordos, los que llevaban prótesis, los amanerados…

      Un beso. Me alegro mucho de que hayas salido sana y salva y que ahora te vaya todo bien : )

      Twitter: @vota_y_calla

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  8. Me gusta mucho la forma que tienes de narrar estos episodios, que casi puedo ver la pelicula, y luego veo que no es ficción, y como no lo es me salta una duda, que fue de mogli?, me da curiosidad como le fue en la vida.

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    1. Hola, Teo. Bienvenido, y gracias por tus palabras.

      Pues el final de Mowgli es muy triste. Parece que estuviera predestinado a no terminar bien.

      Murió hace unos años. Se lo encontraron en el mar. Se supone que se ahogó de madrugada. Es un poco raro, un chaval joven que sabía nadar en un mar que es una balsa de aceite, pero no se investigó pues a nadie le interesaba.

      No digo que no fuera así: igual se metió borracho y se ahogó. Pero a algunos, la versión oficial nunca nos acabó de convencer.

      Twitter: @vota_y_calla

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